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lunes, 14 de noviembre de 2016

El tulipán rojo del Parkinson




Octubre de 1985. Concha Navarro Induráin lleva tiempo sintiéndose rara. Le tiemblan las manos al escribir en la pizarra. Es maestra. También le temblequea el brazo izquierdo al levantarse por las mañanas y bostezar. Hasta este momento, su vida ha transcurrido con normalidad. Tiene 38 años y toda una vida por delante. Llena de grandes proyectos. Uno de ellos, ser misionera y viajar. Practica senderismo, natación, yoga... Pero le preocupa el temblor de las manos al escribir. Peligra su vocación. Acaba de aprobar las oposiciones y la letra es cada vez es más ilegible. Trabaja en la Escuela Universitaria de Magisterio. Navarro, consciente del aviso, acude al neurólogo. El especialista le diagnostica una “enfermedad extrapiramidal”. “¿Enfermedad extrapiramidal?”, pregunta ella.

Han pasado 32 años desde aquel diagnóstico, y Concha, que ha cumplido los 77, está en silla de ruedas, eléctrica, a causa de la Enfermedad de Parkinson (EP). Gracias a una amiga, cuenta, consigue remontar. Aprende a vivir con los primeros coletazos de la enfermedad, que le golpean directamente al brazo izquierdo y a la pierna derecha: temblores, rigidez, torpeza, bloqueos... “Mi amiga me dijo cuando me diagnosticaron: ‘O tiras palante o te quedas en la cuneta’. Y tiré palante”.

Durante seis años visitó médicos, sanadores y brujos. Con el tiempo, el neurólogo le cambió el diagnóstico inicial. No es Parkinson lo que sufre sino wilson, una enfermedad rara que se caracteriza por una alteración en el metabolismo del cobre y hace que éste se acumule en diferentes tejidos. “Parece ser que se acumuló el cobre en el cerebelo, lo que desembocó en una EP, o más exactamente en un Parkinsonismo, que son procesos patológicos en los que los síntomas se parecen”, explica. “Así que lo asimilé. No había cura”. A partir de entonces se convirtió en su propio médico. “Me he ido observando, encontrando soluciones a los problemas que me ha ido planteando el Parkinson cada día. Unas veces sola y otras a través de compañeros de la Asociación Navarra de Parkinson (Anapar), de médicos o encuentros de personas con EP”.

Navarro se expresa con una serenidad meridiana, siempre que este mal se lo permite. Caminar, moverse, coger y dejar objetos en una mesa, abrocharse un botón, soplar, incluso respirar, supone un reto diario. La medicación responde, pero le provoca reacciones muy fuertes. “En los momentos on - mejor funcionamiento motor-, parecía completamente normal, mientras que en los off, cuando se manifiestan los síntomas, me bloqueaba y volvía a ser una incapacitada para lo más elemental de la vida”. Al aparecer nuevos avances, entre ellos el quirúrgico, se sometió a una operación cerebral profunda. “Con gran éxito, ya que me suprimieron los temblores. Me parecía ciencia ficción”.

Durante unos años, con la medicación necesaria, mantuvo un nivel de vida de calidad. Pero no tardaron en reaparecer los bloqueos y la lentitud de los movimientos. Hasta se le ralentizó el proceso de pensamiento. “En fin, creo que ya estoy en la etapa final de la evolución de la enfermad”, confiesa, sin lamentos. “¡Pero que me quiten lo bailao!”.


UN DÍA CUALQUIERA EN SU VIDA
A pesar de todo, Concha Navarro Induráin, a sus 77 años, no se rinde. Lo demuestra cada día. Vive en su casa con una joven cuidadora. Y sus jornadas son de vértigo.

“Habitualmente me despierto hacia las siete de la mañana. A las ocho tomo la medicación. Es muy importante para todas las personas con EP. Viene a ser como la gasolina de un coche. Te pone en marcha. Cuando siento que las pastillas me han hecho efecto, me aseo y desayuno. La persona con la que vivo, una joven rumana, me cuida, me ayuda a vestirme, pero si tengo tiempo, aunque me cueste mucho más, me visto o me ducho sola. Cuando puedo hacerlo yo lo hago”, reitera. “Mi vida ha cambiado muchísimo desde entonces... pero tengo que decir que sigo siendo la misma, con los defectos y virtudes que tenía antes. La enfermedad que padezco me ha desplazado a otro mundo. No por ello menos interesante”. Navarro dedica unos minutos casi todos los días a la meditación. “A tomar conciencia de lo que soy, o bien leo despacio el Evangelio del día. Soy cristiana y encuentro en ello un mensaje y una sabiduría que me estimula a vivir mejor”. Los viernes practica danza en el Civivox de Mendillorri de Pamplona, donde reside.

Además de fundadora de la Asociación Navarra de Parkinson (Anapar), Concha Navarro se ha convertido en “un ejemplo de superación y de coraje, una de las fundadoras de la asociación”, manifiesta Sara Díaz de Cerio, trabajadora social y coordinadora.


 2.351 DIAGNOSTICADOS

Todo el mundo tiene una idea de qué es la Enfermedad de Parkinson. Numerosas personalidades como los actores Katherine Hepburn y Michael J. Fox, el boxeador Muhammad Ali o el papa Juan Pablo II la han sufrido.

Se estima que en España hay un alto porcentaje de personas que la padecen y que no están diagnosticadas. Se habla de 160.000 (30.000 sin valorar), 2.351 diagnosticados en Navarra.

Los especialistas la describen como un trastorno crónico y progresivo; es decir, cuyos síntomas se mantienen a lo largo del tiempo y van empeorando. El temblor y la rigidez suelen ser las señales más evidentes.

En realidad, existen tantos Parkinson como afectados. Ellos y sus familiares se enfrentan cada día a un muro invisible pero compacto que minan su ánimo. “A veces pienso que el objetivo de esta enfermedad es aislarte. Muchos de los síntomas actúan como tijeretazos que pretenden cortar los hilos que te unen con los demás… el habla, las expresiones de la cara, la lentitud en el pensamiento, la caligrafía -que cada vez se hace más reducida-… Por eso, me impongo seguir manteniendo esos lazos de comunicación con los otros, aunque a veces me cueste y me sienta incomprendida”, escribe Carmen Sancho Valcárcel en el Libro Blanco del Parkinson.


 MIS PRIMEROS SÍNTOMAS

Los primeros síntomas nunca se olvidan. Una vez que los percibes, todo cambia. “Te sientes prisionero de tu propio cuerpo”, aseguran algunos usuarios de Anapar.

En el caso de Isidoro Oroz Mendive, de 68 años, sucedió hace seis años. “Me preparaba una tortilla y al batir los huevos con un tenedor me di cuenta de que se me paralizaba la mano derecha. Así empezó”. A Teresa Gómez (76) le tembló el pulgar de la mano izquierda mientras se secaba el pelo. A Mª Josefa Olloquiegui (72) le tiritaron las manos al leer el periódico. “Tocaba el piano y daba paseos. Se me vino el mundo abajo”, evoca. Joaquín Astiz Sala (58) sintió un fuerte dolor en el brazo izquierdo y también se le quedó inmóvil la pierna. “Me volví más retraído y arisco. La asociación me devolvió la vida”, sonríe. Vicente Apezteguía Picabea (71) perdió el sentido del olfato. Jesús Arnedo (70) se ladeaba al caminar. Jesús Mª Ederra (65) se recuerda arrastrando la pierna izquierda. Ederra, que trabajaba en una empresa con un cargo de responsabilidad, ocultó la enfermedad cuatro años. A Javier Andueza Barbarin (82) no le seguían los brazos ni las piernas. Jesús Mª Ibáñez Rodríguez (61), director y profesor en una ikastola de San Sebastián, se distraía más de lo habitual. “Luego me vinieron todos los males del mundo y busqué una asociación”. Ibáñez asegura que se siente atrapado en su propio cuerpo. Al igual que Laudelina Fernández Rodríguez (76), a quien le costó hablar, escribir y coger objetos. Para José Miguel Aguirre (87), pintor y dibujante, abrocharse un botón se convirtió en un reto. “Ahora me caigo porque mis pies se quedan parados en el suelo”, expresa. Juan José Senosiain (76) y Carlos Gambra (85) no logran recordar los primeros síntomas. Sólo que vivieron una profunda depresión. “Era muy feliz trabajando en el campo con el tractor... y dejé de serlo”, susurra Gambra (la depresión se da entre el 60 y 75% de los casos).

Tanto la sintomatología como la evolución de cada paciente se manifiesta de forma diferente, lo que obliga a una atención personalizada. “Cada vez llega más gente con Parkinson a Anapar... y no podemos atender a todos como nos gustaría por la falta de espacio”, revela la coordinadora de Anapar. “Es muy complicado pero necesitamos duplicar las instalaciones”. En esta situación de colapso, la asociación cumple el 19 de noviembre 25 años de vida. ¿Un sueño? “Poder ampliar y así terminar con la lista de espera”. En estos 25 años se ha profesionalizado en su atención. “Comenzó como vínculo de unión de los afectados y esto es lo que nos sigue uniendo. Pero hoy en día somos un centro con personal especializado y titulado formado por 15 personas”.



UNA JORNADA EN ANAPAR

No es complicado detectar el estado de colapso al que se refiere Díaz de Cerio. Basta con acercarse a su sede en Pamplona, en la calle Aralar 17, y entrar un día cualquiera. De los 237 socios (en 1997 fueron 93), un centenar acude semanalmente a rehabilitación. Un pasillo estrecho, poco iluminado, salpicado con 17 pegatinas con forma de pies espolean a quienes se quedan varados sobre ellas por culpa de la enfermedad. “No se detienen para que les hagas la foto”, aclara Estela García Rubio, fisioterapeuta. “Las huellas ayudan a seguir en el caso de bloqueo. Este es uno de los síntomas de la enfermedad”, añade.

Son las once de la mañana y una docena de personas realiza ejercicios por separado en un par de salas. En un rincón de la pared, junto a tres ordenadores, cuelga un lienzo que contiene varias flores secas, y una frase: ‘El tulipán es el símbolo del Parkinson’.

Muy pocos conocen en la sede la relación entre el tulipán y la enfermedad. Cuentan las crónicas que este símbolo nació en 1980 en los Países Bajos. Un horticultor holandés enfermo de Parkinson cultivó un tulipán rojo y blanco que fue premiado en diferentes certámenes. El creador llamó a la flor con el mismo nombre que James Parkinson, el primer hombre en describir la enfermedad en 1817. Así honraría su memoria. A raíz de la novena Conferencia Mundial de la Enfermedad de Parkinson, celebrada en Luxemburgo, se decidió institucionalizar esta planta como símbolo mundial de la lucha contra la enfermedad. Por ello, Anapar regalará el 24 de noviembre, día en el que celebrará su aniversario, 150 tulipanes.

En otra sala, la logopeda Marta Sanz Aragón trabaja la respiración con José Miguel Aguirre, Jesús Garriz y José Luis Irisu. Los tres juegan a “lanzarse” palabras y construir frases. Unos llegan y otros se marchan. El local mide 170 metros cuadrados, escaso para tantas vidas. A las doce, la asociación hierve. El mismo espacio donde trabajaba la logopedia, lo ocupa ahora Garazi Urteaga Zeberio con actividades de terapia ocupacional. Preparan postales de Navidad. En una habitación de cristales velados, Arantxa Ibarrola Nagore lleva a cabo terapias individualizadas.
Mientras, en la calle, los chóferes de la asociación, Paco Gómez Hervás y David Andreu Martínez, ayudan a bajar de los vehículos adaptados a los nuevos usuarios. Cristina Ibarrola Martínez, administrativa, es la primera en recibirlos tras un mostrador. Y siempre con una sonrisa. A su lado, Presen Pérez de Albéniz, auxiliar de limpieza, anima a los recién llegados a cruzar el pasillo.

En mitad del corredor se ubica el despacho de Arantza Gorráiz Andía y Sara Díaz de Cerio, las trabajadoras sociales. “Si ha ido creciendo Anapar es porque ha creado este tipo de recursos que no estaban cubiertos”, expresa la coordinadora. “Por eso se ha trabajado y se ha ido creciendo en este sentido. La realidad es que somos un espacio socio-sanitario que funciona desde hace años como tal. Un recurso intermedio que trabaja específicamente”, señala. “No es lo mismo ir a un médico generalista que venir aquí, donde todos los ejercicios están orientados a cada una de las sintomatologías”.

En 2050, casi uno de cada tres españoles tendrá más de 65 años. La Organización Mundial de la Salud ha alertado de las consecuencias, conminando a los gobiernos a tomar medidas que reduzcan el impacto de la situación.











domingo, 2 de octubre de 2016

Azufre y barro
















Desde hace un par de semanas huele a huevos podridos en la muga entre Navarra y Aragón. El hedor se percibe levemente nada más desviarse de la Autovía del Pirineo y continuar por la N-240. Y se acentúa en los puntos kilómetros 335-336, al rebasar un curva cerrada y llegar a una fila de coches aparcados en la cuneta. Desde este punto se distingue en lo alto de una loma la silueta del campanario de la iglesia de un despoblado: Tiermas. Y abajo, a los pies del cerro, el fango cuarteado de Yesa, un embalse que estos días agoniza a un 24% de su capacidad.

Ha finalizado el verano y, como suele ser habitual por estas fechas, las aguas del embalse han vuelto a sacar los colores al pasado. Los baños termales han salido a la superficie y con ellos el recuerdo de todo un pueblo. La quietud de sus aguas cálidas y sulfurosas envuelve este entorno pre-pirenaico con un halo de nostalgia. Hace ya más de 50 años que Tiermas sufrió el expolio de sus viviendas y sus terrenos tras la construcción del embalse y sus vecinos aún sueñan y luchan por su recuperación. La ruina es tal que en 2015 se uso como plató de cine para la grabación de Gernika, la película de Koldo Sierra sobre el bombardeo que destruyó la localidad vizcaína en la Guerra Civil.

Aunque Tiermas parece resurgir de las cenizas gracias a la carretera asfaltada que sube al mismo centro del casco urbano, en realidad sólo es un espejismo. Así lo atestiguan en el Ayuntamiento de Sigües (Zaragoza). La obra de asfaltado, explican, corresponde a la fase inicial de un proyecto que "está en el aire". Un ambicioso plan que pretende recuperar el barrio alto de Tiermas adecuando 240 viviendas, respetando el patrimonio, y construyendo un hotel balneario con las aguas termales del antiguo balneario inundado en la zona baja.

YESA SE ENCUENTRA A UN 24%
La fotografía que ilustra este reportaje bien se podría haber tomado en el desierto de Negev, en Israel, a los pies del Mar Muerto. "La sequía este año se nota y mucho", reconocían el martes por la tarde algunos de los usuarios, mientras embadurnaban sus cuerpos con limo fino extraído de los laterales de las bañera naturales. "Ha bajado más de lo normal y más rápido. Los cauces están secos... y hasta los ríos subterráneos se están secando", apuntaba el espeleólogo Fermín Yuba, de 42 años. Y no le falta razón. Según los datos obtenidos por el meteorólogo Enrique Pérez de Eulate, entre julio y septiembre cayeron en Yesa 58,6 litros m/2(8,3 litros m/2 en julio; 9,2 en agosto y 41,1 en septiembre). El agua embalsada no supera el 24.16% (104 hm3). Mientras que hace un año registró un 31.77% y hace diez un 34,30%.


En el interior de uno de los nueve vehículos aparcados en la orilla, vive en su furgoneta desde hace una semana Luis, un vecino de Irún de 45 años y técnico de mantenimiento, un asiduo desde hace más de 14 años. En traje de baño, sentado en el interior del coche, da buena cuenta de una botella de vino rosado y una longaniza. A su lado, con albornoz y chancletas, le acompaña un vecino de Sangüesa de 74 años llamado Iñaki, quien lleva más de 40 años acudiendo a su cita anual con las termas. "Al principio venía a pescar. Ahora para eliminar los lumbagos", ríe. "Todo lo que inviertes en balnearios es salud... y si encima es gratis". Luis recomienda a todo el mundo probar la sensación de rebozarse en el barro como un cochinillo. Lo que no se consigue eliminar tan rápido es el olor a azufre. "Y cuando vuelves a la fábrica, después de una semana sin ducharte, parece que hueles a quemado". Al otro extremo de esta piscina circular, dos vecinas de Olite se han quedado ensimismadas al salir del agua. "Estamos muy relajadas", dicen, con las miradas fijas en la puesta de sol. Sentadas sobre dos piedras, Mª Jesús, de 64 años, y Mª Victoria, de 65, reconocen que es su primera vez. Acuden a este lugar, dicen, para aliviar dolores. "El cuello atrancado y el reúma... La verdad es que nos hemos quedado muy a gusto".

El nudismo también ha arraigado en las termas. El sol solidifica el barro en el cuerpo desnudo del villavés Fran Pardo, de 53 años. Sus dos enormes ojos azules se abren paso entre el limo. "Vengo desde hace seis años", comenta, lamentando la masificación que va adquiriendo este entorno natural. "Por favor, no publiques el reportaje el domingo... espera un poco", ruega un hombre con la toalla al hombro. Sólo faltan las sombrillas. Por el sendero que desciende de laN-240 se adivina el paso entusiasta de los tres integrantes del grupo de música Duo Kolingo. "Venimos de la Bardena de grabar un videoclip", sonríe Coline Guillemin, reconociendo que han tenido que marcharse porque la Guardia Civil les ha "pillado" sin el permiso de grabación. "Y de regreso hemos decido parar para conocer este sitio del que tanto hemos oído hablar".

Con la cabeza apoyada en un una almohada de piedras y la cara impregnada de barro seco, se relaja el donostiarra Xabier, de 29 años. Ha subido a la Mesa de los Tres Reyes con tres amigos y de vuelta a casa "hemos pasado por delante y nos ha llamado la atención el olor a azufre y la fila de coches aparcados. Nos preguntábamos qué era todo esto".

lunes, 26 de septiembre de 2016

El oso del Camino





La vida de Albert Aguiló, de 28 años, cambió radicalmente el 11 de julio a las diez de la mañana. Ese día, lunes, el joven barcelonés experimentó un vuelco interior. La depresión que sufría desde hacía meses y que le empujó a buscar refugio en el Camino de Santiago, se transformó en un torrente de energía. Esa mañana, Albert estaba a punto de finalizar el periplo en Finisterre, pero aún no se sentía preparado para volver a casa. Su ánimo no había conseguido remontar el vuelo. Y regresar, reencontrarse con la rutina de una vida pasada, le preocupaba.

Cuentan quienes acarician el corazón del Camino de Santiago que antes o después reciben su propio milagro. Y Albert encontró el suyo, en Ponte Maceira (A Coruña), en un contenedor de basura. Le cautivó la imagen de un oso de peluche blanco de un metro de altura y cinco kilogramos de gesto triste. Atraído por su tamaño, blancura y expresión, se lo colocó sobre los hombros y comenzó a andar... La reacción de los peregrinos y hospitaleros no se hizo esperar. El oso parecía emitir luz propia, como un faro apostado en el filo de la navaja de la noche. Todo el mundo sonreía. Y aquella fotografía iluminó también a Albert. Así que el oso y su porteador se volvieron inseparables. Juntos se asomaron a la balconada del Atlántico y divisaron lo que los romanos calificaron como "el fin del mundo".

VUELTA A LA RUTINA

Han transcurrido cinco meses desde que Albert partió de Saint Jean Pied de Port (Francia) hacia Santiago de Compostela por el Camino Francés. Aún le quedaban por delante 940 kilómetros. En la primera de las 37 etapas, nunca imaginó que al pisar la catedral de Santiago proseguiría hasta Finisterre. Y mucho menos que desharía la Ruta Jacobea a pie con un oso de peluche en la cabeza haciendo reír a la gente y sensibilizando de la situación de los refugiados.

Aunque no lo parezca, Albert es tímido y prudente. A punto de concluir el conocido como Camino del Retorno (lo hizo el jueves 22 de septiembre), sentado en el bar Juan de Bizkarreta-Gerendiain mientras da buena cuenta de un bocadillo de queso y una taza de té, relata cómo empezó todo. A su lado, se encuentra Rafael Molina, un músico catalán de 38 años, su compañero de viaje y segundo artífice de esta de "locura". Y en un rincón del comedor, en lo alto de una mesa, dos enormes peluches: un oso blanco y un tigre. Los cuatro componen la gran familia de un proyecto solidario bautizado 'El Oso Perigroso'.

Con 13 años y de la mano de sus padres, Albert pisó por vez primera el Camino. Aunque era un niño, el joven vincula este "dulce" recuerdo de la infancia a lo que le pudo suceder la mañana que despertó de la depresión. "Se me acumularon varios problemas personales y me hundí", recuerda. Una enfermedad, que duró cinco meses, le obligó a dejar su empleo de informático y los estudios para transformarse en guía de montaña. Aquella mañana, sigue hablando, cambió todo. Al abrir los ojos, le sobrevino "mágicamente" una palabra: Camino. "¡El Camino! ¡Eso era lo primero que me apetecía hacer en cinco meses!", gesticula con satisfacción. "No lo pensé, compré un billete de autobús y una semana después, el 1 de junio, me bajé en Saint Jean Pied de Port". Y llegado ese momento, "lo único que podía hacer era andar...". En el Camino descubrió un mundo paralelo. "Distinto al real", ilustra. "Porque la gente te escucha y ayuda... Es distinta". Tras un proceso lento, fue recuperando la autoestima. "Me fui queriendo". Y una tarde, enmarcado por la soledad de los bosques de Galicia, también se sintió distinto. "Comprendí que gracias a todo lo malo vivido, soy quien soy".

PROYECTO SOLIDARIO

Aunque la idea inicial de Albert era concluir en Santiago, continuó hasta Finisterre. Fue en este tramo donde encontró en un contenedor de basura al enorme oso de peluche de un metro de alto. "Me lo puse sobre los hombros para hacer la coña y vi que me sentaba muy bien, además la gente de los pueblos se partía de risa. Me di cuenta de lo fácil que era hacer reír". Con el único objetivo de arrancar sonrisas, el oso se convirtió en un peregrino más. Lo llamó 'Santi'.

Acto seguido, se encontró con un vendedor ambulante. Su historia le caló. "Aquel hombre era una persona que lo había perdido todo y se quedó en la calle. Con las cuatro cosas que le quedaron las puso en una carreta y vino al Camino". Ahora se dedica a ayudar a los peregrinos a cambio de donativos. Pues bien, este comerciante le animó a visitar el albergue La Espiral y conocer a Fátima, su dueña, la misma que promueve el Camino del Retorno. Albert entregó a Fátima el oso de peluche para que lo regalara a algún peregrino interesado en el camino de vuelta, y viajó a Barcelona en autobús. Había transcurrido un mes y cuatro días desde que atravesó el Pirineo en pleno verano.

Ya en casa, Albert se sintió perdido. Rutina y más rutina. Se vino abajo. "No quería hacer lo mismo. Y no sabía bien hacia dónde tirar. Sólo tenía claro que no quería encorsetarme". El miedo a caer en una nueva depresión le obligó a reaccionar. "¿Y si vuelvo a Finisterre?", se planteó. Dicho y hecho. Llamó al albergue, preguntó si el oso seguía allí, y tres semanas después volvió a tomar un autobús.

LA CASA DE LOS DIOSES

Durante un par de semanas Albert se quedó ayudando como hospitalero en este hospedaje de Finisterre. Al verse con el ánimo suficiente, se colocó al oso de peluche sobre los hombros e inició el Camino de Santiago pero en sentido contrario. En esta ocasión su intención era llegar a Saint Jean Pied de Port primero y luego a Barcelona por el Camino Aragonés.

La "casualidad" se encargó de trenzar una historia tras otra. Unas etapas por detrás de Albert, marchaba en el mismo sentido, aunque algo malhumorado, otro peregrino catalán llamado Rafael Molina. Entonces no se conocían. "Estaba enfadado porque no me gustó el ambiente en Finisterre. Demasiado turístico", rememora. "Así que con la fisterrana (documento acreditativo) en la mano, eché andar". Rafael avanzó hasta Villafranca del Bierzo, donde trabajó de cocinero en una posada.

Tres semanas después, continuó la ruta, siempre en sentido contrario, hasta La Casa de los Dioses, un albergue "peculiar" entre Santibañez y San Justo de la Vega. En este enclave, completamente abierto al público, sin puertas, luz y agua potable, escuchó por primera vez hablar de un "loco catalán con un oso inmenso en la cabeza". No tardó en alcanzarle. "Lo encontré en El Burgo Ranero, en plena recta, rodeado de peregrinos que se reían a carcajadas", recuerda. Esa noche, Albert y Rafael cenaron juntos y hablaron de proyectos, ilusiones, sueños... Ambos se dieron cuenta de que les unía un deseo y un temor: la ilusión de trabajar por los demás, los más necesitados, y el miedo a regresar a casa y reencontrarse con el pasado.
Esa noche regaron la semilla de un proyecto: El Oso Perigroso.

La familia de peregrinos aumentó en el albergue la Casa de las Sonrisas de Grañón. El dueño les regaló un tigre de peluche que habían guardado durante años en la recepción. De esta manera, con la ayuda de estos dos grandes muñecos, han conseguido provocar la risa de más de 13.000 personas desde Finisterre. Además, a lo largo de su particular peregrinaje a la inversa, acumulan donativos económicos para comprar material escolar y juguetes para llevarlos a un campo de refugiados de Francia o Grecia (la localización exacta está por determinar).

Una vez en Montserrat, precisan, organizarán un acto. "Entonces Albert se quedará gestionando la logística y Rafael continuará con el oso hasta el campo de refugiados". Ambos instan a las entidades y ONG a que les ayuden para el transporte de lo recopilado. Los detalles se pueden consultar en su web y en el perfil de Facebook El Oso Perigroso. Prevén abrir una cuenta para recibir donativos económicos.
 











PEREGRINOS AL CRUZARSE CON EL OSO
Una de las historias "curiosas" con las que se han topado Albert y Rafael en los casi mil kilómetros de recorrido desde Finisterre a Saint Jean Pied de Port ocurrió el miércoles en Sorogain. Allí coincidieron con una pareja de chilenos, una abogada y un catedrático, que habían volado desde Chile para recorrer en cinco días las etapas de Navarra. Hoy domingo vuelan a su país. "¡Nunca imaginamos que nos encontraríamos en pleno Camino de Santiago con un oso!". Fueron las primeras palabras de Columba Coronel, de 53 años, y Ricardo Loebell, de 61, al descubrir en plena subida a los peregrinos catalanes con los muñecos. "¿Cómo vamos a contar todo esto que estamos viviendo en Chile? ¡Es todo tan maravilloso!...". La pareja revelaba que llevaba cuatro años queriendo cumplir el sueño del Camino. Y Loebell casi treinta. Un profesor de literatura de origen gallego le habló por primera vez en clase de esta ruta.

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