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Images copyright Iván Benítez

lunes, 27 de junio de 2016

La Estafeta






Tres ejemplares del prestigioso periódico norteamericano New York Times llegan cada mañana, a las siete y media, al número 36 de la calle Estafeta de Pamplona. Expuestos en plena vía, junto a otros diarios extranjeros, turistas y estudiantes de la Escuela Oficial de Idiomas los compran a tres euros y veinte céntimos cada uno.

Quizá un rasgo específico de la Estafeta sea el de la recurrencia a los encierros. Al menos es lo que se verifica al leer las noticias recogidas en la hemeroteca. Pero hay mucho más...
Estafeta. 
Una travesía de 305 metros. Un paseo de 34.176 adoquines, 547 vecinos, 48 portales, 954 balcones, 48 establecimientos, 17 bares..., así la analizaron los estudiantes de Periodismo de la Universidad de Navarra en 2015 en un minucioso y ambicioso proyecto de fin de curso.

“Con la Estafeta no hay quien pueda (...)”, escribía en agosto de 2014 el periodista de Diario de Navarra 
José Miguel Iriberri. “Da igual que haya salido lloviendo, que Navarra estalle en fiestas y Pamplona se vaya al pueblo -reflexionaba Iriberri-, o que escaseen los franceses de horario limitado. Con la Estafeta no hay quien pueda. Bajará la concurrencia, seguro, pero nunca le faltarán a la calle cientos de personas arriba y abajo, echando un calmante en las apoteósicas barras, probándose una camiseta de Sanfermines o sacando fotografías para la posteridad, en prueba fehaciente de que estuvieron allí. En la calle de la Estafeta . La del encierro”.

Cuentan las crónicas que debe su nombre a la primera estafeta de correos en el siglo XVIII. Mundialmente conocida por el encierro, pocos saben que a partir de 1647 comenzaron a celebrar sus fiestas (San Tirso) corriendo con un buey y a veces con dos. En 1853 se corrió por primera vez por la Estafeta. Y en 1867 se aprobaron las primeras ordenanzas sobre el modo de llevar los toros a la plaza.

Algunos de los negocios que se establecieron aquí hace décadas aún siguen al frente gracias a las nuevas generaciones. 
Con la peatonalización, en 1998, cambió de cara y se transformó en un paseo. Y las ventas se resintieron, según los comerciantes. “Antes llegaban hasta aquí los autobuses de los pueblos”.

En la actualidad, la calle sigue manteniendo intacto su espíritu. “El espíritu de las dos Estafetas”, expresa Carmen Sarrías, vecina de Mercaderes desde 1969. Una Estafeta que huele a pastas de cacahuete y a chocolate; y otra, a café y fritos.

A las cinco de la mañana, la calle se despereza lentamente. Lo hace al paso de los dos más madrugadores: Carmelo y Fermín Echarte Butini, propietarios La Casa del Libro, y Asun Gómez Telletxea, de Pastas Beatriz.

Asun abre la persiana y prepara la primera hornada. Su hermana, Lourdes, llega algo más tarde, a las siete y media, después de llevar a su hija al colegio. Los ojos de Lourdes son de un azul intenso al chocar contra la claridad y los recuerdos. Por eso, se abren como lucerillos al mencionar a 
Pablo Saraldi y a su mujer Beatriz, artífices del mayor de sus secretos. “Ellos fueron el alma de esta tienda”, expresa. Ellos fueron quienes nos enseñaron todo lo que sabemos”. De ahí el nombre del rótulo. “Cuando nos traspasaron el negocio, en 1991, se quedaron con nosotras ocho meses y nos enseñaron todo lo que sabían. A cambio de nada. ¿Quién hace algo así?”. Mientras habla, los clientes hacen cola en la calle, ensalivando. “El boca a boca es lo que mejor funciona”, continúa Lourdes. A raíz del documental de una cadena de televisión japonesa, les visitan muchos turistas nipones. Ríe al rememorar al joven mormón que hace cinco años les visitó porque quería aprender las recetas para cocinarlas en su país. “Y durante una semana estuvo con nosotras desde las cinco y media de la mañana”, vuelve a reír con un gesto de agradecimiento, porque desde entonces acuden muchos mormones al establecimiento.

EMBAJADORES DE LA CALLE

También el churro es un alimento de desayuno tradicional. Su aparición se remonta a comienzos del siglo XIX. Pues bien, tres son las generaciones que han ido heredando la tradición y el buen hacer del Churrero de Lerín. Veintidós años lleva Gema Larrea Garde al frente de la churrería en el número 5 de la Estafeta. “Esta calle lo representa todo. El trabajo y el turismo. Gracias a ella nos conoce mucha gente en el extranjero. Es una bandera internacional”, explica. Las paredes de la churrería se asemejan a las páginas de un libro abierto. Las dedicatorias cubren cada cerámica. “Las borraremos después del Pobre de Mí”, aclara con una sonrisa y despejando una duda más: “¡Claro que se come chocolate con churros en verano, principalmente a primera hora de la mañana y a última de la tarde!”, aclara. “¡Y en San Fermín sin parar!”.

A unos metros de la churrería, el burgalés 
Vicente Mata, de 41 años, pide limosna. Y ya son 33 meses sentado en unos cartones, apoyado en la persiana de la misma joyería en la que en noviembre de 2014 logró evitar un atraco (la joyería tuvo que cerrar después de cincuenta años al implantarse la normativa que penaliza las rentas antiguas). Mata recuerda lo ocurrido: “Salí tras uno de los atracadores y le di alcance”. Su única compañía es una cesta para el dinero y un trozo de cartón en el que ha escrito: Tengo sed y hambre de justicia social. Mata se muestra especialmente triste estos días. Su mujer, en la cárcel, sufre metástasis de huesos. “Sólo pido que abran una enfermería en el módulo de mujeres o que me dejen cuidarla”, suplica.

UNA VENTANA A LA LUNA LLENA

A las diez y media de la mañana, el sol ilumina el ventanal del salón de la casa de 
Carmen Sarrías, en Mercaderes. Desde su atalaya, el fotógrafo Pedro Armestre congeló el encierro en 2013 en un instante decisivo. Oxígeno”, manifiesta la vecina, al resumir lo que siente cada vez que se asoma por el tragaluz y divisa el horizonte de la Estafeta. “Desde aquí se puede ver hasta la luna”.

El sol ‘pisa’ por primera vez el adoquín a las 11.09 horas. Los rayos se cuelan como alfileres por la Bajada de Javier, pintando un mural de luces y sombras en la fachada de La Casa del Libro. Esta librería, fundada en 1943 por Benito Echarte Elía, abuelo de los actuales dueños,Carmelo y Fermín Butini Echarte, aún atesora las enseñanzas de aquel kioskero que en los años cuarenta alquilaba tebeos y novelas y vendía periódicos internacionales. “Aquí nos hemos criado...”, susurra Carmelo con nostalgia.

Ambos hermanos encarnan la imagen de aquellos niños del pasado que voceaban la llegada de los diarios vespertinos. 
La Estafeta es como la Pasarela Cibeles. Y nuestra librería, la sala de estar del paseo”, ríe, reconociendo que la calle ha cambiado mucho. “Antes encontrabas todo tipo de gremios: droguerías, tintorerías, una tostadora de café, perfumería, peluquería, tienda de discos...”. Le sobrevienen las anécdotas, casi todas unidas a San Fermín. “Desde que éramos niños, después del encierro, vienen a la tienda a darnos dos besos un grupo de americanos”, ríe. También cuenta la historia de un turista alemán que compraba el cartel de San Fermín “y lo dejaba colgado en el Mesón El Pirineo durante las fiestas para que cogiese olor”.

En la parte alta de la Estafeta, en el número 47, continúa abierto el primer local de souvenirs de Pamplona. Hoy este negocio lo regentan Mª Eugenia Echeverría y su marido Ernesto Lareki. “Trabajamos mucho con artesanía y cosas para niños: gigantes de goma, toricos de ruedas, camisetas...”, dicen, recordando al último cliente que les marcó especialmente. “Un canadiense que compró quince figuritas del Olentzero”, apunta Lareki. “Le gustaban porque relacionaba la figura con la imagen de la gente mayor con boina que veía sentada en la Plaza del Castillo. Le contamos la historia y le gustó”.

Con el sol del mediodía, 
varios turistas manchegos se retratan fascinados con el toro expuesto en el escaparate de El pañuelico de Hemingway. “Es un novillo, así que imaginen qué tamaño puede alcanzar un toro”, les espolea el guía. En realidad, el novillo se llamaba Olivito y es un Miura de 595 kilos, el mismo que desgarró en 2014 la pierna a un australiano. Un matrimonio de Cochabamba, Raymundo y Matilde, que han viajado desde el país andino para visitar a su hija y su yerno, no comprenden cómo han podido disecarlo. Gesticulan incrédulos.

Llegan nuevos visitantes. 
Natxo Ainzúa, propietario de Gurgur, sale de su tienda atento y brinda unos dulces. “La Estafeta ha dejado de ser comercial. El que más compra es el turista nacional”, apunta.

Desde hace un año, la más internacional de las rúas acoge el paso sosegado de un norteamericano jubilado de 53 años y de su perro Sada. Natural de Washington, Craig cuenta que le gusta comprar garrapiñadas en Garrarte y buen vino en Honestus. “Me casé con una pamplonesa que conocí durante un curso de castellano en Sevilla y vine hace un año”, cuenta. “Me gusta esta ciudad. Es tan diferente a Washington”. 
A las seis de la tarde, el sol aclara por fin la placa que da nombre a la Estafeta, en Mercaderes. Y la vía se queda a merced de una penumbra abismal.









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