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Fotos copyright Iván Benítez/ Diario de Navarra
Cuando un cáncer de mama entra en una casa, en el corazón de una familia, todo explosiona. Se produce una detonación emocional. Un tsunami de miedo, angustia, intranquilidad que arrasa con todo lo que se había construido hasta entonces. Y la vida cambia. No sólo la salud de quien sufre la enfermedad se ve alterada, sino también el entorno. El estilo de vida da un giro que involucra a las actividades cotidianas y a la relación con la familia y la pareja.
“Cuando entra un cáncer en casa es para siempre”, describe Pedro Asensio, de 64 años.
“Siempre vives con miedo, pendiente de que pueda reproducirse un tumor”, resume Mikel Echeverría, de 41 años.
“El cáncer ha sido una enfermedad muy familiar”, determina Miguel Ángel del Castillo, de 48 años.
Pedro, Mikel y Miguel Ángel ponen rostro al cáncer de mama. Desnudan unos sentimientos que les acompañan desde que Ana Sarasa, Nerea Huarte y Cristina Eleta recibieran el primer diagnóstico. Unos sentimi…
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Mensajes al más allá

Un pañuelico rojo de San Fermín anudado a un Cristo en un panteón, otro azul de fiestas de Zarzosa en un nicho, velas encendidas y apagadas, cera derretida, ositos de peluches, caballitos y cochecitos de juguete, dibujos, uno para Tito de África y otro para los abuelos, una botella de anís y tres de cerveza, huele a rosas... Respeto. Miedo. Cultura. Historia. Los cementerios son lugares sagrados que invitan a la reflexión. Ayudan a recordar de dónde venimos y hacia dónde vamos. Acceder a su interior el día después de Todos los Santos, un 2 de noviembre, pasear junto a las tumbas y hacerlo muy despacio, escudriñando mensajes ‘escritos’ para el más allá, escuchando a su vez el canto continuo de los pájaros y el de las pisadas fugaces de los pocos visitantes, resulta un interesante ejercicio de introspección.
El pasado viernes, 2 de noviembre, el Cementerio Municipal de San José abrió sus puertas a las ocho de la mañana. Todas excepto una, la más próxima a la capilla, entreabierta media …

Un paseo a través del olfato

A fresa y curry. Mermelada y leña. Canela y cloaca. Miel y fritanga. Café molido y cera derretida. Pan y pólvora. Jabugo y río. A tinta, alcohol, hierba recién cortada... Así huele el centro de Pamplona, al menos una mañana cualquiera de otoño.
La nariz no deja de ser un órgano de percepción que enriquece tanto los momentos actuales como los recuerdos del pasado. Esto se debe a la memoria emocional en el sistema límbico del cerebro. “Emitimos y percibimos olores. Olemos y nos huelen. Y tales olores tienen papeles muy importantes en todas las áreas de la interacción social ejerciendo una amplia variedad de funciones”, explicaba en 2012 Anthony Synnott, Doctor en Sociología en la London University. El olfato es el sentido más desarrollado al nacer. Somos capaces de distinguir el aroma de nuestra madre de entre un grupo de personas dentro de una habitación. Los expertos en olores aseguran que la nariz puede distinguir diez mil olores, o un billón según el estudio del Laboratorio de Neuro…