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Más que una cadeneta (crónica de un confinamiento XVI)

Llamada telefónica a las nueve de la mañana de un compañero de trabajo. Debe ser grave. Aún somnoliento, ya que me quedo leyendo hasta tarde, abro la ventana del salón para airearme antes de contestar. “¿Te he despertado?”. No tranquilo, disimulo. Abajo, en la calle, creo ver a Patxi dentro de la máquina de limpieza. También percibo algo más de tráfico de lo normal. “Te llamo para preguntar si te hacen falta las imágenes que hay dentro de un pincho rojo que te dejé y tengo en mi mesa?”. No doy crédito. ¿Para eso se llama a las nueve de la mañana?, pienso. Intuyo que hay algo más. Efectivamente, de las fotos del pincho nos desviamos hacia otros derroteros. Qué importante es una buena conversación. Hablamos principalmente de trabajo, de lo importante de ser ahora más que nunca un fotógrafo íntegro, sin preocuparse tanto porque las imágenes surfeen en las mejores olas de las redes sociales. Mientras hablamos de este problema y de otros tantos, le confieso que soy optimista en este fuego …
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Ciclos (crónica de un confinamiento XV)

“¿Por qué no lleváis los anillos? ¿Es que ya no estáis casados?”. Así hemos despertado este 6 de abril.  “¡Hoy me toca hacer el desayuno!", nos espolea Helena. "¿Quién quiere zumo de naranja?”. Me levanto abrumado. Antes o después recordaré estos momentos con nostalgia. Abro la persiana y me asomo a la ventana, esta vez sin la taza de café hirviendo en la mano. Aún no lo ha preparado Helena. Ella se ocupa, insiste. En pijama y legañoso quedo impactado al ver como una mujer tira de un carrito de un bebé y a la vez de un chihuahua, que arrastra literalmente al cruzar un paso de peatones, dos metros por detrás.  Otra vez esta mujer, pienso, la vi la semana pasada. Por suerte no hay circulación. También compruebo que las personas que caminan bajo mi ventana son las mismas cada mañana. “¡A desayunar!”, reclama Helena. Una vez más el mantel de la cocina nos recuerda que saboreemos la vida sin prisa. Y eso hacemos. Café, zumo, medio kiwi, medio plátano y ducha. 

A las diez, telefone…

Superluna rosa (crónica de un confinamiento XIV)

Helena ha aprendido hoy a trocear champiñones con cuchillo. Le encanta cocinar y poco a poco consigue pequeños hitos que demuestran que la vida no se detiene. Entre champiñones laminados hace un descanso para beber agua. Con la mirada dentro del vaso, pregunta: “¿Por qué el agua es invisible y la leche blanca?”. Quedamos desarmados, una vez más. Luego su atención regresa a la tabla de madera, pero no tarda en pasar al ataque. “¿Los piratas existen?”, pregunta. La noche anterior recibimos un mensaje de los abuelos desde el barco en el que navegan desde hace meses. El capitán del navío teme un ataque pirata procedente de las costas de Somalia. Y me dio por leerlo en voz alta. “Seguro que 'amama' Blanca nos gastaba una broma”, tranquilizo a Helena. "Los piratas no existen".

Antes de comer leemos un par de cuentos. Abrimos uno de los que más le gusta, E.T. el extraterrestre. Aún recuerdo la vez que me senté en el cine Astoria de Bilbao con mis padres y hermanos para ver l…

Zapatillas y ruedines (crónica de un confinamiento XIII)

"¿Caravinagre se ha contagiado de coronavirus?". Es lo que pregunta Helena nada más abrir los ojos y descubrir en la portada de Diario de Navarra la foto del kiliki de la Comparsa de San Fermín con una mascarilla blanca. 20º día de confinamiento. Nueva jornada de datos macabros sin rostros: más de 800 muertos en 24 horas y el presidente del Gobierno comunica que el confinamiento se prolongará hasta el 26 de abril, sin descartar prórrogas. Todos sabemos que hasta junio no se levantarán las medidas de cuarentena. Personalmente, estimo que es lo más prudente para evitar un drama humano aún mayor. Pero también creo que los niños deberían salir de una vez por todas a respirar y correr. O acabarán colapsados. Este confinamiento se comporta como un francotirador apuntando directamente a la psique. Y no pienso solo en mi hija, sino en los muchos niños y niñas que viven una habitación de apenas 10 metros cuadrados. ¿Se imaginan viviendo en una ratonera durante veinte días y con otros…

Tres historias (crónica de un confinamiento XII)

Arcoíris de aromas en la cocina a primera hora de la mañana. Desayunamos despacio. Muy despacio, acompañados por el silbido de la cafetera y el monólogo de una periodista que recuerda en qué día vivimos: viernes de Dolores y primer día de Semana Santa. ¿Qué hubiéramos hecho estos días sin coronavirus?, pregunta la locutora a los oyentes. Olvido que estamos embarazados. A punto de dar a luz. Se me escapa una carcajada. Helena sigue dormida. Un mantelito sobre la mesa con un mensaje también nos recuerda que "Hay que vivir sin prisa". Me lo tomo al pie de la letra. En pijama y desaliñado, abro la ventana. Me asomo. Al fondo, el monte Ezkaba. Reconforta el contraste del viento frío del cierzo y el calor de la taza entre las manos. Abajo, en la calle, a unos doce metros, distingo el paso de los perros que han vuelto a sacar a sus dueños. También hay colas en el supermercado, en la panadería, en la carnicería... Las furgonetas de repartidores circulan calle arriba calle abajo. Se e…

El primer yoyó (crónica de un confinamiento XI)

Sol, lluvia, nieve, viento. Todo a la vez. Oleaje de contrastes ahí fuera. Oleaje de emociones aquí dentro, en casa. Un día más de confinamiento. Los pequeños se merecen algo más que un aplauso. Solo espero que no les pase facture todo esto. Magdalenas de chocolate para desayunar. Qué mejor amanecer. Helena se despereza: risas y llanto compungido al descubrir que la vida sigue varada, tal y como la dejó anoche. Cómo duele ver a un hijo mirar de soslayo hacia la ventana. El lenguaje silencioso de la tristeza. Videollamada con una amiguita. Pensamos que puede servir de canalizador de emociones. No es así. Se niega a hablar. Colgamos. Ira y más ira. La dejamos sola, lo necesita. Debe soltar lastre. Luego, prosigue pellizcando una de las magdalenas de chocolate. Se anima y arranca con las tareas de la mañana: manualidades. Prepara "txotxongiloak" (marionetas en euskera, como las llama Helena) con los tubos sobrantes del papel higiénico. “Solo estaba enfadada, nada más”, suelta d…

La jaula (crónica de un confinamiento X)

"Aita, ¿cómo se muere?". La pregunta cae a plomo a las cuatro de la tarde de una jornada más de confinamiento. Me quedo mirando a Helena. No he comprendido. "Sí, papi, ¿que cómo se muere?...". No sé qué responder. Trato de reaccionar. Le explico que el corazón se para y la cabeza deja de funcionar y entonces los ojos se cierran y te quedas dormido. No se me ocurre nada más. Ella lo niega. "Dormir no es morir", me deja claro. Comprendo la inquietud. Su madre me salva reclamando su atención. Hacen manualidades. En la soledad de la escritura empiezo a entender qué ocurre. En casa no tenemos televisión desde hace diez años y solo escuchamos la radio y leemos la prensa. Normalmente comentamos las noticias en familia. Pero, claro, desde hace casi un mes solo se escuchan muertos y más muertos. Una realidad que está calando ya en los más pequeños. De hecho, hoy los medios de comunicación han vuelto a bombardear con 864 fallecidos en 24 horas y más de 9.000 en tot…