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Camerún, el vagón 686


Vagón 686, Yaounde-Ngaoundere. De sur a norte. Dieciséis horas de viaje, en tren. Una atalaya privilegiada.

  En el norte espera la frontera con Nigeria. Las montañas Mandara.

















Unos días antes de subir al tren (Transcribo del cuaderno de campo)
Tendríamos que haber madrugado pero el cansancio no perdona. Son las ocho de la mañana de un día encapotado. Llueve.Desayunamos frente al Atlántico. El café nos devuelve la vida.
El Hotel Atlántico es un edificio colonial, de madera, frente a un mar que esta mañana se despereza turbio. Los colores prefieren mantenerse al margen. Limbe, al suroeste de Camerún, zona anglófona, próxima a Nigeria y Guinea Ecuatorial, es una pequeña ciudad portuaria de 40.000 habitantes fundada en 1857 por un misionero inglés (así lo recoge la guía de Joan Riera, la única que hay en el mercado sobre este país). Al parecer, las etnias del lugar, los bakweri, se convirtieron al cristianismo.


Nos ponemos manos mano a la obra y recorremos el litoral sorteando el barrizal. No es día de mercado. En la orilla, los pescadores regresan a la costa en sus barcazas con las capturas de la noche. El contraste no tiene desperdicio. En el horizonte emerge de las aguas la silueta de una plataforma petrolífera.
Limbe, un paraje espectacular donde el 40% no tiene trabajo y el 50% está infectado con el VIH. Yak, el guía, nos pide precaución. "Para esta gente la vida no tiene ningún valor", dice, "es una zona insegura". No le hacemos caso, si es así, lo comprobaremos. Nos mezclamos entre los pescadores y conversamos. Lo que me imaginaba. Yak es francófono y al parecer no se llevan del todo bien con los habitantes de esta provincia.
Proseguimos el viaje entre extensas campiñas de cultivos de té. Niebla. LLuvia. EL verde no quiere dar la cara. Plásticos, paraguas. Figuras fantasmagóricas de personas que se suceden a toda velocidad al otro lado de la ventanilla. Permanecen inmóviles, como estatuas. Camerún. Un país de 475.440 km cuadrados, 402 de los cuales son de costa.Sólo el 15% está cultivado. Gracias a su forma alargada disfruta de casi todos los climas de África. El sur se caracteriza por las altas temperaturas y la humedad, el oeste por un clima más suave, y el norte por un clima seco marcado por los vientos del Sáhara, sin apenas lluvia.


Una hora después, aparcamos frente a la fachada de un edificio azul y blanco. Al escuchar el motor, surgen de la nada un montón de niños. Es el orfanato Rhema Grace. El sitio donde Javier Lago, dueño de la agencia Cultura Africana en Madrid, nos pidió que trajésemos varias bolsas con zapatos. Gloria encabeza este recibimiento espontaneo. Tiene 19 años, la abandonaron con 7, y ahora es la responsable de este "milagro" en el que duermen 53 niños. Por cierto, no reciben ningún tipo de ayudas del Gobierno. Mejor dicho, ninguno de los miles de niños abandonados en todos los orfanatos del país la obtienen. Subsisten gracias a las colaboraciones de los hospitales construidos por las ONG.

Paco, de 8 años, sujeta el pantalón de Gloria bajo el dintel de la entrada. Sus padres murieron al nacer. Merci, de 3 años, aparece tímida entre los claros y oscuros de un estrecho y largo pasillo. Viste de blanco. Tiene los ojos más grandes y negros que jamás haya visto. "La abandonaron con tres meses", afirma Gloria. La cojo en brazos. Me abraza con tanta fuerza que me gustaría salir corriendo con ella en brazos. Marta, mi pareja, me observa cómplice. Ella también piensa lo mismo. La rabia toma el relevo. Me gustaría adoptarla...Imposible. Nunca lo permitirían. Tardaría tres años, en el mejor de los casos, si antes no la han violado, ha muerto de malaria u otra enfermedad. Su recuerdo sobrevivirá en este humilde blog.

Visitamos el interior del edificio de una planta. Las mayores se encargan de cambiar y mantener limpios a los más pequeños en las habitaciones con literas. Apenas han superado los 15 años. "Hay que sobrevivir", expresa Gloria. Merci se agarra a uno de mis dedos. Nos acompaña. No habla. Sólo observa. Miradas perdidas, afligidas. Aquí, en el orfanato de Rhena Grace se sienten protegidos. "Tenemos que continuar". Yak nos devuelve a la realidad. Es cierto, hay que seguir. Nos queda un largo trayecto hasta Nkongsamba, en plena selva, al norte. Acaricio la frente de Merci. Silencio. Regresamos sobre nuestros pasos. La pequeña nos persigue con la mirada. Esta vez le abraza el pequeño Paco.Gotas de lluvia se deslizan por el cristal de la ventanilla. La fotografía al otro lado es un “click” desenfocado. Mi corazón se despide en carne viva. Volveré. Lo prometo.
Camerún, un país diesel
Con el recuerdo de Gloria y la pequeña Merci proseguimos la ruta. La carretera serpentea entre un manto verde de plantaciones de té. Llueve intensamente. Atrás dejamos Ayatto, una aldea de madera y chapa. De la mano del río Mugón, avanzamos ahora por un paisaje bien distinto. Las plantaciones de plátanos se pierden en el horizonte por su inmensidad: mangos, papallas, piñas... tantos aromas. Camerún a esta latitud huele a trópico. De la espesura emergen, como cohetes, unos deslumbrantes baobas. Atravesamos la aldea de Benga. Los vecinos de pueblo se arremolinan con sus productos en una improvisada barrera humana. Literalmente, asaltan los vehículos. Si se circula de noche hay que tener cuidado.
La carretera es una arteria mal asfaltada: agujeros por todos lo lados. Socavones que no consiguen que Joseph, nuestro conductor, disminuya la velocidad. Limbe-Nkongsamba, un mirador a la vida. Nos acogerá la primera noche: niños embarrados hasta las cejas, mujeres con las cabezas aplastadas por el peso que cargan con habilidad sobre sus cabezas, nubes de humo, moto taxis con familias enteras. Camerún. Black and blanch. Un país dividido por el inglés y el francés. Un país unido por el paisaje.

Camerún. 'Black and blanche'.Negro y blanco. Petróleo...mandioca. Hospitalidad. Amargura. Fútbol. Camisetas roídas. Desgarradas por el olvido. Color azulgrana. Por delante, un anuncio que no comprenden: UNICEF. La camiseta oculta la silueta de una barriga hinchada por el hambre. Hambre que anestesian con los sorbos desesperados de una cerveza de un mijo blanco. Hasta los más pequeños la beben. En agosto sólo se come una vez al día, y con suerte.





Comentarios

  1. ¡Buenos días!
    Mi nombre es Vanessa Ortega, soy estudiante de periodismo y trabajo para la revista Nuestro Tiempo de la Universidad de Navarra. Me gustaría poder entrevistarle, porque su trabajo me parece muy interesante. La verdad es que me urge bastante la entrevista, así que me gustaría poder ponerme en contacto con usted cuanto antes. Dispongo de su número de movil (Javier Madorrán me lo ha facilitado) y espero que no le incomode que lo llame. Muchísimas Gracias de antemano,
    Un cordial saludo,
    Vanessa.

    Si quiere puede escribirme en mi blog o en mi dirección de correo electrónico que es vns_90@hotmail.com.

    Gracias.

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