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El abeto que quería ser poste de Encierro

Érase una vez un árbol, un abeto de corazón blanco, enormes barbas verdes y un colosal cuerpo cuarteado por la edad.

Los que acostumbraban a sentarse bajo sus enormes barbas verdes, dicen que nació y creció en el vientre de una mujer, mitad selva y mitad bosque, llamada Irati.
 
Los moradores de sombras de este boscaje aseguran que  los pájaros carpinteros eran sus mejores confidentes.     
Que volaban hasta su tronco al atardecer, con el último suspiro naranja. Que se posaban y martilleaban en su cuerpo, y después le informaban. Y que el anciano lo agradecía.
 
Le visitaban al atardecer y de la mano de un rayo verde. Éste era quien realmente relataba las históricas más mágicas.
 
Y fue a causa de una de estas historias mágicas, de uno de los susurros de este rayo "sabio y prudente", en la antesala del anochecer, cuando aquel anciano de corazón blanco decidió saltar desde lo más alto.
 
Los carpinteros siempre esperaban la aprobación del viejo para posarse. Una vez en sus ramas, con el repique del primer martilleo - era la señal-, la estela verde volaba también hasta el tronco y lo taladraba.

La última confidencia fue hace un mes. El verde abrazó al viejo, y le susurró: "Más allá de la selva, existe una ciudad donde hombres, mujeres, niños y niñas se visten de blanco y rojo y corren valientes delante de la aurora, sobre ríos de piedra custodiados por extraños gladiadores de madera".

El abeto blanco escuchaba atónito, mientras el rayo verde continuaba: "....el blanco y el rojo se funden porque les siguen... y atemorizados, los pobladores saltan aliviados abrazando a los almadieros protectores... Les llaman postes de Encierro". El abeto, pensativo, era todo oídos... "Luego, tras esquivar la embestida de la aurora, el blanco y rojo acaricia la madera en señal de agradecimiento ".

Aquella última confidencia, seccionó al anciano de Irati. El viejo abeto blanco quería convertirse en poste del Encierro.

Y se desplomó en mitad de la noche. Cuenta la leyenda que a la mañana siguiente, dos hermanos lo encontraron tirado en el suelo. Con los brazos hacia el cielo.

Jose Mari Jimeno y su hermano lo cargaron en su camión. El viejo árbol de 90 años, volvió a nacer. En esta ocasión, en el aserradero de Iciz, en el valle de Salazar. Aquí, en este útero de madera, los hermanos Jimeno le despojaron de su condición de árbol y le vistieron de poste de Encierro.

Cuentan los escritores de cuentos que todos los árboles poseen un nombre. Pues bien, quien se acerque hoy al callejón de la entrada de la plaza de toros y lo encuentre, descubrirá algo más que un poste.... Un mensaje grabado.
 




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