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Rojo hollín



¿Por dónde empezar?
 India, un hermoso y caótico país con más de mil millones de habitantes. Un inquietante mar de meditación y quietud. Un país contradictorio. La vida y la muerte, en el mismo colchón de castas y asfalto. La pureza y la impureza, navegando sobre las mismas aguas, en la misma balsa de madera. La sonrisa y la tristeza, apuntalando el mismo rostro. El color, luciendo e incinerando. No se sabe si primero es el perfume de las especias y el aroma del incienso o el hedor de las aguas fecales. India, un gran país, del que uno quiere regresar, para luego volver.


Sucedió en Agra. Un vendedor de fruta del mercado de la parte vieja de la ciudad fue el primero en enviar la primera señal. Lo hizo a su manera. Sutil. Bajo una techumbre sofocante  de polución. El hombre me atrapó.  La sencillez es la que teje. Sus largos y huesudos dedos seleccionaron al azar una manzana de las cientos que se desparramaban sobre el puesto de madera. La manzana, roja, la elevó a la altura de los ojos.  El hombre la giró despacio y me  la acercó. En silencio. El fruto cambió de color, tornándose amarillenta. La piel dejó de ser delicada y brillante. La volvió a girar. Y cambió de color. Al retirarla, se abrió paso una nueva paleta de colores. El hollín de las , que encalaba el negocio, alzaba el telón de un nuevo escenario. Esta vez, un "auditorio" amortajado entre pétalos. El vendedor, consciente de su "secreto", sonrió cómplice.Unos metros más allá, un intenso turbante de color rojo, como una de las caras de la manzana, atravesaba la calle.


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