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En casa del Dalai Lama




Frío, mucho frío. Esta es la sensación al ascender la estrecha carretera que lleva a la misma puerta del cielo. Y al llegar, sorpresa. Unas camisetas de fútbol colgadas de una barandilla parecen estar ahí a propósito para dar la bienvenida. "You will never walk alone", dice una de ellas. Un reloj marca las doce del mediodía. Una vaca busca entre restos de basura. Callejuelas. Huele a picante, té con mantequilla y momo. Barrizal. Monjes. Monjas. Ruido, mucho ruido. Pitidos de claxon. Es hora de clase. Filosofía, a golpe de palmada. Preguntas. Respuestas. Incienso. Mantras. De nuevo, ruido. Turistas. Meditación...  Dharamsala, la casa del Dalai Lama. La tierra del exilio. Un enclave estratégico a 1.700 metros de altura. La casa de Tenzin Gyatso, el décimo cuarto Dalai. A los pies de los Himalayas. Una puerta en el tiempo. Un reloj de arena donde el silencio existe y no existe. Olor a leña.  






                                                   
                                                  Entrada a la vivienda del Dalai Lama




                                                    Exterior del templo. Callejuelas estrechas.

Arco de seguridad.
Los niños son niños, como en cualquier lugar del mundo. Aprenden, meditan, compran chucherías.





   
  Les encanta el fútbol. 
"You will never walk alone"; dice una de las camisetas.







 Los novicios tibetanos se pasan el día estudiando sutras. El sistema de enseñanza apenas ha cambiado, sigue basándose en la repetición memorística bajo la atenta mirada de un monje tutor.





En las laderas del valle, bajo los pinos y los cedros, en cabañas de maderas, sin más mobiliario que dos camas y una pequeña madera, residen las monjas budistas.















Comentarios

  1. Te doy las gracias por todos tus excelentes reportajes.

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