Ir al contenido principal

Intocables

Fotos copyright Iván Benítez


Las ratas del templo de Karni Mata, en la localidad india de Bikaner, reciben tres vasijas de leche y agua limpia al día. Los sacerdotes y feligreses que se acercan diariamente a este recinto sagrado se encargan de que no les falte de nada. Las veneran. Creen que estos roedores, unos 20.000, son la reencarnación de la diosa. Cuando uno sale del templo y deja atrás el intenso olor a rata que impregna los pulmones, uno descubre, no muy lejos de este manto de excrementos y mármol blanco, una nueva y cruda realidad, esta vez de carne y hueso. Una situación que yace en el asfalto de la cotidianidad de la sociedad hindú.

Hombres, mujeres, niños, niñas, mueren, literalmente, de inanición o por enfermedad, bajo las ubres de unas vacas a punto de reventar de leche. Son los intocables. Los impuros. Los excluidos.
La tradición y la religión lo dejaron claro en la noche de los tiempos. Hace tres mil años, las escrituras sagradas védicas, las leyes de Manú, clasificaron a las familias según sus linajes, marcando con el fuego de la esclavitud a un alto porcentaje de la población. En la cúspide de esta pirámide de la pureza están los Brahamanes, los sacerdotes encargados de interpretar y enseñar los textos sagrados; en un segundo escalafón, los guerreros y gobernantes. Los artesanos y comerciantes, los que alimentan a la sociedad, conformarían el tercer nivel. Los campesinos y gente trabajadora, cuya labor es servir a las demás castas, encuadrarían el último escaño. Los intocables quedarían fuera de esta jerarquía. Son los apestados. Un condición religiosa que se hereda de padres a hijos.

Los más radicales aseguran su impureza es contagiosa. Por eso, expresan, la sombra de los intocables no puede coincidir con la de ellos. Se contaminarían. Según el censo de 2001, y que recoge Francisco Pérez Escudero en su estudio sobre los intocables, constituye el 16% de la sociedad, unos 167 millones de personas. Por debajo, asegura, todavía rezumaría la sinrazón de un millón más de almas, los apestados de los apestados, “ los intocables de los intocables”: los karamcharis o los manual sacavengers. Los que recogen excrementos con las manos.

Aunque la constitución india prohibe la “intocabilidad”, la realidad es otra bien distinta. “Todo es posible en este país de más de mil millones de personas”, reza un proverbio local. De hecho, en la actualidad, en pleno siglo XXI, los intocables todavía son repudiados, las mujeres violadas y los niños humillados en las escuelas por los profesores. La mayoría de los pequeños no pueden finalizar los estudios. A los karamcharis se les prohibe recoger agua de los mismos pozos de las castas superiores y comer en los mismos lugares.

Cualquier turista despistado puede caer en las fauces de este infierno. Sólo entonces, sólo al acercarse a este margen de la vida y la muerte, uno descubre que en él, en el infierno, el verdadero, habitan millones de miradas limpias y resignadas como la de Salim ( fotografía inferior).
Sucedió muy cerca del templo de Karni Mata , en Bikaner. Varios vecinos se apiñaban junto a una bocanada de peste que emergía de una cloaca próxima. Una pestilencia insoportable de excrementos y orines. Dentro no se distinguía nada. Sólo un charco negro. Y de repente unos enormes ojos, los de Salim, emergiendo de la nada.

Salim separa con las manos los plásticos de las heces. Lo hace de rodillas. En un momento dado, al distinguir a alguien extraño sobre él, alza la mirada. Aprovecha para tomar oxígeno y se queda en silencio. Su apariencia es frágil. Mantiene los ojos bien abiertos. Unos segundos después, se sumerge en la fosa de gases tóxicos.


Mueren muy jóvenes. Si no sucumben en estos pozos de aguas fecales, lo hacen en plena calle. Los que antes mueren son las mujeres y niños, quienes además de recoger los excrementos con las manos, se ven forzados a transportarlos sobre las cabezas hasta los vertederos. Si llueve, las cestas se desbordan, resbalando por sus rostros. Las cifras oficiales apuntan que hay unos 300.000 en toda la India, pero un informe del 2002 preparado por International Dalit Solidarity estima un total de un millón. El primer ministro anunció un plan de acción para erradicar la intocabilidad para finales de 2007. Estas fotografías se tomaron a finales de agosto de 2010.










































Comentarios

  1. Brutal, Ivan. es imposible que deje indiferente a nadie. Enhorabuena por el trabajo.

    ResponderEliminar
  2. Impresionante, Iván, como siempre. La verdad es que cuesta creer que algún día este orden de cosas pueda cambiar. Pero hay que tener confianza en que, tarde o temprano, así será. El sistema de castas en La India es algo a lo que el gobierno y toda la colectividad del país deben abordar con el fin de resolverlo, pues mientras perduré impedirá su avance como nación.

    Enhorabuena por las fotos, son espectaculares y todo un ejemplo para los que queremos ir mejorando en este arte.

    Y una enhorabuena muy especial por ese premio Teobaldo al Periodista del Año 2010, la verdad es que más merecido no se puede :-).

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Interesante, conciso y muy bien expresado. Gracias por comentar mi estudio, que está disponible en http://www.paraphrasis.com/investigacion/Dalits.html.
    Saludos,
    Francisco Pérez Escudero

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Cicatrices

Hay reportajes en los que uno trabaja con un nudo en la garganta. El miércoles pasado acompañé a María Vallejo, periodista de Diario de Navarra y superviviente de un cáncer de mama, a una pasarela de lencería organizada por Saray. Un evento en el que las modelos fueron siete mujeres que sufren la enfermedad. Algunas tienen pecho y otras no. Nos colamos en su intimidad. En sus lágrimas y sonrisas. Este fue el resultado de aquella tarde. Gracias María.




El ritual de Sergio Colás

Cuando fuimos contrabandistas

La madrugada de su muerte, no le acompañaba su hermano. Le dispararon tres veces. A bocajarro. Por la espalda. Ocurrió justo antes del amanecer.


Nicolás Ibarra murió el 27 de marzo de 1959 en un bosque de hayas que conocía muy bien. A diez kilómetros del caserío que le vio nacer en Mezkiritz (Valle de Erro) y donde vivía con sus padres y hermanos. Un cabo de la Guardia Civil destinado en Viscarret le esperó emboscado. Nicolás tenía 28 años cuando murió. Esa noche cubría a pie la ruta Sorogain- Espinal- Lusarreta con un paquete de puntillas de ganchillo a la espalda. La causa de su muerte, recuerda la familia, la “única” que se ha dado en el valle, tuvo como origen la disputa entre los guardias de los puestos de Viscarret y Espinal por hacerse con el control del dinero de los sobornos. Unos y otros querían ganar su parte del negocio. Su situación también era de precariedad. Al principio, los traficantes trabajaban con los de Viscarret, pero cambiaron de ruta y dejaron de pagarles, para…