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Jerusalén, princesa de la paz

En Israel la realidad supera la ficción. Aquí conocí el negocio de los atentados. Todo comienza con una explosión en plena calle.Después, una carrera por obtener el mejor instante.
Si no consigues estar lo suficientemente cerca, no te compran las fotos. Si  has estado  cerca, pero llegas tarde a la agencia, no te compran las fotos. Si consigues estar cerca y llegas a tiempo a la agencia para venderlas, te dicen que te pases mañana para cobrar. En el mismo lugar donde se producen los atentados se mueven cheques en blanco, se regatea.... Israel. Beta Esrael.

Jerusalén. Mordazmente llamada la princesa de la paz. Desde hace dos mil años sus calles no han respirado el bálsamo de la conciliación. Jerusalén. Ciudad amurallada hoy doblemente por el rencor y la historia. Se reza y se odia con la misma intensidad. Con una mano la torah, la biblia y el corán, con la otra, la vara de la guerra. Arqueólogos e historiadores coinciden en que la ciudad santa ha sido conquistada 20 veces y destruida cinco. Las legiones de Tito arrasaron Jerusalén. Adriano construyó sobre las ruinas un nuevo emporio, Aelia Catolina, encontrando el Santo Sepulcro. Doscientos años después cuentan las crónicas, llego desde Bizancio la emperatriz Elena para buscar los lugares santos. Jerusalén se convirtió en una marioneta para los historiadores y los estrategas militares: en el 614 fue destruida por los persas, en el 637 conquistada por el Califa Omar, en 1072 por los seljúcidas, en 1099 por los cruzados, en 1187 el sultán Saladino saqueó la ciudad, en 1617, los turcos la invaden, en 1917 el ejército inglés. Desde 1948, Jerusalén sigue oliendo a azufre. Las rocas de los montes de Juda son testigos nuevamente de la saña y ferocidad humana. Hoy las viejas murallas de la ciudad santa abrigan a un proyecto de más de 600 kilómetros de hormigón armado de ocho metros de altura, alambres de espino y metralladoras teledirigidas. Israelíes y palestinos separados por el ojo por ojo, diente por diente. Naciones Unidas y los países árabes miran de reojo. Oriente Medio, Próximo o Lejano, depende desde donde se mire, se ha convertido en una patata caliente.



Recorrer Israel en Pascua es un drama. Y no por la guerra civil no declarada, sino por el intenso pulso que hay que mantener con los rabinos de algunos hoteles internacionales. Durante este período, el libro sagrado para los judíos, la Torah prohíbe el consumo de ciertos alimentos. Menos mal que la mayoría de los camareros en los hoteles son palestinos y en momentos muy concretos, les gusta mantener una lucha testimonial contar el sistema impuesto… Bajo manga, te pasan pan, vino, aceite de oliva, cervezas...

Aquel 21 de marzo del 2000, digamos que Julian Vaqueira, Piru, técnico de sonido de la serie de televisión Planeta Encantado, Rafael Bolaños, director de fotografía, y servidor, volvimos a nacer…

La mañana amaneció gris, lluviosa, muy triste. La semana estaba siendo especialmente conflictiva en la zona. El ejército judío, rememorando sus hazañas en el año 70 después de Cristo, invadía una y otra vez los pueblos palestinos de Cisjordania y la franja de Gaza.
Flavio Josefo relataba en su obra más antigua, la guerra de los judíos, la historia desde la conquista de Jerusalén por Antíoco Epífanes (siglo II antes de Cristo) hasta la revuelta del 67 d.C. Las facciones judías querían liberarse de la opresión romana. Las legiones acamparon en los alrededores de la ciudad amurallada. Para protegerse unían los escudos formando una especie de caparazón de tortuga. Inexplicablemente Roma abandonó Jerusalén. Tres años después el general Tito cercaría la ciudad santa con estacas puntiagudas postrando a sus pies la tierra de Abraham, de David y de Salomón. Murieron más de un millón de personas.
Cuenta el escritor Isaac Bashevis en Cuentos judíos de la aldea de Chelm que en los cuentos el tiempo no desaparece, y que tampoco desaparecen los hombres y los animales. "Viven eternamente", escribe. Lo que ocurrió hace mucho tiempo todavía persiste. Dedica este libro a los muchos niños que no tuvieron oportunidad de crecer, debido a las guerras estúpidas que devastaron ciudades y aniquilaron a familias inocentes.
En Israel y Palestina el odio es más fuerte que el amor. El ojo por ojo, el diente por diente, se ha convertido en un estilo. Nadie quiere la violencia; pero nadie hace nada por extinguirla. Aparece y desaparece bajo el velo transparente de lo cotidiano. Ya nadie lee cuentos a sus hijos.
Durante aquellos días de rodaje de la serie documental Planeta Encantado, la convulsión crecía por momentos. Un joven palestino de 18 años, se inmolaba en nombre de Ala en un restaurante de Tel Aviv, matando a 45 personas e hiriendo a más de 90. Los suicidas palestinos aprovechaban la fiesta para golpear donde más duele. Las familias se reunían para comer juntos y celebraban la entrada de sus hijos en la lectura de su libro sagrado.

Eran las siete de la mañana. La lluvia arreciaba. Peligraba el rodaje. Y encima el desayuno, gracias a la Torah dejaba mucho que desear. A las ocho y media, con el estómago más bien vacío decidimos salir del Olive Tree Hotel, ubicado en George Street, cerca de la parte vieja de la ciudad, a escasos 100 metros de Mea Sharim, barrio donde viven los ortodoxos judíos. Los ocho miembros del equipo de televisión montamos en el micro bus y nos dirigimos hacia Belén. Hacia un alto próximo, desde donde se contemplaba parte de la ciudad. Durante aquellos días, Belén se encontraba cercada a los periodistas, incluso a los mismos habitantes de la ciudad. Permanecimos impasibles ante tanta contradicción, un lugar tan sagrado, cercado por la artillería israelí. Y mis pensamientos retrocedieron al pasado, escudriñando la historia, intentando adivinar algún pasaje bíblico. Un repentino “latigazo” de aire me sacó de mi reconfortante letargo. Es un auténtico privilegio poseer el don de la imaginación, me dije.
Eran las nueve y cuarto de la mañana. Aquel día, recuerdo, las sensaciones se acumulaban por mi cuerpo de forma extraña. Estaba inquieto y preocupado. Presentía algo.. Mientras todos se desprendían del equipo en el hotel, algo me ataba, más que nunca, a mi cámara fotográfica.
Saltándonos una de las normas más importantes de seguridad durante aquellos días, nos disgregamos. Unos fueron de compras por la ciudad vieja de Jerusalén; otros recorrimos Mea Sharim, el barrio ortodoxo judío.
Entrar en Mea Sharim es retroceder en el tiempo. Su acceso no es complicado, si se respetan una serie de normas de discreción en el comportamiento y en la forma de vestir. Aun así varios niños localizados en un colegio próximo a la entrada nos dieron la bienvenida con piedras.
Recorrer las callejuelas de este pequeño universo y caminar junto a los judíos ortodoxos es una experiencia única. Miran con desconfianza y agresividad. Como les han educado de pequeños. No hay que olvidar que somos impuros, “invasores”extranjeros. Caminan rápido. Siguen esperando a su salvador, Yavé. Creen que algún día regresará. Mientras tanto, proclaman al cielo páginas perdidas de su libro sagrado, acompañándolo de un curioso movimiento corporal. Qué curioso, lo mismo hacen los musulmanes. Tienen más similitudes que diferencian. ¿Y por qué no quieren verlas?El único objetivo en la vida de los ortodoxos es "esperar al enviado", Yavé. Viven del gobierno. Se consideran antimilitaristas. Pero creen que a los palestinos hay que matarlos a todos.
El destino no tenía preparado un doble mortal con red. Acabábamos de comer en un céntrico restaurante italiano de la parte nueva de la ciudad santa de Jerusalén. Las calles estaban poco transitadas. Sabat ,día festivo para los judíos. No teníamos mucho qué hacer. Al igual que durante la mañana, seguimos paseando por la ciudad quebrantando una vez más las reglas de juego. Jorge, el guía, fue muy claro. Si lo hacéis, bajo vuestra responsabilidad. Un pequeño problema a la hora de cobrar nos mantuvo algo de tiempo más en el comedor. Lo suficiente para seguir vivos… A la salida del restaurante le pido a Piru y al Bolas que me acompañen a comprar un disquete. ¿Un disquete? ¿No prefieres un café cortado? Bromean. Muertos de risa caminamos ingenuos a lo que iba a suceder. Jerusalén nos abría sus brazos entre sus calles peatonales. Pero fortuitamente alguien nos detuvo junto a un escaparate de carteras de cuero. Y ese mismo alguien, los tres coincidimos horas más tarde, nos empujó al interior de la tienda. Ante mi insistencia de no entrar. Piru, declina y abre la puerta. ¡Aquí no hay CDs. Qué hacemos aquí!Vamos a entrar, insistió Piru. Me dejé llevar. Entramos. Escudriño el mostrador y no encuentro lo que busco. Piruleta me mira con paciencia. De repente, un fuerte estruendo, un sonido hueco rompe nuestra complicidad. Nos sacude. Los cristales balbucean. ¿Un terremoto? Los gritos preconizan lo peor. Salimos. La gente corría cuesta abajo en nuestra misma dirección. Las tiendas a trescientos metros, reventadas. Un hombre, parece palestino, levantaba los brazos sumido por el dolor y la impotencia. Se encuentra en estado de shock. Una mujer y su hijo, destrozados por la metralla yacen sobre el asfalto. Un suicida palestino se inmolaba tras haberlo intentado en un autobús vacío. Han pasado diez minutos desde que entramos a la dichosa tienda de carteras de cuero. Nos hubiera impactado de lleno. Echo mano a la cámara y fotografío lo que puedo. Un militar judío me saca a la fuerza del espacio delimitado. Alguien se acerca. Ofrece un cheque en blanco. No lo puedo creer. Me alejo.








Comentarios

  1. Aupa Iván: Tan necesario como siempre. Más necesario que nunca

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  2. Inván, he parado la maquetación de la portada de Listín para leer el primer párrafo de tu narración y me he enganchado de inmediato. Siempre te he considerado un fotógrafo de guerra, y justamente lo eres, con gran capacidad para transmitir con la palabra escrita las sensaciones que se complementan con las imágenes que captas, y viceversa diría un amigo “filósofo callejero”. Es un lujo tenerte de sobreviviente. Un gran abrazo desde Santo Domingo.

    Yoni Cruz

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  3. Increible Iván, no tengo más palabras.

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