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Yamato-damashii

WAZAWAI wo tenjite fukuto nasu. "Cambiando la desgracia, se pasa a la fortuna". Este proverbio japonés explica que, a pesar de estar pasando por una adversidad, uno debe ingeniárselas para encontrarle el lado positivo a esa situación y así reanimarse.

Ayer sábado, a las cinco de la tarde, Kyoko, su marido Javier, y sus dos hijos, Naoki y Hayato, disfrutaban con la familia y unos amigos en una casa rural de Astiz. "Yo soy una japonesa atípica, más española que mi marido", indica riendo. Kyoko, que significa "respeto", conoció a su marido, Javier, hace 17 años en la Universidad de Navarra. "Terminé Económicas en Japón, trabajé un tiempo en una empresa y pedí un año de excedencia. Tenía 26 años. Quería aprender español y me aconsejaron esta universidad". El último día de este curso conoció a Javier, su marido, un hombre muy interesado en todo lo referente a la cultura oriental. Kyoko regresó a su país. Durante dos años mantuvieron una relación de amistad por carta. Un día, Javier le pidió que viniera a Navarra. Ahora tienen dos hijos. Naoki, que significa "andar con rectitud", y Hayato, "sobresaliente".
Kyoko trabaja de secretaria de dirección en Kybse. Casualmente, el presidente de Kayaba en Navarra se encuentra muy cerca de la zona afectada por el terremoto. "Ha ido a Japón a ver a su madre y hoy tenía que estar en Pamplona, pero el terremoto le alcanzó de lleno. Hatakeyama (nombre del presidente) está bien", tranquiliza. "Me envió ayer un correo electrónico diciendo que le cambie el vuelo para el lunes".
Es el peor terremoto de los últimos 140 años. Las calles, según los medios japoneses, están desiertas en Tokio y más de cuatro millones de hogares sin suministro eléctrico. El tsunami, con olas de hasta 10 metros, sigue barriendo el litoral del noreste del país. Se estima que la cifra final de víctimas supere los 1.700 en al menos nueve provincias del país. Con el temblor, 11 centrales nucleares han detenido automáticamente su actividad y se ha disparado la alerta por fuga radiactiva tras la explosión registrada en el recinto de la central nuclear de Fukushima N°1.
Frente a este escenario, Kyoko mantiene la calma. "Es la cultura japonesa", explica su marido. "Son personas preparadas para los terremotos. Les entrenan en los colegios. Son gente disciplinada, organizada. Muy equilibrada. Es lo que les distingue de nosotros. Si este terremoto hubiese ocurrido en Pamplona, se hundiría la ciudad. No nos hacemos idea de la magnitud". Kyoko asiente al escuchar a su marido. La última vez que telefoneó a su madre a Japón fue el viernes a las diez de la noche. "Mi madre vive en el norte, en Tochigi. La escuché bien, la sentí muy tranquila, y eso que acababan de sufrir una nueva réplica de 7 puntos. Estamos acostumbrados, hemos padecido muchos terremotos, la concepción de los edificios es más estable. Me decía mi madre que lo único que se derramó en casa fue el agua de la pecera", ríe al imaginar la escena.
Se estima que en Pamplona hay una comunidad de 50 japoneses. La mayoría, familias que no llevan mucho tiempo en la ciudad y que han venido por trabajo. Es el caso de la familia compuesta por Masaki, ingeniero de Kayaba de 37 años, Chie, su mujer, de 33, y sus dos hijos, Itaro y Nodoka, de 9 y 5 años. Itaro significa "obtener" y Nodoka "paz". Los dos pequeños hablan mejor el castellano que sus padres. Itaro, el hermano mayor explica el motivo: "Nuestro cerebro no tiene tantas cosas como el vuestro y entran más", sonríe. "Claro- dice ahora su padre en un mal castellano- nuestro cerebro es como un tubo...", vuelven a reír. Los cuatro residen cerca del parque de Yamaguchi, este lugar les recuerda a sus país. Dicen que lo que más les gusta es viajar en coche por España, ir de pinchos por el Casco Viejo de Pamplona, tomar cervecitas, jugar en el parque y comprar en los centros comerciales. Bromeando, se quejan de que hay muchas vacaciones.
El terremoto también les ha dado de lleno. Desde que se produjo, permanecen atentos a las noticias. Tienen una prima que reside en el mismo punto donde sucedió el tsunami. "El marido de mi prima -cuenta Chie- es capitán de barco pesquero y se salvó una vez que ya estaba en mar abierto porque regresó a puerto. Presentía, por el movimiento del mar, que algo no iba bien. Están vivos".

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