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Los "invisibles" de Pamplona

Miradas desconfiadas. Ojos ojerosos. Vidriosos. Cabellos desaliñados, grasientos. Sonrisas desdentadas. Yemas amarillas. Colillas de tabaco a punto de consumirse. Espaldas encorvadas. Rodillas abiertas por las caídas. Cejas rotas. Uñas largas. Silencios. Una fuente de agua. Bancos de madera. Bolsas de plástico. Botellas de vino. Litronas de cerveza. Un bocadillo. Un café. Botas militares. Un pantalón de camuflaje. Es jueves 14 de abril de 2011. Son las diez y media de la mañana en la Plaza Recoletas de Pamplona. Chus tiene 37 años y no ha pasado buena noche. Una noche más ha dormido en un cajero. Y ya son unos cuantos años. Ayer se levantó a las siete. Desayunó un café con leche y una cerveza y, acto seguido, como todas las mañanas, se dirigió a su cita con la "vida". Renqueante, alcanzó uno de los bancos, se tumbó, y se quedó dormido de nuevo. A las diez se volvió a levantar. Aturdido, con la mirada confusa, se encaramó al respaldo, levantó sus pantalones militares hasta las rodillas, comprobó el estado de la pierna derecha y se echó la mano a la ceja del ojo izquierdo. Como si de un acto ceremonial se tratara, antes de pronunciar una palabra, se mesó la barba blanca, apretó los cordones de las botas, y expresó con una sonrisa impotente: "Estoy cansado, muy cansado. La calle agota. Estoy sin trabajo y encima me encuentro enfermo". Chusvuelve a colocar la palma de su mano sobre el ojo. "Hace tres semanas me dieron una paliza mientras dormía en los Caídos", dice serio. "Caí al suelo. No recuerdo nada más. No sé quién lo hizo". Chus fue militar en Bosnia con 22 años y hoy es el día que sigue sintiendo el oficio por dentro. "Serví en Mostar y en Split. Conseguí salvar la vida de un muchacho cuando un francotirador le apuntaba. Me siento muy orgulloso de lo que llegué a ser, pero, empecé a consumir droga, luego probé el alcohol, y ahora no hay manera de salir", lamenta. "He intentado recuperarme en Larraingoa (comunidad terapéutica). No he conseguido poner los medios. Me gustaría recuperarme. Quiero hacerlo". Chus es un hombre con buena planta, quizá algo consumido por una alimentación inadecuada. "En la calle no se come bien. Te abandonas". Asegura que es disciplinado y responsable en el trabajo. "Sé trabajar", dice, "he ejercido en varios empleos". A renglón seguido, confiesa que duerme en la calle porque no le gusta el albergue de Trinitarios. No se acostumbra al tipo de normas que imponen. "Sin empleo, no te queda otra opción. Te quedas en la calle por obligación. No se pasa bien. Me gustaría que el gafitas (por Gallardon) o cualquier otro político sienta lo que es pasar un día y una noche en la calle, sólo un día", repite. Se levanta y camina hacia la fuente. "Vamos al sol", señala sentándose sobre la losa de piedra. "Muchas veces piensas lo que fuiste y cómo te has quedado....", exterioriza de nuevo. Chus se queda pensativo unos segundos, el tiempo que tarda Manuel en acercarse a su lado. "¡Echa un trago de vino!", exclama este hombre de 47 años de Pamplona. Recoletas se transforma en una mesa redonda con 15 ponentes. Todos quieren hablar pero respetan los turnos. El número de los sin techo aumenta a medida que transcurre la mañana. El más joven del grupo se llama Mohamed, es marroquí, y tiene 26 años. "Sólo pedimos una oportunidad", ilustra con un gesto y un buen castellano. Mohamed ha cumplido su tercer día en el albergue de transeúntes de Trinitarios y ahora debe abandonarlo. "Son las normas", apunta. No está empadronado. Las pocas pertenencias que le acompañan en su periplo por la mendicidad, las guarda en una pequeña mochila. "¿Por qué no nos ayudan los políticos?", pregunta. "Tu vida, sin trabajo, sin formación, se convierte en un permanente deambular. Lo de comer, al final, es lo de menos. Nos apañamos con una barra de pan y una lata de atún". Manuel sigue con la mirada, impaciente. Se nota que quiere hablar. Este hombre, despierto y locuaz como nadie, " he estudiado hasta cuarto de derecho", alardea, confiesa que "hay un antes y un después en su vida tras salir de la cárcel. Cuando entré en prisión, mi cuerpo se encontraba dentro de un ataúd". Manuel se replanteó su existencia. "Pertenezco a la generación de la heroína. Me pinché por primera vez con 14 años. Estaba en BUP. Con 18 años supe lo que era sufrir un mono de caballo blanco. La droga me empujó a la calle: 22 años. La calle es peor que la propia heroína. Te rompe. Es como un mazo. Te ahonda el agotamiento. Es mortal". Peio, de 51 años, le interrumpe. "Los políticos son los que nos deben proteger y servir... Y lo que hacen es obligarnos a beber. Nos emborrachamos para olvidar". Echa mano a una bolsa que retiene entre las piernas. Retira el plástico y extrae el cuello de una botella de cristal. Bebe. "Empecé a beber hace dos años cuando me quedé tirado en la calle". Peio ha dormido en el albergue. A diferencia de Mohamed, estar empadronado en Pamplona le da la posibilidad de ser usuario de larga estancia.
Manuel retoma el hilo de esta "ponencia" improvisada. Unos se van; otros aparecen. Cuando se les pregunta si hay mucha gente en la calle, gesticulan afirmativamente. "Sí, demasiada. Los políticos niegan la evidencia. No nos quieren ver. Somos muchos durmiendo bajo los puentes, en la calle, en furgonetas... No sabéis lo que es dormir en un puente con ratas por encima", ejemplifica. Manuel está rehabilitado. "He salido de todo. Hoy vivo en un piso de alquiler. Tengo suerte, pero hay mucha gente, más con esta crisis que se esconde por vergüenza, para que no le descubran". Manuel bromea con sus compañeros de plaza: "Os alquilo una cama a siete euros" . Ahora interviene Chus: "Es una vergüenza lo que están haciendo con nosotros", sostiene. Toma otro trago. "En Pamplona la solidaridad es grande. Te miran con lástima. Te llevarían a sus casas. Lo sabes. No es la solución. Lo que necesitamos es una casa propia y un trabajo".A Antonio esta situación le recuerda a la que experimentó en Italia en 2001, donde trabajó un tiempo. "Esta medida es como una olla de aceite hirviendo. ¿Qué van a hacer con todos?, ¿atendernos en la cárcel? No hay recursos para sacarnos de la calle, como propone Gallardón. En Italia nos metían en trenes y autobuses y nos enviaban de un lado para otro. Total, acabábamos siendo un problema para todos los ayuntamientos. No estamos en la calle por gusto".
Francisco es portugués, tiene 55 años, y en enero le retiraron el padrón. "Para no darme la renta básica", indica. "Llevo dos años en la calle. Después de tantos años cotizados. Estoy en la mierda". Peio le interrumpe: "Por un día, que los políticos se pongan en nuestro lugar. Por un día".

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