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Entre escombros...


Ventanas cerradas. Oscuridad. Pisos sin ventilar. Polvo, mucho polvo y alguna que otra sacudida. "Bienvenido al corazón de la demolición", parecen sugerir las miradas de los inquilinos de los dos únicos inmuebles que se han salvado de la quema, al abrir las puertas de sus casas. El derribo, que se inició el 11 de mayo, coincidiendo con el terremoto de Lorca, prevé que concluya a finales de junio. Un 11 de mayo que los vecinos del portal nº 12 de la calle Olite no olvidarán fácilmente. No sabían nada del derribo y salieron despavoridos de sus casas al escuchar los primeros rugidos de las máquinas retroexcavadoras. "Pensábamos que estaba sucediendo lo mismo que en Lorca", recuerda Shirley Salazar, una de las vecinas.
Hoy, casi un mes después, no se observan grietas en las paredes, pero los suelos de estas viviendas bailan a ritmo de mordisco de cizalla. "Se mueve todo", expresan con temor, "sobre todo por las mañanas, al encender las máquinas". "Esperas que en cualquier momento pase lo peor y lo de Lorca está muy reciente", lamenta Shirley. "Mis amigas no dejan de llamarme desde entonces, quieren que deje la casa. ¿A dónde voy a ir? Te quieres acostumbrar, pero es imposible... Hay mucha inquietud". Shirley sólo lleva un mes viviendo en esta casa. Nadie la advirtió. "No podemos abrir las ventanas, hay demasiado polvo y mi hija la pequeña sufre de asma. La ropa la tendemos dentro. El polvo se filtra por todos los lados. Nadie sabe hasta dónde van a llegar las máquinas. No nos informan. Cualquier día me las voy a encontrar en mi ventana", resopla. "Por lo menos han cercado el rellano. Allí -dice señalando hacia una planicie cuadrada de cemento armado-, colgábamos la ropa. Antes aparecía gente rara junto a nuestras ventanas, se colaban y se metían en los pisos; ahora -añade contrariada-, son los obreros los que nos asustan sin querer, a pie de ventana".
 Claudia Patricia Guzmán, su vecina, también vive con miedo. Teme que en cualquier momento suceda algo. Al igual que Shirley, lleva muy poco tiempo en el piso y nadie le avisó del derribo. El interior de su pequeña casa es una fábrica de ruidos. Una coctelera donde irrumpen con fuerza el impacto de los escombros al caer en el interior de los camiones, los gritos de los operarios, el gemido de las radiales, el repique de las mazas, etc. Toda una orquestación que ella se toma con parsimonia y con música caribeña a todo volumen."Llevo 10 días. Estoy de mudanza", ríe. Sus dos hijos juegan fuera, en el mismo rellano al que se refería Shirley. A escasos metros de un mar de escombros. "Hay momentos en el que tiembla todo. Las obras están muy cerca", manifiesta con preocupación. Las excavadoras recogen y descargan los escombros dentro de los camiones. El jueves pasado se emplearon 50 de estos vehículos. La escombrera, como se puede comprobar en la imagen principal, ha adquirido un nivel espectacular. La fotografía se tomó desde la casa de Carmen Alvarado, Mª Teresa Navarro y Daira, en el segundo piso del nº 1 de la calle Leyre, otro de los bloques que resisten el envite. Dentro, el ambiente está demasiado cargado por el polvo. "Y eso que riegan con agua. Mira como está la casa. Mi hija padece asma". Mª Teresa abre la ventana de la cocina y muestra la altura que alcanza ya la "ola" de cascotes.

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