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La ausencia es negra y roja



"La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano", dijo el escritor francés Víctor Hugo. Es sábado, 4 de junio. El interior del Ayuntamiento de Funes es un reguero de gente a toda prisa buscando un baño. Acaban de llegar de viaje. Todos lucen un "pañuelico" rojo anudado en el cuello y hablan un castellano con distintos acentos. A todos, sin embargo, les une un mismo sentimiento. Una añoranza. Un hogar: Navarra. Son las 10.50 horas de la mañana. Funes se convierte así en el corazón de la Comunidad foral. Es el Día del Navarro Ausente. Un acto festivo en el que la Federación Nacional de Hogares Navarros organiza cada año. Un encuentro dedicado a los navarros que viven fuera. Un reencuentro con la historia, las costumbres y las tradiciones de Navarra. A esta hora, envueltos por el largo repique de las campanas y la risa de un sol tibio, el de Víctor Hugo, desfilan animados los semblantes de cientos de navarros ausentes -la organización apunta 4.000-. Corazones que un día, por diferentes circunstancias, sufrieron la mortaja de la despedida. Y se vieron obligados a abandonar. Dejaron su tierra. En este cortejo de jadeos, miradas bajas y escalones, 81 en total hasta llegar a la iglesia, descolla el paso renqueante de Manoli Fuentes,una peraltesa de 80 años que abandonó su hogar a los 3 años de edad. Su madre acababa de morir y debía vivir con sus abuelos en Logroño; o el caminar meditabundo de Agustín Otondo(que lanzará con el representante de la casa de Navarra en Buenos Aires, Crisanto Ayanz, el chupinazo del día) y su mujer Mª Dolores Urrutia. Sus vidas recogen bien la esencia de este Día que se celebra desde 1989. Aunque Agustín y Mª Dolores nacieron en Erratzu (Baztan), se conocieron en Santiago de Chile. Agustín tenía 15 años cuando le tocó decidir alejarse de los suyos. "La situación era muy precaria. Me fui. Allí vivía un hermano de mi padre. Cogí un barco y un avión. Tardé 15 días. Trabajé en una industria panadera".
La procesión no tarda en alcanzar el atrio de la iglesia. Fuera, en la terraza que mira al río Arga y al barranco de Peñalén, José Manuel Echeverría, de 63 años, también de Erratzu, pero residente en Barakaldo, empina una bota de vino. "Me fui con mis padres al cumplir 10 años", dice, mientras evoca el día en que nació su hermana. "¿Recuerdos? Todos. Las grandes nevadas en el Pirineo. El día que nació mi hermana tuvo que subir un destacamento para abrir camino", ríe al pulsar el botón de la memoria. "Intento inculcar la misma forma de vida que me transmitieron mis padres. Es la única manera de perpetuar esta llama". Dice que estos días ha regresado a Erratzu, y se ha acercado hasta la puerta de la casa que un día le acunó: "¡La han pintado de naranja!", clama resignado. Es curioso, entre los convocados al acto hay muy pocas personas de origen foral. Abundan los que son amigos de los centros regionales navarros: Barcelona, Zaragoza, Logroño, Barakaldo, Bilbao... "Venimos porque detrás de un fiesta en esta tierra hay mucha marcha, en Barcelona somos muchos más secos", manifiestan Itziar Bandrés, Ana Perezmoreno, Carmen Sancho Martíny María José Madrid.
Willy,de 43 años, nació en Guinea Ecuatorial, pero lleva toda su vida en Bilbao. Es la segunda vez que pisa Navarra. No despega el ojo del visor de su cámara de vídeo. Es amigo de la casa navarra en Barakaldo. "Seremos unos 300", apunta. Se le acerca Fernando Briños:"¡Los navarros nacen donde quieren!", exterioriza con un marcado deje bilbaíno. Muy cerca, Paquita Jubera, de 65 años, nacida en Aras, se funde en un abrazo con el vianés Jesús Duque Díaz de Cerio, de 78 años. Ella reside en Vitoria y él en Bilbao.
La iglesia se ha quedado pequeña. A las once, Pablo Rubio, párroco de Funes, inicia la misa tras escuchar la jota cantada por el coro Santiago. El cura se acerca al púlpito, observa la bandera oficial que blandea junto a la tribuna, e irrumpe con sorpresa: "¡No me he preparado el salmo...!", y prosigue: "Navarra es un viejo reino. No todos pueden presumir de serlo. Somos la única región de España que realmente puede presumir de ser más independiente que las demás. Estamos muy contentos de lo que somos. La grandeza estriba en ser pequeños...", los "ausentes" escuchan sin pestañear. "Tengo un amigo que dice que Navarra es un continente sin mar. Lo es por su tierra, por su gente. Cada diez kilómetros cambia el paisaje, todos somos distintos. Nunca hemos dominado a los demás...". Tras la misa, la comitiva de ausentes, con la banda municipal al frente, las autoridades del Gobierno de Navarra (Alberto Catalán y Lola Eguren), y el alcalde en funciones, Antonio Ulzurrun, regresan juntos al Ayuntamiento. Allí, se suman a la comparsa de gigantes y gaiteros y al paso vivaracho de un extraño juglar con un curioso romance en su bolso, un poema dedicado a Sancho Garcés IV de Peñalén. Montxo Iturbide, que encarna a este trovador del siglo IV, conduce el desfile hacia la plaza donde degustarán de 130 kilos de chistorras. Son las doce. Luce el sol.

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