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De San Fermín a la Guerra Civil

A 33.000 pies ha tenido acceso a una historia increíble que sucedió en la antesala de la Guerra Civil.Un grupo de estibadores castelloneses alquilaron un autobús y viajaron a Pamplona para disfrutar de los Sanfermines.

Bautista Torrent tenía 32 años cuando salió por primera vez de Castellón, su tierra natal. “Fue el viaje de su vida”. Así se lo contó a su nieto Basilio en multitud de ocasiones, cuando apenas era un niño. Le sentaba sobre  su regazo y le relataba su hazaña. Hoy, aquel niño es un consagrado periodista, historiador y escritor  llamado Basilio Trilles. El único superviviente de esta historia. El último notario. “No deja de ser interesante que en julio del 36, con la que estaba cayendo, un grupo de tipos de la época decidiera alquilar en Castellón un autobús para ir a los Sanfermines”, explica Trilles, “pagaron 1.500 pesetas entre todos los de la peña taurina y se aventuraron”.
Bautista Torrent con su nieta Mari Carmen en brazos . En el centro Basilio Trilles, junto a su abuela Carmen. Abajo Basilio Trilles con la paellera que emplearon entonces.


Sucedió el 4 de julio de 1936. Faltaban 13 días para el inicio de del Alzamiento Nacional contra el gobierno de la Segunda República. Pamplona se encontraba en la antesala de las fiestas de San Fermín. Las portadas de los periódicos locales así lo reflejaban.
BautistaTorrent era un hombre fácil de reconocer, por su extraordinaria fortaleza. Solía lucir una gran boina negra, tipo txapela. Su físico, espectacular, era más parecido a un “aizkolari”  -cortador de troncos vasco- que  al de un encargado de estibadores de un puerto. Tenía cuatro hermanos: Vicente -en aquel momento era teniente de alcalde del ayuntamiento de Castellón por Izquierda Republicana- pasó bastante tiempo en la cárcel por su condición de político; Vicenta regentaba una taberna que se convirtió en restaurante y más tarde en hotel; Paca, que administraba una pescadería en el mercado central de Castellón, también fue detenida y encarcelada por sus ideas; Manoli, la más pequeña, trabajó en el restaurante de su hermana Vicenta.
Bautista sabía leer, escribir y tenía nociones de contabilidad. Como también navegaba, ingresó de timonel en la Marina. Primero en el acorazado Jaime I, después en un torpedero. Era un gran aficionado a los toros. Formaba parte del Club Taurino Castellón. Las edades de sus socios comprendían entre los 30 y los 40 años. El más joven de la Peña se llamaba Francisco Pastor, más conocido por ‘Pepito el Subastaor. A sus 22 años ejercía de tesorero. Gozaba de conocimientos de contabilidad.  Era un personaje muy conocido en el puerto de Castellón. Durante más de 40 años se encargó de la subasta del pescado. Falleció a los 90 años. Fue el último testigo de aquel viaje a Pamplona.
Quienes conocieron a Bautista le describen como un hombre conversador, con una atracción casi inexplicable por  Navarra y el País Vasco. “No se perdía un encierro”, recuerda su nieto. La mar era su mayor confidente. Era la encargada de mantenerle informado de lo que acontecía por Navarra. La mar, aunque parezca extraño, “hermanó” en cierta manera  a Navarra con Castellón.
 Era lógico, por aquella época, los camiones congeladores, cargados de hielo y  sardinas, se adentraban en las infinitas redes de asfalto y se perdían en el horizonte de la Mancha hasta amarrar en Pamplona. Los propios camioneros se encargaban a su regreso de relatar sus experiencias a los más jóvenes estibadores, quienes escuchaban estupefactos. Entre ellos, siempre en primera fila, sentados sobre cajas de pescado vacías, Bautista, Vicente, teniente alcalde de Castellón, y su hijo Cecilio. A esta pasión por los toros se unió también una nueva e invisible jábega: la pasión por el fútbol, y en concreto por el Athletic de Bilbao.
En este contexto, se cocinó todo.  Los estibadores querían conocer aquella tierra extraña donde los mozos corrían delante de los toros y se comía y bebía sin tregua ni descanso. Y no les faltó tiempo para preparar el periplo. La Peña Mata reunió a un grupo de aficionados taurinos de El Grao, barrio del puerto de Castellón en el que Bautista era el presidente, y plantearon la odisea.
Viajar de Castellón a Pamplona en aquella época requería de tiempo, dinero, y coraje: faltaban apenas unos días para el comienzo de la Guerra Civil. Al final, la peña aprobó  la idea y crearon una comisión organizadora. Se pusieron a trabajar.
Primero había que conseguir dinero. Se crearon unas cuotas especiales. Cada semana, se celebraban en un café casino unos bailes de gala en los que se  sorteaban  flores, licores y cajas de puros. A parte de este dinero, cada peñista ponía 45 duros.
Por fin, el 4 de julio de 1936, los treinta miembros de la Peña Mata alquilaron un autobús de la compañía Autos Mediterráneo. Les costó 1.500 pesetas. Era el primer gran itinerario fuera de la provincia de un autobús de la compañía castellonense. Entre el equipaje no faltó  un enorme ‘paellón’ y una tienda de campaña militar.  La primera parada la efectuaron en Morella, a 110 kilómetros de Castellón, en la comarca de Els Ports. Aquí aprovecharon para comprar comestibles.  Luego continuaron hacia Alcañiz y  Zaragoza, a unos 180 km de Morella. Pernoctaron en la fonda El Pilar, la visitaron.
El  5 de julio, los periódicos navarros abrían sus portadas con los titulares de las vísperas de las fiestas. Diario de Navarra lo hacía con una crónica de la previsión del tiempo en la página 3 de las 16 que publicó. “El tiempo no se puede presentar mejor. Hay sol, hay calor y hay un ambiente clásico y peculiar de las fiestas”, describía. “Con estos alicientes, que es lo principal, ni que decir tiene que la animación va a tono con el tiempo, lo cual, a no dudarlo, aumentará de aquí a mañana en soberbias jornadas”.
La Voz de Navarra titulaba  “La gran ilusión” y continuaba... “Si a los irunxemes de cepa se nos pregunta por el día más grato de los Sanfermines, contestaremos casi todos, el víspera. Claro que el víspera de todos los días es mejor que el propio día, como la ilusión  de la cosa es mejor que la cosa misma. El víspera de San Fermín es la ilusión de la fiesta, hecha ya fiesta. Ese momento instantáneo en el cual no ha empezado a reaccionar el discernimiento. En cuanto esto actúa, la ilusión empieza a fenecer en el lecho de rosas”.
El Pensamiento de Navarra, con exclamaciones: “¡Hala, Pamplonicas!¡Ya llegan los Sanfemines!” . Y seguía: “Con la alegría característica de quien cifra en una fecha su mayor regocijo, así esperan los pamplonicas, y los que no son, las incomparables fiestas en honor de su patrono, San Fermín.  Ya se perciben las alegres músicas interpretando pasacalles, las bandas de espontáneos que comunican su alegría al son de las flautas y dulzaina...¡Hala Pamplonicas!¡Derrochar vuestra alegría sin reposo! ¡Son fiestas!¡Estamos en San Fermín! Agotar vuestras energías en la emocionante fase del encierro, delante de esos toros que miran con furia incontenida vuestra bravura”.
Los foráneos fueron recibidos en el Ayuntamiento de Pamplona por el alcalde Bautista, a quien le entregaron una carta del edil de Castellón, Manuel Aragonés Cucala. En este manuscrito se avalaba el comportamiento de los estibadores, solicitando que se les permitiese acampar en la ciudad. Se les habilitó un espacio en alguno de los parques, asignando incluso un servicio de vigilancia a la Policía Municipal.
La Peña Mata montó cerca del autobús una gran tienda de campaña que les prestaron los propios militares del regimiento de guarnición en Castellón y un entoldado con postes que hacía la función de porche.  La cocina se armó cerca del autobús. La comida la preparaba un cocinero profesional y un ayudante contratados en El Grao. Si era  habitual que los pamploneses se les uniesen en las comidas y las cenas,  el día que preparaban la paella valenciana en  los‘paellones tradicionales, los invitados abarrotaban  el porche -Basilio Triller, nieto de Bautista guarda uno de aquellos paellones como una reliquia. Ver imagen superior-.
Los estibadores disfrutaron de tres días de fiesta.  Al cuarto continuaron el periplo en dirección Bilbao. Casi todos los peñistas eran del Athletic de Bilbao. De allí se dirigieron a San Sebastián y regresaron a Pamplona, para vivir el tramo final de las fiestas. Asistieron a la corrida.
De vuelta a casa, el grupo no dudó en descansar en Logroño para degustar del vino de la región. El autobús entró en Castellón  el 16 de julio. Por entonces, el gobernador  militar de Pamplona, el general Mola, ya había puesto en marcha el golpe de estado contra la II República. El sábado 18 de julio, día del golpe, los estibadores organizaron un baile en el café Colón de El Grao, en el que  obsequiaron a cada mesa con una caja de galletas y una botella de sidra que compraron en el viaje. Según relató Bautista a su nieto, en el viaje de vuelta tuvieron que pasar varios controles de la Guardia Civil. “La cosa ya se estaba moviendo”, expresa Basilio.  Bautista siguió trabajando en el puerto durante la Guerra Civil. Junto a otros republicanos protegió al párroco de El Grao, elementos anarquistas intentaron secuestrarle. El 14 de junio de 1938 los nacionales detuvieron a Bautista mientras dirigía los trabajos de descarga.  Un capitán de las fuerzas del general Aranda, pistola en mano, subió al barco preguntando por Torrent.Lo encarcelaron en la Prisión Provincial. Después, le  trasladaron al campo de concentración de Palencia, donde permaneció detenido hasta el final de la guerra. Falleció en 1987, a los 83 años.

Comentarios

  1. Muy interesante. Además, como grauero y amigo de la infancia de Basilio, el relato me ha llegado muy hondo.

    Un saludo.

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  2. Muy interesante. Además, como grauero y amigo de la infancia de Basilio, el relato me ha llegado muy hondo.

    Un saludo.

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