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Guatemala: Código L-30


Sandra Sofía vive en el lago Atitlán, en una casita de una habitación de barro y piedra, con sus padres y tres hermanos. Tiene cinco años y no ha desayunado. Tampoco sus hermanos. No queda leche en casa. En realidad, lo que se les ha terminado es la comida. Por eso ha venido con su madre a la Fundación Familia Maya. Es diez de agosto y toca reparto gratis de leche en polvo.
A sus cinco años, Sandra Sofía conoce muy bien el protocolo que debe realizar frente a la cámara compacta de Bartolo, miembro de la fundación, en cuanto reciba la lata de leche. Sabe que se tiene que subir a una silla para estar a la altura de su madre, mantener el equilibrio, abrazar la lata de leche en polvo de 2,4 kilos, mirar a la cámara de Bartolo, sin moverse, y enviar una sonrisa. Mientras, María Yolanda, su madre, algo más seria, sujetará la pizarra con el código correspondiente. Ese día  se les registró con el L-30. En apenas dos horas han cruzado el umbral de este centro del altiplano guatemalteco 78 mujeres.
Ayer, 23 de octubre, Naciones Unidas llamaba a combatir la desnutrición y escasez de alimentos en numerosas comunidades de Guatemala."Hay datos realmente impactantes, como que hay municipios donde el 11 por ciento de la población tiene desnutrición aguda o que hay comunidades que están por terminar sus reservas y se quedarán sin alimentos hasta la próxima cosecha'' que se espera a mediados de año, informó la  representante de Naciones Unidas en Guatemala René Mauricio Valdez. El llamamiento humanitario internacional pedirá ayuda alimentaria, para distribuir comida a los más necesitados, medicinas, equipos de saneamiento de agua y mejoras para la agricultura, indicó. Cerca de la mitad de la población guatemalteca ingiere menos alimentos de los necesarios para desarrollarse de forma plena y entre uno y 1.5 de cada 100 padece de desnutrición aguda, que puede ser mortal. "Es gente que con una diarrea, puede morir'', dijo Valdez. Una pobre temporada lluviosa atribuida al fenómeno del Niño han provocado que los agricultores pierdan cosechas, algo grave para quienes mantienen cultivos que apenas alcanzan para su subsistencia.

Sandra Sofía borra el número de la pizarra. Se la devuelve a Bartolo con una sonrisa de oreja a oreja - no es para menos, tienen leche para unos días-, y se despide en cakchiquel, su dialecto natal, una lengua hablada por 45.000 personas en todo el país. Los hoyuelos de la pequeña se abren y reposan directamente sobre el rostro de un bebe de cuatro meses con el labio leporino. Se llama Héctor. Teresa, su madre, intenta darle el biberón, pero le cuesta tragar. Junto a Teresa también se encuentra Nicolasa con sus cuatro hijos. Esperan la lata de 2,4 kilos de leche. Nicolasa perdió hace unos meses a Dulce María, la más pequeña de sus hijos. “Tenía siete años. Cayó al lago. Jugaba. Se ahogó”, cuenta con frialdad. Bartolo traduce. “Mi marido es pescador. No tenemos donde vivir. Somos pobres. ¿Años? No sé cuántos años tengo. No sé leer”. Bartolo avisa a Nicolasa, es su turno. Héctor comienza a llorar. Dina, coordinadora brasileña de la fundación acompaña al periodista a la orilla del lago y le ofrece un poco de información sobre la dramática situación de la mujer maya. Antes reposa su mirada en la superficie de las aguas, que comienzan a transformar su aspecto. “A esta hora -son las cuatro de la tarde- el lago suele cambiar de rostro”, avisa.  Y con la mirada apuntalada en las faldas del volcán Atitlán, como si sus palabras hubiesen abierto la puerta al famoso viento Xocomil, la superficie del lago se convirtió en un mar bravo.
Cuenta la leyenda que una doncella vivía con su padre en la cumbre del Volcán de Atitlán, a la muchacha le encantaba bañarse en el lago, pero su padre se sentía muy preocupado al ver como el lago exaltaba las pasiones de su hija, por esta razón, todo el tiempo inventaba excusas para impedirle que se bañara en sus aguas, sin embargo, cuando su padre no la veía, la muchacha bajaba del volcán, se quitaba la ropa y se bañaba en el lago. El lago también se había enamorado de la muchacha y, cuando se bañaba en sus aguas, le extendía los brazos y la acariciaba, el padre decidió vigilar constantemente a la muchacha para evitar que se acercara. Para ello, pidió ayuda del volcán, la doncella lloraba amargamente, no podía llegar hasta el lago, a pesar de que éste la llamaba con insistencia. Todavía hoy, las aguas del lago se agitan y forman olas tormentosas porque su amada aún no regresa a él. Mientras tanto, los infortunados pescadores, remando sus frágiles cayucos, se cobijan en la orilla, para protegerse de la furia del lago.  Así es como todos los que cruzan el lago de Atitlán, han llegado a temer el famoso Xocomil, un fuerte viento que sopla sobre las aguas tranquilas del lago y lo convierte en un furioso mar.
A las cinco de la tarde, esta vez frente al volcán San Pedro y San Lucas, las mujeres se acercan al lago para hacer la colada. Algunas aprovechan, se desnudan, y toman un baño. Una hora más tarde llegan sus maridos. Con la puesta de sol. Machete en mano y con rostro cansado.
Así es la Guatemala de siglo XXI. Un país en el que las cifras de asesinatos a mujeres y la saña con los que se cometen forman parte del pan nuestro de cada día. Un país en el que hasta los colores simbolizan la guerra.Y lo peor de todo, la impunidad con la que se perpetúan. La cifra es aterradora: 42 por cada 100.000 habitantes. Una auténtica limpieza étnica que golpea hoy de nuevo a una etnia, la Maya, una civilización con más de 3.000 años que habitó un territorio comprendido por cinco estados: México, América Central, Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador.

Victoria Sanford, en su libro ‘Guatemala: Del genocidio al feminicidio’, explica el papel del Estado en cuanto al feminicidio en Guatemala y la omisión de responsabilidad de garantizar igual protección ante la ley a todos los ciudadanos. Cada año resulta más peligroso ser mujer en Guatemala -escribe la autora-, en 2006 murieron violentamente más de 600 mujeres. En 2007 un promedio de dos mujeres fueron asesinadas diariamente. Entre 2002 y 2005 el número de asesinatos de mujeres se incrementó en más de un 63%. La mayoría tenían entre 16 y 30 años. Mujeres como las que acuden cada final de mes a la Fundación familias Mayas ubicadas en Panajachel, junto al Lago Atitlán. El índice de muertes violentas en un país que se encuentra en paz, se acerca a los niveles de inicicios de los años 80 cuando Guatemala se encontraba en el pico de una guerra genocida que quitó la vida a 200.000 personas.


Philip Alston, relator de Naciones Unidas, declaró en 2007 que mientras la población femenina incrementó en un 8% entre los años 2001 y 2006, el índice de mortalidad femenina fue de un 117%. “Los genocidas no han sido sometidos a la justicia, sigue reinando la impunidad”, apuntaba el relator.
El volumen, de 84 páginas, es un desafío a la impunidad. En junio de 1982 –apunta la escritora- las mujeres constituían el 42% de las víctimas de las masacres. A mediados de 1982 el número de homicidios de mujeres y niñas subió tanto que hasta el porcentaje de víctimas masculinas bajó. Los militares sabían muy bien lo que tenían que hacer: aniquilar a todas las mujeres mayas. El 29 de abril de 2005, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al gobierno guatemalteco por las matanzas. Dos años después, una Corte española emitió una orden internacional de captura para varios generales y oficiales del ejército. Los cargos incluían genocidio, terrorismo, tortura, asesinato y detención ilegal. Durante cinco años de tiempos de paz, el número de asesinatos registrados en Guatemala llegó a 20.943. “Si el número de asesinatos sigue aumentado”, advierte Victoria Sandford, “serán más las víctimas de muertes violentas en los primeros 25 años de paz que los que murieron durante los 36 años de guerra civil”.
¿Qué dice el gobierno y la policía de todo esto? Nada. Mejor dicho, culpan a las pandillas y el crimen organizado y hasta a la delincuencia común por el alto índice de asesinatos. La mayoría de los guatemaltecos consultados por A 33.000 pies coinciden: “Corrupción. Este es el origen de las matanzas”. “Los cárteres los integran exmiembros de las fuerzas especiales del ejército guatemalteco y policías nacionales en su tiempo libre. Cobran unos 200 dólares al mes”, revelan. Guatemala ha perdido el miedo. Una sensación que se refleja perfectamente en la manera de trabajar de algunos medios de comunicación, que llegan hasta “cocina” en los sucesos. Los periodistas guatemaltecos, valientes como lo son en toda Latinoamérica, explican que los primeros en llegar a una escena de crimen son los bomberos voluntarios y los paramédicos. Los últimos en aparecer son la Policía nacional Civil (PNC), es decir los que investigan el crimen. La propia Oficina de la Mujer y el servicio especial de la Policía Nacional asignados a combatir la violencia contra las mujeres han admitido a la propia Naciones Unidas que el “40% de los casos están archivados y nunca se investigarán”. “Y los que se investigan –prosigue la confesión- recaen las sospechas en las mujeres asesinadas”, a estos casos los califican “casos precipitados por la víctima”. Philip Alston responsabilizó al Estado de Guatemala de ser el responsable ya que su sistema judicial es “incapaz de obtener una tasa de condenas con más un dígito. Por tanto, el estado es responsable bajo la ley de los derechos humanos de los muchos que han sido asesinados por otros ciudadanos”.






















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