Ir al contenido principal

Mingo


Los antiguos mayas asociaban la frente plana y los ojos achinados y bizcos con la belleza. Por eso, para lograr estos resultados, ataban con fuerza unas tablas a la cabeza de los niños y les colgaban bolas de cera delante de los ojos. Pues bien, los ojos de Mingo ni son estrábicos ni achinados, sino redondos y oscuros como el betún.
 Mingo tiene cinco años y trabaja como limpiabotas en el mercado de Chichicastenango en Guatemala. Es jueves, 12 de agosto de 2011. El mercado de 'Chichi', así se conoce a esta hermosa villa de 60.000 habitantes enclavada en las Tierras Altas de este pequeño y superpoblado país centroamericano, se despereza al amanecer y estira su amplio telar de contradicciones. Es día grande de mercado. El más espectacular de Guatemala por su colorido.
En realidad, Guatemala entera es una paleta de colores. Un arcoiris. Un telar donde el rojo procede de la sangre, el verde de la selva y el azul índigo de los pueblos que rodean a los lagos. Un tejido rojo teñido por la sangre de una guerra civil que duró 30 años y dejó miles de mujeres y niños muertos. Un rojo que todavía mancha las vidas de miles de mujeres mayas. Los militares y los políticos implicados en aquellas matanzas se reparten hoy los puestos del gobierno y se sientan frente a las mujeres que un día violaron. Unos políticos que hoy siguen permitiendo los mismos crímenes contra la mujer: 685 asesinadas en 2010.
 Pues bien, Mingo también perdió a su madre. La mataron. Lo hicieron hace dos años, en las mismas callejuelas adoquinadas que ahora recorre con su caja de madera color betún, como el de sus ojos, los jueves y los domingos, los dos únicos días de mercado.
Por eso Mingo trabaja en la calle. No estudia. Por eso aquel 12 de agosto colocó la caja de madera color betún a los pies del turista americano que requirió sus servicios, y los cepilló con firmeza y esmero. Por eso, al terminar de limpiarle los zapatos, levantó azarado la mirada, buscó la  de aquel extraño de unos sesenta años, y le pidió unas monedas.
 Aquel turista, de más de sesenta años, extrajo un billete de cinco quetzales (50 céntimos) del bolsillo y se lo entregó esquivando el betún de sus ojos.



 

                                          Los ojos de Mingo, del color del betún


Comentarios

Entradas populares de este blog

Cicatrices

Hay reportajes en los que uno trabaja con un nudo en la garganta. El miércoles pasado acompañé a María Vallejo, periodista de Diario de Navarra y superviviente de un cáncer de mama, a una pasarela de lencería organizada por Saray. Un evento en el que las modelos fueron siete mujeres que sufren la enfermedad. Algunas tienen pecho y otras no. Nos colamos en su intimidad. En sus lágrimas y sonrisas. Este fue el resultado de aquella tarde. Gracias María.




La otra cara de las Maldivas

El paraíso también tiene dos caras. En Malé, por ejemplo - la capital de las islas Maldivas-, esta segunda cara se deja ver al atardecer, cuando el turquesa se viste de plástico. Una realidad poco conocida.
Empujados por el último suspiro del día, un pelotón de ciclistas se echa a la calle cargados de bolsas rojas de basura. Son los basureros del paraíso. Unos hombres enjutos que pedalean sin tregua, siempre erguidos y con la mirada fija en cada recoveco de hormigón. La ciudad es pequeña. No supera los seis kilómetros cuadrados, pero alberga más de cien mil habitantes y produce toneladas de residuos cada día. Con las bolsas rojas de los desperdicios colgadas del manillar, o de cualquier otro saliente de la bicicleta, los hombres enjutos serpentean por la urbe. Una vez obtenida suficiente basura, se dirigen al puerto, al final del malecón. Buscan la dársena correspondiente, normalmente un punto recóndito y ajeno a cualquier mirada curiosa y extranjera, y depositan su carga.En el puerto …

La cara oculta del Castillo de Olite

La cueva de los leones. Así llamaban los niños de Olite a la bodega del Palacio Real, hace 50 años, cuando se colaban en ella, a jugar, porque conocían al cuidador. Cuando el historiador olitense, Javier Corcín Ortigosa, se refiere a esta bodega, le abraza una sensación agridulce. Dulce, porque la primera imagen que le atrapa es la suya, de niño, jugando "a las aventuras", en busca de unos leones imaginarios que un día muy lejano rugieron dentro del mismo castillo en el que vivió Carlos III y su corte. Por otro lado, le aborda una sentimiento amargo; ya que aquella cueva aún permanece cerrada al público, mientras lucha contra el olvido. "Es una pena", lamenta Corcín. "Recuperarla supondría el enriquecimiento de la visita a este castillo", manifiesta. "La bodega se conserva, pero el exterior está tan deteriorado...", apostilla.
Lo primero que un visitante puede leer al entrar a esta fortaleza, símbolo de lujo y esplendor, mencionada por primera…