Ir al contenido principal

Yo, payaso


"Antes de nada quiero que te coloques esta nariz roja de payaso, te la pongas cuando estés solo, frente a un espejo, y salgas a la calle. Quiero que improvises. Que sientas... Observa cómo reacciona la gente. Déjate llevar. Respóndeles, pero como un payaso. Y recuerda, un payaso no tiene término medio: ríe, llora, grita o se queda en silencio. Nunca con agresividad. Te dirán de todo. Juega con lo absurdo y con los movimientos pausados.Los payasos somos bebés".

Antonio Juárez, de 34 años, espera al periodista a la sombra de un árbol en un parque de Pamplona. Acude a la cita vestido con chancletas, bermudas y camisa floja, su imagen parece recién sacada de una playa. De hecho, Antonio fue antes surfer que payaso."También trabajé de camarero", apostilla, "pero era torpe, estúpido e imperfecto, por eso me dediqué a este oficio", ríe. " Mira a tu alrededor", señala, alzando la mirada y posándola en los tejados de las casas que rodean el parque, "todos los árboles están podados a cierta medida y los bancos alineados de la misma manera. Lo ves, orden y más orden. Esa antena parabólica es lo único que lo rompe. El que diseñó este lugar sólo pensó en la perfección. Así es la sociedad en la que vivimos. Parece que estamos sentados dentro de una maqueta. Es lo que nos convierte en autómatas". Antonio saca del bolsillo una bolsita de plástico.
Dentro hay una nariz roja de payaso. "Cuando te la coloques pronuncia tres veces la palabra "Yo" y sonríe. La nariz formará parte de ti. En ningún momento debes tocarla. Si lo haces, dejará de ser una nariz y pasará a ser una máscara. Siente su embriaguez. Su poder. Haz reír. La risa es lo único que rompe con esta maqueta, con la perfección. Sabes por qué los payasos usamos una nariz roja? El rojo simboliza el vino: Be happy, el instante previo a la embriaguez".

Cuenta la leyenda que un acróbata americano llamado Tom Belling, que actuaba en un circo en Alemania en 1869, se encontraba encerrado en su camerino como castigo por no salir a tiempo a escena. Al parecer, Belling entretenía a sus amigos vistiéndose con ropas inapropiadas e imitaba al manager del show. Pero un día el manager le descubrió burlándose de él. Belling salió corriendo y acabó en la arena de la pista. Tropezó con la repisa que separa la pista del publico y cayó al suelo. Entre su desconcierto por escapar volvió a tropezar con la repisa al querer salir de la pista. El publico gritó: "¡Auguste!" que en alemán significa loco (o borracho). El manager pidió a Belling que continuara apareciendo como Augusto a partir de entonces.
"La risa es redentora. Hace que dejes de pensar por un instante.No se puede pensar y reír a la vez. La risa es la única que nos ayuda a respirar y amar. Haz la prueba. Pasarás de la vergüenza al placer. Detectarás en tus ojos un brillo especial. La nariz roja es una lupa de los ojos. Sólo la puede llevar una persona sana y profunda, con mucho corazón, que sea tímido y extrovertido a la vez. Pon a prueba el experimento, al menos 24 horas, lánzate a la calle. Nos vemos al día siguiente. Luego probaré yo". Aprovecha un silencio para despejar el flequillo de caracolillos que le cubre los ojos. El periodista se aleja hacia el coche y se sienta dentro asustado. El reto le inquieta. Qué hacer. El reto permanece entre sus dedos. No se lo piensa. Estira la goma y la encadena al rostro. Se mira fijamente al espejo retrovisor y procede con el ritual. Le tiemblan los dedos. Después, pronuncia las palabras mágicas. ¿Por qué tanto miedo? Se siente ridículo, estúpido, pero decide continuar. ¿Ahora qué? Sale del coche con la nariz roja sobre el rostro y pasea sin rumbo fijo por el barrio de Buztintxuri de Pamplona. Más que caminar deambula. Comienza la improvisación.
Primer objetivo: un banco próximo donde hay sentado un hombre con unas bolsas de compra. El periodista se sienta, el hombre le mira con desdén, se separa de inmediato. Dos padres con sus hijos de la mano pasan por delante. Los niños se quedan paralizados. Sus ojos son como platos. Los padres tiran de ellos. Miran de reojo. Se les escapa una sonrisa. Los pequeños se resisten a continuar. "¡Espera papá! ¡Mira, un payaso!".
Segundo objetivo: interior de un supermercado próximo. Dentro, también hay una panadería y una cafetería. No hay mucha gente. Sólo madres con sus hijos. Son ellos, los niños de nuevo, que acaban de salir del colegio, los que reparan en aquel "extraño" con un cuaderno de campo en la mano. El payaso sigue errando entre pasillos, intentando provocar una sonrisa. No hay manera. Ese hombre de pantalones vaqueros y camisa a rayas con nariz "borrachuza" sólo recibe desaires. Elige un tetrabrik de gazpacho y se acerca a pagar. "Son tres euros. ¿Quieres una bolsa?", pregunta la cajera, fría como el hielo, "gracias".
El periodista-payaso camina pensativo hacia la salida. Al llegar a la panadería, que sirve de antesala al supermercado, se escuchan las primeras carcajadas. "¿Y esa nariz? - pregunta Gladis desde el otro lado de la barra.
-"¿Por qué la llevas? ¿Para hacer reír a los niños?".
- "No, para hacer reír a los adultos", Gladis ríe satisfecha por la respuesta. Dos mujeres, que toman un café en una mesita próxima, también se contagian del absurdo.

El experimento continúa en una farmacia, justo al lado el supermercado. "Quiero colirio natural". La farmacéutica lo envuelve y se lo entrega, como si nada. Parece no darse cuenta. Decepcionado, regresa al coche. Conduce por el centro de la ciudad. Los conductores se voltean. Los niños se pegan a los cristales en sus asientos: "¡Un payaso!", la sorpresa se lee perfectamente en sus labios. Continuar en coche es peligroso. La nariz roja de payaso puede provocar un accidente. Mejor terminar por hoy.

A las once de la mañana del día siguiente, el periodista-payaso se viste con ropa oscura. Se coloca la bola roja frente al espejo, y sale a la calle. Los vecinos no se lo pueden creer. Miradas fijas y sonrisas cómplices. Aceleran el paso. Después, el payaso sube en villavesa al centro de Pamplona y accede a la oficina principal de la "vieja" Caja de Ahorros de Navarra. Hay mucha gente y pocas personas atendiendo.Ni una sonrisa. Cincuenta minutos después de entrar, le toca el turno en la ventanilla número dos. Carlos le atiende durante quince minutos. Su rostro es un poema. Acto seguido, el payaso se acerca a una marquesina y espera a la villavesa (autobús) para ir al periódico. Los usuarios le dan la espalda. Las primeras sensaciones, las primeras respuestas comienzan a sentarse en las páginas en blanco de su cuaderno de campo. Es extraño el "poder" intimidatorio que proyecta esta bola roja de plástico. El recorrido dura unos veinte minutos. Ni el chofer ni los pasajeros reaccionan.Sólo se voltea una mujer. Se sienta al final del autobús. Los pasajeros suben y bajan serios. Sólo una mujer, Marta, de unos 60 años, se atreve a decir algo: "¡También cobras en la villavesa! ¿Eres actor de teatro? El día más perdido es el que no te has reído", apostilla, siguiendo con el monólogo. "¿Por qué te la has puesto, te apetecía? Bueno espero que se te cure pronto", acota antes de bajarse. En la siguiente parada se baja el payaso: "¡Dale más fuerte al botón de parada!", grita un hombre, "¡que lo único que se ha encendido es la nariz!". Medio autobús ríe ahora. El hombre de la nariz roja se acerca a un bar próximo (El Pañuelico) y se aposta en la barra, entre varios clientes. Todos le miran de reojo. El pincho y el café les sirve de parapeto. Jeni, la camarera, da la cara y vocifera dentro de la barra con una sonrisa de oreja a oreja: "¡Qué gracioso! ¡Me encantan los payasos!".
A las cinco de la tarde, una hora antes de la entrevista con Antonio, el periodista vuelve a ajustarse la bola roja y se acerca a un bar próximo. "Un café cortado por favor", Idoia, la camarera reacciona seria:
-¿Y esa bola de payaso? ¿Me hace gracia?
-Tengo otra... ¿te la quieres poner?
-No, no a ver si van a decir que estoy 'majara' -se disculpa. Lo siento. No quiero decir que...,
-Lo siento -reitera-, "estamos demasiado serios, es para estarlo".
-Y si la gente saliese un día con una nariz roja de payaso a la calle...
-Sería un puntazo -ríe al imaginar la escena. Gracias. Hoy me has marcado el día.
Antonio y su mujer Maia, de 29 años, esperan a la visita en la cocina de su casa. Antonio ya está vestido de payaso, sólo le falta maquillarse. "¿Cómo ha ido?", pregunta Maia. "Ha sido extraño. Da la sensación de que muy poca gente ha visto que llevaba una nariz roja. Otros no se atrevían siquiera a mirar".

"Es lo que quería que comprobaras", explica Antonio, "cuando llega la fiesta todo el mundo es sociable, pero cuando termina, hasta el vecino te deja de saludar", Antonio se transforma en Totó, el payaso loco. "San Fermín Chiquito surge en medio de la nada, en pleno inicio de otoño. La gente ya no mira. La sociedad está desbordada en ciertos aspectos y muy reprimida en otros: sonreír y llorar en público es algo prohibido. ¿Por qué hay que ocultar las emociones? Lo que has percibido en la calle es a lo que nos enfrentamos los payasos cada día. Ese es el objetivo, poner a la gente de cabeza, crear absurdos, romper la estructura.Normalmente, a los padres que asisten a mi show, y se quedan serios tras sus hijos, con los brazos cruzados, les amenazo con besarles si no los sueltan", ríe al evocar la última escena en San Fermín Chiquito. "Hemos perdido los valores más básicos.Debemos tirarnos de las orejas. Este es el principio para poder salir de la crisis".






El surfer que quiso ser payaso
Cuando los niños preguntan a Totó cuántos años tiene, él responde que cuatro, pero los pequeños no se lo creen, y le abuchean."Nosotros los payasos somos como bebés. Nuestros movimientos son retardados, siempre con la mirada puesta en el público, buscando su amor, como un niño pendiente de su padre. No somos ni comediantes ni actores, tampoco políticos. Odio que se descalifique a un político con el término payaso, es degradante, nuestro trabajo es muy duro". Antonio coloca un par de espejos sobre la mesa de la cocina, se recoge el pelo con una coleta infantil, y comienza a colorear el rostro: el rojo por el color del vino el blanco por el de la harina: el alimento. "Antonio se convierte en Totó en 30 minutos. "Hola Totó", le saluda Maia. "Siempre lo hago cuando termina". Antes que payaso, Antonio fue surfer, camarero y potencial estudiante de Derecho y Arquitectura. Nació el 17 de mayo de 1977, en México D.F., en el seno de una familia media alta en la que su padre, médico, y su madre, empleada en una inmobiliaria, le presionaron para que se inclinara por estudiar Arquitectura. Él, sin embargo, decidió abrirse su propio camino. Quería ser abogado, futbolista o payaso.
"Con ocho años me gustaba hacer reír a los compañeros en clase.Imitaba a la maestra cuando les dejaba solos. También me gustaba defender a las personas, pero mi padre no quería que nos acercáramos al poder y a la política, demasiada corrupción. Ni lo intenté.Además, era torpe jugando al fútbol. Así que me decliné por la interpretación. Nos mudamos a una casa en la costa de México, estudiaba y trabajaba de camarero sin embargo, necesitaba transgredir.Comunicar. Todos tenemos algo que decir a los demás".
Antonio encontró lo que tanto "buscaba" en Guanajuato, la ciudad de los festivales de calle. "Me puse a estudiar teatro. Me diplomé, pero no me convencía. El teatro es como una café donde se condensan todas la virtudes y maldades de la sociedad. En el teatro se busca la certeza. No perdonan los errores. Y yo me consideraba demasiado torpe y estúpido. Aunque admiraba a los payasos de calle por su lenguaje absurdo, la verdad es que me sentía incapaz de ser payaso. Pensaba que era muy difícil, y me daba miedo comunicárselo a mi familia. Pasó el tiempo y el Centro Nacional de las Artes de México convocó un casting para estudiar artes escénicas en el circo Atayde, con más de 100 años de vida, todo un reto. Lo hice y pasé. Me quedé tan sorprendido que pregunté por qué me habían elegido. Les expliqué que me consideraba torpe, estúpido e inseguro, y que no les quería fallar. Aquel maestro, vestido de payaso, sonriente por la pregunta, me dijo que estaba en el lugar correcto."



Un paseo por Pamplona
Antonio y su pareja Maia residen en Pamplona desde hace dos años. Aquí, en un barrio periférico, tienen su campamento base, desde donde recorren las fiestas de pueblos y ciudades exhibiendo su espectáculo a los niños y adultos, normalmente en parques o zonas de juego. Antonio, Totó, nunca antes había paseado como un viandante más vestido de payaso por el centro de la ciudad, y nunca más lo volverá a realizar después de la última experiencia. "Me quedo con los niños. Con su energía. Su pureza. Nos estamos convirtiendo en autómatas".
Con la puesta de sol sobre los parches que ornamentan la espalda de un traje aristócrata comido por el absurdo, Totó camina durante dos horas por el barrio de la Rochapea sin encontrar respuestas.
"Te estaba esperando", decía a los más despistados, pegándose a ellos y dándoles la mano. Ni el silbato, ni la trompeta, ni bocina, lograba sacarles del letargo. Ni cruzando los pasos de peatones pasito a pasito. La gente permanecía impasible. Sólo se le acercan los niños: "¡Hola Totó!", algunos le reconocen de San Fermín. "Me siento como tú esta mañana", confiesa "inhibido", "falta alegría. En los shows es distinto. Los padres vienen predispuestos, pero esto es la vida real. Totó descansa unos segundos frente a un banco donde hay cuatro ancianos, ¿por qué no ríe la gente?", les pregunta. "No corren buenos tiempos", responden, "¡y si sólo se viviese una vez!", se sienta en un banco al final de la calle, frente a dulces Eliseo. "Por favor, necesito una Coca-Cola, estoy mareado. Saber que los niños se van a convertir en adultos. Siendo tan puros". De regreso a casa, unos hombres salen riendo a carcajadas del bar Alba al descubrir al payaso . "¿Por qué la gente sólo se ríe en los bares?", pregunta una vez más. "No está bien visto.No nos gusta mostrar nuestras emociones en la calle, además, estamos a final de mes, todavía no hemos cobrado...", le contestan.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cicatrices

Hay reportajes en los que uno trabaja con un nudo en la garganta. El miércoles pasado acompañé a María Vallejo, periodista de Diario de Navarra y superviviente de un cáncer de mama, a una pasarela de lencería organizada por Saray. Un evento en el que las modelos fueron siete mujeres que sufren la enfermedad. Algunas tienen pecho y otras no. Nos colamos en su intimidad. En sus lágrimas y sonrisas. Este fue el resultado de aquella tarde. Gracias María.




La otra cara de las Maldivas

El paraíso también tiene dos caras. En Malé, por ejemplo - la capital de las islas Maldivas-, esta segunda cara se deja ver al atardecer, cuando el turquesa se viste de plástico. Una realidad poco conocida.
Empujados por el último suspiro del día, un pelotón de ciclistas se echa a la calle cargados de bolsas rojas de basura. Son los basureros del paraíso. Unos hombres enjutos que pedalean sin tregua, siempre erguidos y con la mirada fija en cada recoveco de hormigón. La ciudad es pequeña. No supera los seis kilómetros cuadrados, pero alberga más de cien mil habitantes y produce toneladas de residuos cada día. Con las bolsas rojas de los desperdicios colgadas del manillar, o de cualquier otro saliente de la bicicleta, los hombres enjutos serpentean por la urbe. Una vez obtenida suficiente basura, se dirigen al puerto, al final del malecón. Buscan la dársena correspondiente, normalmente un punto recóndito y ajeno a cualquier mirada curiosa y extranjera, y depositan su carga.En el puerto …

Fernando Múgica, el último de Saigón