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De empresaria a vivir de la chatarra






POR lo que estamos pasando nosotros va a pasar mucha gente". Las palabras de Montserrat y Francisco zozobran en el interior de una taza de café con leche en un bar de la Rochapea (Pamplona). Es miércoles, 28 de diciembre. A sus 45 años, Montserrat Moreno, madre de dos hijos, todavía no asimila lo que le está sucediendo. De la noche a la mañana lo perdió todo: sus dos hijos, sus negocios, un piso, dos coches de lujo, una moto... Ganaba un buen sueldo. Nunca pensó que tendría que patear la calle y buscar chatarra para sobrevivir. Chatarra que recoge y vende a 0,18 céntimos el kilo. "Te vuelves completamente loca de rabia", expresa con los ojos inyectados en lágrimas. Montserrat intenta rehacer su vida. Salir de la escombrera a la que le han obligado a sumergirse. Confía en que sea este próximo año. ¿Sus sueños para el 2012? Reencontrarse con su hija y comprar una caravana para viajar todos juntos en busca de trabajo.
Historia de dos niños
Aunque Montserrat nació en La Seu de Urgell (Pirineos catalanes), ha vivido la mayor parte de su vida en Andorra. Aquí, en este pequeño país de 468 km2 situado entre España y Francia, creció feliz. Recuerda su infancia junto a otro niño, siete años menor que ella, que se llamaba Francisco José March, Pachi, un chaval que estaba completamente enamorado de ella. Pero pasó el tiempo y esos dos niños crecieron, se hicieron adultos y se separaron.
Francisco se dirigió hacia la montaña. Trabajó como socorrista y monitor de esquí. Montse, por el contrario, se dedicó a los negocios. Se casó con un hombre influyente del Principado, tuvo dos hijos (un niño y una niña), abrió dos tiendas de ropa y dos talleres de confección industrial: uno en Gerona y otro en Andorra -registró incluso su propia marca-. En definitiva, saboreó las mieles del éxito.
Por esos extraños juegos del destino, aquellos dos niños se reencontraron años después. Montserrat, que acababa de regresar de Gerona de montar un nuevo taller de confección industrial contrató a Francisco, que estaba sin trabajo. Él seguía enamorado de Montse. Ésta hacía dos años que se había separado.
Fue a raíz de su ruptura cuando todo cambió en su vida. Su hijo pequeño murió en accidente de tráfico. Perdió los dos negocios y los talleres de confección. Se quedó en la calle. Según relata Montse, el gobierno andorrano le ahogó económicamente. No pudo soportar las deudas. Todo fue muy rápido.
Y todo se complicó aún más. Al quedarse en la calle, sin trabajo, sin casa..., la justicia le quitó la custodia de su hija. Tras la sentencia, en la que dieron a su ex marido la custodia preventiva, Francisco y Montse decidieron alejarse de Andorra. Se refugiaron en Finisterre. Alquilaron un piso en una localidad próxima y se emplearon en duras faenas mal pagadas. Fueron tirando. Trabajaron de albañiles, en la construcción, en el campo, cortando leña, de jardineros, limpiando cristales, adecentando fincas, cambiando fachadas de uralita, etc.
La mayor parte del dinero se les quedaba en el autobús urbano que necesitaban coger cada día para ir y volver. Como su intención era quedarse en Finisterre, solicitaron un préstamo al banco y compraron un coche de segunda mano. "La vida nos sonreía de nuevo", dicen con un nudo en la garganta. Han terminado el café. "Sólo pensábamos en ir a Andorra y recuperar a mi hija".
Sin embargo, recibieron un nuevo y fatal revés por culpa del coche. "A punto estuvimos de matarnos. Estaba completamente dañado: la junta reventada, la dirección rota... Nos habían estafado. Nos lo vendieron en mal estado. Pecamos de confiados". Denunciaron al mecánico. A partir de la denuncia, todo se volvió en su contra . "En Finisterre se conocen todos. Nos dejaron de ofrecer trabajo y nos echaron del piso de alquiler. Eran familiares del mecánico. Nos vimos obligados a marchar". No les quedó otra opción que echarse a la calle. Dormían en cajeros y comían con el poco dinero que obtenían de la venta de cartón y la chatarra. "Nunca pensamos que nos ocurriría algo así. Te pisan. No te dejan trabajar. Y, si quieres comer, haces lo que sea", dicen.

Llegada a Pamplona
Fue el viernes, 9 de diciembre, Día Internacional contra la Corrupción. Un día en el que en Bruselas se celebraba una nueva reunión de jefes de Estado y de Gobierno de Europa, cuando Francisco y Montse se dejaron ver por primera vez en Pamplona. Recogían hierros retorcidos entre cascotes de cemento armado, cerca del albergue de transeúntes. "¡Aquí tenemos trabajo para varios días!", decían aquella mañana con una sonrisa de oreja a oreja tras el hallazgo. "Esto es mejor que la lotería de Navidad. Algo así no lo encuentras todos los días".
Y sus brazos se fundían como bicheros en busca de atunes. Montse, en chancletas, "jalaba" de ellos con fuerza. Uno a uno, los retorcían hasta sacarlos en posturas inverosímiles. "Es mucho esfuerzo para poco dinero". El día anterior vendieron 98 kilos de chatarra a 17,64 euros. "Por tres días de trabajo. ¿Crees que se puede vivir con 17 euros?".
Tres días antes de que entraran en Pamplona se celebraba la festividad de la Constitución. Una celebración que a ellos también les caló especialmente. "Cae a plomo sobre los que no tenemos nada", dice Montse. Los dos conocen perfectamente el contenido de los artículos que se dedican al trabajo y a la vivienda No dudan en recitarlos. Eso sí, endurecen el semblante: "Son el 47 y el 35. Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades".

Campanadas en Navidad
De regreso al bar de la Rochapea, con la mirada perdida en los hojaldres que endulzan el cristal del escaparate, Montse retoma el hilo de la actualidad navideña y lanza al aire un deseo para el 2012. "Tengo 45 años, llevo cotizados 25. Empecé a trabajar con 15. Necesito tranquilidad. Me la merezco. He trabajado mucho. He ayudado a mucha gente. En mi empresa tenía empleadas y les pagaba muy bien. El nivel de vida era alto. Y de repente, te encuentras sin nada. Me hundieron. Abrieron cinco empresas como la mía y me estrangularon económicamente. Me quedé sin casa y me denegaron el derecho a visitar a mi hija". Se le saltan las lágrimas. "Rozas la locura", repite una y otra vez , se tranquiliza, aprovecha para explicar el motivo por el que están en Pamplona.
"Siempre me han gustado las motos. De hecho soy "motera". A los 19 años preparé un recorrido en moto y me quedé en Navarra por un accidente. Me quedé un tiempo. Me gustó. Nuestra intención es quedarnos. Nos gustaría deshacernos de las máquinas del taller de confección de Andorra, venderlas al chatarrero, y alquilar un local por aquí, abrir un negocio y crear empleo", resalta. Los dos se besan optimistas.
El 22 de diciembre, Pachi y Montse viajaron a Gerona para deshacerse de las tres máquinas. Al final las malvendieron para chatarra. Montse no soporta la injusticia. Llora. "En su día pagué 22.000 euros por las tras máquinas, ¿sabes cuánto nos han dado por venderlas como chatarra? Nada, absolutamente nada: sólo 30 euros".
En Nochebuena durmieron en la calle. Pudieron quedarse en el albergue (hacía un grado bajo cero), pero no quisieron. "Es una noche para estar juntos y en el albergue te pueden separar en habitaciones distintas dependiendo del número de gente", explica Montse. Por eso, esa noche buscaron cobijo en un parque de la Rochapea. Se levantaron, a pesar de todo, felices. A las nueve de la mañana. "Con el sol en la cara y el sonido de las campanadas de la catedral entonando un villancico. Fue muy emotivo", recuerdan con una sonrisa. "Era Navidad".

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