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Omar, el hombre que fue apaleado en un cajero

Se llama Omar, tiene 37 años y el 7 de diciembre sufrió una brutal paliza mientras dormía en el interior de un cajero de la Caja Laboral situado en el número 26 de la avenida Bayona, en el barrio de San Juan de Pamplona. Le patearon. Le estamparon el rostro contra la pared y le robaron 70 euros. Ocurrió a las once de la noche. Tras la paliza, se levantó como pudo, dolorido -sangraba por la boca-, y caminó maltrecho hacia otro refugio, el cajero de Paulino Caballero, en busca de compañía. Al llegar y comprobar que efectivamente estaban sus "colegas", Mikel y Yaiza, se dejó caer sobre los cartones que cubren la moqueta roja de la entidad bancaria y durmió profundamente. Al amanecer, se levantó y deambuló sin rumbo fijo por la ciudad. Una patrulla de la Policía Municipal se fijó en sus heridas y se acercó a preguntarle por su estado. Se lo llevaron al hospital. Omar les contó lo sucedido. Tras comprobar las imágenes de la cámara de la entidad bancaria, detuvieron inmediatamente al agresor, un joven bielorruso de 26 años.
Este fin de semana, según la Policía Municipal de Pamplona, siete mendigos durmieron en cuatro cajeros de la capital navarra. Durante estos días, Omar no duerme en la calle, sino en el albergue de transeúntes de Pamplona. Con la mirada apagada, aquejado todavía por la paliza recibida, y con un brazo escayolado por una caída anterior, camina cojeando unos metros: "Este lugar está bien para hablar", sugiere con un hilo de voz. Tímido, baja la mirada.
Albañil de profesión y padre de dos hijos, se muestra muy cansado. Prefiere no hablar mucho. Lo justo para contar que proviene de una localidad muy pobre del sur de Marruecos y que lleva en España 14 años. Calcula que en Navarra son 13.
"Sólo llevaba una semana durmiendo en un cajero. Entraron, me pegaron y me robaron", asegura. "Dormía en el cajero porque perdí el dinero para pagar el alquiler de la habitación". Se queda en silencio. "¿Miedo? No, no tengo miedo a volver dormir en un sitio así, pero no duermes tranquilo".
 El miércoles pasado, a las diez y media de la noche, 14 días después, Yaiza, Mikel y Alfonso, un nuevo compañero, dormían en el mismo cajero de Paulino Caballero. Yaiza y Mikel apenas se podían mantener en pie por culpa del alcohol. Yaiza, algo menos ebria, tranquilizaba a Mikel, su pareja, que exigía unas monedas. "No supimos lo que le pasó a Omar hasta que nos levantamos y vimos el cartón lleno de sangre", recuerda, cerrando los ojos. No puede más. Se sienta con un cartón de vino en la mano. Mikel balbucea algo: "La calle es muy dura tío. Estamos así por culpa del alcohol. Claro que nos gustaría curarnos, es muy duro", repite. Se pone agresivo. Por suerte, aparece un cuarto inquilino, Daniel, un gallego cantante de rap cuyo nombre artístico es Crimen de Vigo. "¡Pásame la botella!", le grita a Alfonso, que duerme plácidamente al otro lado del cristal, en un segundo cajero. Alfonso no responde. Ni se inmuta. Envuelto hasta la cabeza con una manta roja, encogido como un pajarito, con las rodillas pegadas al pecho y la cabeza apoyada sobre una bolsa de ropa sucia, expresa algo ininteligible. Tiene 40 años y acaba de salir de la cárcel. No sabe dónde ir. "Fue culpa mía, me lo "comí", me mandaron a la cárcel y ya está". Se levanta, se enciende el filtro de un cigarrillo: "Sí, claro que tengo frío. Aguanto como puedo". Alfonso ha cenado un bocadillo frío. Su cabeza descansa sobre una bolsa con ropa. A su lado, una botella de plástico por la mitad con vino. "¿Miedo? No, no tengo miedo. Después de salir de la cárcel, ¿a qué puedes tener miedo?".

18 años de cajero en cajero

"Soy Fran, para los amigos", expresa este joven andaluz (el de la fotografía inferior) desde el interior de uno de los cajeros próximos a la calle Paulino Caballero. "¡Siéntate ahí mismo!", señala, incorporándose del suelo para abrir el pestillo. Invita al huésped a sentarse sobre el único cartón que le protege del frío. En el habitáculo no se ve ninguna manta o saco de dormir. "Me lo robaron", indica. "La gente va dando palizas y robando. No saben ni lo que roban. ¡Mira al pajarito!", exclama de repente, apuntando con el índice hacia la cámara. Ríe.
Fran llegó a Pamplona hace cuatro meses. "Necesito arreglar toda mi documentación, mis cosas. ¿Crees que es normal que no tenga Seguridad Social ni carné de identidad?". La vida de este joven, de 36 años, se truncó con seis años de vida. "Me quede huérfano. Mis padres murieron en un accidente de tráfico". Desde entonces, Fran ha crecido entre orfanatos, cajeros y portales. Con 16 años le mandaron a trabajar a una escuela taller, quería ser mecánico. A los 17, el mismo día que cumplía 18, le echaron a la calle. Se encontraba en Granada. "Me vi solo", recuerda. Fran decidió alistarse al ejército. "Quería haber entrado en la academia, pero era muy caro, lo tuve que dejar". Otra vez solo. "Conocí a dos chavalitas, dos flautistas, y nos fuimos a Madrid juntos". Era diciembre de 1994. "Siempre he dormido en la calle, te acostumbras, pero estoy muy cansado de partirme la cara. Es muy duro. Una pelea constante, desde que te levantas hasta que te acuestas - articula con sosiego-. Los golpes duelen. ¿Conoces Madrid? Hay grupos por todos los lados. Aquí, en Pamplona, también he tenido muchos problemas. Me gustaría conseguir traer todos mis papeles , que lo vean aquí los de protección de menores. Necesito la reinserción social. No puedo estar sin Seguridad Social".
Cuando se le pregunta si tiene miedo, sonríe y deja al descubierto una dentadura completamente horadada. "Siempre llevo "cositas" a mano para defenderme. ¿Hambre? Tampoco. Me encanta el puchero de tetrabrick", saca de debajo de la papelera del cajero un termo rojo. Lo agita y lo abre. "Está frío, pero saber mejor de un día para otro". Fran explica que prefiere no ir al albergue. "No lo veo lógico. Sólo puedes estar tres días y eso a mí me resultaría peor". Se enciende un cigarro. Da la casualidad que el día anterior se activaba en Pamplona el protocolo contra el frío para atender a personas que viven en la calle. "Me he criado en una institución, sólo que me han salido mal las cosas", lamenta.

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