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Compartiendo el mismo cartón





¿ESPERANZA? ¿Qué es la esperanza?", pregunta Hassan (así es como dice que se llama) somnoliento y parapetado entre los cuatro cartones que le "protegen" del frío y la humedad. Hassan duerme desde hace un mes bajo uno de los pasos de acceso al casco viejo de Pamplona, a escasos metros del Portal de Zumalacarregui.
Es martes, 3 de enero. Son las nueve de la mañana. Una intensa niebla envuelve la ciudad. Ha llovido toda la noche. El termómetro marca cuatro grados. Un grado por encima de la temperatura que activa el protocolo contra el frío para atender a personas que viven en la calle. Varias goteras calan la escasa ropa (un pantalón y dos sudaderas) que cuelga de los cartones. Dos sillas de mimbre rotas conforman el único mobiliario. Un petirrojo revolotea de silla en silla. Hassan se despereza al escuchar ruido. Entumecido, asoma la cabeza asustado. La manta que le protege no es una manta sino una funda de colchón arruinada por la suciedad y la humedad. Su rostro queda al descubierto. Su físico es magro. Seco. Consumido por la intemperie. Al descubrirse deja a la vista un saco de dormir marrón. Mientras habla, la vida fluye con normalidad por encima de su cabeza. Los viandantes suben y bajan apresurados, cargados de paquetes, ajenos a lo que ocurre a sus pies. Faltan dos días para la noche mágica. Los Reyes Magos entrarán por Pamplona muy cerca de este puente.
Hassan, de 52 años (los cumplió el uno de enero), es natural de Marruecos. Está casado y tiene dos hijos pequeños. Toda su familia reside en Marruecos. Explica que nació en una pequeña aldea del sur del país, a 40 kilómetros de Casablanca, en pleno Atlas. Que llegó a España en 1992 y que reúne todos los papeles en regla. Ha trabajado en la agricultura y la construcción. Ahora está en paro y en junio dejó de cobrar el subsidio. Sobrevive con los pocos ahorros que le quedan de trabajar en verano. De momento, le han denegado la renta básica. "No puedo pagar la habitación. No me llega. Tengo que enviar 200 euros al mes a Marruecos. No me queda dinero para mí", tras unos minutos de conversación, el petirrojo reaparece. Se queda en silencio. Reflexiona acerca de la pregunta del inicio. "¿Esperanza? ¿Mi sueño? Creo que volveré con mi familia. Aquí ya no puedo vivir", echa mano al termo de café que Moisés, uno de los dos "vecinos" que vive desde hace cuatro meses bajo el puente del Vergel, le ha dejado durante la madrugada. Alguien, antes que Hassan, ha abierto el termo. También hay mondaduras por el suelo. No le preocupa. Sabe quién ha sido. Todas las mañanas, desde hace cinco años, acude a este lugar un hombre corpulento de 80 años llamado Fidel Aldaz. La historia de este hombre es extraña. Asegura que está casado y tiene dos hijas. Cuando uno se postra a sus pies y conversa con él no encuentra lógica a lo que sucede y hace. Razona perfectamente. Expresa que no sabe porqué. Llega a primera hora de la mañana, cuando Hassan ya se ha ido, se tumba sobre los mismo cartones, se cubre con la misma funda... duerme.



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