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Los últimos hijos de Fidel


Han pasado dieciséis años desde que los militares cubanos me invitaran a abandonar la isla. Mi única intención era comprobar si en Cuba se estaba experimentando con una vacuna contra el VIH, y en qué momento de la investigación se encontraba. 

Aunque parezca mentira, este archipiélago del mar de las Antillas se hallaba "a un paso" de la dosis final. Al menos así me lo reveló un año antes de este viaje  un médico cubano afincado África. Charlábamos frente a una majestuosa puesta de sol, en la misma orilla del río Níger.  "La vacuna funciona. Yo la he probado y funciona", masculló de repente. "Los médicos que queremos salir del país y viajar a África nos la inoculamos. Estamos obligados. Nos utilizan como cobayas. Es la condición". Y respecto a la vacuna, me lo dejó claro: "No se comercializará. El poder de las farmacéuticas norteamericanas será implacable. No lo permitirán".

Año 2000. El doctor Carlos Duarte, premio de la academia de las ciencias del Caribe, dirige un grupo de científicos que trabaja desde hace trece años en el departamento de vacunas contra el SIDA en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de la Habana. Después de cinco años buscando, trabajando y ensayando con primates un primer intento de vacuna, el proyecto culmina una primera etapa con la inoculación en humanos. Es la primera vez que un experimento así  se concibe e investiga en un país del tercer mundo. Los médicos que quieren viajar a África para trabajar están obligados a administrásela. El propio Carlos Duarte admite haber probado la vacuna.  Él mismo reconoció al periódico “Juventud rebelde” de Cuba, que participar en estos ensayos clínicos no le ha producido ningún trastorno ni enfermedad. “No tengo ninguna huella derivada de este ensayo. Las técnicas que utilizamos diariamente para diagnosticar la enfermedad no han detectado en la sangre los anticuerpos contra el VIH que me originó la vacuna.Ya que el sistema inmune no puede mantener muchos anticuerpos. Consiste en una respuesta de memoria que se genera contra el patógeno.”


Según declaraciones del doctor Duarte a varios medios locales de Cuba, “los investigadores del departamento de SIDA del Centro de Ingeniería Genética y Biotécnica, están desarrollando otros candidatos de vacunas dirigidos a estimular la inmunidad celular. Estos candidatos tienen resultados terapéuticos combinándolos con drogas antivirales. Con estos medicamentos, conocidos como cócteles, se reduce la cantidad de virus hasta niveles indetectables. El objetivo es vacunar a estas personas que reciben el tratamiento antiviral y que tienen muy poco virus circulante. El gobierno cubano desvía el máximo de recursos hacia estos laboratorios de investigación.

El 26 de junio del 2000, el vicepresidente del consejo de estado de Cuba, pronunciaba un detallado discurso de la situación de la enfermedad en su país en la Asamblea General de la ONU.  Aseguraba que Cuba no tiene acceso al 50% de los nuevos medicamentos contra la enfermedad porque las elaboran empresas norteamericanas. En Cuba se da una seropositividad del 00.3% a nivel mundial: “ 2.505 personas infectadas de las cuales han muerto 896”.

Aunque el numero de contagios avanza lentamente en Cuba a consecuencia del turismo sexual, los medios de comunicación y los catorce centros sanitarios y ambulatorios médicos dispersos en todo el país han logrado concienciar  a la población. A las doce del mediodía, la radio envía a los viandantes en plena calle y a través de megafonía, mensajes preventivos contra el VIH. A esto hay que añadir que, catorce sanatorios ejercen una importante labor social a lo largo del país. 

Una vez que se detecta a una persona con el virus,  la envían a uno de estos sanatorios. Durante tres meses recibe un curso de adaptación a la sociedad en su nueva condición personal: aprende a tener relaciones sexuales sin infectar a otras personas y, en definitiva, recupera las ganas de vivir. A estos sanatorios sólo acuden los seropositivos, es decir, aquellas personas que posen el virus pero no lo han desarrollado.
Esta claro que la revolución se encuentra en un momento de cambio y adaptación. Un momento de apertura. El dólar, como protagonista, y el peso convertible, ejercen de monedas indiscutibles en la isla . Los edificios de la vieja Habana recuperan lentamente el aspecto, y los hoteles y el turismo se multiplican.
El lastre de la revolución, sin embargo, persiste, infiltrándose como una aguja entre la población: la televisión no deja de emitir discursos de Fidel contra el imperialismo americano.

En este contexto, mientras la “guerra” televisiva contra Estados Unidos es un hecho, miles de personas padecen y sufren a diario la escasez. Las cartillas de racionamiento y la ley del miedo conforman la argamasa y los pilares de comportamiento de los ciudadanos cubanos. Bajo pena de cinco y veinticinco años de cárcel, se prohibe el consumo de langosta y de ternera, a excepción de niños y ancianos. Cuando se cocina langosta, por ejemplo, tienen que tostar pan para que el olor no atraiga a la policía. Si la policía entra en la casa y te encuentra una langosta en la nevera, además de la cárcel y la multa, se lleva el frigorífico. El manejo de alquiler de películas de vídeo se realiza de forma clandestina. Normalmente, alguien con antena parabólica se encarga de gravar películas y distribuirlas por el país. Otro delito perseguido con multa. Además, se prohibe las construcciones ostentosas. Es decir, viviendas más grandes de lo normal.
La vida en la isla es sólo un espejismo frente al turista. Dieciséis años después, nadie sabe. Las farmacéuticas se han encargado de ello.





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