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La capoeira los sacó de la favela

Ricardo Febry Santos y Marcelo Ferreira nacieron y crecieron en los suburbios de Salvador de Bahía. Gracias a la capoeira, un baile en el que la danza y las artes marciales se fusionan, consiguieron esquivar la muerte...


Un plato de papaya verde con harina y huevo. Esta es la primera imagen que le viene a la cabeza a Ricardo Febry, de 38 años, al viajar mentalmente a la favela de su niñez. Porque Febry nació y creció en una favela. La papaya verde, la harina y el huevo era el único alimento que tanto él como sus diez hermanos se llevaban a la boca al cabo del día. "Era lo único que comíamos, y por la mañana sólo desayunábamos café y harina", expresa, "y por la noche nos íbamos a dormir pronto para engañar el hambre".
Asistente de cámara de televisión, gruísta, carretillero, en la actualidad profesor de capoeira en Pamplona, Febry nació en uno de los barrios más pobres y poblados de Salvador de Bahía (Brasil). Vale do Matatu, así sellama este suburbio donde imperaba la ley de la violencia: muerte, droga, prostitución enlosaban el paso de los más jóvenes. Calles empinadas, adoquinadas con el miedo. Rúas por las que aquel niño aficionado a esta danza, mitad baile mitad lucha, subía y bajaba cada noche con la bolsa de entrenar al hombro. Estacas de madera. Postes en los que los colonizadores portugueses encadenaban a los esclavos africanos y los castigaban públicamente. Algunos de sus mejores amigos cayeron ajusticiados por la ley de la calle, muy cerca de estas estacas.
Febry no sabe explicar cómo pudo escapar de la muerte. "Karma", responde. "El secreto para sobrevivir con dignidad, cuando procedes de una familia humilde, es aceptar lo que posees y valorarlo". Y explica que la capoeira y una filosofía oriental le han ayudado a ser hoy quien es y a sobrevivir.Algo parecido le sucedió al cantante brasileño Carlihnos Brown. A los veinte años, Carlinhos empezó a ganar dinero componiendo para gente como Sergio Mendes o Caetano. Un día, al regresar de una de sus giras al barrio de Candeal, donde nació y creció, le contaron que en una redada policial habían muerto cinco amigos con los que había crecido. Carlinhos pensó que si no hubiera sido por la música, él podría haber muerto esa noche. La música le había salvado. Entonces comenzó a comprar instrumentos para el barrio y a crear grupos de música con los niños. Su vida cambió al cumplir los 19. "Al morir mi padre me echaron de casa". Los monjes de un monasterio hindú en el mismo estado de Bahía le acogieron. "Aquí viví cuatro años". Durante este tiempo -dice- practicó el celibato y se alimentó de comida vegetariana. Era un monje más. "Quería comprender el sentido de la violencia. Buscar hacia dónde vamos". Y el 3 de diciembre de 2004, su vida dio un nuevo giro. Febry bailaba capoeira en el centro histórico de Pelourinho, uno de los barrios más turísticos, cuando apareció quien hoy es su mujer. Sonríe al despertar aquel encuentro. Un año después se casó con ella. "Mi mujer es de Navarra. Nos conocimos un 3 diciembre, nos casamos al año siguiente, un 3 diciembre, y mi hija, Olalla Khrisná (en honor al Dios hindú de quien emanan el resto de dioses), también nació un 3 diciembre". Hoy, desde una de las laderas del monte Ezcaba, con la mirada puesta en Pamplona y su comarca, al fondo, extiende al viento una bandera de su país, y describe la simbología de sus colores. "El disco azul representa el cielo de Río de Janeiro. El lema "Ordem e Progresso" ("Orden y Progreso") está inspirado en el lema del positivismo. Significa "El amor por principio, el orden por base y el progreso por fin". Los colores verdes y amarillo representan la esperanza y el aspecto industrial del Brasil, la naturaleza orgánica e inorgánica".

Breve historia de la capoeira
Tras el descubrimiento de América y los intentos fallidos de colonizar a los pueblos indígenas, España, Inglaterra, Francia, Portugal y Holanda, se dedican a comercializar con esclavos africanos. Un tráfico de esclavos que incrementa a partir de 1559. Procedentes de Mozambique, Congo, Angola, Guinea y Sudán, eran sometidos a trabajos forzosos y tenían prohibido practicar sus propias tradiciones. Fue en el siglo XVII cuando comenzaron las primeras rebeliones de los esclavos. Escondidos entre matas, en grupos formados o "quilombos", confeccionaron un baile lucha con el que poder defenderse de los colonos.



Marcelo, un niño de la calle
 En casa de Marcelo Ferreira, maestro y pionero de la capoeira en Navarra, no alcanzaba ni para un plato de papaya verde con harina y huevo. "Pasábamos mucho hambre en casa", recuerda serio. Hijo de perforador de pozos de petrolero, el sexto de doce hermanos, cuenta que se convirtió en un niño de la calle para buscar comida y también -confiesa- practicar capoeira. "Salía a la calle en busca de algo que llevarme a la boca y de paso bailaba. A mis padres no les gustaba que lo practicara porque se relacionaba con la delincuencia", apunta. "La vida de un niño en la calle es muy dura". Violencia, droga, amigos muertos, prostitución... Ferreira asegura que nunca cruzó la delgada línea roja que separa la vida de la muerte. Lo consiguió -dice- gracias a su maestro Dinho, que le rescató de la calle y le enseñó los "secretos" de esta danza africana. "Yo tenía diez años", detalla, "de repente apareció él. Yo estaba con el resto de los niños, en el mercado Modelo. Me encontraba en el suelo. Pensando. Descalzo. Siempre iba descalzo. Entonces, uno de los niños, un limpiabotas, se le acercó y pidió lustrarle los zapatos. El maestro alzó la pierna a lo más alto, y, sonriendo, le respondió: "¿Dónde quieres limpiar los zapatos, aquí arriba?". Aquel movimiento de pierna me impactó. Desde ese instante, no dejé de seguirle. Quería una oportunidad. Entrar en su espectáculo. Y lo conseguí. Y eso que era muy malo bailando. Mis propios compañeros me humillaban por lo malo que era. Pero fui persistente. Las humillaciones me empujaron a crecer". Con 16 años, cinco años después de este mágico encuentro, Ferreira ya estaba preparado para enseñar. Se separó de su maestro y comenzó a viajar: Japón, Portugal, España. A Navarra llegó hace 20 años, con la Feria de las Naciones.
A sus 38 años, casado y con dos hijas, de 9 y 6 años, a las que intenta inculcar los valores de los que careció de niño, afirma preocupado que los chavales de Pamplona se están "marginalizando" y "aislando" en las bajeras. "Se quieren proteger de algo y no se les presta atención", avisa. "Por eso procuro que mis hijas jueguen y valoren lo que tienen. Yo nunca he jugado. Aprendí a escribir y leer con 16 años".



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