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Un mundo sin miel

 Al principio se protege con un buzo amarillo y una máscara de rejilla, pero sólo al principio, porque no tarda en quitársela. Antes apicultor que bombero, Jesús Rodrigo Semberoiz, de 58 años, camina con paso firme entre las colmenas que cuida con especial mimo en pleno Almiradío de Navascués, a las puertas del Pirineo navarro, y abre una de ellas. "Siempre por detrás de la caja", indica, "es lo más seguro". En lo que llevamos de año, Jesús ya ha perdido 35 colmenas. "Los cambios de temperaturas tan radicales las han debilitado. El invierno ha sido muy seco y la primavera muy lluviosa", expresa, levantando la tapa de la caja. "Esta es la zona intermedia de la colmena. Aquí se les trata y se les da de comer. Es un comedero para el invierno. Si no queremos que se mueran las tenemos que alimentar con miel y agua. Con estos cambios de tiempo no pueden salir a recolectar. Por debajo está la zona de cría". Jesús echa mano al ahumador (depósito cilíndrico) y rocía el abejar con una nube de humo frío y blanco. "Son abejas melíferas, las de miel de toda la vida", apostilla. Cada abejero tiene su combustible de preferencia. Algunos usan corteza de coco, mazorcas de maíz secas, boñiga seca, sacos viejos de arpillera, pedazos de cartón, aserraduras, madera podrida, hoyas secas... La combustión penetra lentamente entre los panales calmando a las obreras, que son las encargadas de segregar la cera, de limpiar y mantener la colmena, de criar las larvas, vigilar el panal y recolectar el néctar y el polen. Al destapar la caja despega un zumbido azaroso que se extiende por el ambiente. "La media es unas 50.000 abejas". Extrae uno de los diez panales y acaricia con la yema de uno de los dedos la superficie hexagonal de las celdillas en busca de la reina. "Estoy acostumbrado. No es la primera vez que me pican. El dolor se pasa rápido", desprende una nueva sonrisa, nada tranquilizadora. "Están cabreadas. Ha llovido todo el día...". De repente, sale el sol. Se abre un gran claro sobre Navascués. Las melíferas echan a volar. La luz de la tarde también vuela con ellas. Una inmensa sonrisa verde colorea el valle. Las recolectoras se apresuran en la recolección de polen y néctar. Unas entran. Otras salen. "¡Ves esas bolsas amarillas en las patas traseras. Es el polen!", profiere. El bombero-apicultor se desprende de la rejilla que le cubre el rostro. "Quiero enseñarte la abeja reina, pero no veo con la rejilla", sonríe. Una de los insectos se le introduce por las fosas nasales y le inyecta el aguijón. No se queja. Como si nada. "En este panal habrá unas cinco mil. Esas son las celdillas. Ahí dentro están las crías. ¿Las ves, al fondo? Esa es la miel". Jesús recuerda la primera vez que tropezó con un enjambre hace 35 años. A partir de ese instante, su curiosidad por estos, cuya vida va de seis semanas a seis meses, se intensificó imparable. Un veneno que inoculó también a su mujer, que, al contrario que su marido, confiesa que las abejas le producen mucho respeto. "El sector es desolador. No sabemos los motivos. Desaparecen. Nadie sabe". Mari Carmen pide prudencia a su marido. "Ten cuidado, no te acerques tanto. No es la primera vez que llega a casa con un ojo hinchado".

"El mundo desaparecerá"
Las pequeñas abejas constituyen un eslabón fundamental en la cadena de la vida. Se rompería sin ellas. Una de sus funciones vitales es activar los procesos de regeneración del mundo vivo de las plantas. Un inmenso trabajo cíclico para la vida vegetal y las sociedades humanas que hoy está amenazado. Los científicos se pierden en hipótesis sobre las posibles causas de su desaparición. Hongos, pesticidas, razones multifactoriales, especialmente relacionadas con el cambio climático, constituyen algunas de las primeras conjeturas que ofrecen los expertos respecto a este colapso que vacía las colmenas de la noche a la mañana.

Eduardo Pérez de Obanos, veterinario de la Asociación de Apicultores de Navarra (APIDENA), coincide con Jesús Rodrigo Semberoiz en que ya no existen enjambres naturales. Atribuye el debilitamiento de las colmenas y la escasa producción de miel a distintos factores: "El cambio climático es una realidad. La abeja no se adapta. Es imposible sacar las medias de producción de miel de antes. De 30 kilos por colmena al año hemos pasado a 10", apunta. "La situación es preocupante. El ácaro varroa está debilitando desde 1985 la salud de las abejas y seguimos sin tratamientos. Somos pocos apicultores y a las farmacéuticas no les interesa investigar", lamenta. Aunque la Asociación cuenta con 410 personas asociadas, en Navarra sólo hay diez apicultores profesionales. Asimismo el número de colmenas ha sufrido un fuerte varapalo: si en 1948 en esta Comunidad había 8.500, en la actualidad, según los últimos datos, no superan las 12.000 y 400 explotaciones.

Respecto al despoblamiento de las colonias, Obanos, como el resto de apicultores consultados, reconoce no saber. "No existen respuestas. No encontramos explicación al despoblamientos. La mayoría de los apicultores lo somos por tradición o afición... se nos están quitando las ganas...", determina. En la actualidad, a la preocupación de Obanos por el despoblamiento, el varroa, el clima, el abejaruco, que se come las abejas, y la avispa asiática hay que sumar el cultivo transgénico. Un fallo del Tribunal Europeo de Justicia, en relación a la miel de un apicultor alemán contaminada con polen transgénico de Maíz, prohibe la presencia de transgénicos en la miel de los países de la Unión y el polen para consumo humano.
"La miel contiene polen inevitablemente porque están juntos en la colmena y en el centrifugado para la extracción de la miel se mezclan más aún", explica. Esta decisión del Tribunal Europeo tendrá consecuencias para la apicultura europea, y en especial la española -la más afectada- porque, en España se cultivan en torno a 70.000 hectáreas de maíz sometido a ingeniería genética cada año. Obanos teme que con el Canal de Navarra se potencie este cultivo y por lo tanto perjudique la producción de la miel. "Tarde o temprano llegará. Estoy seguro", asevera.

La sensación de incertidumbre en el sector es generalizada. Los expertos españoles e internacionales no se cansan de repetirlo: "El CCD o Síndrome de Colapso de las Colmenas es una catástrofe planetaria que contagia silenciosamente a todas las abejas. En Estados Unidos ha desaparecido el 60% de la población". Los apicultores de Francia e Italia sospechan que la imidacloprida (insecticida que se utiliza para el control insectos chupadores) puede provocar el ocaso de las colonias afectando el sentido de orientación de las abejas y su capacidad de regreso a las colmenas. "La abeja ha olvidado el camino de casa, como un niño perdido", manifiestan. El único enemigo verdadero de la abeja, su único predador a escala planetaria, es el hombre moderno.



La profecía de Einstein
Einstein ya lo predijo. Si un día se extinguieran las abejas, al hombre no le quedaría más que cuatro años de vida. El mundo se colapsaría. Pues bien, esta realidad parece que se ha presentado antes de lo previsto.
Según Bernard Vaissière, el mejor especialista de los polinizadores del INRA(Instituto Nacional de la Reforma Agraria), más del 75% de los cultivos que nutren la humanidad y el 35% de la producción de alimento dependen todavía de los polinizadores, en mayor parte de las abejas. "Su papel es esencial en nuestra vida cotidiana y alimentación", afirma. La actividad polinizadora que desarrollan nos permite obtener numerosos productos: café y chocolate, frutos de cáscara, y la mayor parte de las frutas y vegetales, así como algunos aceites. Incluso la ganadería podría verse afectada. Algunos de los vegetales que nutren a los animales se reproducen gracias a su trabajo.¿Es el principio del fin El polen producido por plantas de semillas contiene imidacloprida, sostienen los científicos.
El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA, publicado en 2011, informaba de este problema global, y notificaban las causas: cambio climático, contaminación, campos electromagnéticos, pesticidas y el creciente papel de determinados parásitos.
El presidente de la OIE (Organización Mundial de la Sanidad Animal), Bernard Vallat, también daba la voz de alarma. Advertía de que si no se toman medidas, la situación podría desembocar en un "terrible desastre biológico". "Se perdería un tercio de la producción mundial de alimentos", avisaba. Alrededor de 30.000 millones de euros de la economía mundial están ligados al sector apícola. España es el país que cría más abejas con más de dos millones de colmenas: el 17% de la UE.


"Han desaparecido en Navarra. Han sido borradas del mapa". Quien habla ahora es Koldo Urrutia Galarraga, un ex-apicultor de Guipúzcoa, de los más veteranos, que un día decidió dejarlo todo. "¿Por qué? Al paso que vamos ya nos podemos olvidar de todo", aduce soliviantado.
A sus 64 años, mitad ermitaño mitad apicultor -aunque diga que ya no lo es-, con más de media vida dedicada a "contemplar" a estas increíbles "obras de ingeniería" construidas por la naturaleza, confiesa que son ellas quienes le cuidan ahora. "Son ellas las que me han enseñado todo lo que soy. Todo lo que sé. ¿Y qué me han enseñado... A observar". Urrutia explica que Navarra es una comunidad con un potencial en flora y fauna a nivel europeo envidiable, y, por eso, tiene que ser Navarra -subscribe con vehemencia-, donde se encabece un movimiento pionero desde las instituciones para mentalizar del problema.
Coincide que el Gobierno foral ha publicado este mes una convocatoria de ayudas dirigidas a fomentar la mejora de la producción y comercialización de los productos apícolas (www.navarra.es).
"De entrada -prosigue Urrutia-, hay que asegurar una cobertura polinizadora en todos los parques naturales, de manera que la abeja pueda sobrevivir, creando unidades de polinización. Así preservaremos la biodiversidad. De lo contrario, me veo a los japoneses inventando abejas de plástico", ríe. "Los ayuntamientos deben analizar qué cobertura de polinización se necesita. Cada cual en su territorio". Y sugiere una iniciativa que ya se practica en Burgos: "Animo al personal, a los futuros amigos de la abeja a que apadrinen colmenas".

Una caja vieja
Urrutia es un hombre peculiar. Un día, hace 20 años, decidió retirarse a lo alto de una montaña, en la Guipúzcoa profunda, y permanecer ahí hasta hoy. La soledad, un perro pastor de abejas llamado Sherpa, "el único pastor de abejas del mundo", y una colmena con unas 80.000 abejas son sus únicos compañeros contra la soledad.
Sentado en el interior de su humilde " chabola" de madera con vistas al Cantábrico, ataviado con un doble jersey de lana y un gorro, la humedad y el frío se filtran implacables, Urrutia acepta que se equivocó. "¿Qué hice", se queda en silencio. " No las dejé libres. Intervine en la colmena". Se queda en silencio de nuevo. Después, evoca a Rudolf Steiner. "En su libro ya predecía lo que hoy está ocurriendo. Steiner hablaba de este peligro, de lo problemático de actuar sin sabiduría, mecanizándolo todo. Dominar la naturaleza trae consecuencias". El primer contacto de esta especie de "quijote" de las abejas melíferas se remonta a hace 20 años. Fue durante un paseo en la montaña. "Vi una caja vieja con abejas", rememora. "Las observé. Un día. Y otro. Abría un poquito la caja, luego otro... Me dejaron mirar, hasta que me empezaron a sacudir", ríe. "Así es como me enteré de que había que protegerse. Me compré un libro. Así empecé". Hoy confiesa que ya no es apicultor, sino amigo. "Son ellas las que me cultivan a mí. Apicultor significa cultivo de abejas. ¡Ostras las vamos a cultivar!", profiere. ¡Ellas son las que nos cuidan a nosotros!". Fue tal su preocupación por el estado de la abeja como agente polinizador, que empezó a promover un plan para recuperar a la abeja autóctona como tal. Inició una recogida de muestras en Goizueta y las envió al INRA.
"Los apicultores hemos hecho verdaderas burradas. No está justificada. Bastante más saben ellas. Pero entras en ese juego al servicio de las multinacionales. Los mayores consumidores de azúcar hemos sido los apicultores. Y llega el día en el que te lo cuestionas todo. Todo elemento químico es acumulativo. Las abejas se lo llevan a casa. Se vuelven locas. Es un problema. En Salamanca he conocido un apicultor con 3.000 colmenas y quedarse sin ninguna. Todas muertas. Todo el entorno está contaminado. Es un desastre. A medida que las abejas silvestres iban desapareciendo aumentaba la industria de la apicultura. Todas nuestras miserias se las hemos transmitido. Hemos generado todo tipo de enfermedades. Están locas. Sufren estrés, diabetes, alzheimer... son un reflejo de la estupidez humana".
Urrutia explica que la falta de intercambio genético es otro de los factores degenerativos que están influyendo en la consanguinidad. "En Navarra sólo queda la controlada. Se produjo un empobrecimiento genético". Para solucionar esto, Urrutia propone articular un intercambio de colmenas entre apicultores. Algo que no se ha producido, y lo lamenta.
"La abeja cubre el 80% de esta cobertura. Necesitan diversidad nutritiva. Y si no hay, no van a sobrevivir. Para elaborar un kilo de miel deben recorrer miles de kilómetros, casi un viaje completo a la luna de ida y vuelta", ilustra, "visitan diez millones de flores para un dichoso kilo de miel. ¡Para que luego digan que es cara la miel!.

Un museo de miel
En pleno corazón del Valle de Ultzama, en la localidad de Eltso, muy cerca del Robledal de Orgi, existe una casa con "sabor" a miel. En este hogar, mitad casa mitad museo, vive Isabel Tellería con sus dos hijos y marido. Tellería es una de los diez apicultores profesionales que hay en Navarra. Aquí, en singular paraje, entre caballos, ovejas y colmenas, los dos pequeños juegan y aprenden que deben ser prudentes a la hora de arrancar las flores, porque "ellas", las abejas, también las necesitan.
Lo de Tellería con las abejas fue un flechazo. Sucedió hace 20 años, cuando se inició como veterinaria en plenas montañas alavesas. Desde entonces no se ha despegado de ellas. Al igual que todos los apicultores de este reportaje recurre a la frase de Einstein, pero la matiza: "El mundo no va a desaparecer, pero cambiaría la faz de la tierra", tranquiliza. "Las abejas son un reflejo de nuestro ecosistema, de nuestras vidas. Están sufriendo mucho porque no son capaz de adaptarse".
Desmoralizados, desorientados, pero, a su vez, "enamorados" por la capacidad de trabajo de las abejas, confiesan que les entran ganas de abandonar, pero que no lo hacen porque su amor por ellas es mayor.


Entre imágenes en blanco y negro referentes al mundo abejar, Tellería lamenta la situación de "olvido" en la que se encuentran. "Estamos sufriendo al ver las colmenas tan debilitadas", declara. "No pueden desaparecer. Sería un desastre. Solos no podemos. Hacemos todo lo que podemos. Bastante con que nos enfrentamos al ácaro varroa, que cada vez es más destructor. Necesitamos una abeja más resistente. No sabemos qué hacer, reitera, ante el despoblamiento. Deben intervenir todos los sectores para ayudarnos. Es un problema universal. Se da en todo el mundo, por lo tanto sólo caben soluciones globales". Uno de los reportajes que cuelga del corcho a la entrada de la casa informa de la situación de la abeja melífera. En uno de ellos se lee que el Parlamento Europeo calcula que un 84% de las especies vegetales y el 76% de la producción alimentaria comunitaria dependen de la polinización de la abeja melífera. Tellería continúa enunciando las medidas que se deberían tomar para poder resistir ante una situación de despoblamiento que no parece presentar destellos de recuperación. "Hay muchas teorías, pero ninguna clara. Necesitamos recuperar los insectos. Aumentar la población de nuestras colmenas. Que se investigue para encontrar una abeja que sea el resultado de una selección genética que la haga resistente. Se están dando palos de ciegos. Los apicultores tenemos ganas. Estamos esperando que nos digan qué debemos hacer", repite, "la selección genética sería una buena solución", concluye, esperanzada.

Comentarios

  1. soy apicultor (??) desde el año 90, en Argentina, Provincia de La Pampa, y estoy adaptando de a poco mis colmenares, (que pronto los llamaré de otra forma) a una forma distinta de producción, si es que las abejas deciden que quieren producir algo dulce para nosotros. Encantado de descubrir este blog. Un abrazo Mario González Ing Agr y futuro cuidador de abejas. En nuestro país nació un Sr Perone, que anda con estos asuntos de la apicultura natural, y se fué del país, hastiado de no tener repercusión en autoridades y las barbaridades productivas que están llevando adelante junto con las multinacionales.

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