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El reloj se detuvo a las 22.45 horas

Un rollo de papel. Un teléfono sobre una mesa de madera cubierta de hollín. Un calendario. Taquillas. Un baño. El vestuario de hombres. Un reloj que marca las 22.45 horas. Esto es todo lo que se salvó del incendio que la semana pasada arrasó completamente la empresa Tortillas Palacios (antigua Floristán) de Arguedas. El resto de las instalaciones quedaron completamente calcinadas. El fuego que, según los primeros indicios, se inició en un depósito de aceite térmico, en una esquina de la nave, devoró 8.000 metros cuadrados en apenas 30 minutos. El viento del cierzo avivó la destrucción. No hubo que lamentar daños personales. Los trabajadores del segundo turno terminaban su jornada a las diez de la noche y las cuatro operarias de la limpieza que se encontraban dentro abandonaron el lugar al apagarse la luz.
A la mayoría les pilló en casa. Al enterarse, no lo dudaron, acudieron de inmediato al solar y se permanecieron allí, en la carretera, hasta la bien avanzada la madrugada. Unos han vuelto a la fábrica para comprobar el desastre. Otros no. Por miedo. Ayer lo hicieron siete de ellos.
Sergio Sanz Bienzobas, de 37 años, Gabriel González Garcés, de 27, Pedro Antonio Gutiérrez, de 55, Sandra González González, de 33, Aitor Murillo, de 29, Leonardo Morella Castillejo, de 47, y Rubén Urmeneta, de 24, se acercaron hasta la puerta principal, donde trabajaron hasta hace una semana, y se quedaron atónitos al descubrir las consecuencias de lo ocurrido.


"Lo duro es el día a día. No sabes dónde ir. No tienes mañana ni tardes. Te levantas e inconscientemente terminas en la fábrica... Se nos ha quemado la vida", la palabras de Pedro Antonio Gutiérrez, el más veterano de este grupo de siete, casado a su vez con su compañera Sandra González, suenan con pesimismo mientras camina con el resto. "Es horrible. Se nos han quemado muchas ilusiones", indica. Su mujer le observa. "Hemos visto crecer a esta empresa. Hemos visto toda la evolución. Nunca piensas que te pueda ocurrir. Te cambia la vida. Había tantos proyectos de panadería en marcha, a punto de emprenderse....", los siete comparten su confianza con la familia Floristán, pero, a su vez, temen que el tiempo corra en su contra, se les termine el Ere y se queden fuera. "Nadie quiere estar parado dos años", dicen. Los siete llevan alrededor de diez años trabajando. Mucho tiempo. Los recuerdos se les acumulan al alcanzar por la cuneta el exterior del epicentro del incendio, en la misma entrada a Arguedas. "Aquí fue", señalan. Ninguno comprende cómo se pudo originar. "Si yo estuve con la máquina por fuera media hora antes, cerca de los depósitos de aceite, y no vi nada raro...", dice sorprendido Gabriel González. "Es peor de lo que imaginaba", apunta Aitor. "Hasta dentro de dos meses no vamos a ser conscientes de nada", sostiene Sara. "Hemos llegado a trabajar 120 personas con turnos de noche. Queremos ser optimistas. Confiamos en la familia, en su buena voluntad. Que quieran mantener los clientes nos anima", manifiestan. Al otro lado de la valla, un grupo de técnicos inspeccionan los daños. "Esperemos que puedan levantar la fábrica".

Julio Floristán y su mujer Marina Murillo, fundadores de la empresa.

"La vamos a levantar"
Un anhelo que Julio Floristán y su mujer Marina Murillo, fundadores de Cárnicas Floristán, a sus 84 años, aseguran se convertirá en realidad. "La vamos a levantar y va a funcionar. Y si podemos en el mismo solar", profiere con ímpetu Floristán, que se enteró de la tragedia a las seis y media de la mañana, unas horas después. "Se ha quemado la fábrica", le dijo uno de sus hijos. "Yo mantuve la entereza. Es mi deber. Les intenté calmar. Hemos tenido muchos tropezones en esta vida, y este no es más que otro tropezón, les dije. Nos hemos caído muchas veces, pero también nos hemos levantado". Marina le escucha atenta, con los ojos bien abiertos. Conoce bien el esfuerzo de su marido. "Salté de agricultor a empresario. De la noche a la mañana", declara. En realidad, la artífice de este negocio familiar, la auténtica emprendedora, fue Marina. Pidió un crédito de casi dos millones de pesetas, eran los años setenta, y se lanzó. Primero abrieron una fábrica de carne y chorizos. Después se aventuraron y abrieron la empresa actual, en un solar mayor. El peso del negocio siempre lo dirigió ella, a la sombra. Era la auténtica empresaria. "A él no le interesaba demasiado. Estaba más pendiente de la agricultura", esboza con una sonrisa cómplice. Pero Julio no tardó en saltar al mundo empresarial. Los inicios los recuerda entre risas, rodeado de ejecutivos, corbatas y maletines vendiendo sus productos. "Yo siempre iba sin corbata y sin maletín. Llevaba mis productos en una bolsa, pero tenía un truco para ganármelos. Dejaba las migas de pastor para el final de la presentación. ¿Cuál es el secreto. Ser distinto. ¿Cuál es la receta para poder levantar la fábrica Entusiasmo, trabajo y optimismo", afirma con vehemencia. Julio y Marina revelan que en septiembre cumplirán sus bodas de diamante. "Y cada día nos queremos más", manifiestan.

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