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Los últimos escoltas de la flor


Vigías de tormentas. Cirujanos de la naturaleza. Escoltas de la flor. Protectores del milagro. Milagro, 13 horas, atalaya de los últimos cereceros. A 33.000 pies se ha acercado hasta su tierra y ha compartido durante unas horas su lucha por la superviviencia. Son los últimos cereceros. Los custodios de este tesoro-flor de más de dos mil años.

Nadie sabe cómo llegó aquí, pero hoy el cerezo simboliza la esencia de todo un pueblo. Posiblemente viajó en la noche de los tiempos, con las migraciones de las aves. Dicen que provienen de una colonia griega de la costa del Mar Negro llamada Kerasos. Relatan que un general romano que comandaba las tropas en la guerra contra Mitrídates del Ponto encuentra este cultivo. Y se lo lleva a Roma. Hoy, dos mil años después, esta drupa de forma redondeada, globosa o con figura de corazón, brota “milagrosamente” en esta localidad de la ribera navarra de más de tres mil habitantes. Una villa de luz y agua donde confluyen los ríos Aragón y Ebro. En Milagro, antes del verano, se hace el milagro, la flor se convierte en cereza.

Kerasos. Cesarus. Cereza. Aunque la etimología ha evolucionado, su simbología es la misma. Honestidad, dulzura, buena suerte, primavera, feminidad y juventud. Para los griegos representaba la belleza. Para los japoneses la transitoriedad. La vida, como la recolección de este fruto, señalan los orientales, implica fugacidad. La misma que dura su cosecha.


Es un espejo. Casi te ves la cara. ¿Has visto qué brillo?”, Oscar Lorente, de 47 años, uno de los tira del rabillo del fruto, hacia arriba, y observa detenidamente el racimo. Después, prueba la cereza, parece estar catando un buen vino. “¡Es cristalina pero todavía está muy dura. Le quedan cuatro días (es martes 12 de junio) para que adquiera su color. Tiene que estar negra”, señala. 


“El año pasado éramos 11 personas recogiendo y ahora 5”, apostilla el ecuatoriano Gabriel Castro. Una a una, con un cuidado exquisito y un protocolo bien aprendido, las arranca por “el rabillo” hacia arriba, una a una, y las va dejando en un cubo azul a medio llenar que cuelga de una rama. “Han tardado en madurar por el granizo y las heladas”,subraya las palabras de su jefe. “Hay menos cantidad”. Castro lleva desde las siete de la mañana. Su jornada termina a la una. Le acompañan otros dos compatriotas en la recolecta, Julio y Rubén. “Recogemos unos 7 kilos a la hora”,afirman. En una época buena, asevera Lorente, cada árbol puede dar entre 15 y 20 kilos. “La cereza es muy caprichosa. Ni picadas ni muy blancas”, apostilla, “es un fruto muy delicado que conlleva un acto de recolección paciente y delicado. Hay que recogerla y venderla en el día”.
Lorente es agricultor de toda la vida. Antes lo fueron sus padres y sus abuelos. Su madre, Mariluz Pérez, de 82 años, todavía rememora aquellos agotadores días en los que toda la familia se reunía para recolectar. “No es lo mismo que ahora”, expresa con un suspiro. “Los árboles eran mucho más altos. Íbamos todos los días”. A su hijo se le escapa una risotada cuando se le pregunta por el futuro del sector. “Yo creo que soy el más joven de Milagro y la única cantera”, dice, “como el lince, estamos en peligro de extinción”. Lorente no para de contestar por teléfono en uno de los dos terrenos con más de tres mil cerezos que alberga a las afueras de la villa. 


Todo son conjeturas sobre el origen de este fruto de aproximadamente dos centímetros de diámetro. Los más ancianos no saben. Sencillamente, dicen, estaban ahí. Sus abuelos ya las recogían de unos árboles que eran mucho más grandes. Ellos sólo continúan con la tradición de lo que era todo un acontecimiento familiar. Lo único que recuerdan es cómo se subían a las escalerillas a lo alto de las copas y las arrancaban una una por el rabillo y hacia arriba. Luego, cuentan, se acercaban a la estación de tren a caballo y las enviaban a San Sebastián dentro de cajas.


“Cada vez somos menos los que nos dedicamos a esto. Ya no hay gente joven que quiera trabajar”, las palabras de Fermín Escalada Hernández se instalan en los brazos secos de uno de los 11 cerezos que se le han secado este año. "Ves esas tres filas. Todos secos", lamenta. “El drenaje, la última pedrada caída...”. Se queda en silencio. “Todo está muy mal. El año pasado pagaban en las grandes superficies entre 0.95 y 1 euro por kilo, y luego lo venden a 5. No compensa.Una buena recolección cuesta dinero. Unos recogen. Otros seleccionan. Cuesta dinero”, Escalada introduce la cabeza bajo la copa de uno de los cerezos y arranca un espectacular racimo de unas cien cerezas. O eso parece. Porque no vale ninguna. "Lo ves. Todas picadas”. Su cuidado implica una lucha permanente contra la lluvia, el frío, los pájaros y el purgón. “Si tienes que pagar los peones, más los abonos, los insecticidas, el gasóleo... ¿qué te queda? La recolección supone un coste. No puedes coger cualquier cereza. Antes era un negocio familiar y sí cundía. El dinero se repartía entre todos. Era lo primero que entraba en casa y te ayudaba a tirar”. A sus 78 años, después de toda una vida en el campo, Escalada sigue viviendo situaciones esperpénticas. “Y eso que empecé a trabajar en el campo a los 12”, sonríe de impotencia. “Un día -cuenta- se presentaron unos inspectores y me dijeron que no podía estar aquí. Que tenía que dejar de trabajar porque estoy jubilado. En mi propio terreno.¿Sabes qué pensión cobro? 588 euros. Con esta cantidad vivimos mi mujer y yo”, señala, mientras deja caer la espalda en el tronco de uno de los cerezos. “Los del campo somos la última sardina del cubo. ¿Qué futuro nos espera?”, sonríe impotente.

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