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El segundo viaje en patera de Jacob

Las noches sin luna son las más oscuras, pero también las más hermosas. Las más terroríficas. También las más esperanzadoras.

Sucedió hace 11 años. Jacob Asiic, de 34 años, se despidió de sus padres y cinco hermanos y partió de Nigeria hacia Marruecos. A pie, en coche... El periplo duró varios meses, hasta alcanzar la ciudad costera de Tánger. Fue en un bar cercano al puerto pesquero donde contactó con las mafias -en realidad, son las mafias quienes les buscan-, pagó los mil euros necesarios para asegurarse una plaza en la patera. Y le escondieron. Durante seis meses vivió hacinado en una pequeña habitación con otras 20 personas por la que pagaba 350 dirham al mes (unos 32 euros). Apenas pudo salir por miedo a la policía.

El anuncio de la salida llegó una noche sin luna. En verano. Las mafias le condujeron en taxi hasta el punto de encuentro: un pinar en pleno acantilado, un roquedo por el que bajaron sin linternas para no ser sorprendidos por los militares. Su único calzado eran unas chancletas. Sintió miedo al sentir el frío de Atlántico entre sus dedos. Le tocó sentarse en la parte delantera de la cubierta de madera. Tuvo suerte. Las mafias olvidaron anudarles. Normalmente les atan con una soga para que no puedan desestabilizar la embarcación.

La madrugada ocultaba la inmensidad del océano. Jacob sólo podía apreciar su rumor al chocar contra el casco. Sin luna, la noche es más noche que nunca, el escenario ideal para actuar sin ser descubiertos.
No tardaron en zarpar. La tripulación la formaban el patrón, un acompañante y 40 subsaharianos, todos hombres. La patera enfiló hacia la oscuridad. La respiración, entrecortada. Rostros desencajados por el frío y el olor a gasóleo. Aunque Jacob no sabía nadar, no sintió miedo. "Rezaba. Pensaba cómo sería un mundo mejor", expresa en inglés. Al amanecer, una patrullera de la Guardia Civil les localizó. Estaban a punto de hundirse frente a Tarifa. Habían sobrevivido. Al pisar tierra firme, dio gracias a Dios. Había transcurrido un año desde que dejó Nigeria.

 En España, ingresó 35 días en un centro de internamiento. Al quedar libre, recibió asesoramiento de Cáritas y viajó a Valencia, a casa de un amigo. Allí conoció a quien hoy es su mujer, consiguió trabajo en la construcción y nacieron sus dos hijos. La suerte estaba de su lado. Sin embargo, las crisis desmoronó todo. Hace cinco meses vino a Pamplona con su familia, emprendiendo así un segundo viaje en "patera". Quizá le suene su cara. Se le puede ver de rodillas pidiendo limosna en Carlos III, frente al Palacio de Navarra. Su aspecto, envuelto en una sudadera roja, recuerda la viva imagen de los inmigrantes al abrigo de las mantas de la Cruz Roja paralizados por el frío tras cruzar en patera el Estrecho. "Nunca pensé que tendría que arrodillarme y pedir para comer", susurra. "En mi país trabajaba de administrativo... no ganaba suficiente para alimentar a mi familia", explica, fijándose de repente en las banderas que flamean en la fachada del Palacio de Navarra. "¿Quién vive ahí? Es una casa muy grande". Se hace un silencio. "No, no me rindo", prosigue, "es como en la patera: morir o no morir. Sólo piensas en que el futuro va a ser mejor".

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