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El día que eligió la segunda opción

(Publicado en Diario de Navarra)
¿Por qué no le haces a Carlos la fotografía con el bastón sobre la palma de la mano, en equilibrio, conmigo a su lado", sugiere Stella Carrascosa, su mujer. "Es una imagen con mucha intención. Carlos es un hombre que rompe moldes, que busca el equilibrio. Yo, a su lado, represento la cercanía, pero dejándole ser...". Los dos se cogen de la mano y se adentran por un trigal convencidos de su idea; sin embargo, el fuerte viento de cierzo, que sopla en ese momento -metáfora de la misma vida-, irrumpe y elimina la posibilidad de hacerla. Al final, entre risas, se dejan caer en el colchón amarillo y hablan de su historia.
 La vida de Carlos Gaspar Koch (47 años), presidente del Teléfono de la Esperanza, es como el cierzo meciendo el trigo. El frío y el calor, frente a frente, batiéndose, adaptándose el uno al otro. Una vida colmada de etapas de superación, oportunidades, fracasos, y muchas respuestas.
Gaspar creció en un barrio obrero de la periferia de Madrid. Eran los años 80. Una época dura en la que la droga arrasaba entre los más jóvenes. Por suerte, su padre, un carpintero con visión, les sacó a tiempo del barrio. Al cumplir los 13 años, Gaspar ingresó en régimen de internado en el Instituto Politécnico del Ejército (IPE nº1). Una fase de formación que recuerda con agrado y que continuó en la academia militar. Norma, disciplina, estudio y deporte forjaron una personalidad aún adolescente, marcándole a fuego. Pero, algo fallaba. Perdió el control. No conectaba con el exterior. Esta circunstancia le empujó a una honda depresión. Se derrumbó. "No sabía relacionarme fuera de la academia. Perdí mi entorno. Fue un fracaso afectivo", recuerda. A los 22 años, tras un accidente, se quedó ciego, perdió la mano derecha y algo de audición. Fue una vuelta a empezar. Sin embargo, descubre algo desconocido y agradable: a su familia. "Tuve que retomar mi vida. Volví a casa, a la casa de mi padre. Redescubrí a mi familia. Me aceptaron como fui y como quedé. Dejaron en parte su vida para que yo retomara la mía. Me devolvieron mi dignidad".
A los 26 años conoció en la ONCE de Madrid a Stella, su mujer (psicóloga en la organización), con quien retoma su vida para un proyecto vital "a dos" y a un grupo de técnicos y personas preparadas para ayudarle. Aquí comprendió el valor que posee la persona para otra persona. "El afecto te devuelve quien eres", explica Gaspar. Stella aprobó las oposiciones en Navarra y se mudaron a Pamplona. Se casaron y tuvieron tres hijos. A los 37 años, Gaspar que trabajaba vendiendo cupones en el barrio de la Milagrosa (Pamplona), sufre un accidente doméstico que le provoca sordera total en un oído. Se queda sin movilidad. "Me tengo que replantear la situación. ¿Qué hago yo ahora, me preguntaba. O me quedaba sentado en casa o avanzaba. Y elegí la segunda opción. Durante un tiempo entrené en casa. Las cuotas de enfrentamiento te hacen superar otras", señala. Gaspar se replantea todo. Gracias a un voluntario conoce el Teléfono de la Esperanza (TE). "Necesitaba sentirme útil. Aceptas un reto desconocido. Aprendes potencialidades impensables. Y te atreves a más", sonríe. "Al final, la responsabilidad de ser padre también tira de ti. Por ello -concluye-, soy feliz y doy gracias a la vida".

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