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Del contrato indefinido a comer de la basura



 "No se puede explicar. Lo tienes que vivir. Todo lo que ves aquí, en esta cocina, en esa nevera, todo, es mierda. Todo lo que hay aquí, lo que estamos tocando, es basura. Bueno, casi todo. A nuestro hijo le compramos leche y comida con lo que ganamos de la chatarra.Es muy duro. Nunca pensé en vivir así. Nunca. Cuando al principio te toca comer carne, fruta o verdura de la basura, te da mucho asco, pero ahora vivimos de este asco. Y si no comes, te mueres de hambre. Al final, vives atrapada. Sientes que explota todo. Y te quedas sin futuro. Yo no quiero abusar de nadie. Sólo necesito un trabajo para ayudar a mi familia...". Las palabras de Rodica Latcu, una joven de 23 años, casada y madre de un niño de un año y medio llamado Kevin, se desmoronan sobre un plato colmado de albóndigas recién cocinadas. Albóndigas que el día anterior encontraron en el interior de un contenedor de la Chantrea. Rodica rompe a llorar. Bajo la mesa guardan una bolsa de patatas podridas. "Me da mucha vergüenza pedir dinero o buscar entre basura. No puedo. Sé que tengo que hacerlo, pero no puedo", repite. "Menos mal que mis padres tienen la fuerza suficiente... Yo sólo le ayudo a mi marido con la chatarra".
Es martes, siete de agosto. Son las nueve de la mañana en la puerta del mercado de Santo Domingo de Pamplona. El padre de Rodica, Gheorghe Latcu, de 50 años, no ha pegado ojo en toda la noche. En realidad, lleva meses sin conciliar el sueño. Debe dos mensualidades en el alquiler y hoy a las siete de la tarde la dueña del piso les ha dado un ultimátum. Si no pagan, tendrán que irse a la calle. A esta deuda hay que sumar el retraso en el pago de la calefacción, unos 900 euros, correspondientes al otoño e invierno, los pañales y la leche de su nieto de un año y medio de edad, los medicamentos de su mujer, enferma del corazón, la luz, el agua, el gas butano, la comida...
La historia de Gheorghe y su familia forma parte de una realidad social, de un sufrimiento silencioso que repta por las calles de Navarra cada día. Un drama que ha ido en aumento desde que se inició la crisis. "De un día para otro puedes pasar de tener contrato indefinido a mendigar", sostiene Rodica. "Hay mucha gente en Pamplona buscando en los contenedores. He visto a hombres, mujeres, incluso niños...", revela. "¡Sí, en Pamplona!", exclama. "Niños de unos diez años. Las abuelas los meten porque no alcanzan. No quiero que mi hijo normalice todo esto. Además -manifiesta-, hay veces que echan amoniaco en los alimentos y es peligroso".
"Me da vergüenza pedir"
Hombre de cuerpo enjuto y mirada penetrante, le tiembla la voz y se le forma un nudo en la garganta al hablar de su situación. "Tengo 50 años y aquí estoy, pidiendo como un tonto". Se lleva los dedos a los ojos intentado frenar la emoción. No quiere que le vean llorar. "Demasiado duro es pedir".Gheorghe no ha desayunado. Lo único que ha probado en toda la mañana es un trozo de pan que le ha dado una señora al mediodía. A duras penas se mantiene de pie por el cansancio. Aún así -apunta-, aguantará una hora más. "Hasta que gane algo con lo que poder volver a casa", asevera.
A la una de la tarde echa mano al bolsillo. En total, 2 euros y 68 céntimos. "Con esto tengo para cinco barras de pan", expresa. A esta hora, su mujer busca comida en la basura y su hija Rodica y su yerno recogen chatarra con el coche. A las dos de la tarde se verán todos en casa para comer.
La familia Latcu llegó a Navarra en 2006. La vida en Rumanía, con un salario de albañil que no superaba los 100 euros, era insoportable. En 2005 los cinco dejaron atrás su país y se asentaron en Benicassim (Valencia), donde trabajaron recogiendo fruta. Un año después, y gracias al consejo de un familiar, vinieron a Pamplona. "Aquí vivía mi suegra. Nos dijo que podríamos encontrar algo", expresa Gheorghe sonriente. Y así fue. Trabajaron en la construcción, limpiando portales... "Siempre salía algo", apostilla. Vivían en un buen piso de alquiler en Barañáin, compraron una televisión de plasma, un monovolumen... En 2008, Gheorghe firmó un contrato indefinido a tiempo completo. Un sueño hecho realidad. "Era muy feliz", recuerda. Pero el sueño se desvaneció. En 2009, Rodica y su marido perdieron sus empleos y, en octubre de 2010, tras los recortes, despidieron a Gheorghe. Ninguno ha encontrado nada desde entonces. Sobreviven con un subsidio de 426 euros que no cubre el alquiler de 550 euros. El silencio atrapa el camino de vuelta a casa. En cada zancada suena el golpeteo de los 2 euros y 68 céntimos. No duda en inspeccionar el interior de los contenedores y rebuscar. El calor aprieta y los alimentos se descomponen. El hedor es nauseabundo. Apesta a pescado. A esta hora, son cerca de las dos, Rodica y su marido terminan de descargar la chatarra del coche, un monovolumen que les recuerda que un día vivieron tiempos mejores. Por el total les pagan 12 euros (17 céntimos el kilogramo). La mitad lo gastan en gasolina.
Rodica es de sonrisa fácil. Habla un buen castellano. Siempre le ha gustado leer, dice. Por falta de dinero no pudo sacar el título de Filología. "Por dos meses", indica. Cada vez que su padre o su madre encuentran algún libro en la calle se lo llevan a casa. Ella los lee con avidez. Su marido, Patrick, es de carácter más serio. Este joven de 28 años de mirada clara, cercenada por el miedo, ha trabajado de todo: carretillero, gruísta, cajero, camarero... Como su suegro, él tampoco duerme. "La cabeza va demasiado rápida: los pañales, la leche, el alquiler...". Se ha levantado a las doce de la noche preocupado porque faltan pañales y leche, y se ha ido a la calle en busca de chatarra. A las seis de la mañana ha vuelto a por su mujer y el pequeño y juntos han seguido la ruta. "A mí me da mucha vergüenza revolver entre los contenedores", explica con hilo de voz Rodica. "No sirvo. Prefiero acompañar a mi marido en el coche. Le ayudo con lo que puedo y cuido a Kevin". El bebé duerme profundamente a su lado. "No le puedo dejar con mi madre. Es muy nervioso", ríe. "No queremos que perciba nada de lo que estamos viviendo. Muchas veces mis padres discuten nerviosos...yo le distraigo jugando. No podemos perder el ánimo", se emociona. Kevin se despierta. Su madre le acaricia. Los tres, dentro del coche, él con las gafas de sol colocadas coquetamente sobre la frente, bien vestido; ella, jugando con su hijo... "Nos puede ocurrir a cualquiera", advierte Rodica. "Sólo hay que ponerse en el pellejo del otro". Ya en casa, la mujer de Gheorghe, Rodica, ha preparado la comida. Hoy ha encontrado dos entrecot, un paquete de salchichas, chistorras, costillas de cerdo, una bolsa de patatas medio podridas... "Lo limpias con agua y muy bueno", gesticula. Patrick sigue serio con su hijo en brazos. Si les echan no sabe dónde irán.


















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