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Por 5 euros la hora

                          
A Gabriel le cuesta desenvolver el papel que protege el bocadillo de tortilla de patata que le ha preparado al amanecer su mujer antes de salir de casa. Le tiemblan las manos. Las mira preocupado. "Los cubos pesan demasiado", aclara con una sonrisa de impotencia. A su lado, Nicolai Hasna, compañero de vid, extiende la esterilla bajo una sombra y da buena cuenta de una mísera lata de sardinillas que devora a toda prisa. Está muy cansado. Por eso, sin perder más tiempo, se deja caer sobre el colchón de cantos rodados que alfombran el terreno y se queda profundamente dormido. Gabriel apura la tortilla y se tumba de igual manera."Vendimiar es muy duro, muy duro", profiere antes de cerrar los ojos. Los dos temporeros reposan acunados por el cierzo. Es la una de la tarde. Por delante les quedan dos horas para descansar. La temperatura no supera los 25 grados. A las tres se incorporarán y continuarán hasta las siete. "Cuatro horas que se hacen interminables", confiesan. Nicolai, de 47 años, y Gabriel de 43, proceden de Rumania pero residen con sus familias en Logroño desde hace años. Para los dos supone su segunda vendimia. Hasta el año pasado trabajaban como carpinteros de aluminio en la construcción. Ambos integran una de las seis cuadrillas que vendimian a mano en Mendavia. Su jornada es de 9 horas y su jornal no supera los 45 euros (las ETT los contratan por 5 la hora).

Un día cortando la uva a mano
Es miércoles, 19 de septiembre. Son las once de la mañana. Una fila de siete coches aparcados junto a un mar de viñedos abrazan el kilómetro 5 de la carretera nacional que une Lodosa con Mendavia. Un indicativo de que posiblemente se esté vendimiando a mano. Una actividad cada vez más difícil de descubrir, ya que más del 80% del viñedo en la Comunidad foral se desarrolla de forma mecánica. "El mercado exige una mayor producción y en un menor tiempo. De ahí la mecanización", indican los agricultores.
La vendimia mecanizada recoge mas granos de uva rotos, hasta un 25% del total de la cosecha, por lo que hay mosto en mucha mayor cantidad. Según los fabricantes de vendimiadoras (New Holland, etc...), una máquina con 160 caballos puede vendimiar una hectárea en 1,5-2 horas de trabajo sustituyendo a 30-40 personas. Al necesitar menos personal y no ser manual, es posible vendimiar de noche, con focos, lo que permite recoger la uva en su momento óptimo rápidamente.
Pues bien, en esta paraje de 90 hectáreas, ubicado al margen izquierdo de la orilla del río Ebro, se sigue cobijando la esencia de la tradición más bíblica. Desde 1985, la bodega Barón de Ley, propietaria de este enclave, elabora sus vinos Reserva y Gran Reserva con esta técnica. De hecho, de los tres millones que se recogieron el año pasado, el 80% se cortó a mano. El proceso, artesanal y lento, asegura un vino tempranillo de alta calidad. "De los tres millones, 200.000 eran de variedades blancas y el resto tintas", informa Jose María del Río, Director Técnico. "Para la cosecha de esta año mantenemos la misma previsión de cantidad y de calidad", sostiene.
En pleno campo los cuerpos se contorsionan en jornadas de nueve horas. Ojos, espalda y manos se alinean en busca del fruto más preciado. Se brega racimo a racimo. Grano a grano. La uva se derrama como lágrimas negras en cubos también negros, que a su vez se vacían en contenedores de 300 kilos que los tractores remolcan una y otra vez.
Y fue el miércoles pasado, en esta selva de plantas vivaces y trepadoras, en el margen izquierdo del río Ebro, el mismo terreno seco y pedregoso en el que ya en el siglo XVI cultivaron la vid los propios monjes benedictinos procedentes de Irache, donde este ejército de almadraberos de la uva: 74 hombres y una mujer divididos en seis cuadrillas, 12 tractores (dos por grupo) y tres encargados sobre el terreno, batallaban perfectamente coordinados en lo que era su tercer día de vendimia. Desde fuera, la fotografía de una hilera de espaldas encorvadas con las cabezas emboscadas entre las hojas, recuerda a la de las abejas recolectando el néctar de las flores antes de volar a la colmena. La mayoría son extranjeros: rumanos, marroquíes, portugueses y tres riojanos conforman el grueso.
El repunte de la crisis económica ha empujado a unos 14.700 temporeros españoles a desplazarse a Francia durante la última semana de agosto y la primera de septiembre para trabajar en la vendimia: 200 más que un año antes. Jose María del Río confirma este aumento también en Navarra. "Esta campaña hemos recibido más currículum nacionales que otros años", indica.
 
Mendavia, enclave estratégico
Mendavia siempre ha sido un punto estratégico en Navarra para los temporeros portugueses y gallegos, que empezaron a instalarse con sus caravanas a la entrada de la localidad. Eran los años 90 y hoy ya no quedan vestigios de aquellos campamentos improvisados. Con la aparición de las máquinas se redujo el contrato a la mitad. Muchos de los que conforman en la actualidad esta especie de "tribu" provienen de la construcción. En algunos casos, es la primera vez que trabajan en el campo. Sus residenciales se ubican en Logroño,Tudela, Viana o Mendavia.
Cuando uno se aproxima a la orilla de cantos rodados de este extenso mar de viñas, y busca a los temporeros entre sus "olas" verdes, cuesta encontrarlos. Caminar tampoco es sencillo por estos cauces secos. El terreno es un laberinto pedregoso. Sólo los todoterrenos de la empresa se mueven con facilidad. Gracias al sonido de los motores de los tractores se les localiza en lo más profundo. Desde lo lejos, la altura de las plantas impide divisar sus rostros. A medida que uno se adentra, sin embargo, el silencio se abre espacio. El cierzo sigue espoleando las voces de los temporeros y el corte de los hocetes, que se cuelan por la única grieta que permiten los motores de los camiones circulando por la carretera nacional y los tractores. "¡Cubo! ¡Otro cubo!", se escucha. Varios cubos vacíos vuelan entre las parras. Los peones cortan a un ritmo trepidante. El mimo, el cuidado en cada escisión es casi de cirujano. En lo más alto de la pendiente, como si de una atalaya se tratara, Juan Zuñeda Estíbaliz, de 56 años, uno de los tres encargados de la empresa, supervisa sobre el terreno que todo funcione correctamente. "Este trabajo es muy duro y está bien que se les reconozca", agradece, revelando que cada persona puede recoger al día entre 1.000 y 1.500 kilos de uva. "A pesar de la sequía, este año la calidad es excelente", detalla. "Eso sí, hemos tenido que regar bastante para mantener la humedad de la parra".Frente a la mirada atenta de Zuñeda, subido a uno de los remolques, se encuentra Florín, un rumano de 45 años que vive en Viana desde hace dos con su mujer y sus dos hijos. Para Florín lo más duro es levantar a pulso los cubos cargados.
Aunque el ambiente es fresco, sus rostros se desnudan exhaustos. Sudorosos. Los más inexpertos son los que más sufren. Están agotados. A la una de la tarde hacen un descanso de dos horas para comer. Llevan desde las ocho de la mañana sin tregua. Al terminar, en un silencio que asusta, todavía encorvados por el esfuerzo, deambulan en fila de a uno por el margen de la carretera hacia el arcén donde han aparcado sus vehículos.
                       
La primera vendimia de sus vidas
Muy cerca de la sombra en la que descansan los dos antiguos carpinteros de aluminio rumanos, se encuentra dentro de su coche Jose Antonio Gómez Codina, de 41 años. Para Codina es su primera vendimia. Mejor dicho, su tercer día y su primera vendimia. " Es muy jodido. Muy duro. Más que la construcción", comenta serio. "Siempre he trabajado en la construcción. He sido 25 años autónomo, pero con el inicio de la crisis me puse por cuenta ajena y me quedé sin curro. Esto es lo primero que me sale este año", precisa. "Si no me sale otra cosa al terminar tendré que pedir el subsidio". A su lado, en el asiento del copiloto, se sienta Juan, compañero de cepa. Se han conocido estos días. Para este transportista de 30 años, en el paro desde abril, también es su tercer día de vendimia. Casado y con un bebé a punto de nacer, no quiere oír hablar de la posibilidad de quedarse sin empleo.
En otra furgoneta se distinguen unos pies saliendo por una de las ventanillas. Francisco Javier Limero, de 40 años, el más veterano de los tres españoles que componen la cuadrilla de temporeros, se estira en el asiento trasero, pero no entra. En el asiento del conductor, David Edrosa, de 23 años, probablemente el más joven de la "tribu", juega con una máquina. También es su primera vendimia. "Yo soy cocinero, pero no hay nada", lamenta. "Cuesta levantarse por las mañanas de lo destrozado que te quedas del día anterior. ¿Contar los racimos ¿Estás loco. Mejor no saberlo". Limero asiente tumbado.
A las tres de la tarde, con el sol en su momento más álgido, la temperatura permanece estable, a unos 25 grados, los temporeros se incorporan algo agarrotados por el parón y regresan por el mismo arcén hacia los ríos de parras y piedras. "Es mejor no descansar", confiesa Codina. "Cuesta empezar y acostumbrar de nuevo el cuerpo". Los tractoristas acceden a la finca y toman posiciones. Una vez que han cargado los remolques, salen de la finca a descargar. A partir de ahora cobra un papel fundamental la vista de los operarios que componen la llamada "mesa de selección". Al contrario de la vendimia mecánica, en el que todo el cargamento de uva se vierte en una tolva, sin discriminar la buena de la mala, en la denominada "mesa de selección" siete personas, organizadas en dos mesas, se encargan de analizar minuciosamente cada grano y de separar la que está en peor estado. "Apartamos la uva más pocha, la más madura, la blanca, las hojas, los caracoles que han caído... Este grano lo empleamos para elaborar un vino de menor calidad ",apostilla Antonio Pérez López, el más veterano. En la otra mesa, Juan Arbea, de 60 años, ríe pensando en la jubilación. Aunque parece el más veterano, no lo es. Sólo lleva un mes y medio en la bodega. "Es la primera vez que me dedico a esto. Lo único que quiero es jubilarme", profiere. Mientras tanto, la enóloga Maite Calvo de la Banda, toma muestras de cada descarga para analizar su acidez. "La producción no es muy alta por la sequía, pero la calidad es muy buena", señala. A partir de ahora, una vez que la carga cae en la tolva y se separa el raspón del grano, la uva se transforma en una pasta que se deriva a unos depósitos de unos 40.000 kilogramos cada uno. Comienza así una compleja fase de fermentación a una temperatura que no supera los 28 grados.
















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