Ir al contenido principal

Cuatro años viviendo en un banco




El hombre de la fotografía que se protege de la lluvia sentado en un banco rojo de la plaza San Blas de la Rochapea (Pamplona), junto a una silla de ruedas, está abandonado a su suerte. Ni los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Pamplona ni la Policía Municipal resolvieron su situación. La llamada de auxilio la efectuaron tres vecinos del barrio.
Sucedió ayer, a la una de la tarde, mientras se desarrollaba el debate del estado de la Comunidad en el Parlamento foral.
La historia de Nana, así se llama este ghanés de 44 años, empadronado en Pamplona y con todos los papeles en regla, se asemeja a la de Jacek Mazur, un empresario polaco de 47 años que terminó viviendo y muriendo hace dos años en un banco de la avenida Baja Navarra de Pamplona, frente al Lar Gallego. En esta ocasión, sus vecinos se convirtieron en sus ángeles de la guarda hasta el día de su muerte.
Pues bien, la historia se repite. Y puede terminar de la misma manera. Así lo avisan Menchu Gutiérrez y Rosa Martínez, dos de las vecinas que velan por el cuidado de Nana en la plaza San Blas, y que ayer dieron la voz de alarma. "La situación es límite. Si no se le ingresa, morirá", advierten. "Está enfermo. Necesita ser ingresado en un centro especializado", expresa con vehemencia Rosa.
"La norma es importante, por supuesto, pero tiene que haber excepciones", indica Menchu, en referencia a la actitud de los cuidadores de calle, que tachan de "poco humanitaria" por cerrarle las puertas en el albergue. "A este hombre no se le puede dejar en ese banco más tiempo. Lleva ya cuatro años. Apenas se puede mover. Necesita una silla de ruedas. Sufre un serio problema de alcoholismo y de circulación en las piernas. Está muy débil. Mira sus ojos. Le queda muy poco tiempo de vida. ¿Por qué los Servicios Sociales no le ingresan en una residencia especializada Requiere de atención psiquiátrica... La sociedad se está deshumanizando. Se protege antes a un animal que a una persona", manifiestan con rabia.
"Nana durmió el jueves en un cajero porque alguien se lo llevó", dicen. "No se puede permitir que se duerma en la calle con lluvia y nieve. Y en el albergue ya no le acogen. Le han cerrado las puertas. Dicen que está en su sano juicio y tiene recursos". Las dos mujeres lamentan la decisión. A Menchu no le queda más remedio que llamar al 112. "Nos han aconsejado que llamemos para que lo ingresen en el hospital", aclaran.
Mientras esperan a la ambulancia, aprovechan para detallar retazos de su vida. Cuentan que era una persona muy trabajadora antes de caer en el alcoholismo. Y que hace meses le tuvieron que ingresar en el hospital por el deterioro que sufría. También detallan que cobra una "paga de beneficiencia" del Gobierno de Navarra y que se le acaba en diciembre.
Durante el tiempo que Nana estuvo en el hospital, Menchu no se separó de su lado. "Mejoró mucho. Era otra persona", afirma. "Al dejar el hospital, le dieron cama en el albergue y recayó", añade.
Tras la llamada, se presenta un coche de la Policía Municipal. Dos agentes se bajan y entablan conversación con Nana. Una vez que comprueban sus datos, se dirigen a los tres vecinos. "Nos comunican que este hombre tiene recursos. Nosotros no podemos recogerlo. Le tenemos que dejar aquí. Es competencia de los Servicios Sociales. Son ellos los que deben actuar. No se puede atender todos los casos. Los recortes... hay que priorizar. Hay mucha gente en la calle. Lo sentimos. Le tenemos que dejar aquí. Si por nosotros fuera, pero no podemos". Las palabras de los agentes empapan como gotas las miradas de impotencia de Menchu y Rosa, que lanzan una última súplica: "Por lo menos recogerle hasta que pase el temporal". Ayer, a las siete de la tarde, Nana seguía en el mismo banco, junto a la silla de ruedas.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Cicatrices

Hay reportajes en los que uno trabaja con un nudo en la garganta. El miércoles pasado acompañé a María Vallejo, periodista de Diario de Navarra y superviviente de un cáncer de mama, a una pasarela de lencería organizada por Saray. Un evento en el que las modelos fueron siete mujeres que sufren la enfermedad. Algunas tienen pecho y otras no. Nos colamos en su intimidad. En sus lágrimas y sonrisas. Este fue el resultado de aquella tarde. Gracias María.




El ritual de Sergio Colás

Cuando fuimos contrabandistas

La madrugada de su muerte, no le acompañaba su hermano. Le dispararon tres veces. A bocajarro. Por la espalda. Ocurrió justo antes del amanecer.


Nicolás Ibarra murió el 27 de marzo de 1959 en un bosque de hayas que conocía muy bien. A diez kilómetros del caserío que le vio nacer en Mezkiritz (Valle de Erro) y donde vivía con sus padres y hermanos. Un cabo de la Guardia Civil destinado en Viscarret le esperó emboscado. Nicolás tenía 28 años cuando murió. Esa noche cubría a pie la ruta Sorogain- Espinal- Lusarreta con un paquete de puntillas de ganchillo a la espalda. La causa de su muerte, recuerda la familia, la “única” que se ha dado en el valle, tuvo como origen la disputa entre los guardias de los puestos de Viscarret y Espinal por hacerse con el control del dinero de los sobornos. Unos y otros querían ganar su parte del negocio. Su situación también era de precariedad. Al principio, los traficantes trabajaban con los de Viscarret, pero cambiaron de ruta y dejaron de pagarles, para…