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La escalera de los desahucios



Unas escaleras que conducen al rellano del infierno de la amenaza del desahucio. Al espejo frente al que se miran cientos de personas en Navarra. Este año pueden ser 800 desalojos.
Cuando uno accede al interior del portal Nº1 de la calle Nuestra Señora Aránzazu de Berriozar, junto al Ayuntamiento, sube la escaleras hasta la segunda, tercera y cuarta planta, y llama al timbre de cada puerta, uno descubre que al menos cuatro de sus ocho viviendas se encuentran al borde del abismo. Sus inquilinos, todos ecuatorianos pero con hijos navarros (llevan más de diez años aquí), explican, con serenidad, que no pueden más. O dan de comer a sus hijos o a los bancos.
Entre el debate suscitado por las medidas adoptadas por el Gobierno para aliviar este drama que dura ya cinco años, y el escepticismo y la esperanza que ha provocado el decreto-ley, las familias de este bloque de viviendas no dudan en abrir (ayer sábado) las puertas de sus hogares y describir brevemente la angustia.
En la segunda planta residen Juan Antonio Arévalo y Julia María Orellana, padres de ocho hijos (cuatro de ella y cuatro de él). Después de 11 años trabajando y pagando escrupulosamente la hipoteca, el 24 de febrero les llegó la orden de desahucio. Tenían que abandonar la vivienda. A partir de este día, dejaron de dormir y de comer bien, y Julia se sometió a un tratamiento psicológico que todavía mantiene.Seis meses después, gracias a la presión de la calle y de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Navarra, han conseguido respirar. El 14 de agosto la financiera se puso en contacto para alquilarles la casa.
Julia y Juan Antonio aseguran que han aprendido mucho durante este tiempo. Que desde febrero se han hecho más fuertes, y que ahora se dedican a ayudar a otras personas en las mismas circunstancias. Sin embargo, a pesar de este "aparente" balón de oxígeno, Julia se sigue derrumbando. "No aguanto más", expresa. "No es humano. La propia financiera nos ha dicho claramente que no nos van a presionar más porque estamos protegidos por la plataforma. No es humano", repite, "me quiero volver a Ecuador, no aguanto más...", espeta, "pero tampoco tenemos dinero. No ganamos ni para la compra. No cobro absolutamente nada. Ni siquiera el subsidio", se hace un silencio. Juan Antonio, a su lado, expresa su escepticismo ante las medidas establecidas por el decreto-ley. "Nosotros no estamos incluidos entre los más vulnerables", lamenta. Respecto al alquiler social que les ha ofrecido la financiera, se manifiesta con prudencia. "De momento no nos han respondido a la propuesta que les hemos enviado. Ellos nos piden una garantía de 400 euros y una renta de otros 400 al mes más los gastos. Y esta cantidad no podemos afrontarla. Yo sí trabajo, pero no cobro puntualmente. Además, tengo que enviar todos los meses 300 euros a mis hijos", apostilla.
En la tercera planta viven Maru, de 31 años, su marido, de 35, y sus dos hijos, de 12 y 7 años. Maru se encuentra limpiando la casa cuando suena el timbre. Ninguno de los inquilinos espera la visita. A esta hora, es la una de la tarde, su marido duerme. "Ha estado trabajando toda la noche. Es camionero", se disculpa. "Hace un año nos vimos obligados a dejar de pagar. Ya nos han enviado la orden de embargo del banco. No es justo. Durante cinco años hemos pagado rigurosamente, y por un año que no podemos, no te dan ninguna posibilidad...". Maru explica que ha ido en varias ocasiones a la entidad para lograr flexibilizar los pagos. "Fui directamente a hablar con el director y éste me dijo que no querían ayudarme, que iban a proceder al embargo, que para retrasarlo debíamos pagar 300 euros en intereses". Sus palabras se detienen ante la presencia de su hija de 7 años. Se sienta a su lado. Prosigue con cuidado. "Tratamos de llevar una vida normal para no enfermar y para que ellos (por los niños) no lo noten". Aunque Maru trabaja en una pizzería con un contrato de 50 horas y su marido de camionero desde julio, no les alcanza. "Yo cobro 240 euros. Con lo que gana mi marido tenemos que saldar las deudas y pagar los gastos. Hemos recortado en la cesta de la compra. Es imposible llevar a una alimentación completa. No podemos comer carnes, son muy caras".



"Les suplicamos..."
A sus 47 años, a Jose Vicente, vecino de Maru, sólo le queda la sonrisa para poder describir por lo que está pasando. Es una sonrisa triste. Muy triste. Separado y padre de cuatro hijos, asevera que en los 12 años que lleva en Navarra nunca había vivido algo igual. "Compré el piso en abril de 2006, cuando llevaba cinco años trabajando en la empresa. Pensé que podía establecer una vida estable, junto a mis hijos... Me equivoqué. He metido tantas horas para rehabilitarlo". Jose Vicente se quedó sin empleo hace tres años y desde entonces no ha encontrado nada. Sólo recibe el subsidio de 400 euros. "Y tengo que mandar dinero a Ecuador. Estoy mal. He conseguido renegociar dos veces la hipoteca, pero esta segunda vez ya me han dicho que es la última, que se terminará en 2013. Mientras tanto, pago 350 euros al mes por los intereses", detalla, despidiéndose con una nueva sonrisa y un apretón de manos. Antes, muestra un plato de patatas troceadas a punto de hervir. "Es lo que comemos a diario. No da para más".
Las historias se encadenan puerta a puerta. En la cuarta planta habitan Jorge, de 38 años, Irma, de 33, y sus tres hijos, de 16, 14 y 6 años. En su caso, hace tres años que dejaron de pagar la hipoteca. Los préstamos les han "ahogado". Los dos únicos ingresos que entran en casa provienen de las prestación por desempleo de su marido y del subsidio de ella. Jorge se quedó en el paro hace cinco meses e Irma hace tres años. "La casa era vieja y tuve que pedir varios préstamos para los baños y la cocina. Todo el dinero se invirtió en la casa.Hemos intentado renegociar, pero nada. Nos dijeron que no. Que no podía pagar por un lado la hipoteca y dejar de pagar el resto. Que todo o nada. Lo único que les respondimos es que no íbamos a quitar el dinero de la comida de nuestros hijos para dárselo a ellos".
Jorge cuenta que hace cinco años el banco les permitió devolver la casa sin deuda, pero ellos se negaron. "¿A dónde íbamos a ir con tres niños Les suplicamos que nos la alquilasen. Nos respondieron que no". Irma se lleva las manos a la cara. "Pero ¿qué les pasa a esta gente, si sólo es dinero Por lo visto tiene más valor que el de las vidas humanas", profiere irritada. "Intentamos que nuestros hijos no se den cuenta para que no bajen el rendimiento en el colegio". En enero el banco se adjudicó la vivienda por 186.000 euros. "El siguiente paso es el desahucio", sentencian.


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