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De monja en Congo, a empresaria en Pamplona


Tenía 17 años. Emerence Kifute Kimena viajaba en autobús para visitar a un amigo ingresado en el hospital cuando un grupo de soldados del ejército regular congoleño, que se encontraba en la zona para frenar a los combatientes rebeldes, detuvo el vehículo y ordenó bajar a sus pasajeros. Apartaron a los hombres y niños y se quedaron con las mujeres y las niñas. Las violaron una a una. Cuando le tocó el turno a Emerence, ésta reaccionó con calma. "Sabía que tenía más fuerza que yo. Que no tenía escapatoria. Le miré a los ojos y le pregunté si tenía hijas. Él asentó. Lo único que le dije después es que pensara en ellas, porque en ese momento también las podían estar violando". El soldado se quedó pensativo y la dejo en paz. "No me violó", dice con rabia.Sucedió en Mufunga, al sur de la República Democrática del Congo, en la región de Katanga, la aldea que la vio nacer y crecer, a unos 7.000 kilómetros de Pamplona. Un lugar, tan extenso como Francia, en el que se produce entre el 50 y el 80% de los minerales del país. Cobre, cobalto, marfil, oro, el periodista Alfonso Armada lo describía en 1997 como la "despensa" del Congo. "El control de estos recursos es lo que provoca la guerra", informaba entonces.
Congo, uno de los países más peligrosos del mundo, se le conoce como la capital mundial de las violaciones. Sólo en dos meses (en julio y agosto de 2010), el número de agresiones sexuales en este país de África central ascendió a medio millón de personas. "Las mujeres de este país merecen algo mejor", llegó a decir Margot Wallström, una representante especial de la ONU por la violencia sexual en conflictos armados. "No hay lugar seguro para ellas. Son violadas entre los cultivos, cuando van de camino al mercado, cuando buscan agua y leña, en sus casas, entre sus seres queridos". Wallström reconoció que la violación se está convirtiendo en un arma en la República Democrática del Congo. "La triste realidad es que los casos de violación se han convertido en algo tan común que no son producto de nuestras intervenciones más urgentes". El 5 de diciembre, la Ong Alboan informaba que el derramamiento de sangre en el Congo, la destrucción y el desplazamiento masivo de la población siguen aterrorizando a la población . Y como consecuencia de ello, comunicaba en su web, miles de mujeres, niños y hombres se han visto obligados a huir de sus hogares.

En su rostro no hay odio
A punto de cumplir los 54 años, con una infusión bien caliente entre sus manos, sentada en una cafetería de Ansoáin, a Emerence no le tiembla el pulso al evocar aquél intento de violación en el autobús. "En África siempre salimos adelante. Estamos habituadas desde niñas a la adversidad. Si aquel militar me hubiera violado también hubiese salido adelante. Sacas la fuerza de donde sea", manifiesta con los ojos bien abiertos, mientras sorbe de la taza. En su rostro no se refleja odio. Todo lo contrario, vestida de verde, de su comisura sólo se desprende una sonrisa contagiosa.
Casada con el pamplonés Javier Aragón, de 54 años, y madre de Ángel  y Ana, dice que no cree en las casualidades. Asegura que todo lo que le ha sucedido en la vida es fruto del destino. "Todo está perfectamente hilado", indica. "Ser monja. Que me echaran de la congregación porque no encajaba. Estudiar enfermería. Conocer a mi marido. Tener dos hijos. Ser emprendedora en plena crisis... Todo ocurre por algún motivo".
Emerence, que fue monja en Congo, Camerún y Perú antes de ser empresaria en Navarra, revela que durante 12 años formó parte de una congregación de hermanas misioneras, dedicándose por completo a los más desfavorecidos.
En Congo, se encargaba de visitar a los presos en la cárcel. Probablemente, las peores prisiones del mundo. Acompañaba a los condenados a muerte hasta el mismo paredón donde les fusilaban. "Estar junto a ellos, en el momento previo de su muerte, les tranquilizaba", explica. "Las cárceles están masificadas. Son guetos infrahumanos. Muchos eran niños que no superaban los seis años. Los detenían por robar una simple manzana. Estos chicos venían en barcos, de polizones y desembarcaban en la capital. Nuestra misión en estos casos era encontrar a sus padres, aunque en la mayoría de los casos eran huérfanos". En Camerún trabajó de profesora de un centro de formación femenino y entrenaba a un equipo de balonmano.
En 1990, la congregación la envió a Perú dos años y cinco meses. Allí cuidó de la población más pobre de las comunidades de Lima y Callao. A su regreso a Pamplona, lugar donde se ubica la orden religiosa, la echaron. "No encajaba", me dijeron. "Me invitaron a marcharme. Sin más. Me dio mucha pena. Yo no quería irme. Debió ser por mi carácter abierto y divertido", apostilla. "Con el tiempo reconocieron que habían cometido un error...". Emerence se quedó en Vitoria estudiando enfermería. "Yo quería regresar al Congo, pero no pude por la guerra", lamenta. Al finalizar la carrera, gracias a unos amigos comunes y, en concreto, a un sacerdote de Costa de Marfil que les presentó, conoció a Javier. Al año siguiente, se casaron. Javier revela que lo que le atrajo de su mujer fue su actitud ante la vida, su sencillez y su fe cristiana.
Emprendedora
Fue al quedarse embarazada de su hija Ana y al perder su marido el trabajo, cuando decidió montar algún negocio. Y se le ocurrió que podía abrir una lavandería autoservicio. En 2011 inauguraron la lavandería Lavaxpres, en la Plaza Berria de Ansoáin, y dos casas rurales en Cildoz, en la comarca de Pamplona (www.casamalaika.com). "Todas las mujeres africanas somos emprendedoras. Si no es por nosotras una familia en mi continente se muere", afirma. "Desde pequeña ayudas a tu madre, con ocho años ya cocinas, te encargas de tus hermanos...". La idea de la lavandería -señala- la importaron de Estados Unidos. "Mi hermana es refugiada política por la guerra. En mi país siempre ha existido violencia...".
Violencia que no cesa y que se concentra, según los pocos observadores de Naciones Unidas distribuidos en Katanga, en las aldeas . "Sólo se habla de lo que sucede en la región de Kivu, al norte, pero nadie publica que en el sur están masacrando a la gente. Nadie les frena. Son niños-soldados. Les drogan...", expresa con tristeza. Emerence apaga la sonrisa al hablar sobre la guerra. "Llamo a mi familia todas las semanas. La pasada me dijeron que habían huido a Kinshasa, la capital, y que mi hermano había desaparecido...".

Trepar árboles
La mayor de siete hermanos, Emerence cuenta que sus padres fallecieron muy jóvenes. Olivié, su padre, trabajaba en las minas de cobre; su madre, Marta, ama de casa, falleció a los 42 años al dar a luz a su octavo hijo. En Congo -segundo país más extenso del continente después de Argelia-, la esperanza de vida no supera los 48 años.
"Con ocho años -prosigue recapitulando su infancia-, si queríamos estudiar, teníamos que caminar 20 kilómetros (ida y vuelta) hasta la escuela. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana para poder llegar puntuales. El camino era muy peligroso. Sobre todo al anochecer", sostiene. A las violaciones, que acontecían a diario, se sumaban las amenazas de los leones y los guepardos. "En más de una ocasión hemos tenido que trepar a un árbol", ríe. Desde niños les enseñaban a identificar los olores de los animales y a subir a los árboles. "Normal, vivíamos junto al parque natural de Upemba, y en abril los animales se acercaban a las aldeas en busca de comida". Al cumplir los 12 años enviaron a Emerence al internado de Lubudi; y a los 17 conoció la labor de las monjas en un centro de formación y rehabilitación de minusválidos. "Me gustó mucho su trato con los enfermos. Es lo que me empujó a acercarme a ellas".
A los 22 años ingresó en el convento y a los 26 hizo sus primeros votos. Este mismo año viajó a Camerún dos años. Después regresó a su país a continuar con la misión evangelizadora, explica.
Desde que Emerence y Javier se casaron hace ya 15 años, sólo han visitado una vez el Congo. Viajaron sin sus hijos, por miedo. Sin embargo, para que Ángel y Ana no pierdan sus raíces, su madre les relata historias de la infancia en Mufunga. "Las de escenas de caza son las que más les gusta que les cuente", aclara. "Les encanta escuchar cómo rodeábamos a las gacelas y a los búfalos y les disparábamos con las lanzas. Disfrutan imaginándose la escena. Nosotros siempre nos escondíamos detrás de los árboles porque siempre se escapaba algún búfalo", rememora con melancolía. "Añoro mucho mi tierra. Me gustaría volver. Mi manera de ser. Soy africana. Alegre. Divertida... me parezco tanto a mis padres".

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