Ir al contenido principal

Pamplona, en la cuneta de la pobreza


El año pasado, por estas fechas, Moisés Pérez Alcalá vivía en una casa sin puertas y con muchas goteras.Una estructura de hierro, piedra y humedad, a la orilla del río Arga, donde todas las mañanas le despertaba un petirrojo que se acercaba hasta sus pies y le picoteaba las migajas esparcidas de la cena de la noche anterior. Después, el ave se alejaba y no volvía aparecer hasta la mañana siguiente. Así cada día. Así durante nueve meses. Porque éste fue el tiempo que Moisés vivió bajo un puente localizado en el barrio de la Rochapea. En abril, gracias a que en mayo pudo cobrar el subsidio de 426 euros y aquejado de una dolencia en la próstata, alquiló una habitación en un piso compartido. Desde ese día -asegura-, "recuperó" la dignidad.

"Porque la vida en la calle es destructiva", asegura Moisés. Hoy, nueve meses después, ha regresado al puente y se ha sentado en el mismo talud de piedra que le arropó. Ha vuelto para recordar. Casado y padre de una hija de 24 años, este hombre, a punto de cumplir los 50, pone ojos, voz y esperanza a todas las personas que en la actualidad están pasando por un drama similar.

"No es bueno echar la vista atrás, pero esta experiencia me ha marcado especialmente", expresa, caminando hacia el puente. "Todavía hay goteras", indica. " Tuvimos que levantar un cerco en este punto para protegernos de la humedad", sonríe. Varios paseantes le saludan. Hay quienes todavía le recuerdan. "¿Dónde está Antxon?", inquieren. Antxon fue su compañero durante aquel tiempo. Eran muy buenos amigos. Inseparables. Se cuidaron mutuamente. En abril también separaron sus vidas.

¿Cómo termina una persona viviendo en un puente 9 meses?
No sé si es el destino o las circunstancias, pero algo me trajo a Pamplona. Esta ciudad ya la conocía. Aquí hice el servicio militar. Me quedé con un bello recuerdo. Sus montañas, la amabilidad de sus gentes... Al acabar la mili regresé a Valencia, a mi casa. Mi madre estaba muy enferma.

¿Qué pasó entonces?
Cuidé de mi madre del 2008 al 2011. Día y noche. Hasta que murió. Fue muy dura su partida. Durante estos cuatro años apenas salí de casa. Al morir ella, mi vida cambió radicalmente. No trabajaba, así que ese cambio me obligó a huir. Vine a Azagra para la vendimia. Pero nada era como me prometieron. Dormía en una pocilga. Me querían pagar 20 euros por nueve horas de trabajo, aparte de los desayunos y las comidas. Este abuso me desmoralizó... Además, no conocía a nadie.

¿Veinte euros por nueve horas?
Por supuesto, no iba a dejar que ese hombre se enriqueciera a mi costa. Esa misma noche me marché. En mi bolsillo no tenía más que 20 euros. Me costaba pedir limosna en la calle. Me acerqué a una parroquia en Azagra y pedí ayuda al párroco. Me ofreció una habitación y algo de cena. Por la mañana vine a Pamplona. Llegué en agosto de 2011. La ciudad no había cambiado mucho. El problema era cómo iba a subsistir con sólo 20 euros. Acabé en el albergue durante tres días...

¿Y después, otra vez en la calle?
Así es. Me vi en la calle. Tuve que pedir para comer y eso fue lo mas duro. Era algo que jamas había hecho. A veces era hasta complicado sacar un euro para comer en el comedor solidario París 365. Llegar a este lugar fue otro alivio. Lo recuerdo con mucho cariño. Podía cenar y comer... Pero no tenía dónde dormir.

Hasta que dio con el puente...
Dormí en varios sitios antes. De todos me echaban. Te sientes tan frágil.... Recuerdo que era septiembre. Llovía. Hacía mucho frío. Busqué un punto más apartado de la ciudad. Y encontré el puente.

¿Qué sensaciones le vienen ahora, al recordar aquello?
Desesperanza y soledad. Uno no se siente protegido por los servicios sociales. Todo lo contrario. Lo único que recibe es rechazo. Como si sobrara en esta sociedad. También se siente abandono personal; vergüenza por tener que pedir para comer; nostalgia de la familia... Y solidaridad, mucha, pero de gente anónima.

¿Recuerda la primera noche?
No tenía nada para abrigarme. Me cubría con un cartón en el suelo. Las noches las dedicaba a pensar. Fue muy duro. Los viandantes paseaban por delante. Sentía vergüenza. Allí, acurrucado, estoy seguro de que algunos pensarían que estaba bebido o drogado, pero nada de eso. Simplemente estaba muy cansado. La calle te destroza física y psicológicamente.

¿Por qué no acudió a los Servicios Sociales del Ayuntamiento?
Lo hice. Me ayudaron, pero a regañadientes...

¿Qué le respondieron?
Que no estaba empadronado y que carecía de raíces. Insistían en pagarme el billete a Valencia. Pero no era el momento de regresar... Yo no les pedía gran cosa. Cuando uno se encuentra en esta situación sólo quiere vivir con la mayor dignidad posible.

¿Cómo reaccionó la gente?
Jamás olvidaré la solidaridad. Siempre nos traían algo: mantas, colchones, comida, sacos de dormir, dinero... Todos los días se acercaban para comprobar cómo nos encontrábamos. El volumen de donaciones acabó siendo tal que tuvimos que repartir entre otras personas. Solidaridad que aumentó en Navidad; las muestras de apoyo nos desbordaron. El año pasado disfrutamos bajo el puente de una Navidad entrañable. Pusimos hasta el nacimiento. Las personas no cerraban los ojos. Nos daban lo que podían. Cuando nos levantábamos por las mañanas siempre descubríamos algo nuevo a los pies...

¿Y en abril salisteis del puente?

Yo no quería acabar bajo el puente. Quería demostrar que, pese a los problemas, se puede salir. Una dolencia en la próstata fue lo definitivo para salir. Ahora cobro una ayuda de 426 euros al mes y vivo de alquiler. Por las tardes ayudo a Celia, una señora muy buena. Es como la madre que no tengo. Nunca pensé que me tocaría vivir algo así. Todos los días paso por debajo. A veces me detengo, me quedo mirando a hacia este mismo punto donde ahora estoy sentado. Me acuerdo mucho del petirrojo que venía todas las mañanas a comer migas de pan a nuestros pies.

Comentarios

Entradas populares de este blog

En el corazón del padre Melo, periodista y sacerdote jesuita amenazado en Honduras

¡Tío Ismael! ¡Tío Ismael!”. María abre la puerta de casa y  se lanza a la cintura de su tío, que acude a visitar a la familia. La niña se aferra a su mano y tira de él. La casa está enclavada a los pies de un majestuoso cerro selvático. Ismael entra a la sala y busca la espalda de su madre, sentada en una silla de ruedas. La abraza por detrás. Doña Lita, que es ciega y atesora ya casi un siglo de vida, toma la mano de su hijo y se la  lleva a la cara. Luego se acerca a la habitación donde su hermana pequeña, Inés,  se encuentra postrada en la cama por una enfermedad degenerativa. La besa repetidamente en la mejilla. Ella no se mueve ni habla. Le coloca  la palma de la mano sobre su frente y se queda en silencio. Silencios que gritan. Inés ha sido su confidente desde niños.
En su familia nadie llama Melo a Ismael Moreno Coto, un periodista y sacerdote jesuita amenazado de muerte por denunciar la violación de derechos humanos que se cometen a diario en su país. Le bautizaron con este a…

¿Regresar a casa, a Siria?

Hubo un tiempo en el que los sirios vivían en familia. Sus casas se levantaban en torno a la familia. La vida confluía en casa de los abuelos y los tíos. Pero un día la guerra lo dinamitó todo, incluido el núcleo familiar. Ocurrió en marzo de 2011. Según la ONU, el conflicto continúa siendo la mayor crisis mundial. Más de 920.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares en 2018. Este es el retrato de uno de estos núcleos familiares, al este de Alepo, un lugar arrasado por la metralla. El miércoles 20 de junio se celebrará el Día Mundial de las Personas Refugiadas.


"¿Regresar a casa, a Siria?”. La respuesta se encuentra en los motivos que condujeron a sus habitantes a convertirse de la noche a la mañana en refugiados y desplazados. Las razones de no querer regresar se hallan en el interior de edificios consumidos por el silencio. Porque esto es lo que queda en los barrios en los que nacieron y crecieron: silencio. El silencio de la muerte. El silencio de la destrucci…

Omar, el niño 'azul' de Alepo

Omar, de 6 años, vive en Alepo. Es uno de estos niños nacidos en el transcurso del desplazamiento en plena guerra de Siria. Nació con acondroplasia y, además, sufre el trauma de haber visto a una hermana caer herida. “Le cuesta concentrarse”, explica una de las monitoras de los Maristas Azules. A Omar le sorprende la cámara que llevo encima y se la cuelga con cuidado en el cuello. No tarda en aprender a encuadrar y disparar. Y no lo hace nada mal. Incluso le ayuda a concentrarse...