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Un SOS desde el Banco de Alimentos

De nuevo una sensación de angustia embadurna el ambiente de la sociedad navarra. Desahucios. Comedores sociales y solidarios llenos. Familias hurgando en los contenedores de basura. Personas solitarias durmiendo a la intemperie. Imágenes de posguerra, dramáticas y solidarias, en el que la esperanza se abre un hueco.Fotos fijas de voluntarios repartiendo cajas de comida en el Banco de Alimentos.
Es jueves, 22 de noviembre de 2012. Faltan 15 minutos para que a las seis de la tarde la fundación Sueño Latinoamericano de la Rochapea (Pamplona), una de las 56 entidades "asistenciales" que ayuda una vez al mes al Banco de Alimentos de Navarra (BAN) a distribuir la comida que ha recibido de las donaciones, abra sus puertas a los más necesitados.

En la puerta de la fundación, con la mano derecha apoyada en un carro de la compra vacío y la izquierda en la silleta donde duerme su hija de nueve meses, Tanya Cantero Sánchez, 29 años, embarazada de ocho meses, espera paciente su turno. En breve, recibirá una caja de comida que le "aliviará" al menos 15 días su maltrecha economía familiar. Según los voluntarios, todos dominicanos, esperan atender este día a unas 50 personas durante las dos horas que dura el reparto. Cándido Santana, de 48 años, presidente de la fundación, comprueba que todo esté en orden. "¡Que no se quede nadie fuera. Hace mucho frío!", esgrime, animando a la gente a entrar. Fuera se agolpan ya media docena de personas.
Tanya atraviesa el umbral del frío al calor y se sienta frente a una mesita que delimita el acceso a la sala que hace la función de almacén. Sobre el pupitre, una cajita de cartón precintada con un mensaje escrito a mano invita a "colaborar para poder seguir ayudando". Para esta joven, nacida en Jaén y criada a caballo entre Estella y Pamplona, la vida ha dado una vuelta de campana "de la noche a la mañana". Un día eres responsable en una oficina de Pamplona, cobrando 1.600 euros al mes más comisiones, y dos meses después te ves con el agua al cuello sin dinero para comer. "Ni en la peor de tus pesadillas te reconoces en una situación así", profiere, meciendo a su pequeña y acariciándose la tripa.
¿Cómo se puede pasar de ser responsable de una oficina de telefonía móvil a verse obligada a mendigar una caja de comida en un banco de alimentos... Todo comenzó hace dos meses, cuando Tanya se incorporó al trabajo tras una baja maternal de once meses."Lo primero que hice al llegar fue el inventario", recuerda. "Pero cual fue mi sorpresa al descubrir que faltaban 17.000 euros en móviles. Los habían robado". Un mes después, cuenta, vinieron los jefes de La Coruña, que es donde se localiza la central, y la despidieron. "Era agosto. Usaron la excusa del robo en mi contra. Al ser yo la responsable de la tienda... Estoy convencida de que me han despedido por quedarme embarazada por segunda vez. Es muy duro. A la hora de despedirme alegaron falta de confianza", señala. "Claro que les he denunciado. En abril nos veremos en el juicio".
Tanya declara que está "muy asustada". Ella y su marido se encuentran sin empleo. No saben cómo van a afrontar el próximo alquiler. "Pagamos 600 euros al mes y el único dinero que entra en casa son los 700 euros de mi paro. Mi marido no recibe ninguna ayuda. Lleva tres años en el paro. Es carpintero pero también ha trabajado en la construcción", añade. "No sé dónde vamos a vivir. Estamos buscando alguna casa de pueblo, algo más barato, pero es que tampoco me puedo mover demasiado... estoy a punto de dar a luz". La angustia en sus palabras se erigen impotentes mientras se sigue masajeando la barriga. "Además es muy complicado encontrar un alquiler. En las inmobiliarias te exigen contrato de trabajo o un aval. ¿Qué vamos a hacer No estoy pidiendo una ayuda, sino un empleo para mi marido para poder vivir".
A las seis en punto de la tarde, Cándido anuncia a Tanya que ya puede entrar a recoger su lote. Dentro, varios voluntarios dominicanos, Armando Sierra, Andrés Taveras y Héctor del Rosario,ayudan a seleccionar los productos y a meterlos en el carro: tortilla de patata congelada, verduras frescas, legumbres, arroz, pasta, cereales, lácteos, galletas, patatas, pimientos, etc. Andrés, un autónomo en paro, ha sido el encargado de transportar en su furgoneta toda la mercancía. "He necesitado tres viajes hasta el polígono de los Agustinos", detalla riendo. "Para eso estamos".
La historia de Sueño Latinoamericano surge en 2008 de una iniciativa que buscaba orientar jurídica y laboralmente a las familias latinas "rotas" por los estragos de la crisis. Unos objetivos que, sin embargo, fueron cambiando ante las prioridades.
"Nos dimos cuenta de que cada vez había más personas que nos pedían comida", explica su presidente. "Por este motivo, decidimos priorizar el reparto de alimentos. La gente no tenía para comer", destaca. Durante este tiempo -precisa Cándido-, han acudido a este local de la Rochapea alrededor de 2.000 personas de todas las nacionalidades. "El problema es que no recibimos ningún tipo de subvención y nos autofinanciamos con donaciones para poder pagar el alquiler y los gastos derivados", refiere.
Tanya se despide agradecida de la ayuda de los voluntarios y tira del carro de la compra y la silleta hacia la calle. "Espero que todo se solucione. Nunca pensé que entraría en un sitio así".
El siguiente en atravesar la barrera del frío al calor es Patxi Mendivil, un pamplonés de 48 años, casado y padre de dos niños de 5 y 8 años. "Con esto tiramos 15 días en casa", responde serio. Tanto él como su mujer están en el paro. "Yo llevo tres años y mi mujer año y medio", asevera. "A los hijos no se les puede privar de ciertos alimentos", aduce. Mientras sus ingresos no superan los 600 euros al mes, los gastos mensuales alcanzan los 500. Patxi cuenta que ha hecho de todo: fábricas, construcción, en un taller... "He recorrido toda la ciudad entregando el currículum, pero no ha recibido contestación alguna".
El número de personas se acumula en la entrada. El reparto continúa hasta las ocho de la tarde. Entre los usuarios se encuentra Armando Sierra, de 42 años. Un empresario, padre de dos hijos, de 6 y 3 años, que, por una mala gestión -confiesa-, lo ha perdido todo. "De 2007 a 2009 abrí una panadería en la Rochapea y una degustación de café en San Juan y por la falta de experiencia en administración tuve que cerrar. Ahora cobro los 426 euros del subsidio. No me da para comer. Por eso estoy aquí. Con esta caja aguanto dos semanas", explica. A su lado, espera Moisés Rodríguez Molina, de 37 años, y padre de cuatro hijos. "Estoy aquí porque se me ha acabado la prestación. Estoy muy mal. De ánimo, fatal. Te levantas angustiado por las mañanas. El día que nos quiten esta ayuda no sé qué va a ser de nosotros...". A Eduardo Marín,de 45 años, esta asignación de comida le permite alimentar a sus cinco hijos, de 20, 14, 5, 4 y 3 años, al menos una semana. Eduardo llegó de Ecuador a Pamplona hace 11 años para trabajar en la construcción y hace dos se quedó en la calle. Explica que el único ingreso que entra en casa es el de los 426 euros del subsidio. "Mi mujer no trabaja y la ayuda se me acaba en enero", espeta. "Pagamos 500 euros del alquiler y nos han cortado el gas. Estamos sin agua caliente ni calefacción ".
Ana Berrio y Marian Gabriela, de 43 y 49 años, las dos de Pamplona, se muestran impotentes por el hecho de encontrarse a esta hora y en este lugar. "Con esta caja puedes aguantar una semana", dice Marian,viuda y madre de una hija de 19 años. "Es mi primera vez. Es muy triste. Para rato pensaba que un día tendría que pedir una caja de comida, pero con una pensión de 800 euros... y sin trabajar".
La última en presentarse en el local y recoger el lote a las ocho de la tarde, es la colombiana Laura Salcedo, de 59 años. Laura ríe de impotencia al preguntarle por su historia. Trabaja 4 horas al día en una empaquetadora y gana 500 euros al mes, de los que 120 son para la medicación de su madre, de 86 años, con alzheimer. "Y mi marido tiene 60 años y también está en el paro", manifiesta afligida. "Este mes nos cortan la luz y el agua. No me da la vida. Sólo en los gastos de la medicación de mi madre se van 120 euros. ¿Cómo vamos a vivir Hacemos una comida al día...". Desde hace dos años, Laura, su marido y su madre comen diariamente en el comedor solidario París 365 para poder alimentarse una vez al día.




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