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El ascensor, un sueño


Dos veces al día, Félix Calvo Arroyo, de 85 años, coloca un taburete blanco en el rellano de la primera planta del número 17 de la calle Goroabe, en el barrio de la Milagrosa (Pamplona). La primera vez, a las nueve y media de la mañana. La segunda, a las seis de la tarde. El taburete sirve para que Carmen Sanz Juguito, su mujer, de 81 años, enferma de parkinson, pueda reponer fuerzas cuando sale de casa para ir al centro de día de ayuda a personas dependientes, y cuando regresa del mismo por la tarde.Treinta y cinco escaleras separan el portal de su casa. Cada vez que suben o bajan -siempre lo hacen arropados por uno de sus dos hijos-, Félix se tiene que emplear a fondo. Además del parkinson, Carmen sufrió un trombo en los pulmones. "Y las rodillas a duras penas soportan el peso de su cuerpo", detalla, sujetando con firmeza las manos de su mujer y tirando de ella con suavidad. Son las seis y cuarto de la tarde. La ambulancia que trae a Carmen a casa se ha retrasado unos minutos.
"El centro de día es lo mejor para ella. En casa, todo el día, su cuerpo se puede atrofiar", explica Félix mientras espera. La ambulancia llega y aparca en doble fila. Acto seguido, bajo la lluvia, el anciano empuja la silla de ruedas hacia el portal. Por la acera se ve obligado a esquivar unos andamiajes que cercan el pavimento y los morros de los coches aparcados, que también abordan el paso. Al entrar al portal, Félix levanta a su mujer y la mantiene erguida, como puede, en equilibrio, mientras su hija pliega la silla. Después, suben muy despacio. Paso a paso. Escalón a escalón. Su hija la protege por la espalda. Al pisar el descansillo de la primera planta, efectúan un descanso. Carmen se sienta en el taburete y respira. Un minuto después, continúan. En total, 35 escalones y algo más de cinco minutos.


Epicentro del olvido
Si alguna vez se le ha averiado a usted el ascensor en el edificio de casa, conocerá bien el trastorno que puede provocar. Si el arreglo se demora, el trastorno se convierte en un problema. Pero si se retrasa tres años, la vida puede cambiar por completo. Pues este es el tiempo, tres años, que al menos el 50% de los vecinos del barrio pamplonés de la Milagrosa, unos 265 portales en total, llevan esperando a que los técnicos de Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Pamplona solucionen este problema que condiciona diariamente sus vidas.
Algunos de los vecinos afectados consultados por este periódico confiesan que se sienten cansados. "Muy cansados". "Defraudados" por unas promesas que consideran estériles. "Hartos" de tantas mentiras. Explican que un día les engatusaron con una propaganda que incluso llegaron a buzonear anunciando "ascensores para todos". Y lo lamentan. Especialmente los más ancianos. "Los días pasan y la gente se está muriendo", critican con dureza. "Y no es demagogia", manifiestan, porque hablan de casos muy concretos.

Javier Lipúzcoa López, de 41 años, que reside desde hace 11 en Goroabe, en el mismo bloque donde viven Félix y Carmen, es el motor de una iniciativa para reclamar una solución ya. Un proyecto que arrancó cuando Javier se ocupó de la presidencia de la comunidad de vecinos y tras escuchar un cúmulo de preocupaciones que guardaban un denominador común: la falta de ascensor. A partir de entonces, se puso manos a la obra y empezó a llamar a la puerta del Ayuntamiento. Hoy, tres años después de la primera llamada, advierte de que la necesidad es acuciante e impostergable."¡Me han llegado a llamar a casa llorando porque nadie les hace caso...!", habla.
"Al principio veíamos la propuesta con esperanza. Entonces nos respondían que estaban recogiendo datos. Y nosotros confiábamos". Pero el tiempo iba pasando. "Tres meses después de la propuesta nos dijeron que teníamos que organizarnos en portales. Primero de tres en tres; luego de seis en seis...".
Las "excusas" desde Urbanismo se sumaban y encadenaban. "Nos anunciaron que debíamos urbanizar la parte trasera del edificio, pero a nuestro cargo... Nunca pensé que tres años después estaríamos todavía en esta situación". Y seis meses antes de las elecciones municipales se olvidaron de todo. "Se paralizó un tiempo. Después, nos aconsejaron que les entregásemos un Plan Especial. Y así lo hicimos. Lo redactamos y se lo entregamos...". Un Plan Especial en el que se desarrolla la propuesta elaborada por los afectados, y que contempla la ubicación de los ascensores en la fachada, ocupando parte de la vía pública.
Plan que los técnicos sostienen que es inviable...Según el estudio realizado por la sociedad municipal Pamplona Centro Histórico (PCH), no se puede ocupar parte de las aceras con el nuevo hueco de las escaleras que sería necesario construir, y traslada el hueco al interior de las parcelas, bien al patio o bien ocupando parte de alguna vivienda.Una propuesta que los vecinos, de momento, se resisten a aceptar. Los técnicos reconocen que es una decisión difícil porque puede repercutir en otras zonas de la ciudad que, sin espacio, también quisieran instalarlos.
"Este barrio es una zona de trabajadores, pensionistas y gente desempleada. Bastante esfuerzo van a hacer a la hora de pagar parte de los gastos del ascensor", añade Lipúzcoa, resaltando el temor a los recortes. "Cuanto más tarde, más posibilidades hay de que se puedan suprimir las ayudas. Lo que supondría que los vecinos deberíamos asumir el importe total", determina.
El precio que implica la implantación o la sustitución del ascensor, así como las ayudas que reciben los pamploneses por parte del Ayuntamiento o del Gobierno de Navarra, viene a suponer un gasto de 167.000 euros por edificio y 19.500 por vivienda. Cifras que se reducen en un edificio del Casco Viejo o se incrementan en los Ensanches. En cuanto a las ayudas municipales oscilan entre el 26,9 y el 38,4% del coste, dependiendo de la ubicación. Sólo en el edificio en el que reside Lipúzcoa, en el portal número 17 de la calle Goroabe, este coste se lo repartirían entre diez vecinos, la mayoría ancianos con pensiones muy bajas. "Nos sentimos tan engañados... ¿Cómo pueden tardar tanto tiempo... Yo puedo esperar, pero hay gente en el barrio que ya se ha muerto esperando". Lipúzcoa recuerda que el consistorio atesora una deuda histórica con la Milagrosa. "Es un barrio mal construido y ahora son ellos los que deben responder", observa. "Les hemos ofrecido muchas soluciones y ellos no aportan ninguna. Todo son largas. Sólo contactan con nosotros cuando vamos a cortar la carretera", alega.
"El concejal de barrio al que nos tenemos que dirigir vive en el Ensanche, en un bloque con ascensor, ¿cómo va a comprender la urgencia", inquiere con ironía. Además, Lipúzcoa lamenta no poder atender a su hermano Sancho, de 35 años, en su casa. "Mi hermano sufre parálisis cerebral de nacimiento y nunca le he podido traer a mi casa para cuidarle, por la falta de ascensor".

Unos 50 años sin ascensor
En la segunda planta de este mismo edificio de la calle Goroabe, con cuatro alturas y 75 escaleras, también reside Ascensión Domínguez Garín, de 83 años, con problemas de visión en un ojo. Ascensión prefiere no pronunciarse. Se siente cansada y decepcionada por todo lo que está ocurriendo.
En el tercer piso, Higinia Marticorena, de 82 años, enferma del corazón, declara que ya no puede más. Considera que los técnicos les están engañando y les están tratando como a niños. "Nos dijeron que para el 12 de julio comenzaban con las obras... y mire cómo estamos", clama enfadada.
Algo más conciliador, Juan Antonio Marugan, vecino del cuarto, aboga por flexibilizar posturas y acceder a lo que plantean los técnicos para poder disfrutar del ascensor cuanto antes. "De lo contrario, si no cedemos, podemos perder las ayudas", teme.
En el número 16 de Goroabe, en el último piso, vive María García Oroz, de 92 años. El simple hecho de salir a la compra le obliga a "saltar" 70 escalones y esquivar las herramientas de trabajo de unos obreros que levantan estos días los muros de ladrillo donde se proyectará el futuro ascensor. "Salgo todos los días. Soy de Pamplona, de San Antón", articula con geniecillo esta pamplonesa.
La mayoría de los vecinos afectados por la falta de ascensor en esta zona, así como los de otros barrios de Pamplona, llevan 50 años o más viviendo en edificios sin ascensor. Entre ellos se conocen. Saben de buena fuente las consecuencias de esta privación.
"Algunos ha muerto esperando el ascensor", afirman con rotundidad, poniendo así un titular a su estado de ánimo. De hecho, en la cuarta planta del número 17 de Santa Marta, paralela a Goroabe, Eusebi Beramendi Ormart, de 79 años, y su vecina, Maribel Osacar Bengoechea, de 68, evocan los cinco años que el hermano de ésta permaneció dentro de casa. "Un problema en las piernas le impedía salir", detalla Maribel, su hermana. "En casa podía moverse bien sin muletas, pero bajar las escaleras era misión imposible". Murió al cumplir 62 años. Eusebi añade que en el número 5, en la misma acera, vivía una mujer que se vio obligada a marcharse de su casa y alquilar otra con ascensor en Azpilagaña. "Su marido enfermó y no le quedó más remedio", recuerda. "Fue al morir cuando regresó a la Milagrosa".

Las historias se suceden. De portal en portal. De acera en acera... En el número 1, Mariana, de 26 años, madre de un bebé de 10 meses, se queja de que la semana pasada le robaron el carrito al dejarlo en el portal. "No podía subir con todo", denuncia.
Dolores Sesma Valles, de 78 años, con problemas de corazón, sube y baja hasta tres veces al día los 70 escalones que marcan la distancia a la calle. Dolores vive sola en el número 7 de la calle Guelbenzu. "Me voy apañando", dice resignada, lamentando que en su bloque no se hayan movilizado a favor de la instalación. "Yo lo firmaría ya", profiere. "Hay días que necesito bajar tres veces. Entre el pan, el cartero, la comida.... Subo muy despacio y agarrada a la barandilla. Y gracias a que el sábado viene la nieta y me ayuda con la compra grande", sonríe aliviada.
En el portal de enfrente, en el 8, dos mujeres conversan amistosamente en el descansillo de la segunda planta. "Somos todas muy mayores como para preocuparnos por el ascensor. Para cuando quieran instalarlo ya no estamos aquí, como le sucedió a mi hermana", observa con rabia una de ellas. "Llevamos 52 años en estos pisos y ya estamos acostumbradas", apostillan.
En el número 10, vive José Razquin Irañeta, de 84 años. Malhumorado, manifiesta que la causa de su descontento es que ya no le suben el periódico a casa. "Subir y bajar supone un sacrificio. Te afecta a todo. Claro que pondría el ascensor, pero también comprendo a quien no quiere. No llega para pagar todo...", agrega. Cada vez que Tania Espejo sube a su casa en la segunda planta de la calle Jesús Guridi de la Milagrosa, le supone una "odisea": niños, un bebé de ocho meses, la compra... Dos pisos más arriba, Jenuta Ursu, de 53 años, trabaja como interina cuidando a una anciana. "Es muy difícil para todos",sostiene. Jenuta calcula que, entre una cosa u otra, sube y baja diez veces al día.
En el número 25 de la calle Larrabide, en la cuarta planta, reside María Nieves Labiano, de 83 años. "Llevo dos meses sin salir a la calle porque he estado enferma. Nada grave", tranquiliza. "Si no ya hubiese salido. Bajo y subo todo lo que puedo, incluso el médico me ha recomendado que suba escaleras...", asevera riendo.El problema de la falta de ascensores no sólo constituye un rompecabezas para los residentes de la Milagrosa. El trastorno entierra también las vidas y esperanzas de cientos de personas, en mayor parte longevas, como se apuntaba en este reportaje, en otros barrios.


Un edificio de los años 30
En pleno corazón de la capital navarra, por ejemplo, en el edificio municipal construido en los años 30, y que albergó la antigua estación de autobuses, ahora custodiado por el Corte Inglés, habita en régimen de alquiler y desde hace 49 años una mujer de 81 años llamada Emilia Luquin.
Emilia reside en la última planta del número 11 de este robusto edificio, frío y arruinado por largos años de dejadez. Alcanzar la puerta de su casa significa subir 80 escalones. "Nosotros no podemos hacer nada. Este edificio pertenece al consistorio. Pero sí que se podría poner un ascensor", comenta. Aunque Emilia calcula que al cabo del día sube y baja seis veces, dice que se organiza bien. Hace la compra "a poquito", cada día, para no verse con mucho peso. "Bastante les importa nuestro día a día a los responsables municipales. Los pisos son muy viejos y están deseando que se queden vacíos", ironiza.
Un par de pisos más abajo, otra vecina, María, se muestra indiferente. "¿Por qué se interesa", pregunta alertada al periodista. "Este tema, el de los ascensores, es como lanzar plumas al aire...", ilustra. María, que vive con su padre de 97 años, evidencia una vez más las consecuencias de esta carencia. "Mi padre hace un año que no puede salir a la calle. Si tuviésemos ascensor podríamos meter la silla de ruedas dentro y salir a respirar...", indica. Pero añade que, en su caso, les preocupa más la "dejadez" municipal a la hora de recuperar un edificio que, según subraya, está "completamente" abandonado. "Lo del ascensor ni se nos pasa por la cabeza", resalta. "Estamos exigiendo cosas más sencillas, como una buena rehabilitación".

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