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Madre cayuco


Aunque el mar esté colmado, la lluvia sigue cayendo sobre él", reza un proverbio africano. Cuando la pamplonesa Conchi Salinas Andueza revive las imágenes emitidas esta semana por televisión sobre una patrullera de la Guardia Civil arrollando a una patera con 25 inmigrantes subsaharianos a bordo -todos cayeron al mar y ocho de ellos murieron-, se le pone la piel de gallina. No es para menos. La tragedia le ha tocado en lo más hondo. Hace siete años, acogió como a un hijo a Modou Kara Hann, un senegalés de 37 años que viajó en cayuco desde Mauritania. Kara podía haber sido uno de ellos. También pudo morir ahogado. La tragedia, captada por las cámaras del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE), sucedió la madrugada del 13 diciembre.
     Un día después de la emisión, el Servicio Marítimo de la Guardia Civil reaccionó enviando un nota de prensa en la que hacía balance de 20 años de trabajo. "A lo largo de este tiempo se ha salvado a 50.000 personas", informaban. "Y todo ello, a pesar de que las patrulleras de las que se dispone no son las idóneas para este tipo de salvamentos", denunciaban. "Es imposible que con patrulleras con la borda por encima de dos metros del nivel del mar se pueda realizar un rescate seguro tanto para los náufragos como para los guardias civiles. De hecho, el protocolo de actuación corresponde a Salvamento Marítimo. Y, por el contrario, sea por las razones que fueren, es la Guardia Civil, y en condiciones muy difíciles, a la que habitualmente se le reclama para llevar a cabo las labores de rescate de pateras o naufragios", concluía el informe.

Foto EFE

Salida desde Mauritania

Kara es espigado y delgado. Mide 178 centímetros de alto y tiene un 46 de pie. Los dedos de sus manos son largos y afilados. Más que un albañil especializado en cantería, parece un jugador de baloncesto. Con su envergadura, resistir diez días dentro de un cayuco , entre 107 personas , resultó agónico.Tenía 20 años cuando se echó por primera vez al mar. Aunque nunca antes había visto la magnitud del océano y tampoco sabía nadar, en menos de un mes se embarcó dos veces en cayuco . En las dos ocasiones, estuvo a punto de naufragar. Cada travesía duró diez días. Por ello, consciente de lo que hizo, con una sonrisa de la que no se desprende en ningún momento y con las manos pegadas al pecho, da gracias a Dios por seguir vivo.
      Al inicio de la entrevista, Kara se muestra tímido. Desconfiado. Dice que no le gusta arañar las tablas del pasado. De hecho, hay preguntas que prefiere esquivar. Se escuda en su mala memoria. A su lado, Conchi, su segunda madre , amortigua la tirantez inicial. Kara no hace nada sin antes consultárselo. "Está más delgado que otras veces", musita, preocupada. "Acaba de regresar de Senegal y ha venido más seco que un bacalao", ilustra en un tono cariñoso. "Habrá que engordarle de nuevo". Los dos se cruzan una mirada cómplice. "Con lo que me ha costado acostumbrarle a comer tres veces al día...". Efectivamente, Kara ha adelgazado mucho. En octubre voló a Senegal para conocer a su prometida y casarse. Su mujer se llama Sora. "La eligió mi madre ", revela. "Pero me gusta. Es muy buena persona". "La bondad es lo primero de todo, luego el resto...". Aprovecha la ocasión para agradecer el esfuerzo de todas las personas anónimas e instituciones, como la Cruz Roja, que le han ayudado.En estos siete años, Cruz Roja de Pamplona ha acogido en la capital navarra a 846 subsaharianos provenientes de Canarias; 61 eran de Senegal. Se estima que el 80% de estos inmigrantes han entrado en España en patera o cayuco .

"Nos quedamos sin agua"

Kara es el segundo de cuatro hermanos. Nació en Mbaqué, localidad a 190 kilómetros de Dakar, la capital. Tras la muerte de su padre, se vieron obligados a dejar su pueblo y trasladarse a Bucot, al sur del país. En esta ciudad ayudaron a su madre a construir una vivienda con bloques de cemento y rehicieron sus vidas. Asegura que nunca pensó en salir de Senegal. Su idea era trabajar de comercial y quedarse con su familia. Pero su propósito inicial cambió al escuchar a unos amigos hablar sobre España. Se referían a este país como un paraíso donde era fácil ganar dinero. Y a Kara le sedujo. A esta conversación, además, se sumó la memoria de su padre, que unos días antes de morir vaticinó el periplo de su hijo. "Mi padre lo soñó. Me dijo que iba a venir a España", afirma. Él entendió el mensaje de su padre como una señal que debía cumplir.
     No recuerda el nombre del pueblo de donde partió. Sólo que era Mauritania y que estuvo viviendo un año. En ese tiempo trabajó de comerciante hasta ahorrar el dinero que le exigían. "Creo que fueron 400 euros", calcula, tras realizar un cambio rápido de francos CFA a euros. En el primer cayuco iban más de cien personas. "No había espacio ni para cambiar de postura", exclama , relatando que le tocó abrirse hueco en la popa. Al tercer día, el frágil cuerpo de Kara se quedó rígido por la postura. No podía levantarse ni para coger un poco de comida y agua. Una vez al día, en la proa, distribuían algo de comida y agua. "Siempre había peleas", dice. "Gracias a que a mi lado había unos hombres más fuertes, pude comer". Mareos, vómitos, deshidratación, heridas en carne viva producidas por el roce del salitre en la ropa, peleas... Muchos se despojaron de las camisetas sin medir las consecuencias. Sus cuerpos, expuestos al sol, se abrasaron. Al quinto día, se les terminó el agua. "Bebíamos del mar", profiere al recordarlo, con gesto sediento y colocando las dos manos en forma de escudilla.Diez días después, sin agua y comida, con los cuerpos abiertos de llagas, sufrieron un nuevo cataclismo. En el cayuco se abrieron dos fugas de agua. Se hundían. "No podíamos achicar. Pasamos mucho miedo. Íbamos a morir". Un barco inglés que navegaba por la zona les socorrió y les devolvió a Senegal.
     A pesar de lo sufrido en este periplo, no tardó en embarcarse. Lo hizo días después. Esta vez, no pagó nada. El viaje duró otros diez días. La debilidad y la falta de agua causó la muerte de dos personas. "Los echamos por la borda", detalla. El oleaje mecía el cayuco con violencia como a una caja de zapatos sobre el agua. "El mar estaba muy violento". Y sus cuerpos volvieron a sufrir nuevas convulsiones. Una estampa de miseria humana y moral que acontece cada día y en pleno siglo XXI.... Mareos. Vómitos. El agua se filtraba por la madera.... La obsesión por achicar les mantenía mentalmente a flote. "Por suerte", cuando estaban cerca de la costa canaria, un helicóptero de la Policía Nacional interceptó el cayuco . Tras retenerles 40 días en una nave militar, según recuerda Kara, les distribuyeron por la península. A él le tocó Pamplona.

Albañil y cantero

"Vino completamente analfabeto", toma la palabra Conchi. "Menos mal que una monja le dio clases de español y le enseñó a leer". Conchi, propietaria de Casa Salinas, negocio de licores ubicado en Ansoáin, reconstruye la noche que le conoció. "Huía de la policía. Normalmente cierro a las ocho y tomamos algo con los amigos antes de ir a casa. De repente, entró en el bar. Estaba tan asustado... Decía que le seguía la policía. Así le conocimos". En realidad, no le seguía nadie. Vio a alguien con un mono de trabajo o un uniforme y lo relacionó con la policía. Llegan tan asustados por el estrés acumulado del viaje...". A partir de ese encuentro, la maquinaria de la solidaridad, tan arraigada en esta tierra, se puso en marcha. Los socios de la Sociedad Canina de Navarra se volcaron de lleno. "Nos preocupamos en buscarle unos trabajillos para que fuera tirando". También le enviaron dinero a su madre a Senegal."Este chico es trabajador y muy buena persona", alaba.
     Los primeros meses en Pamplona, Kara compartió habitación con otros dos compatriotas. Pagaba 200 euros. Con el tiempo, Conchi, de 58 años y madre de dos hijos, uno de 37 y otro de 29 años, fue comprobando su evolución. Y vio cómo el aspecto físico y anímico de aquel inmigrante recién llegado empeoraba.La gota que colmó el vaso fue el día que le atropellaron con un coche. Conchi le acompañó al hospital y después a su casa. Quería explicar a sus compatriotas los cuidados que necesitaba. "Kara no hablaba ni una palabra de castellano y estaba escayolado", observa. "Necesitaba reposo y mantener la pierna en alto". Pero la respuesta de sus compañeros le sorprendió. "Me contestaron que era mayorcito para cuidarse". Conchi reaccionó a su manera. "Le pedí que recogiese sus cosas y que se viniera a vivir conmigo. Mis hijos están habituados a tener gente en casa", sonríe. "Antes he tenido una colombiana con sus hijos y a una búlgara. Así podía ahorrar algo de dinero ". Le contrató en la tienda y le ayudó a gestionar los papeles de residencia. "Demasiada burocracia en su país", lamenta. "Aunque nos marearon, los conseguimos", esgrime orgullosa. Entre risas, esboza su día a día en casa. "Kara es una persona muy independiente y alegre. Siempre ríe. Le encanta cantar. Lo que más le ha costado es acostumbrarse a comer tres veces al día", cuenta. "A veces parece un niño. Es asustadizo. No sé si por culpa de los viajes en cayuco , le gusta dormir con la luz encendida. Cuando entro en la habitación para apagarla se sobresalta angustiado". Respecto a la comida, ha "descubierto" que si come tres veces al día no se cansa tanto. "Antes sólo se alimentaba una vez", explica Conchi Salinas. "Estaba convencido de que había que trabajar sin comer para rendir más. Eso sí, sólo come puré de patatas de sobre y guisado de oveja o cordero con verduras...".
     Con los papeles ya en regla, hace dos años entró en la Escuela Taller Parque de Aranzadi y se especializó en albañilería. En el mes de octubre, finalizó el curso con una valoración muy positiva del centro. Su sueño, hoy, es trabajar en Pamplona, ahorrar lo suficiente,y regresar a Senegal.
     Cuando a Kara se le pregunta si aconsejaría en su país viajar en cayuco como él, contesta con un leve pero claro movimiento de cabeza. Y añade, sin dudarlo: "No. Es muy peligroso. No merece la pena. Aquí está todo muy mal".



Comentarios

  1. Magnífico reportaje que demuestra que cuando las personas son solidarias, lo son con todos aquellos que lo necesitan. Y en este caso, las personas amantes de los animales también demuestran serlo con las personas, como ha sucedido con Conchi Salinas y los miembros de la Canina de Navarra.

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