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Cuando fuimos contrabandistas

La madrugada de su muerte, no le acompañaba su hermano. Le dispararon tres veces. A bocajarro. Por la espalda. Ocurrió justo antes del amanecer.


Nicolás Ibarra murió el 27 de marzo de 1959 en un bosque de hayas que conocía muy bien. A diez kilómetros del caserío que le vio nacer en Mezkiritz (Valle de Erro) y donde vivía con sus padres y hermanos. Un cabo de la Guardia Civil destinado en Viscarret le esperó emboscado. Nicolás tenía 28 años cuando murió. Esa noche cubría a pie la ruta Sorogain- Espinal- Lusarreta con un paquete de puntillas de ganchillo a la espalda. La causa de su muerte, recuerda la familia, la “única” que se ha dado en el valle, tuvo como origen la disputa entre los guardias de los puestos de Viscarret y Espinal por hacerse con el control del dinero de los sobornos. Unos y otros querían ganar su parte del negocio. Su situación también era de precariedad. Al principio, los traficantes trabajaban con los de Viscarret, pero cambiaron de ruta y dejaron de pagarles, para ganarse a los de Espinal. Los guardias recibían un 10% por paquete.

Honorio y su hermano alternaban tres veces por semana el trabajo en el caserío con el contrabando. De esta manera, conseguían un “importante complemento económico”. Un empresario de Orbaitzeta gestionaba el negocio. La ruta que habitualmente realizaban comprendía desde Sorogain a Lusarreta. La madrugada de su muerte, Honorio no le acompañaba. Habían terminado tarde la jornada en el campo y prefirió quedarse en casa. Nicolás, sin embargo, sentía el contrabando como una aventura. Decidió marchar solo. El resto de la cuadrilla, con los que habitualmente se reunía para hacer la ruta, se habían adelantado. En ese grupo también iba su primo Florencio Erro. Apenas le quedaban cuatro kilómetros para llegar a Lusarreta. Allí, gente de Esnoz o Loizu debían relevarle con la mercancía. Murió solo.


La necesidad les empujó
Al límite de la frontera y al límite entre la vida y la muerte. A Nicolás Ibarra, como a otros tantos habitantes de los pueblos fronterizos del norte de Navarra, les empujó al contrabando la necesidad. Estos hombres, sigilosos como rapaces y tan fuertes como mulos, se vieron obligados a llevar una doble vida. Por el día, pastoreaban o trabajaban en el caserío. Por la noche, se transformaban en búhos. La discreción era su coraza. El único salvoconducto que les garantizaba regresar al amanecer con vida. La luna sobre los Pirineos su guía.

Navarra ha sido desde antiguo tierra de contrabando y de contrabandistas. Históricamente la Ribera, frontera con Castilla, era el lugar de paso habitual, pero con la Ley Paccionada de 1841 se suprimió , y el tráfico clandestino cambió al norte. Con las Guerras Carlistas se inició su auge, ya que proveían de suministros a las zonas aisladas y pasaban a personas entre la zona carlista y la liberal.

La época dorada del contrabando llegó entre 1940 y 1960 por el aislamiento internacional de España durante el franquismo. La Navarra rural estaba en crisis, por lo que el 90% de la población que residía cerca de la muga se vio obligada a vivir de este negocio. En 1936, la mayor parte de los casos se concentraron en el Baztan. La mayoría de los objetos se traían de Francia para su disfrute en Navarra.

En 1940, hay un pequeño cambio. La línea fronteriza abarcaba desde Bera de Bidasoa, al norte, hasta Orbaitzeta, al noreste. Al parecer no llegó hasta la zona pirenaica propiamente dicha. En la Ribera, gracias al ferrocarril, se asomó ligeramente.

El volumen de tráfico de mercancías clandestinas aumentó con el paso de los años. Se contrabandeaba de todo: puntillas de ganchillo, almendras, café, bueyes, vacas, cochinillos, hilo de cobre, rodamientos, coñac, hasta oro .

José Antonio Perales Díaz, periodista y profesor de la UPNA, autor de una investigación histórica publicada en 2004 sobre este fenómeno, describía esta actividad con precisión antropológica en Fronteras y Contrabando en el Pirineo Occidental. La define como un fenómeno estructural de la economía del estado. La instalación de esta frontera, que se había pactado dos siglos antes (en 1659, Tratado de los Pirineos), pero que no se concreta con sus mojones y sus puestos fronterizos hasta el tratado de Baiona, rompe efectivamente la unidad étnica y lingüística de los pueblos del Pirineo. “Y convierte en contrabando lo que antes había sido puro comercio entre dos zonas afines de parecidas costumbres y la misma lengua”, explica Perales. “La regulación del comercio y de la economía a través de la institución aduanera ha sido siempre una de las causas principales del contrabando. Este es por tanto una característica de las sociedades complejas”, añade. Las culturas antiguas (los egipcios, los griegos, los romanos...) ya lo practicaban. Y en la Edad Media, había casi más contrabandistas que comerciantes.

A lo largo del tiempo se han utilizado como sinónimos de contrabando las palabras fraude, estraperlo, descamino, tráfico ilegal... En la zona del Pirineo Occidental se conocía también con el nombre de gauekolana (trabajo de noche). “Eso ya refleja un poco la paradoja del fenómeno; para los gendarmes y la Guardia Civil es un delito, penado por la ley, y en cambio para el habitante de la zona fronteriza es un simple trabajo que se hace de noche”, comenta el investigador. Existía un pacto tácito entre guardias y contrabandistas. Cuando se daba el alto se tiraba el paquete y aquello se convertía en un delito fantasma. Se aprehendía la mercancía y el contrabandista se perdía en el monte.

El contrabando se practicaba sobre todo de noche y en el bosque. Sin linternas. Dos o tres veces por semana. Dependiendo de las órdenes que recibían de los empresarios para quienes trabajaban. Además del peligro, acarreaba un duro castigo físico. “Aquellas largas correrías con 25 kilos a las espalda, sujetos a la frente con el kopetako (tela con la que se protegía el paquete), las cuales se hacían a veces antes o después de cumplir con las labores del caserío, para evitar sospechas...”, describe Perales en su estudio.

Unas botas de agua y un chubasquero conformaban el atuendo. Se adentraban en la espesura del bosque y caminaban hasta el punto de recogida. Una vez que se hacían con los bultos, regresaban con el peso a la espalda al lugar de entrega. Una zona intermedia donde otro grupo se encargaba de seguir con los paquetes. No se debían retrasar. Era como una carrera de relevos. Así hasta llegar a Pamplona. Al amanecer, entraban a casa. Y sin dormir, comenzaban una nueva jornada en el campo. De esta manera, nadie sospechaba en el pueblo. Podían estar sin dormir varios días.

Por viaje cobraban entre 500 y 900 pesetas. En un día podían ganar lo de una semana en el caserío. Pasadores de ganado, paqueteros de mercancías o mugalaris de personas para ayudarles a pasar la frontera... En estos términos se movían. Detrás sólo hay historias de supervivencia. Historias como la Honorio y Nicolás Ibarra, dos hermanos, vecinos de Mezkiritz, que sufrieron sus consecuencias en carne propia.

El camino viejo a Lusarreta
El miércoles pasado, Honorio Ibarra Villanueva, de 84 años, se acercó al lugar donde asesinaron a su hermano. Hacía un año que no acudía. El camino es un túnel de ramas caídas, maleza y socavones difíciles de sortear con el coche. “Está muy abandonado”, musita preocupado, atento tras el cristal. “A ver si lo encontramos... La maleza está muy alta”. Su mujer, Aurelia Murillo Etxamendi, de 80 años, ha preferido quedarse en casa. Se ha levantado algo mareada. Aunque Honorio sigue manteniendo una corpulencia fuera de lo normal, asegura que tampoco se siente bien estos días. “La artrosis está haciendo mella”, dice. La debilidad a la que se refiere, sin embargo, es sólo en apariencia. Se ha levantado a las siete de la mañana y para las once ha cortado leña y ha dado de comer a las ovejas y las vacas. Luego echará una siesta y continuará trabajando hasta la noche.

Llueve con fuerza. Durante el recorrido en coche explica el motivo que les empujó a él y a su hermano a llevar esta doble vida: “Lo hicimos por necesidad”. La crisis de la Guerra Civil y la posguerra llevó a decenas de jóvenes de los valles a aventurarse en los Pirineos para dedicarse al contrabando... “Unos viajaron a América y otros nos tuvimos que quedar”, sonríe.

A los 14 años dejó la escuela y se dedicó a ayudar a sus padres en casa con el ganado. “Había que alimentar cinco bocas”, dice. Y se puso a pastorear. “No había ni pan. Conseguíamos la harina de maíz en Urupel”, cuenta, pendiente de no saltarse el crucifijo de piedra.

“En este negocio se empezaba cuando uno ya tenía la fuerza suficiente para levantar peso”, prosigue. “Mucha gente lo practicaba, sino era con paquetes era con ganado”. La ruta se garantizaba a base de sobornos. “Uno de los guardias de paisano venía al pueblo y le informábamos. La mayoría estaban comprados”. Aun y todo, se la jugaban. Era un trance arriesgado. Y ellos lo sabían. Pero la necesidad era mayor que el peligro. En los primeros años de contrabando hacían la ruta de Urepel a Sorogain, por el alto de Aztakarri. “Pero hablamos con el jefe para que la acortara... ”. Honorio avisa de la proximidad de la cruz. “Estamos cerca.Es en esa curva”, señala. “Ahí... en lo alto de la cuneta”. Honorio se baja del coche y se adelanta en silencio. El suelo es un barrizal. Apoyado en una vara de madera, con firmeza, sube a la ladera. Al llegar, se aferra a la cruz de piedra y la acaricia con la mano izquierda. Ha dejado de llover. “Aquí murió Nicolás”, comenta con serenidad. A partir de ese día 27 de marzo de 1959, Honorio dejó el contrabando. Nueve meses después se casó con Aurelia, con la que tuvo siete hijos.

“Lo dejé cuando me casé”
En la localidad de Espinal, a unos dos kilómetros de donde asesinaron a Nicolás Ibarra el 27 de marzo de 1959, viven Florencio Erro, de 85 años, y su mujer Mercedes Urrutia Echarren, de 82. Florencio, primo de Nicolás, estaba en el mismo grupo de contrabandistas la noche que le mataron. “Se quedó solo porque salió tarde de trabajar en el caserío.Nosotros íbamos bastante adelantados. Nicolás debió recoger el paquete en Sorogain a las ocho de la noche y le mataron al amanecer, cuando le faltaba poco para llegar a Lusarreta. Fue un cabo de Viscarret”, asiente, afligido.
Casado y con tres hijos, sentado en la cocina de casa, Florencio retrocede en el tiempo, sumergiéndose de cabeza en el pasado.“Lo dejé al casarme con 38 años”, exclama riendo, mirando de reojo a su mujer. A veces entre risas, al evocar la picaresca que empleaban para burlar a los guardias, otras abatido, al sentir la dureza de aquellos años, revela el motivo que le obligó a serlo.

“Empecé muy tarde. Con 27 años. Trabajaba de pastor y en el campo. Andaba y veía mucho. Conocía muy bien los caminos. Así que un buen día me dijeron si quería ir por la noche a por paquetes y traerlos. De Espinal íbamos tres o cuatro y de Mezquiritz otros tantos”, detalla. “El jefe era un empresario de Orbaitzeta”, señala. “Traíamos los paquetes y los entregábamos en los bordales de Lusarreta. A la noche siguiente, otros porteadores de Loizu se encargaban de llevarlos más adelante”.

Florencio traficaba principalmente con puntillas y nylon, pero también le tocó pasar caballos. En estas ocasiones, los mandaban a Francia. “Se traían en camión de Andalucía y nos los entregaban en Arrieta. Cada uno llevábamos tres. Los atábamos por la cola y cruzábamos el monte. Los carabineros nos dejaban pasar porque los sobornábamos. Era algo normal. Tenían un sueldo muy bajo”.

Con 38 años, tras casarse, se acabó. “Era muy peligroso”, interviene Mercedes. “No podías dejarte ver. Ni presumir”, continúa Florencio. “Después de cargar toda la noche, tenías que trabajar sin dormir para que la gente del pueblo no sospechara. Era un dinero que vaya si nos ayudaba”.

Lo que realmente dejaba mal cuerpo a Florencio, más incluso que atravesar el monte con un peso de más de 20 kilogramos encima, era cuando estaba pastoreando por el monte y encontraba a inmigrantes portugueses escondidos en el bosque. “Parecían zorros bajo los árboles. Viajaban con una maleta de madera y vestidos con dos trajes, uno encima de otro. Huían por la dictadura de su país. Los traían en camión a Sorogain y los dejaban tirados. Les engañaban. Les decían que Francia quedaba muy cerca y que sólo tenían que cruzar el alambrado”. Florencio aún sufre al contarlo. Lamenta no haberles ayudado más. “Les daba comida y les orientaba cómo llegar. No podía acompañarles para que no me descubriesen”.


Gorrines en las cuevas
Urdax también fue epicentro del contrabando. De hecho, desde hace varios años, esta localidad y la francesa Sara se unen por medio de una carrera popular llamada el Cross de los Contrabandistas. Andrés Diharasarry, de 66 años, antiguo alcalde de Urdax y precursor de esta carrera, fue además, aunque de manera puntual, contrabandista.

Andrés y su hermano José Antonio viven en el mismo caserío que les vio nacer, a los pies del puerto de Otsondo. “Sólo practicaba cuando me quedaba los libres los sábados, luego me dediqué al rugby”, aclara Andrés. “Se pasaba de todo. Vacas viejas para hacer chorizos en Pamplona, piezas de motor, corderos, caballos, gorrines... Incluso cobre. Vaciábamos los maderos y los rellenábamos de cobre”, recuerda.

En el caso de su hermano, la dedicación fue completa. “Con lo que yo he corrido delante de los guardias...”, exclama, desviando la mirada a la muleta que le mantiene firme. José Antonio se ríe de si mismo porque hace tres años le amputaron una de las piernas por un problema y ahora se maneja como puede con una prótesis.

“La Guardia Civil era distinta. Vivían en el pueblo con nosotros y al final comprendían que era por necesidad. Por eso cerraban los ojos”. José Antonio evoca de manera telegráfica algunas de las vicisitudes vividas. “Hay para un libro”. Y evoca cuando compraban coches de segunda mano en Francia y los pasaban con gorrines dentro. O cuando les daban el alto en el puesto de mando y tenían que salir del coche corriendo. O cuando escondían los gorrines en las cuevas de Ikaburu y se escapaban asustando a los turistas... Entre risas, reconoce que fue una época “muy bonita”, en la que todos, de un lado y otro de la frontera, se conocían.



Cuando uno se adentra en las montañas de Urdax, en sus barrios, parece como si el tiempo se hubiera detenido. Decía Miguel Delibes: “Permitamos que el tiempo venga a buscarnos en vez de luchar contra él”.

Dentro de este silencio, en pleno corazón de la soledad más absoluta, perdido en un bosque infinito de robles, sin televisión, sin cobertura en el teléfono móvil, y con el único sonido de fondo el rumor del río Ugarana (río de ciruela en vasco), vive Miguel Migueltorena, de 81 años.
A pesar de la soledad y cobrar una pensión de 110 euros, confiesa sentirse en el cielo. No necesita más. Tampoco tiene carné de conducir ni coche. “Siempre he ido andando a los sitios”, expresa. Devoto como su madre del Sagrado Corazón, cuenta que este viejo caserío era una antigua ferretería que compró su bisabuelo en 1863. Aquí nació, creció, trabajó desde que dejó la escuela a los 13 años y conoció el contrabando. Él no lo practicaba, señala, pero sí su primo, que almacenaba en la cuadra sacos con café provenientes del convento de los capuchinos de Lekaroz para cargarlos por la noche hasta Francia. Y con la ventana abierta y el rumor del Ugarana de fondo, Miguel se asoma y repite una vez más: “Me gusta este sitio. Es como si entraras en el cielo”.

Comentarios

  1. Podéis ver fotos de mojones de la frontera de los Pirineos en:
    http://www.mojonesdelospirineos.com
    Saludos

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