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La cara oculta del Castillo de Olite

 

La cueva de los leones. Así llamaban los niños de Olite a la bodega del Palacio Real, hace 50 años, cuando se colaban en ella, a jugar, porque conocían al cuidador. Cuando el historiador olitense, Javier Corcín Ortigosa, se refiere a esta bodega, le abraza una sensación agridulce. Dulce, porque la primera imagen que le atrapa es la suya, de niño, jugando "a las aventuras", en busca de unos leones imaginarios que un día muy lejano rugieron dentro del mismo castillo en el que vivió Carlos III y su corte. Por otro lado, le aborda una sentimiento amargo; ya que aquella cueva aún permanece cerrada al público, mientras lucha contra el olvido. "Es una pena", lamenta Corcín. "Recuperarla supondría el enriquecimiento de la visita a este castillo", manifiesta. "La bodega se conserva, pero el exterior está tan deteriorado...", apostilla.
Lo primero que un visitante puede leer al entrar a esta fortaleza, símbolo de lujo y esplendor, mencionada por primera vez en el testamento de Teobaldo II, en noviembre de 1270, es un pequeño letrero. Dice así: "El Palacio de Olite es uno de los alcázares góticos más interesantes de Europa y Monumento Nacional. Aunque de origen anterior, el conjunto que vemos fue mandado construir por Carlos III en el primer tercio del siglo XIV. El palacio contó con habitaciones doradas, varias galerías, exóticos jardines, caprichosas torres, pajarera, leonera y un complejo sistema de riego".

La mayoría de los visitantes, una media de 150.000 al año, acceden con la mirada puesta en lo más alto del complejo monumental, el más visitado en Navarra. Unas escaleras (el edificio no está preparado para minusválidos y tampoco hay baños) conducen a un patio interior que sirve de antesala. En esta especie de recibidor, una exposición acerca la vida de la corte. En uno de los murales se magnifica el vínculo de Olite con el vino. "Olite capital del vino de Navarra", anuncia en inglés y castellano con un gran titular. En ninguno de los paneles aparece una sola referencia a la bodega. Ésta, sin embargo, existe. Y muy cerca. Un portón de madera, justo a la vuelta del punto de información, la custodia a la vez que la oculta. Y aislada, entre el Palacio Viejo (actual Parador Nacional) y el Palacio Nuevo, en una isla rodeada de altos muros de piedra, bajo las ruinas de la capilla de San Jorge, resiste en el tiempo. 
 

La dejadez salta a la vista. Unos escalones a punto de quebrarse abren el camino hacia este histórico lugar. Una alfombra de plásticos negros cubren los enterramientos de la última excavación, llevada a cabo hace cinco años para impermeabilizarla. Pero la obra se paralizó. Hasta hoy. Los restos pertenecen a una "primitiva" iglesia (probablemente del siglo XII) anterior a la de Santa María. En un rincón han dejado bolsas de basura con huesos humanos.

El recorrido obliga a sortear la maleza y las zarzas, que lo cubren todo. No es fácil dar con las escalinatas de piedra de acceso a la cripta. Las hierbas las ocultan. Ya en la bodega, llama la atención la oscuridad y el descenso de la temperatura. Una bombilla fundida cuelga de un cable. A los lados se distinguen diez nichos en los que se depositaban las tinajas. La luz exterior se cuela a duras penas rasgando el interior. Al fondo de la nave se observa la silueta de una nueva cavidad. Posiblemente era un silo donde se almacenaban los alimentos. Varios agujeros en la techumbre facilitarían la salida de los gases producidos por la fermentación.

  El Palacio Real de Olite, corte de los reyes navarros hasta la conquista de Navarra y su incorporación a la Corona de Castilla (1512), fue uno de los castillos medievales más lujosos de Europa. Un viajero alemán del siglo XV escribió en su diario que hoy se conserva en el British Museum de Londres: "Seguro estoy que no hay rey que tenga palacio ni castillo más hermoso y de tantas habitaciones doradas".

Se cumplen 200 años desde que el palacio quedara parcialmente destruido por un incendio provocado en 1813 por el general Espoz y Mina para evitar que los franceses, en su retirada, se hiciesen fuertes en el castillo. Su aspecto actual es fruto de la restauración acometida en 1937 que ha intentado devolverle el aspecto primitivo.


Desde 1244, época de Teobaldo I de la dinastía de Champaña, el Archivo General de Navarra en su sección de "Comptos Reales" proporciona numerosos datos sobre las viñas del patrimonio real, la bodega del palacio y el vino en la mesa real. Buena parte -explica el historiador Javier Corcín Ortigo-, corresponden a las cuentas presentadas por el Preboste o el recibidor de las cuentas reales de Olite. En ellas, se habla de los trabajos a lo largo del año, de los sueldos de peones y vendimiadores, de gastos y trabajos en la viña y en la bodega, de la elaboración de los vinos, variedades y de su copioso consumo.

"El patrimonio real poseía viñas repartidas por toda Navarra. Sabemos que las de Olite eran las de mayor extensión", indica el historiador. La "Grant Vinnea" en el término de la Serna seguramente superaba las 5 o 6 hectáreas. En el caso de la corona, el control directo de las explotaciones con asalariados o pecheros, pretendía abastecer las propias necesidades de la familia real y su entorno con vino que se consideraba de especial calidad, como parece ser el caso de Olite o de la viña real de Puente la Reina, de extensión desconocida pero sin duda relevante. Una forma de presentarse es en vergeles, es decir, en forma de parra. Consta el pago de diezmos y primicias a la iglesia de las viñas del patrimonio real. En Olite poseían viñas en los términos de La Serna, las Mayores e Ilagares, y de las parras del Jardín se elaboraba el verjus para condimento. "También nos informan de diversos pormenores: la rotura de cubas y pérdida del vino, el avinagrado", continúa el historiador. En los palacios reales de Olite y Tiebas se han conservado las bodegas donde elaboraban y conservaban el vino. Tenían bodega los palacios de Tiebas, Tafalla y Sangüesa. En el testamento que otorga Teobaldo II (nov. 1270) disponiendo de sus bienes en Navarra ya se menciona la bodega real en Olite: Item á los freyres Predicadores de Pamplona tres mil sueldos á la obra, é por fer pitança al conuento cient sueldos. Item dozientos kafis de trigo sobre nuestra renda de Tafalla, á pagar á quatro annos cad’anno cinquenta kafilices, e cien coquas  de vino en nuestra bodega de Olyt, á pagar á quatro annos cad’anno veinte é cinquo.

La mayor parte de la documentación hace referencia al vino bermejo, que era el tinto y, en menor medida, al vino blanco. Se hace diferenciar "buen vino" de "agoa-vino", éste bastante más barato, lo que implica que sea de inferior calidad y que se haya mezclado con agua. El más barato es el que se llama vino "tornado" o avinagrado. También al blanco, o clarea, que es una mezcla con miel y plantas aromáticas y moscatel. Otra clase que se menciona es el cocido o cocho.

Se conoce también la utilización del verjus en la mesa real; un condimento con uvas agraces recolectadas a mediados de agosto. El propio monarca, cuando residía en Pamplona, aprovechaba su exención a la norma para aprovisionar su hostal con vinos procedentes de Mañeru, Mendigorría o Puente la Reina. En la bodega real de Tiebas se elaboraba vino con uva procedente principalmente de Puente, pero también de Tafalla o Sangüesa. En las residencias reales de Estella, Olite y Tudela se abastecían con caldos de las comarcas cercanas.

Es numerosa la documentación relativa a la compra de vino blanco y bermeillo para el hostal del rey, así como la relativa a los banquetes llevados a cabo en las principales festividades y acontecimientos regios. El hostal real comprendía buen número de servidores que atendían al monarca y su corte en los quehaceres diarios. "Los servidores cuidaban su mesa: el escanciador pincernarius o scancianus, que servía las bebidas; el tallador, que trinchaba y servía las comidas; el botellero o botecarius, encargado de la bodega; el cocinero mayor", señala el historiador.



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