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Siria también se refugia en Navarra


Aún se despierta por las noches sobresaltado. Cree que sigue en Siria y que en cualquier momento van a entrar en su casa para llevarse a sus hijos, de 27 y 30 años, al frente. Ahmed (nombre falso que emplea para el reportaje), de 55 años, recuerda perfectamente la imagen que encendió la chispa del conflicto. Aquella en la que los soldados del presidente El Asad dieron un escarmiento a los niños de un colegio que se habían levantado contra el régimen, contagiados por el fragor de la Primavera Árabe. Les arrancaron las uñas.

Aunque reside en España, a pocos kilómetros de Pamplona, su corazón permanece encerrado en los quirófanos del hospital de la ciudad que le vio nacer, hoy devastada por la metralla y los bombardeos. Literalmente, borrada del mapa. Una ciudad en el que los parques se han convertido en cementerios y los edificios, su propia casa, en trincheras de francotiradores. "Yo debería estar allí, en el hospital, salvando vidas...", repite una y otra vez, afligido, conmocionado por la tragedia. Desde hace un año, él, su mujer y sus dos hijos esperan a que les concedan la condición de refugiado.

Cruz Roja Navarra ha gestionado en lo que va de año la petición de asilo de cinco ciudadanos sirios, cuatro correspondientes a la familia de Ahmed. La quinta, una mujer cristiana.
 

Antes de la guerra 
La cita con Ahmed, de religión suní (mayoritaria en el mundo musulmán y en el país) se lleva cabo el miércoles pasado, a las siete de la tarde. Ataviado con chaqueta color arena y camisa azul oscura, se presenta sonriente. Estrecha la mano y sacude su elegancia con un fuerte apretón de manos. "Gracias por interesarse por nosotros", expresa en un buen castellano. Lo aprendió en España, en los años 70, mientras estudiaba Medicina.

Las venas del atardecer se inyectan en sus ojos. La luz dorada sortea los últimos edificios y se proyectan impregnándolo todo en rojo y oro. El rostro de Ahmed, de tez clara y mirada color miel, adquiere la misma tonalidad. El parque que sirve como escenario de este primer encuentro, le retrotrae a su Siria natal anterior a la guerra. Y viaja hacia ella. Hacia ese jardín en el que paseaba con su mujer y sus amigos al caer la tarde. A los mismos atardeceres. Al zoco abarrotado de color y vida. Al bullicio. Al sabor de dátiles y pistachos. Al aroma del pan recién hecho. A la tradicional tarta de queso (kanafh de jebneh). Al pollo a la brasa. A las especias... Cierra los ojos en busca de aquellos aromas. Al abrirlos, inspira profundamente. Se relaja. Siente paz. El oro del último guiño arropa el juego de los más pequeños y las conversaciones de los mayores. "Así era la luz en mi país", evoca. "Nos gustaba pasear y conversar con los amigos. Hacíamos lo mismo que en esta plaza. La puerta de mi casa siempre estaba abierta a todo el mundo...". En la actualidad, el parque de los recuerdos es un paisaje bien distinto. Sólo se usa para enterrar a los muertos. El cementerio es demasiado peligroso.

"¡Jamás pensé que sucedería algo así! ¡Jamás!", profiere con rabia. "Todo lo que está sucediendo lo han provocado desde fuera. Somos Oriente y Occidente a la vez. Un país estratégicamente codiciable. ¿Y ahora quieren invadir Siria para frenar las matanzas del régimen? ¿Por qué no han intervenido antes? ¿Qué supone mil muertos más, aunque hayan muerto por armas químicas? ¿Y los otros cien mil muertos por armas convencionales?", inquiere. "¡Es sólo una excusa para invadirnos!", espeta. "¿Por qué no condenan también a Israel por tener armas atómicas?".


Siria se desangra 
La guerra va a entrar en su tercer año y Siria se desangra con mujeres, niños y hombres que cruzan sus fronteras a diario con poco más que la ropa que llevan puesta. Esta tendencia es alarmante, informa ACNUR en su página web. Supone un incremento de casi 1,8 millones de personas en 12 meses. Hace un año, el número de sirios registrados como refugiados o a la espera era de 230.671 personas. "Siria se ha convertido en la gran tragedia de este siglo, una desgraciada calamidad humanitaria que conlleva un sufrimiento y un desplazamiento sin precedentes en la historia reciente", dijo Antonio Guterres, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados. "El único consuelo es la humanidad que están demostrando los países vecinos acogiendo y salvando las vidas de tantos refugiados".

Con una media de unos 5.000 sirios huyendo cada día, la necesidad de incrementar de manera significativa la asistencia humanitaria y la ayuda al desarrollo en favor de las comunidades de acogida ha llegado a un momento crítico.

Ahmed acude sólo a la entrevista. Su mujer prefiere mantenerse al margen. A él no le importa hablar, siempre y cuando se respete su identidad y no se ponga en peligro la seguridad de su familia. A ambos les preocupa las represalias, las venganzas que se puedan cometer contra los amigos y familiares que todavía sobreviven en Siria. "Por favor, ten cuidado con lo que dices en la entrevista. Hazlo por tus hijos", le ruega su mujer antes de salir de casa. Mientras esperan el asilo, los días corren "muy despacio". Se hacen "eternos" para sus hijos, de 27 y 30 años, que se vieron obligados a interrumpir las carreras universitarias. Llevan demasiado tiempo desocupados. Ahmed intenta animarles. Él ofrece una imagen de normalidad. De hecho, en su día a día, se dedica a buscar trabajo de lo suyo y a formarse en cursos de informática. Cara al resto de la gente se muestra fuerte. Por dentro -por el contrario-, se siente "en ruinas".



¿Cómo se encuentra?

Mal. Muy mal. En ocasiones, me pregunto qué hago aquí. Y deseo volver a Siria, entrar un quirófano y salvar vidas. Pero inmediatamente veo a mi mujer y a mis hijos y me echo atrás. Me doy cuenta de que debo protegerles. Si nos hubiésemos quedado en Siria, hubiésemos corrido mucho peligro. A los médicos los secuestran y los matan. Por eso en la zona la mayoría son enfermeros. A mis hijos se los hubieran llevado a combatir al frente. Son muy jóvenes, tienen 27 y 30 años y están bien preparados académicamente.

¿Sus hijos quieren volver?

Muchas veces ellos se enfadan conmigo por haberles sacado del país. Me echan en cara que llevan un año sin hacer nada. Prefieren volver y luchar. Las redes sociales están influenciando mucho. Siguen a un bando y a otro por Facebook. Incluso están enfrentados. ¡Maldigo las redes sociales! (Ahmed se lleva la mano desesperado y rompe a llorar ). Es por mis hijos. Tengo miedo de que terminen combatiendo y en bandos enfrentados. Algunas noches todavía creo que estoy en Siria y que las milicias o el ejército del régimen entran a casa...

¿Por qué no se quiere identificar?

Por miedo. No me fío de los americanos. No nos van a proteger. Temo las represalias. Las venganzas. Hay muchos chivatos.

¿Cómo era la vida en su país antes de la guerra?

(Se le ilumina la cara)
Siempre hemos convivido juntos. Una mezquita frente a una iglesia, suníes, chiíes... Todas las religiones y culturas juntas. Y nunca ha habido problemas. La vida era apacible. Por las mañanas me levantaba temprano y salía a caminar con los amigos. Después iba a trabajar, comíamos en casa juntos y regresaba a la consulta hasta el atardecer... (sonríe). Entonces, llegaba el mejor momento del día. El atardecer. Nos reuníamos con los amigos y compartíamos café y buenas conversaciones. Hablábamos de todo, incluso de mujeres (ríe). La parte vieja de mi ciudad me recuerda a la de Pamplona.

¿Había imaginado una situación parecida?

Siempre hemos vivido en tensión por la dictadura a la que nos ha sometido el régimen. Pero nunca imaginé algo así. Jamás.                                                                    
                                                         
¿Cómo fueron los meses previos a la guerra?

El espíritu de la Primavera Árabe se contagió entre los más jóvenes. Un día, los soldados entraron a un colegio para dar un escarmiento a los alumnos que se habían levantado contra el régimen. Les arrancaron las uñas. Esto provocó la rabia y conmoción de la población. Esos chicos tenían sólo 13 años.    

 ¿Cuándo supo que debía huir?

La guerra de las religiones se coló en la televisión. El odio se extendió como la pólvora. Suníes y chiíes se enfrentaban a diario en los programas. Se amenazaban. Me entró mucho miedo. Supe que algo gordo iba a ocurrir.

¿Y qué hizo?

El país ya estaba en guerra, pero nuestra ciudad aún estaba intacta. No la habían bombardeado. Aprovechamos y salimos. En la calle se distinguían dos bandos enfrentados. Había muchos controles. No se podía salir a la noche por miedo a los secuestros y a las violaciones. Así que salimos hacia Beirut. Tardamos 12 horas. Conseguimos un visado de turista y volamos a España.

Médicos Sin Fronteras alerta del peligro de ser médico en Siria.

Trabajar como médico en Siria es jugársela. Los secuestros están a la orden del día. Nos obligan a trabajar para ellos. Si atiendes a un herido, del bando que sea, estás obligado a llamar a la policía. Muchos han sido asesinados.

¿Por qué han venido a Navarra?

Trabajé durante un año en Pamplona y luego volví a Siria para ayudar en los hospitales. Creo que en 1981. Había comenzado la guerra del Líbano. Los quirófanos estaban desbordados. Pasaba días enteros operando sin salir del quirófano

¿Cuál es su posición ante una posible intervención militar?

No va a ayudar a nadie. Sólo quieren despojar a mi país de las armas químicas y dejarla indefensa ante las bombas atómicas de Israel. Todo está organizado desde el exterior. El régimen con más intereses en Siria es Irán, de mayoría chiíta; así pueden controlar con mano dura a los sunitas. (Siria posee una población de 20 millones de habitantes. El sunismo es el grupo mayoritario. En el país también conviven drusos, alawitas, chiítas, asirios, armenios, turcos, kurdos y palestinos).

¿Regresarán algún día?

La guerra no va a terminar pronto. Entrarán en juego venganzas personales y cuentas pendientes. Mi ciudad está arrasada y mi casa ocupada, seguramente por algún francotirador. Nada va a ser igual. Lo que daría por vivir como antes de la guerra, aunque sea sin democracia... (Ahmed cierra los ojos y respira hondo. Anochece).

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