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Una epidemia invisible


Sucede de puertas para dentro. A diario. En silencio. Una realidad imperceptible, oculta, de consecuencias imprevisibles, a veces mortales. La llaman 'pobreza enrgética'. Una etiqueta más bien desconocida, que se aloja principalmente en los hogares de los desempleados y pensionistas, y que provoca en España más muertes que los accidentes de tráfico. Según un estudio de 2012 elaborado por la Asociación de Ciencias Ambientales (ACA) el 12% de los hogares españoles se encuentran en situación de pobreza energética. En marzo de 2012, Sergio Tirado Herrero, director de este estudio, la calificó de "epidemia invisible", que se vive de "puertas para adentro", y de la que no hay cifras reales, sino estimaciones.



 
 La Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística (INE) rubricaba ese mismo año el trabajo de la ACA. "Al menos tres millones de hogares no consiguen alcanzar en todo el país una temperatura cálida", afirmaban, registrando las situaciones más graves en Murcia y en Andalucía. "Navarra es la segunda que más empeoró, con un 7,7%", precisaban.
Ante esta realidad, el Parlamento de Navarra se ha visto obligado a aprobar dos mociones presentadas por I-E y por el PSN en las que instan al Gobierno foral a elaborar un plan de prevención y luchar contra esta realidad. Se propone una tregua invernal durante la cual los suministradores no puedan cortar el servicio de luz, gas y agua por impago a las familias más desfavorecidas, circunstancia que tendría que estar acreditada por los servicios sociales. Se considera que un hogar se encuentra en pobreza energética cuando es incapaz de pagar la energía suficiente para satisfacer sus necesidades, o cuando tiene que destinar más de un 10% de sus ingresos a pagar esa energía.
En los últimos cinco años, el número de hogares que pasa frío en la Comunidad foral se ha multiplicado por dos: alrededor de 19.000 (7,7%) no mantienen la temperatura lo suficientemente cálida. Cáritas ha duplicado las ayudas para poder sufragar los recibos.
La Comisión Europea resume en tres puntos las causas: la pobreza económica (la principal), la antigüedad de las viviendas y la ausencia de calefacción central. El mal aislamiento y la humedad son los principales elementos que suelen acompañar una casa antigua. Estos condicionantes provocan que los inquilinos intenten calentar sus viviendas utilizando otros sistemas, como una estufa de petróleo, o, en el caso más extremo, renunciar a calentarla.
Hace una semana, Cruz Roja recordaba y alertaba del mismo problema. En un informe reflejaba que entre los usuarios atendidos en sus programas, el 33% de las personas mayores de 60 años no ponen la calefacción y que cuatro de cada diez familias sufren esa ' pobreza energética'. Esta organización también coincide con la Comisión Europea al señalar al encarecimiento de los precios de la energía y a la reducción de los ingresos y ayudas como causas principales. "Ahora con la bajada de las temperaturas se complica el impacto en la salud, ya que el frío y la humedad permanente en un hogar pueden derivar en serios problemas respiratorios como asma o bronquitis", avisan.

Echavacoiz, epicentro de la pobreza energética
Un ejemplo claro de pobreza energética en Navarra lo encarna el barrio pamplonés de Echavacoiz, en la periferia. Pasear por sus recodos, conversar con su gente, es suficiente para comprobar el agotamiento y su desgaste. No hay datos que atestigüen esta realidad y la unidad de barrio correspondiente evita analizar la situación.
Sin embargo, desde el Centro de Salud detallan que el 50% de adultos atendidos lo son por problemas respiratorios, 40 personas al día, y que en pediatría este porcentaje se eleva hasta un 80%. Una de las doctoras considera que el origen de las afecciones vienen enmarcadas por la época invernal. "No sabemos si los pacientes han dejado de usar la calefacción, no lo dicen abiertamente", suscribe. Lo que sí han apreciado -subraya con preocupación- es el aumento de una "alimentación inadecuada". Evitan pronunciar malnutrición. "Más bien es mala alimentación. Han dejado de comer productos frescos y se alimentan de pasta y patata", manifiesta.
En septiembre de 2012, en un encuentro vecinal, el propio alcalde de Pamplona, Enrique Maya, calificaba a este barrio de "especial", por ser "el que más problemas tiene". Sus palabras, que se escucharon en la asociación de jubilados y pensionista El Pilar, en el Grupo Urdanoz, vinieron seguidas de un torrente de respuestas. Uno de los vecinos profirió: "Es el peor de la ciudad". Precisamente es en este arrabal "especial", antaño barrio obrero y hoy epicentro del desempleo, donde la necesidad y las carencias de políticas sociales se han cronificado por los recortes.
"Me han cortado el gas"
Sentada en la marquesina del Grupo Urdanoz -barriada de más de 400 viviendas-, Juana Branco Paniagua, de 31 años, camarera en paro desde agosto, cuenta mientras espera la villavesa que hace siete meses le cortaron el gas por no poder pagarlo. "Era la hipoteca o la calefacción...", responde afligida, porque en abril se le termina el subsidio. "Con facturas de 80 euros al mes y una hipoteca de 647 no se puede con todo el gasto". Gracias a sus padres, que viven cerca, consigue aliviar el frío del invierno. "¿Duchar? Caliento agua caliente en la vitrocerámica o me ducho en casa de mis padres", en su rostro se percibe un cierto sonrojo.
Cerca de la marquesina, Santiago Espinosa López, pensionista de 75 años, enfermo de artrosis, reuma y osteosporosis, espera a su mujer, Concepción Gómez, de 65. Espinosa reconoce que se han visto obligados a limitar el consumo por el alto coste de las tarifas y el pago de los medicamentos. En la puerta del bar Churruca, al otro lado de la calle, frente a la unidad de barrio, Jesús Linares Garvin, de 52 años (parado desde hace tres) también tiene que elegir entre encender la calefacción o pagar la hipoteca. Y José Antonio Langarita, de 50 años (dos en paro) conecta el gas "en momentos puntuales".

 
El porcentaje de víctimas por la pobreza energética sigue creciendo debido a la caída en los ingresos familiares y al aumento constante en las tarifas energéticas, sobre todo de la electricidad, que ha subido a principios de este año. Desde 2007 se ha disparado un 50%. Los colectivos más vulnerables lo conforman: ancianos, menores e inmigrantes. Vivir con una temperatura inferior de 21 grados puede generar enfermedades respiratorias y cardiovasculares. El geriatra navarro Juan Luis Guijarro se refería sobre ello en este periódico el sábado pasado. "El 62% de las personas mayores en España no tiene calefacción y el 25% no la tiene de ningún tipo", explicaba.
Joaquín Larrea Zuasti, pensionista de 63 años, asegura que "para ahorrar" se ducha con agua caliente en la piscina municipal. A Fernando Clavería Amador, de 45 años y en el paro, le cortaron el gas hace cinco años. Rafael López Ude, de 77 años, y su esposa, Benita Pozo, de 73, confiesan entre risas que pasan la mayor parte del día en el club de jubilados. "En casa te quedas helado", esgrime López. "Y eso que el piso es pequeño y se calienta rápido, pero nunca hemos podido abusar de la calefacción", agregan.
En el caso de sus vecinos de bloque, Rosa Albiz González, de 35 años, y su marido, padres de un niño de 5, las circunstancias son diferentes. Aunque los dos trabajan, ponen la calefacción "lo justo", normalmente a partir de las siete de la tarde. "Y la apagamos para acostarnos", apostilla. Si se encuentran en el sofá viendo la televisión prefieren aguantar con una manta.

"Mamá, hace frío en casa"La silueta de los tejados y chimeneas humeantes de Pamplona vistos al atardecer desde la colina de San Lucía, donde la nueva cárcel, se asemeja a un lienzo de Thomas Kinkade. Bocanadas de humo blanco salpicando el cielo borrascoso. Brochas finas diluyéndose con el contacto del negro y el aguanieve. Una escena de cuento. Desde esta atalaya, se distingue Barañáin al contraluz. Lo que no se aprecia es Echavacoiz, que duerme a sus pies.

Todos los días, a las cuatro y media de la tarde, una congoleña de 32 años empuja la silleta de su bebé para recoger a su hijo mayor de 3 años en el colegio. Casada y madre de dos niños, B. reside en un piso de alquiler de construcción antigua frente a la universidad. Paga 450 euros sin gastos. La vivienda, sin ascensor y calefacción central, la caldea habitación por habitación con butano y un calefactor eléctrico que acaba de comprar. Pero ya no les llega. Cada bombona cuesta 17,50 euros. Tanto ella como su marido están en el paro. El único ingreso proviene de un subsidio de 426 euros que percibe él. "Tengo ganas de vivir en una casa con calefacción central", espeta, encogiéndose de hombros. Es su sueño. "Los niños notan el frío. El mayor tiene constantemente problemas respiratorios".
En un castellano perfecto que ha aprendido después de cinco años en Navarra, dice comprender el significado de 'pobreza energética'. "Claro que sé lo qué significa", esgrime, entornando los ojos. El sol le deslumbra, encendiendo en naranja los rostros. Un enorme arcoíris surge y abraza la ciudad. Ajena a este guiño, B. atraviesa el patio del colegio. Una bufanda negra le protege. Sonríe al sentir la tibieza de los últimos rayos. Está tranquila. Antes de salir de casa ha dejado conectado el calefactor eléctrico. "Por la mañanas, al levantarnos , y por las tardes, al volver del colegio, es cuando más frío se nota". Cubierto con gorro y bufanda amarilla, su pequeño sale a todo correr del centro. De manera automática, con un movimiento ágil, lo sienta en lo alto del carro. Inician el camino de vuelta.
Ya en casa, el frío se nota nada más subir las escaleras. Dentro de la vivienda, se siente un segundo bofetón. No hay diferencia con el exterior. Al entrar al comedor... placidez. Ríen.



La cupela del Churruca

En otro rincón de Echavacoiz, más o menos a las doce del mediodía, un grupo de jubilados y desempleados de Urdanoz matan el tiempo en la puerta del bar Churruca. Una cupela de madera a la entrada les sirve de punto de encuentro. En una cadena de miradas bajas, Jesús Linares Garvín, de 52 años, uno de los asiduos a este cónclave, cobra una ayuda de 426 euros, con la que paga una hipoteca de 350. "Voy tirando. He tenido que recortar en todo desde que me quedé en el paro hace tres años. No pongo la calefacción, si lo hago me embargan el piso", sonríe de impotencia este antiguo encofrador. "El frío es terrible, se mete en los huesos y no hay quien lo saque". Soltero y sin hijos, relata que para combatir las bajas temperaturas cierra todas las persianas. "Durante el día normalmente estoy con mi hermano y por las noches en la mía", añade.
Otro de los habituales es José Antonio Langarita, de 50 años ( dos en paro), también ha tenido que reducir el consumo. Paga 420 euros de electricidad y cobra 800 del paro. En abril se le termina. "No sé qué haré...", suspira. "He tenido un infarto y tampoco puedo trabajar en cualquier cosa. No puedo hacer muchos esfuerzos", apostilla levantando la cabeza del suelo y mirando alrededor. "Este lugar ha dejado de ser un barrio obrero. Ahora está lleno de parados...". En el mismo corro, junto a la cupela de madera, se encuentran Fernando Clavería Amador, de 45 años, y Joaquín Larrea Zuasti, de 63. El primero, en el paro, le cortaron el gas hace cinco años. Tampoco puede pagar una bombona de butano a la semana. Así que no le queda más remedio que aguantar. Con una pensión de 672 euros, alterna el gas con una pequeña estufa eléctrica. "El gas para cocinar y la estufa para calentarme," ríe. "Me ducho en la piscina...", vuelve a reír. Comienza a llover. Llueve sobre mojado. Sonrisas de impotencia jalonan jornadas "demasiado largas". Es miércoles, 22 de enero de 2014.

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