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Coltán, teléfonos de sangre

De color azul metálico, coltán es una palabra formada por la abreviatura de columbita y tantanlita. Un valiosísimo mineral del que se extrae el tantalio, un componente que presenta una gran resistencia al calor y pripiedades eléctricas. En la  actualidad, República Democrática del Congo posee cerca del 80% de las reservas mundiales estimadas. La exportación de este componente ha financiado un conflicto que ha dejado ya cuatro millones de muertos. Ruanda y Ugada exportan coltán robado en el Congo a diversos países, donde se utiliza en la fabricación de elementos de alta tecnología imprescindibles para teléfonos móviles, reproductores de DVD, consolas de videojuegos, ordenadores personales, estaciones espaciales, naves tripuladas que se lanzan al espacio y armas teledirigidas.
J AMBO, jambo bwana, habari gani, mzuri sana, wageni, mwakaribishwa, kenya yetu, hakuna matata, kenya nchi nzuri, hakuna matata...”. Animados por el acordeón del jesuita Paulo Welter, los 70 niños de la guerra encarcelados en un módulo de la prisión de Goma jalean al unísono -en suajili- la famosa canción compuesta por el keniata Teddy Kalanda. Sus voces estremecen entre los altos muros de piedra y alambre de espino. Welter sonríe. Es consciente de que acaba de despojarles, al menos por unos minutos, de la gruesa soga de la rutina. Algunos llevan hasta cinco años sin salir. Sin recibir formación. Son tan jóvenes. Los hay de 10 años. Se les acusa de haber cometido violaciones.
El centro es pequeño. La estructura la conforma un patio interior de unos 20 metros cuadrados. En medio, una alberca de plástico recoge el agua de lluvia que usan para beber y lavarse. Duermen hacinados sobre unos finos colchones. En el suelo. En dos barracones sin luz eléctrica. Al patio se accede desde la calle por una puerta de hierro del que cuelga un gran candado. Un hombre custodia la entrada sin demasiado interés, sentado frente a una mesa completamente vacía. Los menores no esperan la visita. Al abrir el candado y entornar la puerta, la escena sobrecoge. “¡Son niños!”. La exclamación arrolla igual que un tren a toda velocidad. Juegan. Conversan. Es curioso. Algunos, los más pequeños, visten con camisetas blancas estampadas con las 12 estrellas amarillas de la Unión Europea sobre fondo azul. También se distingue el nombre de la ONG británica War child (dedicada a ayudar a los niños que sufren los efectos de la guerra) y una frase escrita en francés: “La violencia sexual constituye un desafío a la dignidad humana”. El director del centro deja claro desde un primer momento que este lugar es un centro de rehabilitación para menores y no una cárcel. “Están aquí por violaciones o agresiones sexuales”, afirma con vehemencia.
Presuntas violaciones que cometieron -en muchos de los casos- porque un día no muy lejano formaron parte de grupos rebeldes. Empuñaron el fusil de asalto AK-47, violaron, mataron y saquearon en nombre de la milicia y de un mineral llamado coltán (formado por la combinación de dos elementos: columbio y tantalio), un superconductor que las multinacionales occidentales comercializa en Ruanda principalmente a través de intermediarios.
Hace días que los niños de la guerra de la cárcel de Goma no comen en condiciones. “Necesitamos comida”, urge el director del centro. A Welter le acompaña el abogado del JRS (Servicio Jesuita a Refugiado) Joseph Mbarazi. “Todos son menores de 18 años”, confirma Mbarazi, y algunos llevan encarcelados cuatro y cinco años por agresiones sexuales que no se han demostrado. Según el abogado, no reciben formación. Algo que desmiente el director, quien dice que sí la obtienen



Violaciones y minerales
Gracias al coltán se fabrican aparatos de última tecnología como teléfonos móviles, microchips, videojuegos, baterías, armamento, estaciones espaciales, etc. Mientras las mafias internacionales y los contrabandistas se enriquecen con su extracción y comercio, los mineros congoleños trabajan en condiciones de esclavitud, vigilados por fuerzas paramilitares. Miles de niños y los propios maestros abandonan las escuelas para trabajar en las minas y ganar algo de dinero. Por término medio un congoleño cobra 10 dólares mensuales en otros trabajos. Y en las minas, obteniendo un kilogramo de coltán al día, puede llegar a los 50 dólares semanales. El mineral puede alcanzar 500 dólares por kilogramo. Con este dinero, las milicias obtienen los fondos necesarios para financiar sus armas, y, por lo tanto, la guerra.
Niños de guerra. Violaciones. Desplazados: 107.911 sobreviven en cinco campos alrededor de Goma. Hambrunas... Congo sufre desde hace 15 años un conflicto enquistado por el control de sus yacimientos que ha dejado entre tres y cinco millones de muertos. Sólo en 2013 un millón de personas tuvieron que abandonar sus tierras. Se dice de este país que es el peor lugar del mundo para vivir si eres mujer. Las violaciones masivas son utilizadas sistemáticamente como arma de guerra. Más de cien mil al año.
Con un territorio mayor que el de España, Francia, Alemania, Suecia y Noruega juntas, República Democrática de Congo es el segundo país más vasto del continente africano y el más pobre del mundo, según el programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Se estima que hay cerca de once millones de afectados por la guerra. Odios étnicos por el control de las tierras e importantes intereses económicos de Europa, Asia y América han convertido la zona de los Grandes Lagos en una permanente violación de los derechos humanos.
Un informe elaborado por Naciones Unidas revela que el año pasado se sacaron de la región más de 400 millones de dólares sólo en oro. Naciones Unidas documenta en 276 páginas que el contrabando de minerales como el estaño, el coltán y el tungsteno sirven para financiar a los grupos rebeldes, socavando el crecimiento económico del país.
Congo representa un 20% de la producción mundial de coltán . Se calcula que sus reservas suponen un 88% . El informe sostiene que las milicias locales apoyadas por Uganda, Ruanda y multinacionales mineras reciben suministros de alimentos, dinero y equipamiento militar a cambio de los minerales de contrabando. Y recomienda al Consejo de Seguridad que imponga sanciones por su explotación sistemática. No queda sin culpa el propio gobierno congoleño ya que elementos de su ejército estarían jugando un papel clave en el desarrollo de las operaciones ilegales. La voluntad política de la capital, Kinshasa, podría ser determinante para acabar con el comercio ilegal. En 2010, el presidente, Joseph Kabila, prohibió la minería en gran parte del este del país para acabar con la relación entre conflictos bélicos y minerales, pero la medida nunca llegó a aplicarse. Se estima que hasta 20 millones de personas de Congo, Uganda, Ruanda, e incluso en Kenia, dependen de la extracción ilegal.
Si en 2010, Naciones Unidas aseguraba que en la zona casi todas las minas estaban controladas por grupos militares, en la actualidad, según otro estudio, éste realizado por The Enough Project ( grupo de presión pro derechos humanos con sede en Washington fundado por expertos africanos), dos terceras partes de las minas del este del Congo de estaño, tantalio (refinado del coltán ) y tungsteno ya no están controladas por los grupos armados o el propio ejército congoleño.
La revista Mundo negro detalla que los programas de auditoría realizados por la industria y las reformas emprendidas por los gobiernos africanos han hecho que para los grupos armados sea menos viable económicamente mantener su control. “Los minerales que no han pasado por un programa de validación que garantice su limpieza consiguen venderse ahora entre un 30% y un 60% menos que los que sí lo han hecho”, dice la publicación.
Si nuestros teléfonos contienen minerales que financian las guerras, ¿por qué nadie ha hecho nada al respecto? La ONG navarra Alboan investiga desde hace años la relación entre los minerales y los conflictos armados en la región. “No tenemos forma de saber si los minerales que contienen nuestros móviles provienen de zonas en conflicto y si están financiándolo. Lo que sí sabemos es que entre el 60 y el 80% de las reservas mundiales se encuentran en Congo, y que hay una vinculación directa entre la financiación del conflicto y de los minerales ”, indican. “Actualmente no tenemos una legislación para sacar los minerales en conflicto de nuestros productos en Europa, aunque hay una propuesta de borrador que a nuestro entender es muy débil y no garantizaría que en nuestros aparatos no hubiera minerales que hayan servido para financiar el conflicto”, agregan. En definitiva, lo que solicitan desde Alboan es que las empresas comiencen a conocer de dónde vienen los minerales para que después se pueda decidir a la hora de comprar.
Una vez procesado y fundido, el coltán se incorpora a las grandes compañías a través de las cadenas de aprovisionamiento que operan a nivel mundial. De este modo, se introducen en los procesos de fabricación de bienes y equipos y acaban en las manos de cualquiera cuando compran un teléfono móvil. Por todo ello, para sensibilizar de este problema que atañe a todos, la ONG lanza la campaña Tecnología libre de Conflicto para asegurar unas condiciones de vida digna para las personas cuya única fuente de ingresos es la extracción. “Tenemos derecho a exigir que se nos garantice que los productos que adquirimos no incorporan minerales que financian conflictos. La vida de muchas personas está en juego”, advierten, subrayando la “imperiosa” necesidad de regular el comercio internacional de estos minerales.
Viaje al corazón del coltánHasta el epicentro del coltán , al este de Congo, en Kivu Norte, viajó hace dos semanas Diario de Navarra para acompañar a Marcos Ibáñez -responsable de cooperación internacional de Alboan en África- y a la abogada de la organización Jesuit European Social Centre (JESC), Emmanuelle Devuyst. Una semana en el que los combates entre el ejército congoleño y el ruandés se recrudecieron en la frontera y en la que un grupo rebelde provocó una masacre de 34 muertos: todos mujeres y niños.
El vuelo, Bruselas-Kigali (Ruanda), despega a las 10.15 horas de la mañana y aterriza puntual a la 19.15 horas. Ha anochecido. En la aduana, la policía revisa el equipaje con la única obsesión de comprobar si se lleva plástico, un material prohibido en el país. El responsable de Alboan recomienda evitar pronunciar en público las palabras tutsi o hutu y así evitar problemas. Nadie habla de ello. “Sólo decir esas palabras puedes ir a la cárcel. Es preferible no hablar de política”, aclara.
En las calles de Kigali se respira un auge económico que sorprende. Orden. Limpieza. Grandes edificios. Empresas americanas, inglesas y chinas se han hecho con el país. Y se nota. La llamada Suiza de África crece a un ritmo del 8%, pero su población también lo hace, peligrosamente. En un país de unos 15 millones de habitantes del tamaño de Galicia, el equilibrio poblacional se ha convertido en una olla a presión. Se teme que las matanzas de la primavera de hace 20 años, en la que durante cien días murieron asesinadas cerca de un millón de personas, puedan desencadenarse.
Al día siguiente partimos hacia la frontera en un todoterreno conducido por un conductor local del JRS (Servicio Jesuita a Refugiado). El trayecto, de unas tres horas, discurre por un exclusivo paisaje de colinas verdes y cultivos de alubias, patatas, sorgo y zanahorias. Carreteras asfaltadas en cuyos márgenes se distingue el color rosa de los buzos que emplean los prisioneros acusados por el genocidio, que realizan tareas medioambientales. Los postes eléctricos, a medio instalar, acompañan a lo largo de la ruta. El porcentaje electrificado en todo el territorio apenas cubre un 17%. Aunque se prevé que para el 2017 sea de un 70% del total.
Al otro lado de la frontera, ya en Congo, espera el jesuita Paulo Welter, director en funciones del JRS en la región. Natural de Brasil, sus ojos azules y facciones claras le conceden un aire más europeo que carioca.
Un portón azul con las iniciales del JRS en la puerta da la bienvenida. Hay un vigilante y una torreta de seguridad. Los muros están reforzados con alambrada. El aeropuerto queda cerca. Hace algo más de un año un avión Fokker sufría un accidente y caía en el jardín de la casa. “Murieron siete personas y al único superviviente le encontraron mucho dinero encima”, rememora el jesuita. Precisamente el rugido de uno de estos aviones de turbohélice irrumpe. “Pasan dos veces al día y estoy seguro de que son los que traen el coltán de las montañas...”, comenta con la mirada en el cielo. Paulo invita a acomodarse en las habitaciones. Hay agua caliente. Todo un lujo. Pero a las diez se corta la luz. “Congo es un lugar complicado. Ahora está en calma pero el pánico puede llegar en cualquier momento...”. Hace dos años el fuego de mortero y los bombardeos de los helicópteros congoleños sobre posiciones rebeldes se escuchaban muy cerca de la casa del JRS. Antes de acostarse, recomienda precaución en Rubaya. “No es buena idea que vayáis...”.
Goma-mina de RubayaEnclavada en la primera línea del conflicto, Goma es una ciudad amenazada permanentemente por los desastres naturales y por la violencia del hombre. La presencia de las Naciones Unidas en Congo es de la más importantes que tiene el organismo en el mundo. La misión de mantenimiento de la paz, Monusco, dispone de 19.000 efectivos militares y de una enorme burocracia de funcionarios internacionales, con un costo de más de 1000 millones de dólares anuales. Ha fracasado en mantener la paz o en estabilizar el país. Las tropas de Naciones Unidas se han resistido a intervenir aún cuando ocurrían atrocidades ante su presencia.
En Congo la distancia no se mide en kilómetros sino en tiempo. Sólo el viaje de ida a la explotación minera de Rubaya, a unos 70 kilómetros, cuesta tres horas en todoterreno. No se puede acceder en coche. Antes de partir, visita fugaz al presidente de la Federación de Minas, quien ruega que se haga incidencia política en Europa sobre el tema de los minerales, y previene: “Los grupos armados viven en las montañas y son los que realmente controlan las minas...”. Las palabras del jesuita, la noche anterior, caen a plomo.
Ya en ruta, el 4X4 hace lo que puede para salvar los socavones. El baqueteo es continuo. La vía, de tierra rojiza, contrasta con un paisaje idílico de ganaderos tutsis pastoreando. Tierra fértil como pocas. Las nubes de polvo de los vehículos envuelven los cuerpos retorcidos de mujeres y niños sobrecargados. Los controles de policías y militares se suceden a las entradas de cada pueblo. A los vehículos de ayuda humanitaria les dejan paso. A los privados los detienen en busca de una recompensa. Soldados de Naciones Unidas procedentes de Uruguay, Sudáfrica y Paquistán patrullan de forma testimonial permitiendo los pillajes del ejército regular congoleño y las matanzas de los grupos rebeldes. A la inseguridad se suma el problema de la falta de cobro de las nóminas del ejército regular congoleño, y el alcoholismo. Una adición que golpea seriamente a hombres y mujeres, sobre todo a las comunidades mineras.
Un hormiguero gigante
La mina se ubica en la cima de una montaña abierta en canal. Una lengua rojiza a la que sólo se puede acceder a pie o en moto. El ascenso es peligroso. Al remontar la ladera, la vista del valle se presenta espectacular. Al fondo se distinguen Rubaya y un campo de desplazados por la guerra. Una extensa sábana de plásticos protege las cabañas de adobe y bambú, donde viven familias enteras. De aquí proceden la mayoría de los 5.000 mineros. Alrededor de los minerales se ha generado también un negocio paralelo de alcohol y prostitución.
La mina parece un hormiguero gigante. Se trabaja en régimen de semiesclavitud. De sol a sol. Los siete días de la semana. Dicen que ganan lo justo para comer. El mineral se extrae simultáneamente de la superficie y del subsuelo. De profundas galerías. A oscuras. Un suicidio. Las lluvias provocan que tarde o temprano se desmoronen. Dentro falta el aire. Una intensa concentración de gas y alcohol -mezcla explosiva- asfixia. Las últimas tormentas han dejado el suelo resbaladizo. Es difícil mantener el equilibrio. Los trabajadores ríen al descubrir a un “muzungu” (blanco). A las cinco de la tarde, con los últimos coletazos de luz, los mineros salen de sus madrigueras. Y la cruda realidad emerge deslumbrando: como en la cárcel de Goma, hay niños. Y eso que esta cooperativa presume de ser la única, de las 13 existentes en todo Kivu, de trabajar bajo el sello que se certifica que no se violan los derechos humanos.






























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