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Diario de un Mago de Oriente



(Manuscrito del Rey Melchor) 

“Quedan pocas horas para llegar. Descansamos esta noche en un castillo abandonado de Navarra en el que nos refugiamos antes de llegar a vuestras casas. Hemos cenado una sopa de ajo que hace Gaspar y unas chuletillas de cordero asadas en sarmiento, de las que me he encargado yo. Baltasar ha preparado un postre de flan con miel. Luego hemos tomado un té de hierba buena. Las dromedarias, alojadas entre los muros, toman hojas, ramas, hierbas y agua.

Hemos cenado juntos, a pocas horas de volver a veros y de que nuestros ayudantes de allí nos vistan con los trajes que nos guardan año tras año. Hemos recordado el largo viaje y momentos como en el que Baltasar casi se cae de la dromedaria por hacer cosas raras, como siempre, y se ha enfadado porque nos hemos reído de él. Pero, sobre todo, cenando nos hemos mirado con la emoción de que mañana estaremos con vosotros, con todos, en las calles, en las casas, en vuestros sueños… y mantendremos el secreto que cada noche del cinco de enero hace volar nuestros pensamientos. Nuestros pajes, discretos, se sientan a la mesa con nosotros escuchándonos divertidos, tranquilos, esperando también la entrada en vuestras calles. Al terminar, los pajes se han marchado a acostarse cerca de las dromedarias… por si necesitan sus cuidados.

Yo estoy despierto, sin poder dormir porque se acerca la noche más intensa del año. Baltasar, que es el más joven e incontrolable, está ya roncando; no hay manera con él. No para en todo el día… no me extraña que se agote. Mañana, ya veréis, no estará quieto y miedo me da que un año se caiga desde la barandilla de su carroza. Gaspar, el más metódico y razonable, duerme siempre toda la noche de un tirón con una sonrisa dibujada en su cara. Y yo, el más viejo, gasto las noches en pensar, en mirar al cielo y ver cómo ríen las estrellas. Me cuesta conciliar el sueño… es cuestión de los años, sin duda también, pero sobre todo es porque cada enero –y tengo 2.068 años- es una noche nueva la del día cinco.

Estoy nervioso, inquieto porque mañana os volveré a ver, os lanzaré besos, trataré de abrazaros a todos; abriré mis brazos tratando de cogeros de una vez, sin dejar a nadie sin sentirlo. Al menos habrá unos segundos en que mis ojos se cruzarán con los tuyos porque no pienso dejar a nadie sin que sienta, al menos, la magia de nuestra mirada. Serán segundos suficientes para ver la alegría y reír y sonreír desde el hondón del alma de las personas buenas.

Yo, Melchor, el viejo, estoy escribiendo lo que siento cada año al llegar a vuestras calles. Los tres magos nos encontramos, cada cinco de enero, con pequeños que se hacen grandes y ancianos que lloran como niños en la última estación de la vida porque saben que el tren de la magia no les va a fallar en su llegada; besos de andén, profundos, abrazos llenos de ilusión que jamás, jamás, han faltado. Son corazones llenos de esperanza que sueñan, siempre, con un futuro, con otra noche de ilusión.

Es el momento en el que nuestros corazones de magos se vuelven más humanos que nunca, metiendo ruido, mucho ruido, tanto como el sonido de las calles plagadas de gargantas afónicas, de grandes ojos que colorean y hacen sonreír a la intensidad del invierno en unas calles que se mueven desde dentro; es como si un solo corazón latiera fuerte, acompasado, repitiendo la partitura que nunca falla. Y más tarde, en el abismo del silencio, os diré a todos que a todos llegaremos en esa noche, que eso es la magia y nuestro compromiso con vosotros. Y entonces también diré, a niños y mayores, que miren al cielo antes de acostarse, que busquen su estrella en el campo de luces de la noche y la cuiden; que tal vez la elegida fuera una estrella como otras muchas pero que desde que la hicisteis vuestra, es una estrella única. Hay una para cada uno. Mirad esta noche al cielo, buscadla, reconocedla, miradla y cuidadla; ella os iluminará con la Esperanza que necesitamos para vivir. Os digo, siempre, que el mejor regalo es lo que te hace feliz, a ti y a los tuyos, a los que te rodean, con los que convives; que hay regalos que no se tocan, que se sienten, que te llenan, que te arden por dentro.

Nos guiamos por las estrellas para llegar a cada hogar y poder repartir todos los regalos. Y no todas las peticiones son caprichos materiales; también nos piden sueños y deseos. ¿Cómo conseguimos llegar a cada casa? Eso es la Magia que utilizamos cada año. Pero no sabéis la impotencia que puede llegar a sentir un Rey Mago cuando no sabe qué hacer con algunos deseos y la magia tampoco llega hasta ellos; entonces contamos con la colaboración del Niño Jesús para poder atender a todos y cada uno de vosotros. El Niño es nuestro gran aliado… ¡qué habríamos hecho muchas veces sin él!

¿Sabéis una cosa? Nosotros también sentimos y, por muy grandes, reyes y magos que nos veáis, nuestro corazón también se encoge y hay ocasiones, cuando nos encontramos con vosotros, en que podemos llegar a soltar alguna lágrima. ¡No hay cosa más hermosa que escucharos, que oír las peticiones que más deseáis! Aquello que perseguís y que esperáis a nuestra llegada para pedirlo con todas vuestras fuerzas.

Recuerdo a niños que no pedían regalos sino poder estar más tiempo con sus padres; niños pequeños que, con grandes ojos llenos de ilusión, nos piden que sus padres les achuchen, les besen, les abracen, les acaricien más, más y más; niños que piden un amor sin medida y que –seguramente sin saberlo- notan que sin ese cariño extremo de los más cercanos no podrán crecer ni madurar. ¡Padres, madres, abuelos, abuelas, tíos, tías…! Os necesitan a su lado, necesitan el cuento y el beso cada noche, el abrazo al despertar, oír vuestra voz cada día, que juguéis con ellos, que os inventéis lo inimaginable y se lo contéis como una nueva historia; sabemos que el actual ritmo de vida no facilita el tiempo en familia pero… haced el esfuerzo, disfrazaros de monstruos y coméroslos a besos, doblarlos con cosquillas… al menos debéis cumplir con vuestra obligación de educadores, unas de las más importantes y bonitas de este mundo. No podéis imaginaros con qué ansia nos lo piden muchos niños, lejos de pensar en juguetes y otros caprichos.

Recuerdo también a un anciano de un asilo -se llamaba Reinaldo- cómo con una corona de cartón
sobre su cabeza me acercó una carta estirando su brazo, tembloroso, mientras en sus labios pude entender mi nombre ya que apenas tenía voz. Me acerque, asombrado de que una persona tan mayor hubiera escrito una carta a los Reyes Magos. Le abracé y le besé; estaba llorando. Le dije que cogía su carta y que le prestaría especial atención. Él se emocionó y sonrió. A su lado, de pie, estaba su hija. Más tarde leí la carta y entonces fui consciente de que ni los Reyes Magos tienen la magia suficiente como para cumplir con todas las peticiones si no cuentan con el Niño Dios en su equipo. Me preocupó que no pudiera cumplir el deseo que aquél anciano creía que ‘yo’ podía concederle. Pensé mucho aquella madrugada en ello. ¿Cómo podía ser posible aquello? ¿Por qué me tocó a mí? Ni magia ni nada, aquella carta, que tanta alegría le dio al anciano habérmela entregado, me partió el corazón… pero luego comprendí que aquél hombre estaba lleno de amor; cansado de la vida, pero lleno de amor. El Niño me ayudó y el deseo, el secreto entre Reinaldo y yo, se cumplió.

Así son estas noches. No hay mayor error que pensar que esta noche maravillosa, llena de anhelo desbordado, solo es una historia para niños. Qué va, por favor. Todos tenéis vuestro secreto el cinco de enero, vuestra ilusión, vuestro misterio. Romper el sueño no te hace ser mayor, qué va; tal vez te hará más viejo, pero no mayor. Siempre, en la soledad de la madrugada de sueños imposibles, nos buscarás… y estaremos ahí, no te fallaremos. Y compartirás con tus pequeños nuestro secreto y eso te hará niño nuevamente, con la mirada limpia y llena de felicidad.

Esta ilusión nació en las estrellas, que nos guiaron hasta el pesebre allá en el año cero. La verdadera ilusión solo la pueden sentir quienes limpiamente pueden mirar las estrellas y mantener la mirada buscando la suya. Allí, en al campo de luces están nuestros sueños. Es tarde ya; tendré que acostarme. Pero antes, como cada año, miro al sureste y busco la constelación de Orion; allí en el medio, en lo que los astrónomos llamamos el Cinturón del Cazador, están las tres estrellas, juntas y casi en línea, que más brillan en esta noche y que se llaman Alnitak, Alnilam y Mintaka… pero que popularmente les llamamos ‘los Tres Reyes Magos’. Búscalas; es fácil encontrarlas.

Con esta imagen y la de vuestras caras de felicidad con ojos luminosos que mañana volveré a ver, termino este diario. No abandones nuestro secreto, no rompas la magia; qué inmensa es la belleza de nuestros pensamientos… y si crees que puedes demostrar lo contrario… prueba.

Con el cariño de siempre, el rey Melchor”.


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