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Pueblos en silencio




La noche más cerrada se aloja en lo alto de una colina del Almiradío de Navascués. Aquí, en el pueblo de Aspurz, a siete kilómetros de Navascués y sesenta de Pamplona, en un enclave singular con vistas a la Selva de Irati, viven 16 personas (12 hombres y 4 mujeres). Las farolas se apagan por ahorro a la una de la madrugada y se encienden a demanda. Todo el mundo sabe dónde están los pulsadores.
Las aguas del río Salazar bajan estos días más apocadas de lo habitual. “Hace un mes que no llueve”, dicen con preocupación. Para llegar a Aspurz, primero hay que desviarse y cruzar un estrecho puente. El punto de referencia es un edificio en ruinas. Una vieja posada que, en un tiempo no muy lejano, dio de comer los domingos a los habitantes de la zona.
Una pendiente de un kilómetro conduce directamente a la cresta. Cinco olivos dan la bienvenida en la entrada. Cerca del frontón, la única fuente ha dejado de refrescar. El lavadero también se encuentra seco. Un tablón de anuncios, en el lateral de la borda que guarece la pila, oferta un taller contra la ansiedad y unas vacaciones del Imserso. En la parte trasera, resalta el naranja de un solitario tobogán. Parece un trozo de papel pegado sobre la cartulina verde de un paisaje que ya no garantiza más madera. El viento sopla del norte. Su silbido se siente por rachas. El ladrido de tres perros pastor que deambulan entre las callejuelas empedradas y el canto de un gallo se entreveran con la brisa.
A las cinco de la tarde, hora de la siesta, el corazón de Aspurz deja de latir. Las macetas con geranios rojos constituyen el único vestigio de vida. También huele a rosas. La corriente del norte barre el perfume. No hay ni rastro de gente.
Junto al cementerio, en el extremo opuesto al depósito de agua y al lavadero, se encuentra la casa de los hermanos Iriarte -la última en deshabitarse- y la granja de José Antonio Braco Toño, alcalde presidente del concejo de Aspurz desde los años 90. El viento abofetea a su antojo la cancela oxidada del camposanto. El gemido modela un escenario bucólico. En la parcela se contabilizan 16 sepulturas, entre crucifijos y estelas, y dos árboles. “En abril enterramos a la última persona”, recuerda Toño. “Le faltaban seis días para cumplir cien años”.
De camino a su granja, el alcalde se detiene frente a la vivienda de los hermanos Iriarte. La pared frontal de la casa luce un blanco inmaculado. Parece recién encalada.  “Los tres hermanos viven ahora en una residencia, ha sido muy reciente”, aclara.  Unos estores de color verde ocultan el interior. Debe estar lleno de recuerdos, piensa el visitante. “Hasta que la techumbre se hunda sobre ellos. Así ha ocurrido otras veces”, observa Toño.  Un banco estratégicamente colocado busca la posición del sol. Alguien  ha dejado una cerámica con un calendario de 1998. Junto al banco, un letrero sigue alertando de la presencia de perro peligroso. La cadena está suelta y la caseta vacía.
La forma de vida la marcan la estación y los animales”. Al ganadero se le escapa una sonrisa. “Tengo 55 años y vivo sólo en casa, así que terminas haciendo las mismas cosas en distintas temporadas. Rutinas. Ahora, por ejemplo, me pillas cortando hierba. Al final te acostumbras”. Sus dedos juegan con un hierbajo. “Hay días en los que no ves a nadie. ¿Y si hay una emergencia? Pues llamas al 112... y a esperar”. En sus palabras se adivina un gesto de desasosiego. Un cernícalo vuela bajo.
Los vecinos del Almiradío confiesan sentirse desplazados. A la soledad se suma la falta de cobertura de servicios, de trabajo, de gente joven... “Estamos muy limitados”, confirma el alcalde. “En la zona no hay industria que atraiga a los más jóvenes. Y el turismo es estacional. Es más de puentes y de fines de semanas”.
Con apenas 14 años Toño ayudaba a su padre en las tareas del campo. “He oído hablar que en los años 40 había hasta superpoblación”, ríe, rememorando capítulos de su niñez. “En la escuela éramos  30 niños. También teníamos una panadería y una tienda de ultramarinos. De las once casas con ganado que he llegado a conocer, sólo quedan dos”, sonríe, nostálgico. “En Aspurz hemos vivido principalmente de la ganadería pero también de la madera de sierra (de pino), cuando entonces valía dinero”. Con un gesto cabizbajo deja traslucir cierto pesimismo. “No veo solución. No hay medios. No hay trabajo. ¿Cómo vas a repoblar, si los pocos que estamos nos queremos ir de aquí? La vida es dura... pero hay que seguir”. 

Interruptores en la calle
Para afrontar el ocaso poblacional que sufren los núcleos urbanos de esta parte del Pirineo (sirva como ejemplo la gráfica superior en el que se muestra cómo el municipio de Navascués ha perdido casi el 90% de su población desde 1900) los vecinos del concejo de Aspurz aprobaron en pleno hace 20 años reducir el coste energético de sus calles. Por ello, confeccionaron un servicio de iluminación a demanda. 
La idea surgió del hermano del alcalde. Y se materializó con 140.000 de las antiguas pesetas. En un día lo instalaron y en un año ahorraron la misma cantidad de dinero. “No entiendo por qué no vamos a gestionar el dinero público igual que en nuestras casas”, declara Toño. “¿Quién necesita luz en la calle a la una de la madrugada? ¿Acaso no las apagamos en nuestras casas?”. Al principio, el planteamiento de apagar las farolas a una hora, resultó  insólito. Hubo algún vecino que se opuso. Al final aceptaron por unanimidad. Algo inaudito. Una vez que se instalaron los 16 interruptores, uno por farola, Aspurz ya podía quedarse a oscuras. Y desde hace 20 años lo hace cada noche, de la una de la madrugada al amanecer. “Si alguien necesita iluminar un tramo, con que pulse el interruptor es suficiente. Prende 15 minutos”, aclara. “El problema no es la oscuridad sino la despoblación”.
 De los 16 habitantes empadronados, Petra Jiménez, de 85 años, y su hijo Carlos, de 47, configuran los dos extremos de la pirámide poblacional. Natural de Ruesta de Aragón, Petra cuenta que se casó con Demetrio –ya fallecido- con el que tuvo seis hijos, y que fue en 1959 cuando llegó al pueblo. Desde entonces vive en la misma casa con dos de sus hijos, a la vera del río Salazar. 
El cuidado de su familia, la casa y el trabajo en el campo han conformado los tres pilares de su día a día. No perdonaba los paseos. Muy de vez en cuando, en fechas señaladas, acudía a bailar con Demetrio. “Tenía 29 años”, recuerda tímida. “El pueblo era igual pero con más gente. Habría 32 casas abiertas y un ultramarinos”. Hoy los productos frescos llegan a Aspurz los sábados desde Jaurrieta e Izalzu. “Y el pan de Salvatierra de Esca”. Petra se ciñe el cinturón de la bata. “Al principio, al mirar arriba y ver el pueblo a oscuras, me daba mucho respeto y tristeza”. El viento del norte ha bajado de golpe la temperatura. Es hora de volver a casa. Petra se despide.

España, el país con mayor despoblación a nivel mundial
Los demógrafos aventuran que cada vez más ciudadanos vivirán en cabeceras de comarcas e irán al campo solo a trabajar. Los pueblos quedarán para el fin de semana. ¿Debemos combatir o asumir la despoblación?, se preguntaba Luis Antonio Sáez, profesor de Economía aplicada de la Universidad de Zaragoza y director del CEDDAR Centro de Despoblación y Desarrollo de Áreas Rurales en una charla organizada en febrero por la asociación Bizirik Gaude en Ezcároz. 
El profesor se mostró crítico con las políticas aprobadas por los gobiernos. “La despoblación ocurre cuando las salidas son mayores que las entradas”, dijo en un primer momento. Depende de la intensidad y del contexto “no es lo mismo perder cuatro kilos cuando se pesa 40 que 80”, apuntó. “Se percibe que se despuebla algo cuando no tenemos futuro”. Para el experto son los pueblos quienes deben protagonizar las políticas frente a la despoblación “tenemos que ser los actores”, recalcó en la charla.
La crisis se ha ensañado especialmente con los municipios más pequeños.  Según un reciente informe, España es el país con mayor porcentaje de despoblación a nivel mundial.
El presidente de la Red de Desarrollo Rural, Aurelio García Bermúdez, afirma que se necesitan recursos para combatir el despoblamiento: un colegio, un instituto, un centro sanitario. “Todo ello ligado a la cantidad de población que haya en un municipio”. Bermúdez establece una serie medidas para salvar los pueblos. Por un lado, dice, hay que centrarse en los problemas pero también en las posibilidades del medio rural. Considera que las nuevas tecnologías deben ser un aliado. Asimismo, aboga por la desaparición de las diputaciones provinciales y de la formación comarcal de recursos humanos.
Alegaciones olvidadas
El 18 de junio se cumplirán 11 años del conjunto de alegaciones que presentaron los cargos electos de los valles pirenaicos y prepirenaicos al documento de Estrategia Territorial de Navarra del Gobierno foral. Los responsables de los valles de Roncal, Salazar, Arce, Erro y Aezkoa y de los ayuntamientos de Navascués, Valcarlos, Burguete, Roncesvalles, Esteribar, Oroz-Betelu y Urraúl Alto exigían al Ejecutivo un paquete de actuaciones “urgentes” para la recuperación de la zona. Mejora de los enlaces por carretera, la creación de un tejido industrial y el fomento de la vivienda para evitar la despoblación fueron las primeras medidas reclamadas.
La situación es grave”, manifestaba entonces Patxi Sarriés, presidente de la Junta del Valle de Salazar, en representación del resto de entidades locales que suscribieron las alegaciones al documento. Y es grave, añadía, por la progresiva despoblación de los valles pirenaicos, consecuencia de la falta de tejido industrial y de servicios, problema ocasionado a su vez por las malas comunicaciones por carretera (puertos de Iso, Laza, Erro, Mezkiritz, Ibañeta...), y un largo etcétera de deficiencias.
Me gustaría que un ciudadano de Pamplona se levantase un día pensando que si le pasa algo igual no llega la ambulancia, que la tienda igual la han cerrado, que igual no puede llegar a trabajar porque las carreteras están impracticables... Pues así son los días en nuestros valles”, agregaba Asier Iriarte, concejal del valle de Erro.
Los valles pirenaicos son el pulmón de Navarra, una fuente de recursos naturales de los cuales se nutre el resto de la población. Pero esos recursos naturales están tan bien mantenidos por la labor de nuestros vecinos. ¿Y qué recibimos a cambio? Nada, estamos olvidados, y eso que pagamos impuestos como los demás”, reflejaba en dicho documento Félix Jamar, presidente de la Junta del Valle de Aezkoa.
Once años después, tal y como reflejan las gráficas de este reportaje, el éxodo ha dejado a los pequeños pueblos del Pirineo al borde de su desaparición. Javier Udi Mancho, presidente hoy de la Junta del Valle de Salazar, hace balance sobre este despoblamiento. “La atención médica rural ha ido a peor. En cuanto a bomberos, con 3 personas en el parque de Navascués es insuficiente. Si un día nos encontramos con algo grave por aquí no vas a poder reaccionar”. Respecto a los enlaces de carreteras, “no se ha hecho nada excepto el puerto de Iso. Queda pendiente la mejora de la carretera entre Iso y Navascués”. Sobre el tejido industrial, asegura que aún “se puede montar algo en el polígono de Iciz”. El fomento de vivienda es quizá uno de los mayores obstáculos. “No hay casas ni parcelas en venta, sería bueno construir algo para que la gente pueda venir a vivir”. El presidente de la Junta no quiere terminar sin recordar los problemas que deben afrontar cada invierno. “Este invierno hemos estado días enteros sin luz y sin cobertura de móvil. Nos hemos quejado, pero no ha servido de nada”, comenta, insistiendo en el problema de la comunicación. “Seguimos estancados en la cobertura de móvil. Hay pueblos en los que no hay nada de comunicación. Y trabajando en el monte…”. En cuanto a la escuela infantil de Ezcároz, “la cosa está en el aire, pero es posible que cierre”. 

El próximo curso cierra la escuela infantil de Ezcároz
Enclavada a 742 metros de altura y con una población de 352 habitantes, esta villa pirenaica se asoma al abismo. El año pasado (2014) se recordará en el valle de Salazar como aquél en el que sólo nació una niña, Hiart –en Izalzu- y fallecieron 32 mayores.  Y si no se encuentra una solución antes del próximo año, la escuela infantil Landagutia de Ezcároz, que en la actualidad alberga a nueve niños y niñas de todo el valle, se verá abocada a cerrar sus puertas. Y tres profesionales irán al paro, incluida Maialen Saldias, de 27 años, su directora, quien confirma la noticia. “De los nueve alumnos siete pasan al colegio y nos quedamos sólo con dos”, explica. “Se nos exige cumplir los mismo ratios que al resto, y no toda Navarra es igual. Y sin subvenciones no se puede afrontar...”. Hiart es la única bebé del todo el valle de Salazar. En junio cumplirá seis meses.
Azada en mano, Milagros Villanueva, viuda de 87 años, trabaja en una pequeña huerta junto a su casa de Ezcároz. Virginia, una mujer boliviana, su cuidadora desde hace tres años, permanece atenta a sus movimientos en todo momento. “Claro que se ha notado la despoblación”, replica enérgica. “Sólo quedamos los mayores”.
Al otro lado del muro de piedra que separa su huerto de la calle, José Javier Ballent, un ganadero y agricultor jubilado de 75 años, y Concha Ros, de 61, conversan mientras preparan unas patatas para sembrar. “Antes había mucho trabajo por aquí”, dice Ballent, apesadumbrado. “Se sembraba mucha patata, había empresas, ganado”. La primera imagen de la niñez que le sobreviene es la de la escuela. “Entre los más pequeños y los mayores llegaríamos a los 79 alumnos en la escuela”, ríe. “¡Y ahora no hay ni niños!”, profiere, posando la mirada al otro lado de la carretera, donde la escuela infantil. “El futuro es oscuro”, interviene ahora Concha. “En dos años sólo ha nacido una niña y cada vez habrá menos...”.
A la conversación se suma María Mancho, de 49 años, una de las tres socias del bar Galtzabarra, ubicado junto a la plaza. María llegó a Ezcároz hace 25 años. “Es una vergüenza la situación de abandono. Hace cinco años las casas rurales estaban ocupadas y ahora no se ocupan hasta última hora”, esgrime con enfado. La despoblación es un lastre demasiado pesado. “En 25 años igual han muerto 150 personas… Antes la plaza estaba llena. Veo difícil otra remesa de jóvenes. Sin trabajo es imposible. ¿Por qué no se pelea más por el producto de Navarra?”, se pregunta.









Comentarios

  1. Sin duda un artículo que lo he sentido como una puñalada, una visión simplista de la decadencia. El enfoque será realista, pero para nada va a ayudarnos, hay muchas otras ideas de emprendedores jóvenes en estos pueblos, talleres recién abiertos, peluquerías, venta directa de carne, recogida de setas, hostales de reciente apertura y en fin, mucha gente que lucha contracorriente. Quién haya escrito este artículo ha venido a hacer leña del árbol caído.
    Detrás de Agustín Ballent, hay una primera vivienda recien construida, ¿porqué no te molestaste en hablar con ellos señor periodista?. Sin saber quien eres o quien te manda, creo sinceramente que es un artículo de demagogia barata para impresionar a quien vive en la ciudad y que si bien refleja la edad del Pirineo, para nada refleja su realidad en conjunto, y que pese a reflejarla el tratamiento no favorece a nadie. ¿Cómo se te ocurre escribir y publicar que sólo dos personas viven en un pueblo?, sólo falta que les pongas las llaves a los ladrones. En fin, más de lo mismo, seguiremos a contracorriente.

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