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"Si soy especial, es porque hago cosas"



Presumida. Alegre. Inquieta. Trabajadora. Le gusta la cocina, la música de Bisbal y el sonido sincopado de los palos de la txalaparta. Durante tres años ha trabajado en una guardería de Villava ayudando a los más pequeños a comer y a mecerlos en las hamacas a la hora de la siesta. El deporte es otra de sus pasiones. Practica gimnasia y natación. Y recientemente submarinismo. Esta actividad le enganchó sobremanera hace tres años tras el bautismo acuático que organizó la Asociación Síndrome de Down en colaboración con la Federación Navarra De Actividades Subacuáticas (FNDAS). Hoy, Ana Egea Campos, de 30 años, hija de Miguel y Mari, es la primera persona en Navarra con síndrome de Down en obtener el título de Buceo Condicionado (Tipo A). Un logro personal al que no concede importancia y que se debe en buena medida a la Federación Española de Actividades Subacuáticas (FEDAS) y, en concreto, al tesón de Miguel Carabantes Rodríguez, instructor de la federación navarra especializado en Buceo Adaptado además de voluntario de Cruz Roja desde 1982.  

En realidad, para esta pamplonesa de mirada directa y ojos color miel lo único relevante de sumergirse a diez metros en el mar es que le relaja. Al preguntarle si se siente especial frente al resto por haber nacido con síndrome de Down, responde con firmeza: “Si soy especial, es porque hago cosas”. Y a su manera expresa que no comprende el significado del concepto ‘tener un sueño’. Su vida se cimienta en el presente. El ahora. Al hablar sobre la vida, al intentar definirla, se le escapa una sonrisa y un silencio. “La vida es... la vida misma”.
A la vida a la que se refiere emana con fuerza del caño de la confianza que depositan en ella sus padres, de la seguridad que recibe de la Asociación Navarra Síndrome de Down, donde se forma cada día, y de los desafíos que se cruzan en su camino.
Ana ha buceado en un par de ocasiones en el mar. Las dos durante este verano, en Hondarribia. En una bajó diez metros y en otra seis. “La inmersión se prepara minuciosamente, siempre adaptándose al alumno”, explica Carabantes. “Siempre deben ir dos personas. Un instructor y un guía personal especializado en Buceo Adaptado”, deja claro. Habitualmente le acompañan Kike Elias y su hija Mireia Carabantes, miembros del club de buceo Gran Azul. “Pero en los bautizos participan instructores voluntarios de la federación navarra”, puntualiza.
Una educadora de la Asociación de Síndrome de Down orientó a Miguel Carabantes a la hora de formar a Ana en la parte teórica. Le aconsejó utilizar un lenguaje sencillo, “muy visual” y con ejemplos. Así captaría su interés. Miguel se acordó de su hija Lydia, de 11 años. ¿Quién mejor que una niña para hacer la presentación?, pensó. “Y dio resultado”, reconoce satisfecho. Porque Ana mantuvo la atención durante las dos horas de clase, “prácticamente hasta que se cansaba”, señala. “Hubo parte del temario que no creí necesario impartir. Por ejemplo el manejo de tablas de descompresión. Nunca va a realizar una inmersión de ese calibre, y no las iba a comprender”.
Mientras que Ana bucea en las frías aguas del Cantábrico, sus padres, Miguel Egea Martínez y Mari Campos, esperan pacientes en el embarcadero. “¡Vuelve tan feliz!”, exclaman, evocando la primera vez que se sumergió en agosto. “Llamó a todo el mundo por teléfono para contar lo que había visto. No tenía miedo. Y nosotros por supuesto que no vamos a dejar de hacer algo por sentir miedo”, manifiestan Miguel y Mari. Los dos aprovechan para pedir más clases de buceo. “Aunque sólo sea una vez al mes. Terapéuticamente les viene tan bien...”.
Respecto a este requerimiento, el instructor de la federación navarra anuncia que llevan tiempo queriendo impulsar la práctica de esta actividad en la piscina con una máscara facial. “Principalmente en niños con discapacidad y en mayores que incluso no saben nadar”, indica. De hecho, ya han probado con los dos colectivos. “Y todos han reaccionado positivamente”, aclara. “Impresiona escucharles gritar de alegría bajo el agua al sentir la explosión del movimiento de sus cuerpos”.
Además de Ana Egea, en Navarra también han sacado el título de Buceo Condicionado otras dos mujeres. Mariaje Marcos Barbarin, de 47 años, es una de ellas. Profesora de Infantil, sufre una parálisis cerebral que le afecta a sus extremidades inferiores y que le provoca problemas de movilidad, algo que está yendo a más. Cada amanecer le supone un sobresfuerzo.


La última barrera hundida
Mariaje es una mujer activa que disfruta de cada desafío. El último al que se enfrenta desde mayo es el submarinismo. La culpa de esta nueva aventura, revela riendo, la tiene Izaskun Ongay, una compañera de trabajo y apasionada de los deportes acuáticos. “Me comentó que el submarinismo era terapéutico y que me ayudaría. Y me apunté”. Al principio, consciente de sus limitaciones, lo hizo a regañadientes. Esta actividad le provocaba cierto vértigo. No lo veía prudente.
“Tienes que estar acompañada en todo momento. El suelo de la piscina resbala y además me cuesta mucho cambiarme”, manifiesta. Pero, al probar, le ocurrió lo mismo que a Ana Egea. La sensación de ingravidez se apoderó de ella. En mayo se examinó del teórico y un mes después, en junio, se sumergió en la piscina. En agosto se lanzó al mar.
“Fue inolvidable”, rememora con un brillo especial en el rostro. “Merece la pena. Sólo por el esfuerzo que supone salir de casa y cambiarse de ropa en el vestuario y cargar tu cuerpo con una botella y unos plomos”. Y cuando a punto estaba de tirar la toalla, el “amor propio” , dice, salió a su rescate. “Es tan diferente la sensación de la piscina a la del mar...”.
La botella me desequilibraba, las aletas eran tan gigantescas, la tensión muscular...”. Al final descendió doce metros. “¡Tenía que separar las piernas para impulsarme. Salí agotada!”. Se encontraba tan débil que su marido tuvo que sentarla en una silla de ruedas al salir del agua. “Y no me pude levantar el resto del fin de semana”, ríe.
Un mes después, repitió. En esta ocasión, la inmersión se llevó a cabo por la tarde. Ese día, echó abajo una nueva barrera. “¡Me tiré del barco de espaldas!”, exclama. Gracias al aliento de su compañera Ana, que había practicado este salto horas antes, se atrevió a hacerlo. “Sus palabras me animaron. La veía tan pletórica...”. Y el amor propio volvió a intervenir. “Al principio estaba bloqueada. Sin embargo, bajé seis metros y me noté mejor, más cómoda”. Metro a metro se fue animando. Aleteaba y su cuerpo respondía. No sentía el peso. Abría las piernas y se propulsaba. Avanzaba. No estaba sola. A su lado, siempre vigilantes, Miguel Carabantes y Kike Elías. Al llegar a los doce metros programados, Mariaje abrió la palma de su mano y cogió un puñado de arena del fondo. Lo había conseguido. Era la última barrera hundida. Después se acercó hasta el rojo de una estrella de mar. Sólo escuchaba el sonido de su respiración. Calma. “Era como una película”, ríe. “Se me abrió el mundo. Había merecido la pena”. Pero al salir al exterior, la realidad del peso de su cuerpo la golpeó como una losa de mármol. Los doce metros se transformaron en un horizonte inabarcable. Interminable. “En la superficie doce metros se convierten en una carrera de obstáculos”, asiente.
Su día a día es el mejor ejemplo de ello. “Me levanto a las siete de la mañana para trabajar, dos horas antes de entrar al colegio, y para cuando llego ya estoy cansada. El colegio es agotador. El ascensor no está preparado. Los pasillos son largos y las rampas impracticables. De la entrada del centro a mi clase hay unos sesenta metros. Son muchos metros y muchos recorridos”. Mariaje aprobó las oposiciones en 1993 y desde entonces su cuerpo “va a peor”. Consciente de su deterioro, por el bien suyo y de los alumnos, explica, solicitó un cambio de puesto. Pero el Departamento le ofreció la jubilación. “Lo más cómodo”. No se rindió. Con la cabeza bien alta, una vez más, tiró hacia delante. Hasta que le ubicaron en un grupo de apoyo.
Este año esta siendo intenso y positivo para Mariaje. Además de submarinismo, se ha atrevido con parapente y esquí alpino adaptado. Entre risas, asegura que el 16 de octubre desfilará en el concurso de modelos Navarra Fashion Week








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