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Enterrados vivos




Me llamo Dora, soy afectada y colaboradora de la plataforma”. “Yo me llamo Lourdes, también soy afectada”. “Mi nombre es Fortunata”. “Yo soy María”... Los nombres de las cincuenta personas que asisten a la última reunión celebrada un jueves por la Plataforma de las Personas Afectadas por Hipoteca y Desahucios de Alquiler del Casco Viejo de Pamplona se derraman como lágrimas sobre las baldosas del local de la calle Calderería. En un círculo cerrado, como si de una terapia de grupo se tratase, los nombres ‘saltan’ de silla en silla: Manuel, Miguel,María, Javier, Ana, Wendy, Paula, Luis, Blanca, Bernardo... Sus voces retumban bajo los techos abovedados del salón. “Cada día hay más gente...”, susurra una de las asistentes. Por unos segundos, se hace un silencio.
Vivir tras un desahucio
El desahucio es el final de un proceso para conservar la casa. “Y cuando se produce, las vidas quedan rotas”, relatan los protagonistas de este drama. ¿Qué sucede después? “El entorno familiar absorbe una parte, otros se quedan en la calle, sin solución y con una deuda que condena de por vida”. Son las conocidas deudas vivas. “Una losa que te entierra”, valoran Dora y su marido Marco, quienes acumulan 140.000 euros tras ser desalojados de su casa por impago. “Te conviertes en moroso. Se te cierran todas las puertas. Los bancos intentan que la deuda acabe salpicando a toda la familia”, añaden con rabia. Veinte de las ochenta personas que acuden desde hace dos años a las reuniones de la PAH en el Casco Viejo de Pamplona arrastran esta sobrecarga.

Después de siete años de crisis, los números no han logrado reflejar la crudeza de la situación. Tal y como denunció Amnistía Internacional hace unos días las medidas que se han aplicado para paliar este drama han sido insuficientes. “Y seguimos sin garantizar que la vivienda es un derecho fundamental”, afirmaron. “El 30% de las casas vacías de Europa están en España y solo el 1% son de protección oficial”.
Y a menos de dos meses esta realidad sigue pasando de puntillas ante la opinión pública. Y eso que el Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) dio en 2013 un varapalo a la normativa española, confirmando la ilegalidad del procedimiento de ejecución hipotecaria. El TJUE asegura que se está “vulnerando de forma clara los derechos fundamentales de los afectados y concretamente el derecho a la defensa”. Y añadía que los procedimientos de ejecución hipotecaria en curso debían ser paralizados de forma inmediata. Pues bien, el jueves de la semana pasada el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) dictaminó que el plazo de un mes que recoge la ley española para recurrir ejecuciones hipotecarias que estaban en curso cuando se aprobó la ley de protección del deudor hipotecario “no garantiza el ejercicio efectivo” de este derecho y por tanto es contrario a legislación comunitaria. Según los últimos datos, en España se han producido unos 400.000 desahucios entre el inicio de la crisis en 2008 y el primer trimestre de este año. En Navarra la situación no es diferente. Al menos ésta es la conclusión a tenor de lo publicado en octubre. Las cifras presentadas de 2007 a 2014 indican que se llevaron a cabo 4.701 ejecuciones hipotecarias. El número de casos que las entidades financieras han reclamado en los tribunales por impago de la hipoteca durante el primer semestre de este año fue de 331, es decir, 2,5 casos por día.
“No somos números”
 “No somos números sino personas”, proclama Bernardo, el moderador, en la reunión de la PAH. Una vez hechas las presentaciones, los asistentes arrancan con sus historias personales. “Hay más gente nueva que nunca”, asevera una mujer de 78 años, viuda y madre de dos hijos, que de la noche a la mañana se vio implicada en una deuda. “Mis hijos llevaban un negocio y les fue mal, y como el piso estaba a su nombre, me vi metida en todo esto”. En la actualidad, atesora una deuda de más de 200.000 euros que afronta como puede pagando de su pensión de 938 euros. Ninguno de los hijos le ayuda económicamente. “¿De qué vivo? Pues de unos ahorros. Pero ya se están acabando”. Al otro lado se sienta Patricia, que no puede reprimir el llanto al sentirse escuchada. Con la voz quebrada, cuenta que es madre de dos hijos, uno de 11 años y otro de 13, y que no tiene derecho a la renta básica porque necesita empadronarse. “El banco solo quiere que desalojemos y que paguemos 100.000 euros, que con los 40.000 que ya hemos pagado no alcanza”. Las respiraciones entrecortadas se encadenan. “Cuando uno escucha los problemas del resto, los tuyos se quedan muy pequeños”, habla por lo bajo Dora. La gente busca respuestas. Necesita ser escuchada. Por eso se llora. No hay miedo ni vergüenza.“Quienes acudimos a las asambleas de la PAH tenemos muchas carencias. Por eso nos gustaría que nos evaluasen en las unidades de barrios”, demandan. “ Somos personas desempleadas de larga duración o con subempleos, con otras deudas además de la hipoteca. Sufrimos de ansiedad y estados depresivos, tenemos sentimiento de fracaso, relaciones familiares truncadas, angustia, falta de red social”.
Culpables de ser pobres
En el interior de esta especie de cripta no llega la cobertura móvil. La única señal la envían los latidos acelerados de los presentes. “Tan sólo queremos un proyecto de vida”, suplica Margarita. “Vivimos cinco en una habitación. Mis tres hijos, mi nieto y yo... No me pueden dar la ayuda porque la trabajadora social dice que como le alquilo una habitación a mi hermana, son ellos los que me tienen que mantener”, detalla. “He solicitado la renta básica, pero no me la conceden. La trabajadora social dice que me tengo que ir a un piso de alquiler, que es la única solución... ¿Y cómo voy a ir a un piso de alquiler si no tengo ingresos y encima te piden dos mensualidades?”. El resto gesticula con dolor al escuchar a Margarita. Bernardo aprovecha para intervenir. “Y la explicación que le dan desde la unidad de barrio es que su caso es grave... pero que hay otros muchos mayores”. Por lo tanto, añade otra de las afectadas, “el problema es doblemente grave, porque las trabajadoras sociales están actuando como freno de la renta básica en vez de gestionarla. Y es el Gobierno de Navarra quien debe concederla”, recuerda.
Otra mujer también se pronuncia acerca de esta situación. “En mi caso, la trabajadora social quiso quitar la renta básica a mi hermano para dármela a mí”. Silencio. Y emerge un nuevo drama: mujeres con hijos y hombres solos, mayores de 50 años, que están desempleados. Todos ellos se han visto obligados a vivir en una habitación compartiendo la vivienda con otras familias. “El problema estriba en que sólo se concede la renta básica por unidad familiar”, explican. Y se considera unidad familiar a todos las personas que viven bajo el mismo techo. “Cuando no los somos...”, apuntan.
La señora viuda de 78 años murmura algo: “No hay derecho, con la cantidad de pisos que tienen los bancos... y encima no pagan la contribución”. La coordinadora de la plataforma toma de nuevo la palabra: “Al final nos culpan de ser pobres ”. Después sigue Paula: “Vivo en un habitación alquilada y me echan ahora porque la propietaria necesita el piso. El problema es que con un bebé nadie te alquila...”. Paula cobrará la RIS hasta diciembre. “Pero no sé si me la van a renovar”. Elizabeth, afectada y voluntaria, la tranquiliza. “No te vas a quedar en la calle, si no encuentras nada te vienes a mi casa”.




Alexandra, 48 años
“Es duro decir a tus hijos que a veces no tenemos para comer”
A L mirar fijamente a la cámara se derrumba. “Veo un poco difícil el futuro. A saber qué hago a partir de ahora...”. Hace unos días le despidieron de su último empleo. “Trabajaba de camarera de piso en un hotel de Pamplona”, explica. Cobraba 789 euros. Y con esta nómina, sobrevivir se convierte en un reto.
Alexandra tiene 48 años y es madre de cuatro hijos. Tres de ellos viven con ella (dos gemelas de 12 años y un chico de 13). Paga un alquiler de 550 euros. Gracias a la ayuda social de pro-vivienda, que recibe desde hace dos años por ser víctima de género, puede afrontar esta renta. (En diciembre debe renovarla y en mayo se le termina). La entrevista se lleva a cabo en la cocina de su casa, en Pamplona. En las estanterías sólo queda un paquete de galletas y en la nevera unas piezas marchitas de fruta. En el suelo se amontonan unos cartones de leche. “Y mis tres hijos vienen a comer a casa”, expresa preocupada. “¿Qué voy a hacer?”. Alexandra se cubre la cara con las manos. Hoy ha preparado puré y arroz hervido que sobró el día anterior. “Mira, yo vengo de Ibiza de un problema de malos tratos. Huí. Estaba harta de tantos golpes. Y no puedo volver... Es injusto. En Ibiza teníamos vivienda de protección oficial y trabajaba en un hotel. Pensaba que estaría más tranquila aquí, pero la vida está siendo muy difícil para los niños y para mí. Él se ha quedado con la casa y tiene dinero y no me pasa una mensualidad. Eso sí, le dan derecho a poder llamar todos los días al móvil de los niños y fastidiar. He hecho todo lo que he podido. He metido un montón de denuncias... y nada. El último juicio salió a su favor. Le concedieron más beneficios que a mí”. 

Alexandra recibió malos tratos físicos durante diez años de un hombre que ha cumplido un año de prisión. “Todo el mundo te anima a que denuncies. ¿Y luego qué? Mira cómo estoy. Me ayudaron con en este piso. Yo no lo quería porque era muy caro. ¿Y qué hago cuando se termine la ayuda de pro-vivienda?, pregunté”. Ha llegado el momento que tanto temía Alexandra. “No sé qué voy a hacer. Veo el futuro muy negro. Este mes no puedo pagar. Y a partir de ahora se acumulan las deudas. He ido al Inem a pedir cita y me han dicho que tengo que esperar para poder gestionar el subsidio. Mientras tanto, el tiempo pasa”. Le preocupa que sus niños la vean deprimida. “Ellos lo notan. Me cambia la cara y adelgazo. Es muy duro tener que recordar a tus hijos que a veces tenemos para comer y otras no”. Reaparecen las lágrimas. “Cuando llegué a Pamplona solicité una vivienda de protección oficial. Llevé todo la documentación necesaria pero nunca me han llamado. Hay tantas viviendas vacías que se destruyen solas al quedar abandonadas... ¿Por qué no las habilitan para quienes las necesitamos?”. Pese a la mochila que arrastra, deja claro que no se rinde. “Me da rabia escuchar que se está saliendo de la crisis. Para las personas normales no hay mejora”. Gracias a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), a la que acude desde hace un mes, asegura que ha recuperado la esperanza. “No me voy a encerrar en casa, si lo hago me muero”, sonríe.
María, 46 años
“Temes levantarte de la cama”
Llevaban una vida acomodada, hasta que perdieron sus trabajos. “Y pasamos de tenerlo todo a nada. Te quedas vacío. Desamparado. Y te preguntas qué va a ser de ti”. La que habla es María, una pamplonesa de 46 años emparejada con José Manuel, de 50, y madre de una hija de 22. Padre e hija prefieren no salir en el reportaje. “A mí también me avergüenza todo esto”, aclara, “pero hay que visibilizar esta realidad que nos está tocando vivir a muchas familias en Navarra”, añade. “Nunca piensas que algo así te pueda suceder...”. Pero sucedió. En 2010. Cayó como una avalancha. Y quedaron sepultados. Hasta hoy.


Antes de la crisis, a María le gustaba la jardinería y la pintura. “Incluso había iniciado un curso de psicología”, cuenta. Su último empleo fue de cocinera, en 2010. “Mi marido era albañil, pero el sector se fue a pique”. Al perder el trabajo, se vieron obligados a dejar de pagar las cuotas de la hipoteca (1.800 al mes). “Habíamos rehipotecado la vivienda para coger una casita en un pueblo”. Durante una época pudieron afrontarlo, “pero al ir mal la construcción...”. Las palabras son insuficientes para reflejar lo que se siente bajo la amenaza del desahucio. “Nos levantábamos de la cama con miedo. No te atreves a hacer ruido. Te da miedo hasta andar por el pasillo. Al final nos fuimos de casa por vergüenza”. (María no recuerda si fue en 2011 o 2012). Se alojaron en casa del padre de José Manuel, en Noáin, y hoy residen en un piso de alquiler social en Burlada de 250 euros. El banco se quedó las dos casas de la familia y “encima nos han dejado una deuda de 98.000 euros”. Se le escapa un gesto de impotencia. “Es imposible vivir. Apareces siempre como un moroso. No puedes ni comprar un móvil. Y si trabajas, tienes que hacerlo en dinero negro”. Se alimentan de lo que reciben del banco de alimentos de Apoyo Mutuo que atiende a muchas personas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). “Pierdes la salud, el ánimo... hasta los amigos. Los bancos llaman a todas horas amenazando con que te van a quitar 13 euros todos los meses de la renta básica”.
En un momento dado de la charla, María se acuerda de Miren, una amiga de 43 años que falleció en marzo. “Se quitó la vida después de recibir una carta del banco en la que le advertían de una ‘complicada situación’. No aguantó más”. Se emociona. “¿Qué quieren, que te mates? Te quitan la casa y te maltratan”. María ha recuperado “algo” la autoestima. Poder ayudar a otras personas en una situación similar le ayuda a levantarse de la cama. “Intentas que estas personas, como tú, no le den vueltas a la cabeza”. Al preguntarle por un sueño, sonríe. “Sueño con poder pasar bien el mes y despreocuparme si tengo o no tengo trabajo”.

Juan Manuel, 55 años
Condenado a vivir en una habitación
Desde la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) llaman la atención sobre un colectivo que ha quedado relegado: hombres solos en situación laboral de desempleados de larga duración condenados a vivir en una habitación. Este es el caso de un artista de aspecto bohemio y gran proyección llamado Juan Manuel.
La última vez que Juan Manuel llamó por teléfono a su madre a Ecuador, Josefina presintió algo. Y al final de la conversación le dijo: “Ya es hora de que vuelvas, Juan”. Aunque su hijo no le cuenta cómo vive, ella lo intuye.
Cada noche, antes de acostarse, Juan recoge con mimo cada una de los lienzos que ha dejado durante el día encima del colchón y los pone a buen recaudo bajo el jergón. “El trabajo de muchos años guardado debajo de la cama”, ríe. Una maleta azul y un carrito de la compra conforman el único medio de transporte del que dispone para poder mover todo su trabajo.


El quinto de diez hermanos, su vida se desarrolla sobre los cimientos de una “gran familia” que desde la infancia ha sufrido el látigo de la pobreza. “Dormíamos cuatro en una cama y sólo teníamos dos habitaciones. La cocina se caía a pedazos”, evoca.
Con un amplio currículum, para este licenciado en Bellas Artes, un artista plástico y orfebre de alcance internacional, ha sido la necesidad de poner a prueba su “caudal artístico”, cuenta, y no la crisis que sacudió por entonces a su país, lo que le impulsó a partir. Lo hizo con 33 años, 55 dólares en billetes de un dólar, tres pinceles, unos tubos de pintura machacados por el uso, una cajita con joyas fabricadas por él para vender y una maleta. Sin embargo, antes de emprender viaje, quiso cumplir un sueño. “Levantamos a pico y a pala una gran casa para nuestra madre. Fue la gran obra de nuestra vida”, sonríe. La segunda está ahí, revela, fijando la mirada sobre dos lienzos, un trabajo que expondrá en la Ciudadela de Pamplona.
La historia de este “optimista por naturaleza” bien merece una novela. Su vida transcurre a pinceladas en el interior de la habitación que le cobija. Este mes reconoce que se encuentra tranquilo. Cree que podrá pagar el alquiler. “He vendido un lienzo a última hora”, detalla. Pero no sabe si el mes que viene ganará lo suficiente. Gracias al Comedor Social París 365 toma una comida caliente al día. “Por la noche ceno ligero. No me preocupa”.
Después de dos años gestionando la renta de inclusión (RIS) y trece viviendo en una habitación, después de “aguantar” durante este tiempo sin recibir ningún tipo de ayuda, dice, “por fin he empezado a cobrarla en enero”.
La mayor parte del dinero se le va en material de pintura y en lo que envía a sus dos hijas a Ecuador. “El arte hace que me olvide del problema económico. Porque no es muy esperanzador tener que pedir prestado hasta los marcos de los lienzos para poder exponer”.

Severo y Patricia, 55 y 31 años
padre e hija
“Mami, yo no quiero ser rico, sólo quiero vivir”
Los dos hijos de Patricia se han convertido en adultos antes de tiempo. Brian tienen 11 años y Germania 13. Hay mañanas en las que, antes de ir al colegio, el pequeño suelta reflexiones de este tipo: “Mami, yo no quiero ser rico, sólo quiero vivir”. En momentos así, Germania sale al paso de su madre, intentando que su hermano comprenda la situación. “Ojalá todo esto sólo afectase a los adultos, pero es que también se lleva por delante a los más pequeños”, denuncia Patricia, sentada en uno de los dos sofás de la vivienda de la que les van a desalojar. “La orden puede llegar en cualquier momento”, lamenta. Mientras esperan el desahucio, la vida continúa. Sus dos hijos han ido al colegio y volverán a casa al mediodía para comer.
El calvario de esta familia comienza hace dos años al quedarse en paro sus miembros. “Compramos en 2004 este piso porque estábamos locos por meternos a vivir toda la familia”, cuenta Severo, el padre de Patricia. Era un tiempo en el que no faltaba el trabajo y el precio de la vivienda se revalorizaba. “Nunca piensas en lo que puede pasar”. Severo trabajaba en una empresa eléctrica. “Teníamos unos buenos sueldos y podíamos pagar una hipoteca de 1.016 euros. Pero con el euribor subió hasta los 1.500. El trabajo fue a peor... y nos bajaron el sueldo”. Y un día le despidieron. A esto se sumó una repentina y desconocida enfermedad que afecta a su hija y que le paraliza parte del cuerpo. “Trabajaba de interina con abuelos y lo tuve que dejar”, cuenta. “En 2012 quedé inválida y luego en coma. Los médicos no saben. Han visto unas manchas en el cerebro, pero no dan con el diagnóstico”.
Mientras, no recibe ningún tipo de ayuda económica. “Nada de nada, pero no puedo perder la calma. La trabajadora social dice que no me conceden la Renta de Inclusión Social (RIS) porque mi padre cobra 800 euros del paro y nos puede mantener a mí y a mis hijos”. Sus ojos se humedecen. “Pero si no nos llega para comer... y encima se le acaba en enero el subsidio”. Severo admite que está llevando la situación con calma, intentando negociar con el banco un alquiler social. “Pero el banco sólo quiere que desalojemos y que paguemos una deuda de cien mil euros, que con los cuarenta mil que ya hemos pagado no alcanza. Pero no me amargo. No me voy a matar. Tratamos de llevar bien las cosas, aunque los bancos te invitan a tirarte por la ventana. Son muy ambiciosos. No tienen corazón. No tenemos qué comer. Tienen que saber que detrás de una deuda hay personas”. Respecto a si creen que ha mejorado el empleo, tal y como se repite desde el Gobierno, Severo afirma determinante: “Mi mujer trabaja desde hace un mes como interina en una casa, 24 horas al día, y cobra 900 euros”. Patricia refuerza las palabras de su padre exponiendo su caso. “Y a mí me han ofrecido trabajar doce horas al día de interina y sin contrato por 800. Esta es la realidad”.
 Dora, 44 años
“Te ven como a un criminal. La deuda acaba salpicando a la familia”
Le daba vergüenza asistir a las reuniones organizadas por la PAH. Sentarse en una silla, en un círculo cerrado, y “desnudarse” contando su historia. Sentía vértigo. Al final, se decidió gracias a un amigo. Acudió un jueves, en 2003. Y se quedó perpleja. “Al escuchar al resto de los asistentes, comprendí que mis problemas no eran tan graves”, recuerda. Y eso que Dora y su marido han sufrido un desahucio, han perdido la casa y, además, el banco les exige 141.300 euros.
Todo empezó a finales de 2006. Padres de cinco hijos, les iba relativamente bien. Marco, su marido, trabajaba como soldador y ella alternaba el trabajo en una frutería con el de servicio de limpieza. “Así que decidimos comprar una vivienda por los hijos”, explica Dora. Y se metieron en una hipoteca. El piso les costó en el barrio de San Jorge de Pamplona, unos 232.000 euros. “La cuota inicial era de 730 euros al mes y acabamos pagando 1.460 euros en 2010”. A la hipoteca había que sumar los gastos de la luz, el agua, etc.
Dora enfermó y la despidieron. “Se juntó todo”. A su marido le echaron poco tiempo después. Y dejaron de pagar el préstamo. “Si pagábamos la hipoteca, no podíamos alimentar a nuestros hijos”. Intentaron renegociar con el banco, sin éxito. “Nos respondieron que nos fuésemos a nuestros países”. Hasta que llegó un burofax informando de la deuda. El banco se quedó con el piso por el 50% de lo tasado, y lo subastaron en 2011 por 116.000 euros. “Y ahora nos obligan a sufragar el resto más los costes”, expresa con rabia Dora. “La deuda te cierra todas las puertas en la vida. Apareces como un moroso. Te miran como un apestado. Peor que a un criminal. Y nosotros no hemos robado nada. Todo lo contrario, nos han quitado la casa porque nos hemos quedado sin trabajo. Encima, al tener una deuda tampoco se te permite trabajar... y enseguida te embargan lo que te ingresan”.
En la actualidad, Dora y Marco viven en un piso de alquiler social por el que pagan 150 euros. “Es tan injusto todo lo que está pasando... Los bancos intentan que la deuda salpique a toda la familia”.

Viuda, 78 años y madre de 2 hijos
 “Con la pensión pago la deuda de mis hijos”
Miedo. Mucho miedo. Es lo que siente al hablar. Miedo a que sus hijos la reconozcan en este reportaje. Miedo a que el banco dé un paso atrás en la renegociación de la deuda, y se lo ponga más difícil aún. Miedo a la vida. Es duro enfrentarse a su edad, en la soledad del hogar -su marido falleció hace 16 años- a la amenaza permanente del desahucio.
Todo empezó en 2008. Su marido, que había fallecido unos años antes, creyó conveniente poner el piso a nombre de los hijos, sin ser consciente de lo que este gesto supondría para su mujer. “Y sin comerlo ni beberlo, me vi metida en todo esto”, lamenta. Una “tragedia” cuya mecha prendió el día que recibió una carta de Hacienda exigiendo 195.000 euros. “Mi hijos llevaban un negocio y les fue mal”, explica, “y como el piso estaba a su nombre...”.
Con las manos entrelazadas y los brazos cruzados, presionándose la tripa como si intentara contener todo el dolor que soportan sus entrañas, cuenta que de los 938 euros que cobra de pensión, 806 sirven para cubrir la deuda. “Y antes eran más de mil euros”, apostilla, admitiendo que sus hijos no aportan nada.
La soga de la deuda aprieta demasiado. Cuesta abrir los ojos cada mañana y recibir el aliento del banco. “No hay día en el que pueda desconectar”. Su gasolina diaria se la proporcionan sus nietos. “Cuesta vivir así. Pero mis nietos tiran de mí”.
La deuda explosionó en sus manos llevándose también su relación con sus hijos. “Teníamos todo pagado, hemos educado a los hijos bien, ¿y ahora esto? Si me viera mi marido en esta situación... No existe humanidad. Me acuerdo tanto de sus palabras. Decía que le daba asco pertenecer a la raza humana”.
Y la deuda va a más. “No hay manera de reducirla”. En verano se retrasó en el pago de dos meses porque se fue de vacaciones con un familiar y enseguida le llegó del juzgado el aviso de ejecución hipotecaria. “Pagué de inmediato los retrasos y encima me hicieron pagar 13.000 euros más”. No puede contener las lágrimas. Hoy su esperanza reside en los lomos de la PAH. “Les conocí hace un año cuando bajaba del dentista a casa por la Plaza del Castillo. Estaban con megáfonos concentrados frente a un banco. Me animé y hablé con uno de los organizadores. Le pregunté a ver quién llevaba la cosa. Era noviembre, lo recuerdo muy bien”, rememora. Hasta mayo no fue a verles. “Pensaba que se podría solucionar”, ríe con ironía. “La plataforma me ha dado tranquilidad. Hay gente buena y comprometida. Quedándote en casa no haces nada”, dice, animando a la gente en la misma situación a acercarse. Según el último comunicado que recibió del juzgado en agosto, la deuda ya supera los 200.000 euros. “Queremos llegar a un acuerdo con el banco para que me dejen la cuota en 250 euros. Así me quedarán 600 para comer, las medicinas... Parece que no les importa ver a las personas desangrarse”.

 

Edi, 38 años
“Después de vivir dos desahucios, el banco me exige 100.000 euros”
De las 679 ejecuciones hipotecarias efectuadas en Navarra en 2010, dos las sufrieron Edi y su familia. Hoy es el día en el que no comprende lo ocurrido. Después de dos desahucios y de perder dos casas, la suya y la de sus suegros (avalistas), “aún nos reclaman cien mil euros”, manifiesta impotente. Por suerte, su única hija, Itziar, de 12 años, comienza a recuperarse del golpe psicológico de presenciar los desalojos.
Y surge una pregunta inevitable. De una situación así, ¿cómo se sale? Al escuchar la cuestión, Edi se queda callado, sin saber qué contestar. Antes de la crisis, cuenta, “llevábamos una vida normal”.
Llegaron de Ecuador en el 2000 y desde entonces no les faltó el trabajo. “Si perdías el empleo enseguida salía otro”. Hasta que en 2010 se frenó en seco el mercado. “Y no pudimos pagar dos letras: 2.400 euros”. Edi consiguió dinero de su país y lo ingresó en su cuenta para cubrir la deuda. “Pero el banco no quiso renegociar la cuota. No pudimos seguir pagando...”. Como solución, propusieron entregar la casa en dación de pago.
Una vez reunidos con el notario, los suegros y el representante del banco, cuando estaban a punto de firmar la dación, Edi pidió sacar los muebles de casa. “Nosotros la habíamos comprado vacía, sin muebles, y el banco se los quería quedar”, explica. No rubricaron. “Saqué los muebles y dejé el piso vacío”. Veinte días después de la reunión, regresó a su casa porque había olvidado algo. Se encontró con la cerradura cambiada.
Los suegros les acogieron, y Edi empezó a trabajar en la construcción. Una tarde, al volver del trabajo, se encontró con su familia llorando. Itziar, que también lloraba, le contó que habían llegado dos hombres del banco y les habían dado diez minutos para abandonar la casa. “Eran las mismas personas que nos habían echado de nuestro hogar un mes antes”, recuerda Edi. Al final no fueron diez minutos. “Nos permitieron sacar las cosas esa misma tarde y nos marchamos a casa de la hermana de mi exmujer” (se separó un año después).
En la actualidad, la situación no ha mejorado. Edi admite que sigue recibiendo amenazas telefónicas en nombre del banco. “Llaman cada poco tiempo exigiendo la deuda de 100.000 euros. ¿Cómo voy a pagar cien mil euros si me han quitado dos pisos?”, inquiere, apesadumbrado.
Edi se encuentra en el paro. Cobra dos ayudas, una de 426 euros y otra de 226, y vive en una habitación alquilada por la que paga 150 euros. Todos los meses pasa una manutención a su exmujer.
Al hablar de sueños, de ilusiones, lo tiene claro: “Quiero recuperar la casa de mis suegros, trabajar y ver crecer a mi hija feliz”. Y una vez que cumpla los 18, confiesa, le gustaría marcharse al extranjero a trabajar. “Quizá a Inglaterra”.


     









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