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Mostrando entradas de 2016

Cara a cara con la prostitución

El tulipán rojo del Parkinson

Octubre de 1985. Concha Navarro Induráin lleva tiempo sintiéndose rara. Le tiemblan las manos al escribir en la pizarra. Es maestra. También le temblequea el brazo izquierdo al levantarse por las mañanas y bostezar. Hasta este momento, su vida ha transcurrido con normalidad. Tiene 38 años y toda una vida por delante. Llena de grandes proyectos. Uno de ellos, ser misionera y viajar. Practica senderismo, natación, yoga... Pero le preocupa el temblor de las manos al escribir. Peligra su vocación. Acaba de aprobar las oposiciones y la letra es cada vez es más ilegible. Trabaja en la Escuela Universitaria de Magisterio. Navarro, consciente del aviso, acude al neurólogo. El especialista le diagnostica una “enfermedad extrapiramidal”. “¿Enfermedad extrapiramidal?”, pregunta ella.

Han pasado 32 años desde aquel diagnóstico, y Concha, que ha cumplido los 77, está en silla de ruedas, eléctrica, a causa de la Enfermedad de Parkinson (EP). Gracias a una amiga, cuenta, consigue remonta…

Azufre y barro

Desde hace un par de semanas huele a huevos podridos en la muga entre Navarra y Aragón. El hedor se percibe levemente nada más desviarse de la Autovía del Pirineo y continuar por la N-240. Y se acentúa en los puntos kilómetros 335-336, al rebasar un curva cerrada y llegar a una fila de coches aparcados en la cuneta. Desde este punto se distingue en lo alto de una loma la silueta del campanario de la iglesia de un despoblado: Tiermas. Y abajo, a los pies del cerro, el fango cuarteado de Yesa, un embalse que estos días agoniza a un 24% de su capacidad.

Ha finalizado el verano y, como suele ser habitual por estas fechas, las aguas del embalse han vuelto a sacar los colores al pasado. Los baños termales han salido a la superficie y con ellos el recuerdo de todo un pueblo. La quietud de sus aguas cálidas y sulfurosas envuelve este entorno pre-pirenaico con un halo de nostalgia. Hace ya más de 50 años que

El oso del Camino

La vida de Albert Aguiló, de 28 años, cambió radicalmente el 11 de julio a las diez de la mañana. Ese día, lunes, el joven barcelonés experimentó un vuelco interior. La depresión que sufría desde hacía meses y que le empujó a buscar refugio en el Camino de Santiago, se transformó en un torrente de energía. Esa mañana, Albert estaba a punto de finalizar el periplo en Finisterre, pero aún no se sentía preparado para volver a casa. Su ánimo no había conseguido remontar el vuelo. Y regresar, reencontrarse con la rutina de una vida pasada, le preocupaba.

Cuentan quienes acarician el corazón del Camino de Santiago que antes o después reciben su propio milagro. Y Albert encontró el suyo, en Ponte Maceira (A Coruña), en un contenedor de basura. Le cautivó la imagen de un oso de peluche blanco de un metro de altura y cinco kilogramos de gesto triste. Atraído por su tamaño, blancura y expresión, se lo colocó sobre los hombros y comenzó a andar... La reacción de los peregrinos y hosp…

Momenticos (San Fermín 2016)

La mirada de un panadero ruso

Un cohete al amanecer

A la luz de la luna