Ir al contenido principal

Sudán, un viaje al infierno


En recuerdo de aquellos misioneros y misioneras que me escondieron bajo sus hábitos. Nunca les olvidaré.



     Manzzi celebrando la eucaristía en un campo de refugiados de Omdurman.


   Varios niños juegan entre los bloques de piedra de unas casas derruidas por el ejército gubernamental. Los cristianos eran expulsados al desierto.


                                                 Centro de religiosas en Omdurman.



Sudán no interesaba a los medios. Eran los años noventa. “¿A quién le importa  Sudán? (…)”, esgrimían iracundos algunos de los editores de las mejores revistas nacionales. “Vende más el desnudo de una famosa...”, llegó a escupir el subdirector de uno de estos medios. Sus respuestas apenas le minaron el ánimo. Semanas después, asustado, el joven aprendiz de reportero pisó Jartum, capital de República del Sudán.

No era nada fácil conseguir un visado. La embajada -en París- exigía una carta de invitación. ¿A quién conozco en Jartum?, se preguntó el reportero. Le sugirieron contactar con algún ciudadano sudanés vía Internet.  Y así lo hizo. Algunas personas respondieron de inmediato. Entre ellas, un profesor de la Universidad de Washington. "Estimado, no es difícil entrar en el país. Tan solo necesitas un poco de paciencia. Mi dirección de casa en Jartum es la siguiente (…)". Animado por la respuesta, el joven adjuntó su invitación a la solicitud de visado y la remitió a París. Pero pasaban los días y la embajada no contestaba. "Conviértete en un misionero", le aconsejaron de nuevo. Dicho y hecho. 
Una vez obtenidos los nombres y los teléfonos de varias religiosas españolas residentes en la capital sudanesa, contactó con la congregación. María Rosa era una de ellas. La señal telefónica se escuchaba muy lejana. Un débil silbido unía aquel mundo con éste, como un latido al borde del infarto. Y de repente alguien respondió, en italiano.

 -Por favor, con María Rosa.
     -Sí…soy yo.

Tras el silencio inicial, un resoplido.
    
-Sí, soy periodista... Es lo único que acertó a pronunciar. Quiero preparar un reportaje sobre la situación del país. Necesito un visado y no sé a quién recurrir para conseguir una invitación.
-Entiendo. Repuso ella de manera concisa. 
-Déjeme un correo electrónico y le envío una carta de invitación. Necesitamos ayuda. Estamos olvidados por los medios de comunicación.

12 de mayo de 1988
El 12 de mayo de 1998, a las 14.45 horas, el vuelo de la compañía Luftansa 588 despega hacia Jartum. El periodista, un joven estudiante de periodismo, abre el cuaderno de campo y escribe: “No tengo la remota idea de qué hago sentado en este avión. No sé que me depara el destino. Intuyo que una experiencia que no olvidaré”.  

A las doce de la noche, después de una breve  escala en el Cairo, sobrecogido por el calor y la oscuridad de la terminal, el extranjero desciende las escalerillas del avión. Un soldado de aspecto desaliñado y ojeroso espera en la pista de aterrizaje.  Una bombilla ilumina la entrada principal al edificio. El periodista ajusta bien a su cuerpo las dos mochilas: una amarrada por delante, con los enseres personales; y la otra más pequeña, a la espalda, con dos cámaras y 24 rollos de diapositivas. Los periodistas no son bien recibidos, recuerda, evitando mirar fijamente a los ojos de seis militares que se desperezan al sentir llegar a los viajeros. Están demasiado dormidos como para levantarse y comprobar el interior de las maletas. Primera prueba superada. Una bocanada de aire seco abofetea en el exterior del aeropuerto. Todo transcurre con aparente normalidad. Militares, ejecutivos con maletines, jeques -no se ven mujeres- se lanzan al interior de unos taxis destartalados. Pero... ¿dónde tengo que ir?, se pregunta con cierta calma el periodista. No se ha informado lo suficiente. En realidad, apenas hay información de Jartum. (Es el año 1998). Y el aeropuerto dista a trece kilómetros del centro de la ciudad, le advierten. 

Sudán, un lugar inhóspito con una extensión aproximada de cinco millones de kilómetros cuadrados y una población que duplicaba a la española. Un mundo heterogéneo donde confluyen razas, costumbres y religiones. Un país extremo en el que la esclavitud, el negro sahariano, sometido al blanco árabe, la poligamia y las matanzas tribales, miran a los ojos de las tribus más benignas y al trabajo paciente de los misioneros. Sudán para los geógrafos árabes significa el país de los negros o Nigricia. El color de la piel de estas tribus apuntala el nombre de su país, sencillamente porque es diferente al blanco de sus invasores árabes. En este mosaico de color, los historiadores destacan tres razas, los fulá, provenientes del Oeste, los tuaregs del Norte y los árabes del Este por el Alto Nilo. El origen, sin embargo, no está claro. Atribuyen las primeras crónicas a los letrados árabes, en el siglo XVII. Recogen los primeros movimientos de islamización en el siglo X, por el Oeste. El nacimiento del poderío de los Shangai, en el siglo XI, una de las tribus más representativas de África. En 1045 una emigración bereber expulsada por los árabes de la costa mediterránea penetró en los oasis centrales del Sáhara. Son los tuaregs. Sudán, hoy, no es más que el resultado de su historia y de su incomunicación con Europa.

Una ciudad oscura
Impenetrable. El negro lo domina todo. El negro de unas calles sin iluminar.  El negro del pavimento agrietado. El taxista esquiva a golpe de volante los socavones. Los peatones deambulan por el filo de la carretera, proyectando imágenes fantasmagóricas. El negro azulado del taxista. El negro de los fusiles de asalto de los militares islámicos. El negro del futuro de un país que utiliza el conflicto entre religiones (el norte musulmán y el sur cristiano) para camuflar el auténtico origen del problema: el petróleo. El color negro, otra vez.

El reloj marca la una de la madrugada. A lo lejos, desde dentro del taxi se distingue la luz de neón de un pequeño hotel. En el recibidor, tirados en el suelo, duermen varios hombres, entre ellos el encargado.   “No hay sitio”, indica, con cara de pocos amigos. Así que vuelta a empezar. El taxista y el periodista reanudan la marcha, Más arena y polvo en suspensión. “Bienvenido al mejor hotel de la ciudad”, asiente sonriente, fijando la vista en una mole de hormigón. Por fin. Sin embargo, surge un contratiempo. El conductor cambia el precio pactado de veinticinco dólares. Pide el doble. A la discusión se suma un policía. Busca tajada. Mal asunto. El presupuesto se resiente. Y sólo es la primera noche. Y el hotel no es precisamente barato.  

Desayuno
 Por la mañana, ducha fría, café y una rebanada de pan con mérmelada insuflan el ánimo necesario.  Una llamada a la hermana María Rosa consigue reanimar definitivamente. Se citan en uno de los centros que la congregación, a unas manzanas del hotel. El recepcionista avisa: “Es conveniente que se acerque hasta el puesto de la policía más próximo, junto a la Universidad, y pague el permiso que permite caminar por la ciudad”. 

Militares de uniforme gris y bates de béisbol  vigilan un asfalto que se derrite a primera hora. Niños tullidos y malnutridos. Hombres y mujeres arrastrando sus quebrados cuerpos. El calor es sofocante. Y son las ocho de la mañana. Cuesta respirar. El periodista echa mano a la cámara. Algo le frena. Quizá no es el momento. Un policía se acerca. El destello de una cruz dorada que le cuelga del cuello blanco atrae su atención. "¿Es usted sacerdote?”, inquiere con gesto de desaprobación. En aquella época, los únicos blancos que se dejaban ver por las calles de Jartum o eran misioneros o traficantes de armas. Por suerte, un incidente acaecido unos metros más allá, desvía de nuevo la atención del uniformado. El periodista aprovecha la ocasión...

Mª Rosa obsequia al invitado con una limonada y una visita fugaz por las instalaciones del centro religioso donde trabajan con jóvenes y mujeres. Un lugar donde enseñan arte y confección a las mujeres que "rescatan" de prisión.  "Los jóvenes antes de acceder a la Universidad, sin llegar a saber su nota, son reclutados en viejos camiones y enviados a Juba, al sur del país, y se les obliga a luchar. Si huyen los asesinan y los tiran al Nilo", relata, apesadumbrada.



El Nilo
Una vez obtenido el permiso para circular "libremente" por la ciudad, el periodista conoce a otra religiosa, una valiente mexicana llamada Guadalupe ‘Lupita’.
Juntos visitan los alrededores. Lupita advierte del peligro de sacar la cámara. "Está prohibido... Sólo cuando sea necesario... Yo te ayudaré...". La mexicana también recomienda que cambie de hotel. "Lo controlan", advierte. Esa misma noche, ante el asombro del director del hotel, se muda a otro localizado a un par de manzanas. Y, lógicamente, la policía recibe el aviso.Equilibrado por el peso de las dos mochilas, camina sorteando las alcantarillas bajo las que se refugian niños y ratas. El hostal lo regentan un italiano y su mujer. La habitación, sin baño, parece más que asequible: al menos está limpia. Con el paso de los días y después de conocer a varios clientes, el periodista confirma que su nueva morada no es más que un cruce de caminos, un punto de encuentro donde se comercializa con todo. La camarera, una joven eritrea que sueña con viajar a Europa y estudiar Derecho, le provee al huésped de la información necesaria cada mañana.

Lupita
Parece que su tapadera, como sacerdote, gana credibilidad. A la mañana siguiente, la hermana Guadalupe acude al hostal. “Quiero presentarle al padre Manzzi”. La hermana Mª Rosa ha salido de viaje a Renk, al sur del país. Un punto inaccesible para los extranjeros. “Los medios de comunicación no pueden saber qué sucede en este lugar. Es la consigna del gobierno”, explican. Manzzi sonríe al comprobar que un periodista ha roto el cinturón de seguridad del gobierno islamista. Habla bien español. “Trabajé de profesor en Corella (Navarra) varios años”, precisa. "No vas a poder ver muchas cosas. No hay mucha libertad. Y si nos cogen vamos a la cárcel".  Las cárceles de Jartum se encuentran abarrotadas de mujeres cristianas. Éstas preparan una bebida llamada merissa que contiene alcohol, para luego venderla a los cristianos de la capital. Toda la vida se han dedicado a la preparación de este licor. La congregación comboniana lucha entonces para sacarlas de la cárcel.

Bajo los hábitos
Una de esas mañanas asfixiantes, Manzzi y Lupita acuden en todoterreno al hostal, recogen al periodista y se adentran en el desierto. El termómetro marca cuarenta grados a las diez. Manzi conduce hacia un punto indeterminado. Sobre la arena se supone que hay un camino, pero no se distinguen señales. Sólo montañas de ladrillos de adobe amontonados y niños solitarios con las tripas hinchadas, merodeando como animales. El misionero mira de reojo al acompañante.  "Los soldados sudaneses están realizando desde el silencio de los medios de comunicación una auténtica limpieza étnica. Los cristianos que huyen del sur hacia el norte en busca de una vida mejor son expulsados al desierto, sin luz, agua ni alimentos. Mueren. Esas montañas de ladrillos de adobe, son pueblos derruidos. Los niños vagan como animales. Sus padres han muerto". Manzzi frena el vehículo. "Colócate en la parte trasera, entre los tanques de gasolina, y abre el portón". El periodista comprende y fotografía. Manzzi arranca. La hermana Guadalupe sujeta al periodista por la espalda. "Ten cuidado... que no te vean. Nos pueden denunciar".

Un grupo reconstruye una de las casas.  Es desolador.  "Eso es un cementerio". Un oleaje de pequeñas dunas de arena se extiende perdiéndose en el horizonte. Al salir del vehículo, Lupita pide más precaución: "Bajo el hábito y sigue tomando fotos”. A lo lejos, a través del teleobjetivo, parece verse una iglesia de adobe y caña.  “Es Muzallat”, susurra Manzzi. Un balón de oxígeno para sus habitantes. El próximo objetivo de los islamistas. El sacerdote aprovecha para celebrar misa. Julio, un niño de 12 años, anuncia la llegada con un solemne repique de campana. Son las doce. Aunque Manzi no habla árabe, lee el sermón en esta lengua. La iglesia se llena.  Las vestimentas de colores dibujan un arco iris en medio de este averno. Los nogara, timbales africanos, y el clamor de los devotos se esparcen como un torrente. Julio dirige el coro. Los niños y las niñas, ellas vestidas de blanco, cantan e imploran con las palmas de las manos hacia arriba. Y tras la misa, el momento de la confesión. “¡Por Dios! ¡De qué se tiene que confesar esta gente!”, se pregunta el periodista. Muy cerca de Muzallat, en otro centro, cinco hermanas de la orden Teresa de Calcuta luchan contra la tuberculosis y el hambre. En aquella época cuentan con sesenta camas. Están desbordadas. "Llegan por su propio pie. Sólo podemos atenderles tres meses, cuando recobran las fuerzas se tienen que marchar…", lamentan.

Omdurman
Al atardecer, el periodista se encierra en la habitación del hotel. Y a la mañana siguiente vuelve a Omdurman. No hay opción. En esta ocasión, Lupita presenta a varias familias. Preparan la única comida del día. Una mujer alimenta a su hijo con una masa de pienso animal mezclado con agua, enviado especialmente desde Europa para paliar el hambre. ¿Estómagos engordados con pienso animal? El agua que abastece el lugar, caliente y putrefacta, la extraen de un contenedor oxidado. Frente las iglesias de adobe y caña, las autoridades construyen en señal de aviso una mezquita de piedra. "Para el año 2000 no habrá ningún cristiano en el norte de Sudán", avisa una pintada.


Después de quince días, las religiosas combonianas recomiendan adelantar la vuelta del periodista a casa. “Has conseguido material y estamos arriesgando demasiado”. Antes de partir, visita a las religiosas y les entrega un ramo de flores. Las deja en la capilla y aprovecha la intimidad del espacio para rezar a su manera. después, organiza de nuevo el equipaje. Distribuye los rollos de diapositivas entre las bolsas de ropa sucia. Un taxi le deja en la terminal. Anochece. El embarque se lleva a cabo a las doce. A esta hora, los militares sudaneses nunca podrían ganar una guerra. El peso del sueño es letal. Entumecidos por el cansancio, una vez más, apenas dan buena cuenta de la presencia del viajero. Lo cachean, desganados. La mochila ni la abren. Un soldadito apostado en la escalerilla del avión forma el último obstáculo. El periodista evita mirarlo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cicatrices

Hay reportajes en los que uno trabaja con un nudo en la garganta. El miércoles pasado acompañé a María Vallejo, periodista de Diario de Navarra y superviviente de un cáncer de mama, a una pasarela de lencería organizada por Saray. Un evento en el que las modelos fueron siete mujeres que sufren la enfermedad. Algunas tienen pecho y otras no. Nos colamos en su intimidad. En sus lágrimas y sonrisas. Este fue el resultado de aquella tarde. Gracias María.




El ritual de Sergio Colás

Cuando fuimos contrabandistas

La madrugada de su muerte, no le acompañaba su hermano. Le dispararon tres veces. A bocajarro. Por la espalda. Ocurrió justo antes del amanecer.


Nicolás Ibarra murió el 27 de marzo de 1959 en un bosque de hayas que conocía muy bien. A diez kilómetros del caserío que le vio nacer en Mezkiritz (Valle de Erro) y donde vivía con sus padres y hermanos. Un cabo de la Guardia Civil destinado en Viscarret le esperó emboscado. Nicolás tenía 28 años cuando murió. Esa noche cubría a pie la ruta Sorogain- Espinal- Lusarreta con un paquete de puntillas de ganchillo a la espalda. La causa de su muerte, recuerda la familia, la “única” que se ha dado en el valle, tuvo como origen la disputa entre los guardias de los puestos de Viscarret y Espinal por hacerse con el control del dinero de los sobornos. Unos y otros querían ganar su parte del negocio. Su situación también era de precariedad. Al principio, los traficantes trabajaban con los de Viscarret, pero cambiaron de ruta y dejaron de pagarles, para…