Ir al contenido principal

El oso del Camino





La vida de Albert Aguiló, de 28 años, cambió radicalmente el 11 de julio a las diez de la mañana. Ese día, lunes, el joven barcelonés experimentó un vuelco interior. La depresión que sufría desde hacía meses y que le empujó a buscar refugio en el Camino de Santiago, se transformó en un torrente de energía. Esa mañana, Albert estaba a punto de finalizar el periplo en Finisterre, pero aún no se sentía preparado para volver a casa. Su ánimo no había conseguido remontar el vuelo. Y regresar, reencontrarse con la rutina de una vida pasada, le preocupaba.

Cuentan quienes acarician el corazón del Camino de Santiago que antes o después reciben su propio milagro. Y Albert encontró el suyo, en Ponte Maceira (A Coruña), en un contenedor de basura. Le cautivó la imagen de un oso de peluche blanco de un metro de altura y cinco kilogramos de gesto triste. Atraído por su tamaño, blancura y expresión, se lo colocó sobre los hombros y comenzó a andar... La reacción de los peregrinos y hospitaleros no se hizo esperar. El oso parecía emitir luz propia, como un faro apostado en el filo de la navaja de la noche. Todo el mundo sonreía. Y aquella fotografía iluminó también a Albert. Así que el oso y su porteador se volvieron inseparables. Juntos se asomaron a la balconada del Atlántico y divisaron lo que los romanos calificaron como "el fin del mundo".

VUELTA A LA RUTINA

Han transcurrido cinco meses desde que Albert partió de Saint Jean Pied de Port (Francia) hacia Santiago de Compostela por el Camino Francés. Aún le quedaban por delante 940 kilómetros. En la primera de las 37 etapas, nunca imaginó que al pisar la catedral de Santiago proseguiría hasta Finisterre. Y mucho menos que desharía la Ruta Jacobea a pie con un oso de peluche en la cabeza haciendo reír a la gente y sensibilizando de la situación de los refugiados.

Aunque no lo parezca, Albert es tímido y prudente. A punto de concluir el conocido como Camino del Retorno (lo hizo el jueves 22 de septiembre), sentado en el bar Juan de Bizkarreta-Gerendiain mientras da buena cuenta de un bocadillo de queso y una taza de té, relata cómo empezó todo. A su lado, se encuentra Rafael Molina, un músico catalán de 38 años, su compañero de viaje y segundo artífice de esta de "locura". Y en un rincón del comedor, en lo alto de una mesa, dos enormes peluches: un oso blanco y un tigre. Los cuatro componen la gran familia de un proyecto solidario bautizado 'El Oso Perigroso'.

Con 13 años y de la mano de sus padres, Albert pisó por vez primera el Camino. Aunque era un niño, el joven vincula este "dulce" recuerdo de la infancia a lo que le pudo suceder la mañana que despertó de la depresión. "Se me acumularon varios problemas personales y me hundí", recuerda. Una enfermedad, que duró cinco meses, le obligó a dejar su empleo de informático y los estudios para transformarse en guía de montaña. Aquella mañana, sigue hablando, cambió todo. Al abrir los ojos, le sobrevino "mágicamente" una palabra: Camino. "¡El Camino! ¡Eso era lo primero que me apetecía hacer en cinco meses!", gesticula con satisfacción. "No lo pensé, compré un billete de autobús y una semana después, el 1 de junio, me bajé en Saint Jean Pied de Port". Y llegado ese momento, "lo único que podía hacer era andar...". En el Camino descubrió un mundo paralelo. "Distinto al real", ilustra. "Porque la gente te escucha y ayuda... Es distinta". Tras un proceso lento, fue recuperando la autoestima. "Me fui queriendo". Y una tarde, enmarcado por la soledad de los bosques de Galicia, también se sintió distinto. "Comprendí que gracias a todo lo malo vivido, soy quien soy".

PROYECTO SOLIDARIO

Aunque la idea inicial de Albert era concluir en Santiago, continuó hasta Finisterre. Fue en este tramo donde encontró en un contenedor de basura al enorme oso de peluche de un metro de alto. "Me lo puse sobre los hombros para hacer la coña y vi que me sentaba muy bien, además la gente de los pueblos se partía de risa. Me di cuenta de lo fácil que era hacer reír". Con el único objetivo de arrancar sonrisas, el oso se convirtió en un peregrino más. Lo llamó 'Santi'.

Acto seguido, se encontró con un vendedor ambulante. Su historia le caló. "Aquel hombre era una persona que lo había perdido todo y se quedó en la calle. Con las cuatro cosas que le quedaron las puso en una carreta y vino al Camino". Ahora se dedica a ayudar a los peregrinos a cambio de donativos. Pues bien, este comerciante le animó a visitar el albergue La Espiral y conocer a Fátima, su dueña, la misma que promueve el Camino del Retorno. Albert entregó a Fátima el oso de peluche para que lo regalara a algún peregrino interesado en el camino de vuelta, y viajó a Barcelona en autobús. Había transcurrido un mes y cuatro días desde que atravesó el Pirineo en pleno verano.

Ya en casa, Albert se sintió perdido. Rutina y más rutina. Se vino abajo. "No quería hacer lo mismo. Y no sabía bien hacia dónde tirar. Sólo tenía claro que no quería encorsetarme". El miedo a caer en una nueva depresión le obligó a reaccionar. "¿Y si vuelvo a Finisterre?", se planteó. Dicho y hecho. Llamó al albergue, preguntó si el oso seguía allí, y tres semanas después volvió a tomar un autobús.

LA CASA DE LOS DIOSES

Durante un par de semanas Albert se quedó ayudando como hospitalero en este hospedaje de Finisterre. Al verse con el ánimo suficiente, se colocó al oso de peluche sobre los hombros e inició el Camino de Santiago pero en sentido contrario. En esta ocasión su intención era llegar a Saint Jean Pied de Port primero y luego a Barcelona por el Camino Aragonés.

La "casualidad" se encargó de trenzar una historia tras otra. Unas etapas por detrás de Albert, marchaba en el mismo sentido, aunque algo malhumorado, otro peregrino catalán llamado Rafael Molina. Entonces no se conocían. "Estaba enfadado porque no me gustó el ambiente en Finisterre. Demasiado turístico", rememora. "Así que con la fisterrana (documento acreditativo) en la mano, eché andar". Rafael avanzó hasta Villafranca del Bierzo, donde trabajó de cocinero en una posada.

Tres semanas después, continuó la ruta, siempre en sentido contrario, hasta La Casa de los Dioses, un albergue "peculiar" entre Santibañez y San Justo de la Vega. En este enclave, completamente abierto al público, sin puertas, luz y agua potable, escuchó por primera vez hablar de un "loco catalán con un oso inmenso en la cabeza". No tardó en alcanzarle. "Lo encontré en El Burgo Ranero, en plena recta, rodeado de peregrinos que se reían a carcajadas", recuerda. Esa noche, Albert y Rafael cenaron juntos y hablaron de proyectos, ilusiones, sueños... Ambos se dieron cuenta de que les unía un deseo y un temor: la ilusión de trabajar por los demás, los más necesitados, y el miedo a regresar a casa y reencontrarse con el pasado.
Esa noche regaron la semilla de un proyecto: El Oso Perigroso.

La familia de peregrinos aumentó en el albergue la Casa de las Sonrisas de Grañón. El dueño les regaló un tigre de peluche que habían guardado durante años en la recepción. De esta manera, con la ayuda de estos dos grandes muñecos, han conseguido provocar la risa de más de 13.000 personas desde Finisterre. Además, a lo largo de su particular peregrinaje a la inversa, acumulan donativos económicos para comprar material escolar y juguetes para llevarlos a un campo de refugiados de Francia o Grecia (la localización exacta está por determinar).

Una vez en Montserrat, precisan, organizarán un acto. "Entonces Albert se quedará gestionando la logística y Rafael continuará con el oso hasta el campo de refugiados". Ambos instan a las entidades y ONG a que les ayuden para el transporte de lo recopilado. Los detalles se pueden consultar en su web y en el perfil de Facebook El Oso Perigroso. Prevén abrir una cuenta para recibir donativos económicos.
 











PEREGRINOS AL CRUZARSE CON EL OSO
Una de las historias "curiosas" con las que se han topado Albert y Rafael en los casi mil kilómetros de recorrido desde Finisterre a Saint Jean Pied de Port ocurrió el miércoles en Sorogain. Allí coincidieron con una pareja de chilenos, una abogada y un catedrático, que habían volado desde Chile para recorrer en cinco días las etapas de Navarra. Hoy domingo vuelan a su país. "¡Nunca imaginamos que nos encontraríamos en pleno Camino de Santiago con un oso!". Fueron las primeras palabras de Columba Coronel, de 53 años, y Ricardo Loebell, de 61, al descubrir en plena subida a los peregrinos catalanes con los muñecos. "¿Cómo vamos a contar todo esto que estamos viviendo en Chile? ¡Es todo tan maravilloso!...". La pareja revelaba que llevaba cuatro años queriendo cumplir el sueño del Camino. Y Loebell casi treinta. Un profesor de literatura de origen gallego le habló por primera vez en clase de esta ruta.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cicatrices

Hay reportajes en los que uno trabaja con un nudo en la garganta. El miércoles pasado acompañé a María Vallejo, periodista de Diario de Navarra y superviviente de un cáncer de mama, a una pasarela de lencería organizada por Saray. Un evento en el que las modelos fueron siete mujeres que sufren la enfermedad. Algunas tienen pecho y otras no. Nos colamos en su intimidad. En sus lágrimas y sonrisas. Este fue el resultado de aquella tarde. Gracias María.




La otra cara de las Maldivas

El paraíso también tiene dos caras. En Malé, por ejemplo - la capital de las islas Maldivas-, esta segunda cara se deja ver al atardecer, cuando el turquesa se viste de plástico. Una realidad poco conocida.
Empujados por el último suspiro del día, un pelotón de ciclistas se echa a la calle cargados de bolsas rojas de basura. Son los basureros del paraíso. Unos hombres enjutos que pedalean sin tregua, siempre erguidos y con la mirada fija en cada recoveco de hormigón. La ciudad es pequeña. No supera los seis kilómetros cuadrados, pero alberga más de cien mil habitantes y produce toneladas de residuos cada día. Con las bolsas rojas de los desperdicios colgadas del manillar, o de cualquier otro saliente de la bicicleta, los hombres enjutos serpentean por la urbe. Una vez obtenida suficiente basura, se dirigen al puerto, al final del malecón. Buscan la dársena correspondiente, normalmente un punto recóndito y ajeno a cualquier mirada curiosa y extranjera, y depositan su carga.En el puerto …

La cara oculta del Castillo de Olite

La cueva de los leones. Así llamaban los niños de Olite a la bodega del Palacio Real, hace 50 años, cuando se colaban en ella, a jugar, porque conocían al cuidador. Cuando el historiador olitense, Javier Corcín Ortigosa, se refiere a esta bodega, le abraza una sensación agridulce. Dulce, porque la primera imagen que le atrapa es la suya, de niño, jugando "a las aventuras", en busca de unos leones imaginarios que un día muy lejano rugieron dentro del mismo castillo en el que vivió Carlos III y su corte. Por otro lado, le aborda una sentimiento amargo; ya que aquella cueva aún permanece cerrada al público, mientras lucha contra el olvido. "Es una pena", lamenta Corcín. "Recuperarla supondría el enriquecimiento de la visita a este castillo", manifiesta. "La bodega se conserva, pero el exterior está tan deteriorado...", apostilla.
Lo primero que un visitante puede leer al entrar a esta fortaleza, símbolo de lujo y esplendor, mencionada por primera…