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Vivir en una habitación




Desde que desahuciaron a Helen y a su familia de su casa en Burlada, en noviembre del año pasado, la pequeña no hace más que dibujar casas y habitaciones. Las colorea con detalle y juega a imaginarse que vive feliz en ellas... Este afán comenzó el 23 de octubre, a las diez de la mañana, un mes antes de que les desalojaran definitivamente de su hogar.

Hacía tiempo que el juzgado les había avisado por carta de un inminente desalojo por impago, pero sin concretarles la fecha y la hora. Así que, con la incertidumbre acuchillándoles el día a día, Franklin, de 39 años, su mujer, Isabel, de 34, y sus dos hijos, Helen (8) y Cristopher (1) salieron aquella mañana de octubre muy temprano de su casa y se dirigieron a sus obligaciones habituales: trabajo, escuela, búsqueda de un piso de alquiler... En ningún momento se les pasó por la cabeza que pudieran echarlos de repente. Pero así fue. Y “a traición”. Más o menos un par de horas después, como si les hubiesen estado esperando agazapados en la calle, aparecieron en el rellano un empleado del banco, otro del juzgado y un cerrajero. Abrieron la puerta y una vez que comprobaron que dentro no quedaba nadie, procedieron. Cambiaron la cerradura.

Dos meses y medio después, este matrimonio ecuatoriano relata lo ocurrido. Lo hacen sentados en la misma cama de la habitación realquilada en la que viven desde entonces y que no supera los diez metros cuadrados. Aquí duermen, comen, juegan, realizan las tareas de la escuela, ríen, lloran (en silencio)... Mientras conversan con el periodista, a veces entre lágrimas, la pequeña Helen se entretiene volcando sus sueños en un folio en blanco. Dibuja sobre un pupitre de madera pegado a la ventana. “Pinto una casa con muchas habitaciones. Aquí me gustaría vivir”, susurra, sonriente.

“A nuestra hija la explicamos que teníamos que abandonar la casa porque nos la habían prestado”, interviene Franklin, animándola a seguir coloreando. “El piso estaba reformado por completo, con tres habitaciones. Siempre estábamos solos y Helen disfrutaba de su propia habitación”. No puede evitar emocionarse. La vida en estos diez metros cuadrados “no es fácil”. “Y encontrar una vivienda, ¡es tan complicado!”, lamenta.

La mañana que cambiaron la cerradura, continúa Franklin, “ellos -las personas del juzgado y del banco- sabían que seguíamos viviendo en la casa. En la cocina quedaban restos del desayuno y en los cuartos las camas estaban sin hacer...”. Se vuelve a emocionar. “Fue un golpe muy duro. El mayor de nuestras vidas. Después de 17 años en España, nunca imaginas algo así. Con un bebé de un año en brazos. En la calle. Con frío. Sin apenas ropa. Y Helen no había comido y tenía que hacer las tareas...”. Sus vecinos reaccionaron rápidamente. “Nos abrieron sus casas”. Ambos recuerdan con afecto a una pareja de “abuelitos”. “Nos abrazaron y nos dejaron entrar”. Al final, gracias a la “presión” de la Policía Municipal de Burlada, el juzgado les entregó la llave, permitiéndoles quedarse un mes. Eran las siete de la tarde.

El 13 de noviembre, Franklin, Isabel, Helen y Cristopher dejaron definitivamente su casa. Antes de abandonarla, Helen escribió una nota. La dejó encima de la mesa de la cocina. Decía así: “Gracias por dejarnos la casa...”.


                             
UNA REALIDAD QUE VA A MÁS
Vivir en una habitación realquilada junto a otras familias, en la misma casa, es una realidad que parece salir ahora de la nada y que “va a más”, advierten desde la Plataforma Antidesahucios (PAH). Esta situación, explican, lleva “oculta” hace años en el seno de la sociedad navarra y por el momento ninguna institución se ha atrevido a denunciarla. “Las medidas hasta hoy son “claramente insuficientes -apuntan- en cuanto a que no dan soluciones a muchas situaciones de familias pobres, que se ven obligadas a alquileres de mercado de 500 euros o a realquilar una habitación que comparten madres e hijos por precios de entre 180 y 250 euros al mes, pagando además 50 euros al trimestre para poder empadronarse en el domicilio”. Algunas trabajadoras sociales de las unidades de barrio, desvela la plataforma, ofrecen como alternativa las habitaciones realquiladas. “Cuando saben perfectamente que las consecuencias para la salud son letales”, manifiestan. Esta realidad está impactando a todos los niveles en los más débiles. Por eso, ante la “falta de expectativas” y la “desatención de la clase política”, deciden esconderse al calor de cuatro paredes y el de su propio aliento, sin mostrarse. “Porque vivir en una habitación es sobrevivir”. Y tal estado puede impedir “gravemente el desarrollo y aprendizaje en el caso de la infancia”, recalcan.

El hacinamiento, la falta de privacidad... provocan, además de inseguridad -por incendios, abusos, etc.- “serios problemas de salud”, alertan. “Y las consecuencias que se derivan de todo esto -a medio y largo plazo- son devastadoras y posiblemente irreversibles, con gran perjuicio para la salud y el óptimo desarrollo de nuestros niños y niñas”.

La vivienda posee un significado vital para la identidad social de las personas y su lugar en la sociedad. Por ello, a través de la campaña Una habitación no es un hogar, la PAH pretende abrir “de una vez por todas” las persianas de esta realidad que ha permanecido “oculta” durante tantos años. Una “emergencia habitacional” que requiere respuestas inmediatas, rápidas y concretas de los dirigentes políticos. Instan al Gobierno de Navarra a tomar medidas urgentes. Porque de llevarse a cabo, “minimizarían estos efectos tan terribles”.

Según los últimos datos registrados (la cifra puede oscilar), la Plataforma ha atendido este año a 48 familias, principalmente mujeres solas con hijos pequeños. Concretamente la PAH del Casco Viejo ha dado solución en 19 casos: elAyuntamiento de Pamplona a catorce y EISOVI (Equipo de Incorporación Social a través de la Vivienda) a una.

“Muchas familias la componen mujeres con hijos a su único cargo, por lo que están en juego los derechos del menor”. Y avisan: “Esta realidad no es más que la punta de iceberg”, ya que la cifra puede aumentar considerablemente, teniendo en cuenta que otras muchas familias, principalmente autóctonas, no acuden a la Plataforma “por vergüenza”, describen. “Es inasumible”, añaden, “que en la situación de necesidad actual en que nos encontramos, sin vivienda pública de alquiler suficiente, haya 35.000 viviendas vacías en Navarra (datos del INE). Es inaceptable que las entidades financieras acumulen en la Comunidad foral 1.000 viviendas mientras existen problemas de habitaciones graves. Es un deber moral exigir que estas viviendas cumplan su función social y se penalice a los bancos que las tengan deshabitadas”.

La Plataforma solicita elaborar un censo de personas y familias con necesidad de vivienda, con el fin de cuantificar la situación con rigor y que se habilite por parte del Gobierno de Navarra un programa Pro-vivienda para subvención del alquiler a personas con bajo nivel de ingresos, de forma que puedan abandonar estas habitaciones-patera. “Entendemos que quien no puede pagar un alquiler (tenemos demasiadas personas paradas) es desahuciado y se enfrenta a una situación dramática”.

Una vivienda no sólo son cuatro paredes y un techo
Es el lugar para una existencia digna que proporciona autonomía, inclusión y convivencia. Para concienciar de este problema, de esta realidad que ha permanecido silenciada, alojada en la clandestinidad, la PAH ha decidido sacarla a flote y entregar a los responsables de Vivienda, Derechos Sociales y de Salud del Gobierno de Navarra, así como al Defensor del Pueblo, un informe pormenorizado abordando el problema con toda su crudeza.

¿DE QUÉ VIVEN ESTAS PERSONAS?
En un porcentaje alto son familias monoparentales, con hijos menores a su cargo. Otras veces son personas solas, sin arraigo familiar cercano. A veces no les dejan empadronarse. Nunca se les da recibo por el alquiler. Muchas de estas viviendas comparten el salón de quien alquila, lo que reduce a menos de diez metros cuadrados el espacio para convivir con hijos incluidos. Viven hacinados, entre cinco, nueve o más personas por piso. Un solo baño, una balda de frigorífico por familia. Su fuente de ingresos o es inexistente (parados de larga duración, sin cobertura social, sin papeles) o tienen trabajo precario o ayudas tipo renta básica. A esto hay que sumar el desarraigo. Ante cualquier cambio (aumento del número de miembros por agrupación familiar, cambio de condiciones que propone el dueño del piso, etc.), se ha de abandonar la habitación en busca de otra.

DESARRAIGO
Esto produce desarraigo, dificultad para su integración en el barrio y para su vinculación con los recursos comunitarios de la zona. Si hay menores, hay que cambiarlos de colegio y de centro de salud, a veces a mitad de curso. Y si no se producen estos cambios, aumentan los costes de transporte.
NASUVINSA
No se puede esperar a que se construya más vivienda. Muchas de estas familias llevan inscritas en Nasuvinsa u otras promotoras varios años, pero no se les ha adjudicado vivienda de alquiler social.

¿Cuánto cuesta el alquiler?
La cuantía de los alquileres de vivienda en el mercado inmobiliario -entre 450 y 650 €- en los barrios más baratos, obliga a alquilar una habitación por entre 230 y 250 € al mes.

SALUD
Organizaciones internacionales como la OMS indican que la falta de una vivienda digna puede convertirse en fuente de riesgos para contraer infecciones y para sufrir accidentes: traumatismos, envenenamientos, incendios... y para padecer tensiones psicológicas y sociales. Estas últimas afloran teniendo en cuenta que vivir en una habitación supone falta de intimidad ante la dificultad de consensuar con los vecinos de los pisos y los de las otras habitaciones (también familias), normas de convivencia que respeten espacios por pequeños que éstos sean. Asimismo, para que se produzca un descanso reparador es necesario un clima de tranquilidad. La concurrencia de tantas personas en el mismo lugar, cada uno con sus costumbres y horarios, puede influir en trastornos del sueño y por lo tanto en el rendimiento escolar, laboral y económico. En definitiva, la exclusión de la vivienda es una seria amenaza para el estado de salud.






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