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"No puedo dejar que mi corazón deje de latir por No ser heterosexual"









"No recuerdo el momento en el que supe que era gay”, expresa Jorge. “No te levantas un día por la mañana, te miras al espejo y dices: ¡soy gay! No hace falta darse cuenta. Naces con ello. Lo que sí recuerdo bien son los insultos que recibí en plena niñez. Me llamaban maricón porque tenía pluma y no me gustaba el fútbol. Y durante años viví aislado, encerrado en mi habitación. Mi familia pensaba que me encerraba porque me gustaban los videojuegos, la tecnología, cuando en realidad era porque me sentía a salvo de la calle, de la sociedad”, reconoce. “Mis padres no lo supieron hasta que tuve 18 años. A esta edad se lo dije porque estaba seguro de que iban a reaccionar bien”.


Y Jorge no se equivocó. Aquel día, sus padres le abrazaron y le brindaron todo su apoyo. Desde entonces, este estudiante de 21 años de Relaciones Laborales de la Universidad Pública de Navarra (UPNA) lucha a cara descubierta por los derechos de las personas LGTB (Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales). Lucha porque le ocurrió a él cuando era niño, pero porque sigue pasando hoy a otros muchos niños y niñas de toda Navarra. “Yo era muy inocente y no daba demasiada importancia a los insultos y a la atracción que ya empezaba a sentir hacia los chicos”, explica. Jorge estudió en un colegio donde se evitaba hablar de homosexualidad en clases de educación sexual. “Así, estábamos totalmente desinformados”, lamenta. Al cambiar de instituto, “los insultos quedaron atrás”. Y cambió su vida. “Para entonces ya era consciente de mi orientación sexual. Tenía 15 años y conocí a personas gays y lesbianas. Me integré y empecé a comprender lo que soy. Y a aceptarme”.



Recuerda cuando lo dijo en casa. “Salí del mal llamado armario. Empecé a informarme a través de las redes sociales y de cortos del LGTB”. Pero lo que realmente le empujó a revelar su sexualidad fue un “desamor” con otro chico. “Una tarde me encontraba muy mal. Lloraba en la cama y mi madre y mi hermana se dieron cuenta. Estaba amargado y no podía seguir así. Ese momento lo tuve claro. Primero se lo dije a mi hermana y luego a mi madre. Con mi padre no me atreví hasta dos semanas después. Me costó un poco más. Como están separados, se lo solté una noche que salimos a cenar los dos solos”, detalla el joven. “Me quedé muy bien al comprobar su reacción. Normalmente los padres no suelen reaccionar mal. Por eso, a una persona que esté pasando por lo mismo le diría que lo del armario es una chorrada. Un invento de la sociedad para poder encerrarnos. Le diría que viva su sexualidad libremente. Y si no quiere decirlo, pues que no lo haga y punto.



La gran mayoría de la sociedad nos acepta. Y la mayoría de los padres también. En el 98% las reacciones han sido positivas”.Con los brazos cruzados, apoyado en una pared de Pamplona donde hay una pintada contra el odio, Jorge asegura que es optimista. “Hoy casi nadie me juzga, aunque sí es verdad que siempre sientes algo de miedo de que alguien te agreda por dar la mano a un chico. Bueno, más que miedo es una sensación de alerta”, puntualiza. “Creo que hemos avanzado. La sociedad no va a cambiar de la noche a la mañana. Antes era todo más represivo. Ahora no te detienen por ir de la mano (sonríe). Y a las miradas y a los comentarios te acostumbras”. Antes de finalizar la conversación, el joven dedica un breve recuerdo al chico que agredieron el 31 de marzo. Fue en este mismo barrio. “Le conozco. Se quedó muy mal después de la paliza”. Para Jorge hay algo más doloroso que una agresión física: las etiquetas. “Sueño con que desaparezcan las palabras gay, lesbiana o transexual para dirigirse a nosotros. Entonces seremos libres”.



Denuncias en abril
Desde la aprobación de la ley del matrimonio igualitario en 2005, España se ha situado a la cabeza de los lugares más tolerantes con la homosexualidad. Sin embargo, las denuncias por agresiones homófobas han aumentado, y lo peor es que sólo suponen entre el 20 y el 30 % de las que se producen. De hecho, del total de ataques al colectivo homosexual no se denuncian alrededor del 70 %, declaró a la agencia Efe Jesús Generelo, presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales. “Una mayor concienciación de la sociedad y del colectivo LGTB ha ayudado en gran medida a que se visibilicen, pero muchas se quedan en el camino”, lamentaba. Tal y como tuvo lugar en Pamplona el 24 de marzo a las 19.50 horas. Esa tarde dos chicas, de 25 y 23 años, que se encontraban en el parque Luis Morondo agarradas de la mano, sufrieron una agresión homófoba por parte de un grupo de chavales de entre 20 y 25 años. Aunque se denunció, quedó archivada porque no pudieron identificar a nadie.La únicas agresiones homófobas que se han denunciado en Pamplona este año se produjeron en un mes. De ellas, excepto en la del 24 de marzo, los identificados fueron chavales de entre 15 y 18 años. Sólo en uno de los casos la edad de los atacantes oscilaba entre los 27 y 35 años. La Policía Municipal de Pamplona resolvió en pocas horas las cuatro agresiones.



Denunciar es clave
El inspector y subinspector de la brigada de Denuncias aseguran que esta situación de violencia es puntual. “Una mera coincidencia”, tranquilizan. “No es que se haya producido un repunte de violencia. Lo que pasa es que se denuncia más porque está desapareciendo el miedo y se está visibilizando más en los medios”, explican. “Además, las víctimas tienen más confianza y seguridad y saben que la policía responde rápidamente”. Ambos destacan la importancia de haber resuelto las cuatro agresiones de abril. “Y esto es muy importante. La confianza sólo la podemos conseguir gracias a la rapidez de las actuaciones policiales”, subrayan. Lo que sí preocupa a la Policía Municipal de Pamplona es la excesiva juventud de los agresores. “Quizá muchas veces insistimos desde la policía en formar a los jóvenes en educación vial, drogas, alcohol, etc., y se nos olvida que también deberíamos formar en la diversidad de la sociedad”. Según los atestados, la agresión que se llevó a cabo el 31 de marzo en la calle Abejeras de Pamplona fue a las diez y media de la noche. Dos chicos caminaban agarrados de regreso a casa cuando dos menores se le acercaron en bicicleta. El más joven de los agresores se acercó a la pareja y le propinó un puñetazo en la cara a uno de ellos. Éste cayó al suelo y aquí recibió una patada. Después de golpearles, los dos menores huyeron en sus bicicletas y se jactaron de la paliza a través de las redes sociales. “¡He pegado una paliza a un maricón!”, escribieron. Pero la víctima no tardó en descubrirles en la calle. Ocurrió días después, en la Carpa universitaria. Los agentes se desplazaron inmediatamente y le detuvieron. Hoy se encuentra a disposición judicial.



“El trabajo que termina bien es porque ha empezado bien gracias a los compañeros de la calle”. Con esta frase resumen los dos policías del grupo de Denuncias lo acaecido en abril. Insisten en que denunciar es clave para poder atajar este tipo de violencia. “En ningún momento se compromete a los víctimas si quieren mantener el anonimato”, expresan, dirigiendo sus palabras, principalmente, hacia los más jóvenes que aún no han revelado en casa su orientación sexual. El segundo atestado corresponde a la noche del 18 de abril en la zona del cementerio, un lugar frecuentado por personas gays donde se relacionan. En esta ocasión, dice la denuncia, tres conductores de 17 y 18 años que llevaban los coches de sus padres se acercaron al cementerio y buscaron a una víctima. Al encontrarla, le cerraron el paso con los vehículos y le llamaron “maricón de mierda”. Acto seguido, huyeron. A la víctima le dio tiempo a fotografiar las matrículas con el móvil y les siguió. De esta manera los agentes dieron con sus paraderos. La siguiente denuncia es del 22 de abril. La agresión fue contra un travesti en un bar del barrio de San Juan (Pamplona) y provino de una cuadrilla de jóvenes de entre 27 y 35 años.El cuarto episodio de violencia homófoba se produjo el 26 de abril en el Grupo Urdánoz. Ese día hubo una pelea entre un hombre árabe y una persona gay que le golpeó después de que el primero le insultara. Según la denuncia, el hombre de origen árabe le había llamado “maricón” otras veces.






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