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Mi vida con 106 años


Quizá por coquetería, por ejemplo, por no mostrar las pocas piezas dentales que le quedan ya, lo cierto es que a Ángeles Álava Jiménez, de 106 años -sí, han leído bien, 106 años- le cuesta sonreír. Hija de agricultores, nació en el municipio ribero de Cascante un 3 de agosto de 1910, cuatro años antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. Al recordar su infancia, la primera imagen que le viene a la mente es la de su abuela Isabel. Con ella disfrutó de la mayor parte del tiempo. Ella, su abuela, se encargó de vestirla y alimentarla. También fue quien estuvo a su lado cuando perdió la vista del ojo derecho por culpa del sarampión. También le enseñó a coser y le compró la primera tela con la que su nieta confeccionó, con apenas 14 años, su primera bata.

En realidad, a Ángeles Álava le cuesta hablar de su vida. Introvertida y dura de carácter, se suelta gracias a la intervención de su hija Carmen. Entonces, cuenta que a los 18 años conoció a su marido, Martín Huete Miramón. Recogían aceitunas en el campo, en Cascante, y él tenía novia. “Pero me eligió a mí”, gesticula.

Cuatro años después se casaron por la iglesia. A las seis de la mañana. La celebración se redujo a una tarta que la propia Ángeles cocinó con unos huevos que pudo comprar gracias al dinero que le regaló su padre. Y fruto del matrimonio nacieron más tarde Rosario, de 84 años, y Carmen, de 82.

A los cinco meses del nacimiento de Carmen, le amputaron la pierna a su padre por un tumor. Por este motivo, el Ayuntamiento de Cascante organizó un acto para recaudar fondos y ayudar a la vecina. Incluso le buscaron un puesto de trabajo como ordenanza. Pero a los 63 años falleció por un cáncer de garganta.

Los genes de la longevidad forman parte del árbol genealógico de esta familia. Los dos hermanos de Ángeles fallecieron con 90 y 80 años, y sus padres al cumplir los ochenta. “Murieron con un margen de veinte días entre uno y otro”, observa Carmen, la hija.

Al quedar viuda, con 58 años, Ángeles se entregó al ganchillo. Una dedicación plena que le pasó factura al llegar a los 97 años, porque se quedó ciega del ojo izquierdo. Su mirada quedó varada siete meses en la más absoluta oscuridad. Sin embargo, se sometió a una operación de cataratas y recuperó el 20%. Desde entonces, ve parcialmente del ojo derecho. Una pupila grande y de azul intenso, que actúa como un telescopio al que no se le escapa detalle...

Mantiene una vida saludable y más o menos autónoma. Toma una pastilla al día para la tensión -en cambio, su hija 15...-. Sus jornadas son breves pero intensas. Después de desayunar acude al centro de jubilados (lo llama “escuela”). Practica gimnasia y otros ejercicios terapéuticos.

Habitualmente se acuesta a las seis de la tarde y se levanta a las nueve y media de la mañana. Se ducha, con ayuda de su hija, y se viste sola. De las once a la una permanece en el club de jubilados. A esta hora, regresa a casa. Vuelve con apetito.Come dos platos y un postre. Siempre verdura. El huevo frito es su favorito. Al terminar se sienta en el sofá y ve la televisión.

No echa siesta. Le “encanta” el programa Sálvame. Hasta hace unos meses paseaba. Daba un par de vueltas al barrio. Ahora dice que se siente cansada. A las seis de la tarde, se vuelve a sentar a la mesa y cena algo ligero. Luego sube las escaleras, a su habitación, se pone el camisón -siempre sola- y se acuesta. En la cama escucha la radio, las noticias regionales.

Hace un año reconoció que le gustaría vivir hasta los 110. No teme a la muerte. Está preparada, dice. Y su devoción religiosa le ayuda. Reza mucho, en cualquier momento. Lo único que le preocupa, confiesa, es dar trabajo a su hija.

En los últimos años, el número de españolas centenarias ha crecido un 10% anual.  En 1981 había 3.159 con más de 100 años. En la actualidad son 15.941. Las mujeres superan a los hombres. En Navarra se contabilizan 143, y nueve tienen más de 105 años.

Japón es el país con más centenarios: 65.000. Todos los entrevistados cuentan que leen periódicos a diario y mantienen una dieta baja en calorías. El hombre más anciano del mundo decía: “El secreto para una vida sana y larga es comer en pequeñas cantidades”.


Se viste sola
Son las nueve y media de la mañana de un 21 de febrero primaveral en el municipio ribero de Cascante. Aquí nació y creció, hace 106 años y medio, Ángeles Álava Jiménez, una de las cuatro personas más ancianas de Navarra. Concretamente, un 3 de agosto de 1910. Su hija, Carmen Huete Álava, de 82 años, es la persona que la despierta. Entra a la habitación de su madre, en la planta superior de la vivienda, sube las persianas y deja que el fogonazo del amanecer se encargue. Ella se levanta de un salto. Descalza y en camisón, conduce sus primeros pensamientos al cuarto de baño. No le gustan las batas porque dice que son para las personas enfermas. Presumida como pocas, el protocolo de la ducha, sin embargo, no le gusta demasiado. Quizá porque es el único momento en el que pierde su autonomía. Después de ducharse, se cubre con un albornoz rojo y se seca con una pequeña toalla.

La aparente fragilidad de su cuerpo se torna en espejismo al comprobar que su columna se dobla como un junco. Se encorva y se seca los empeines, los tobillos y las rodillas. Acto seguido, envuelta en el albornoz, regresa a su cuarto y termina de vestirse: falda larga oscura, camiseta blanca, jersey marrón con broches, medias y zapatillas.

Las vidas de Ángeles y de Carmen han discurrido por caminos paralelos. Madre e hija enviudaron a los 58 y 54, respectivamente. Desde hace nueve años, conviven bajo el mismo techo. Mujer con mucho temperamento, Ángeles decidió vivir sola hasta los 97 años. Decía que no era la primera mujer que se quedaba viuda. A esta edad se mudó a casa de su hija. No le quedó otra opción, se quedó ciega de un ojo. Y del otro sólo le queda un 20% de visión.

Café y donuts
Con las medias en una mano y la otra acariciando la barandilla, Ángeles Álava baja las escaleras para desayunar en la cocina. Lo hace sin gesto de preocupación. Y eso que el 28 de diciembre resbaló al salir del baño y se fracturó un hueso de la muñeca. Después de aquel susto vino otro. Éste sin mayor percance. Se precipitó entre las escaleras y la puerta. Y se volvió a levantar sola.

Al entrar en la cocina, la centenaria se sienta a la mesa y da buena cuenta de un café con leche y un donuts. Mastica en silencio. Al terminar, su hija Carmen le echa unas gotas en su ojo derecho, el único con visión y se enfunda las medias. A las diez y media, se escucha un claxon. Ya ha llegado la ambulancia que le llevará al club de jubilados...






La número uno del centro de jubilados
La escuela. Así es como llama Ángeles Álava al ‘Aula de Respiro’ del Club de Jubilados de Cascante. Un Centro de Día inaugurado hace tres años y en el que las personas mayores llevan a cabo una serie de actividades de entretenimiento y terapia, tales como ejercicios físicos y de memoria, siempre a través del juego. “El objetivo no es otro que mantener activas sus cabezas y aliviar un poco a las familias”, explican Inés y Esther, las dos auxiliares de enfermería y geriatría que trabajan en el centro.

El vino, el buen aceite, los espárragos y el buen clima.., estos ingredientes configuran el secreto mejor guardado de Cascante y que la convierte en tierra de centenarios. Los últimos datos de 2016 del club de jubilados sirven de termómetro. De los 650 socios, 42 superan los 90 años.
“Los cascantinos son gente resistente. Yo creo que en 30 o 40 años llegaremos a una media de 115 años”, opina Rafael Villafranca, presidente del club de jubilados. Esta última semana, sin embargo, no ha sido buena. Han fallecido tres centenarias y el resto lo ha sentido mucho. “Se encuentran afectadas. Se conocían desde la infancia”, añade Villafranca.

A las 10.45 horas, Álava accede al salón donde se realizan las actividades. “¡Ángeles es la número uno!”, describen con ímpetu las auxiliares, mientras la ayudan a despojarse del abrigo. Ella, solemne, sin pronunciar una palabra, se sienta junto a los compañeros. Es la mayor de todas y la que aparentemente mejor se encuentra de salud. En los ejercicios de gimnasia eleva las piernas a lo alto con facilidad. En el juego de los aros, introduce cuatro en la caja de cartón. A la hora del cálculo, suma con facilidad. “¿17+3?”, le preguntan. Ella contesta de inmediato. Colorea corazones sin salirse de los límites. Y termina la primera. “Le encanta ser la primera. Es muy competitiva y eficaz”.







Caracoles con tomate
A la una y media, regresa a casa a comer. La ambulancia de la Cruz Roja deja a la centenaria en su domicilio. Su hija la está esperando en la puerta del garaje. Acceden juntas. Ángeles cuelga el chaquetón en la percha y entra directamente al baño, una especie de sótano. Baja y sube las escaleras, nuevamente sin temor. Y sin apenas esfuerzo.

Mientras, Carmen termina de calentar la comida y la sirve. Se sientan a la mesa. Ángeles entrelaza las manos y comienza a rezar. Lo hace en silencio. Tras la oración, separa las manos y explica que es devota de Santa Vicenta María, fundadora de las Hijas de María Inmaculada, y que viajó a su canonización el 25 de mayo de 1975. Después comienza a comer. Hoy toca borraja con patata y caracoles con tomate, que ensarta con un palillo. De postre, mandarina.

Sálvame
Las jornadas son cortas pero intensas en la vida de Ángeles Álava. Hasta hace seis meses, después de comer, Ángeles caminaba por el barrio. Ahora prefiere echarse un rato en el sofá y disfrutar de su programa favorito, Sálvame. Al colocarse unos auriculares, se queda traspuesta escuchando. “Sabe perfectamente quién va elegante vestida y quién no”, ríe Carmen, pendiente también de la televisión. En un momento dado, Ángeles se quita los cascos y dice: “Todos esos adornos del mueble los he ganado yo en la escuela. ¿Sabe usted si soy la única persona en Navarra que con 106 años va a la escuela?...”, pregunta. En la pared, junto al televisor, luce a ganchillo una bandera de Navarra. Es otro de sus trabajos. “No he hecho otra cosa en esta vida que hacer ganchillo”, murmura. “Por eso me he quedado ciega”. Hoy es día de bingo en el centro de jubilados, uno de los dos momentos de asueto de la semana para Carmen. Antes de marcharse, repara la cena a su madre, un plato de arroz con leche, y se despide. Ángeles no tarda en subir a su habitación y ponerse el camisón. Enciende la radio, ecualiza las noticias regionales y se acuesta.
  

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