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Harold, el castañero de Mercaderes




"Estoy nervioso. Me siento como un niño...”, susurra Harold, mientras gira la llave del candado que asegura su “máquina” de asar en la calle Mercaderes de Pamplona. “Hoy es el primer día de la temporada”, explica a su lado Soraya, su mujer. “Por eso está algo nervioso. Y eso que lleva 33 años”, sonríe. 
Mientras habla, Harold pone el asador a punto. Le cuesta abrir las bandejas. “No pasa nada, tranquiliza, hay tiempo de sobra para comer castañas”. Son las 16.30 horas de un 14 de octubre en el que el termómetro roza los 27 grados. “El año pasado también hizo calor”, recuerda Harold. “Es el tercer año seguido, pero a partir de ahora frío”, vaticina, secando las gotas de sudor que ya empapan su rostro tras prender el carbón.
El número 14 parece seguirle muy de cerca a este pamplonés de 51 años. Cada14 de octubre inaugura la temporada de castañas y la termina el 14 de enero. El día de su cumpleaños. “Lo importante no es sólo vender castañas, sino crear un ambiente otoñal. Estar con la gente”, comenta.

La gente a la que se refiere se detiene nada más verle. Unos le hacen fotos con el móvil, otros esperan para hacerse con el primer cucurucho... de castañas. “No hay un secreto para asar bien las castañas. Sólo mucho amor y picar (abrir) las castañas una a una por los dos lados”, revela Soraya.
Harold termina de prender el carbón y se coloca una gorra. Cada vez hay más personas alrededor. Instala la sombrilla, enciende un farolillo, coloca los cucuruchos, sintoniza una emisora de música suave, casi imperceptible, algo de jazz, y vierte los frutos en el interior de la bandeja más separada de la brasa. Primero les da un golpe de calor, a fuego lento durante veinte minutos, y después deja caer las castañas a la gaveta más próxima al fuego. Las retira. Soraya es la primera en probarlas. “Están muy buenas”. Se desprende un intenso aroma. “Ya están aquí los castañeros”, replica un joven. Harold sonríe. ¿Por qué Harold? “Era mi apodo. Me gustaba más que mi nombre y lo cambié. Quizá me llamaban así por mi aspecto cómico”. Las gafas le conceden un cierto aire a lo Woody Allen. “Hace 33 años dejé el trabajo en una empresa de electricidad. Me pagaban bien, pero no era lo mío. Soy un hippy de las castañas. Hace falta gente como yo en la calle”. 
Cuarenta minutos después de instalarse, prepara el primer cucurucho. “Una docena de 14 por tres euros”. Alai García, de 7 años, se lleva el calor al pecho.

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